el futuro de Amaiur hay que trabajarlo ahora

Ayer, este hilo en Twitter, de Emilio Santiago, en donde habla sobre las consecuencias cada vez más ciertas de la extralimitación ecológica, es decir, por dónde va a saltar todo después de que nos hayamos pasado de la raya con el planeta, suscitó un movimiento inusual en WhatsApp con debates y reflexiones en torno al futuro que les depara a las siguientes generaciones. La cuestión es que el doctor Santiago afirma en ese hilo, que desde luego aconsejo leer, que el talón de Aquiles de las barbaridades cometidas con el planeta van a ser el agotamiento de los combustibles líquidos y el propio sistema de transporte del que dependemos en el actual modelo económico y social.

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A la contaminación y el calentamiento global, consecuencias directas del uso del petróleo como fuente de energía, se le une la escasez y agotamiento del mismo. Si las dos primeras consecuencias negativas no han producido movimientos globales que desestabilicen el sistema, la escasez del mismo, en definitiva la reducción y desaparición del negocio, va a producir, a buen seguro, movimientos violentos entre los productores del petróleo, consumidores, estados y en definitiva personas.

Claro, si se acaba el crudo, como así está ocurriendo, el problema no va a ser cómo nos vamos a desplazar las personas en nuestros propios ámbitos, con especial incidencia en el rural, claro está, si no qué va a ocurrir con los desplazamientos de productos que se hacen mediante avión, barco o camiones. Por eso es indispensable cambiar nuestro modelo de transporte, desde luego, y dejarse de macro proyectos como el TAV, pero también es vital cambiar nuestro propio modelo de consumo y de alimentación. Tenemos que ser capaces de producir el 100% de lo que vayamos a comer, así de sencillo y de complicado. Los productos kilómetro 0 no son solo la alternativa de unos cuantos ecologistas. Las huertas urbanas no son nada más el pasatiempo de un grupo de hippies. El comercio cercano no es simplemente el modelo de cuatro vecinos comprometidos más o menos con su barrio. 

Es evidente que el problema, el gran problema, necesita una gran solución con la que nadie, por ahora, ha dado. Desde mi ignorancia intuyo que la solución comenzaremos a verla cuando seamos capaces de cambiar el sistema capitalista neoliberal que no respeta al planeta ni a las personas, animales y plantas que vivimos en él. Pero mientras tanto podemos seguir trabajando, individual y colectivamente, para cambiar nuestros hábitos y plantar cara a ese sistema impuesto y dañino no dejándonos someter. O intentando que nos someta menos, pero siendo conscientes de ese sometimiento. Debemos afrontar la transición ecológica repensando los 5 ejes básicos de nuestra sociedad: la alimentación, la energía, la economía, la democracia y la educación. Y en cada uno de esos 5 apartados, cada una de nosotras y nosotros, tenemos mucho que decir y hacer, tenemos todo por cambiar.

Una de las personas que mostró su preocupación con los datos ofrecidos en ese hilo fue mi hermano Xabi, que en un signo de paternidad se preguntó qué mundo íbamos a dejar a Amaiur, su hijo. Y creo que la respuesta sigue siendo que intentaremos, de manera individual y ojalá colectiva, dejarle el planeta algo mejor que como nos lo encontramos. Lo tenemos difícil, es verdad, pero tenemos que intentarlo. Y mientras tanto, a Amaiur y su generación tenemos que dejarles el convencimiento de que las cosas se pueden cambiar y que aunque hubo un tiempo en que lo hicimos tremendamente mal con el planeta, nos empezamos a dar cuenta que se podía vivir de manera respetuosa con nuestro entorno y que eso empezaba por un cambio en nuestros propios microsistemas. Un beso.

lee, no desesperes y sonríe

Con San Saturnino llega esa semana larga de fiesta y entre fiestas, de esos días que no sabes si abren los supermercados, pero tienes la seguridad de que abre el pequeño ultramarinos de la esquina, aunque sea con un horario raro. Esos días en los que se encienden las luces navideñas al comienzo del Adviento, aunque en Iruñea se iluminen en la fiesta del patrón, que para eso somos muy nuestros, en los que los escaparates lucen el esplendor necesario para atraer las compras necesarias para el negocio. Un supuesto tiempo de esperanza entendido por pocos y compartido por menos, engullido en los viajes a bajo coste con mil fotografías idénticas por minuto, con preparativos de los menús de las comidas para las navidades, –“algo que sea diferente al cardo de siempre”, –“pues vaya, chico, con lo rico que está”, y con listas de regalos que hacer, sin pensar muchas veces en la persona a quien se regala, simplemente cumplir con la obligación.

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Y en una tarde particularmente luminosa a pesar del frío, me calzo las zapatillas para pasear mientras los parroquianos que siguen en la ciudad llenan el Sadar para ver a los rojillos ganar, llenan los bares para ver a los mismos y llenan los salones de las casas, que no es un mal momento, para sumergirse debajo de la manta con un buen libro unos pocos y enchufarse a la televisión los más. Y precisamente, concluido uno de los libros que leía, Algunos libros, las charlas de E. M. Forster en la BBC, publicado por Alpha Decay, aparto mi manta a un lado y me lanzo a la calle. Y mientras observo desde la Media Luna cómo la luz del día invernal decae irremediablemente vencida en las huertas de la Magdalena, pienso en este escritor tan british que conocí gracias a un puñado de películas particularmente bellas dirigidas por James Ivory y otros directores. Películas hermosas, de fotografía evocadora y música deliciosa, igual de preciosas que la forma que emplea el autor para contar básicamente historias de relaciones entre personas. Forster era un hombre muy culto, exquisito, pero tenía la capacidad de no imponer su conocimiento a nadie y de incluir a todas las personas que se encontrasen en una conversación con él, independientemente de su nivel intelectual.

El escritor colaboró con la BBC durante treinta años ininterrumpidos, aunque de manera irregular, lo que dejó el resultado de más de 150 programas hablando de literatura occidental, mayoritariamente inglesa, narrativa, ensayo y también poesía. Y resulta que, en realidad, lo que menos importa de ese libro y de aquellos programas eran las obras que recomendaba o de las que hablaba y reflexionaba. Lo bonito de este libro es escuchar a través de esas páginas a una persona enamorada de los libros, aunque irónicamente señala al comienzo del libro, en uno de sus primeros programas, que los libros no son lo más importante de este mundo. Y mira, en eso estoy completamente de acuerdo. Pero con sus glosas a diferentes autores, sin evitar la crítica y las pullas moderadas, subrayaba, sin querer, la importancia de leer, de reflexionar sobre lo leído y sobre lo escrito, del contexto de esa escritura y del contexto de la propia lectura, de desarrollar, al fin y al cabo, un criterio propio ante la vida y una capacidad para dirigir tu propia historia, a pesar de lo difícil que es no dejarse arrastrar por la corriente impuesta por unas redes sociales deshumanizadas, unos medios de comunicación obedientes al cheque de quien paga y un modelo social consistente en comprar y vender.

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Y en una de esas noches, hubo quien se quitó la careta autoimpuesta durante más de cuarenta años y llevó a un parlamento elegido en las urnas a la antítesis de lo que fue E. M. Forster. El populismo insultante y sin criterios tiene muchas causas, políticas las más y sociales las demás, pero, sin duda, una de esas causas es haber hecho de la educación un negocio de títulos que se venden y se compran y no un lugar desde donde fomentar conciencias, personas con criterio y capacidades intelectuales para reflexionar individualmente. Y una prima, en esos días, hoy mismo, tras conocer la ceguera de una judicatura ante un claro acto de violación, se preguntaba qué estamos haciendo mal. Y me dio, me ha dado por sonreír, porque tengo claro que esa ceguera y la propia tiranía que algunos llevan en su ideario político y ahora descubren convenientemente edulcorados, es la respuesta histérica al cambio y avances sociales que se han ido dando en las últimas décadas. Y me he acordado de Timothy Snyder y sus veinte lecciones sobre la tiranía y sobre todo he vuelto a recordar a Rebecca Solnit y su magnífico ensayo Esperanza en la oscuridad, que habla sobre el increíble poder que tenemos la gente y los logros conseguidos y muchas veces no tenidos en cuenta. Y he sonreído, porque qué más quisieran algunos que dejásemos de sonreír. Un beso.

sigo estando

El 6 de julio de este año, día de emociones y comienzos, día de recuerdos y esperanzas, fue la última vez que publiqué una entrada en este blog dslegi.com. Ha sido una pausa necesaria y todavía no tengo muy claro si esta entrada es un grito para reanudar el diálogo o voy a seguir un tiempo exclusivamente escuchando, observando y muchas veces contemplando.

Llegué a los Sanfermines absolutamente agotado, física y psíquicamente. Diría que, incluso, anímicamente. No fue, ni lo ha sido nunca, un estado depresivo. Ni mucho menos. Pero necesitaba detenerme y pensar, pararme y descansar. Algunas de vosotras y vosotros sabéis que a finales de julio pasé una semana en el monasterio de Leire, junto a la comunidad benedictina que vive allí. Esos siete días conviviendo con esos 21 hombres dedicados a rezar, fueron un bálsamo para mí. Allí me sorprendí con unos amaneceres y atardeceres limpios y puros como no recordaba. Descubrí el sonido del ciclo de la vida, el silencio justo antes del amanecer, las golondrinas volando y chillando en el comienzo del día, los miles de pájaros que empiezan el día llamándose y buscando comida, las cigarras que, con el sol ya en el firmamento, unen sus cantos para ser parte indiscutible de esa banda sonora, el viento al atardecer entre los árboles y recorriendo la sierra, el ulular de las lechuzas cuando cae la noche. Y todo ello acompasado al sonido propio del monasterio. Las campanas llamando a los oficios, el gregoriano milenario desde las gargantas jóvenes y viejas de esos monjes, solo el sonido de las piedras mientras paseas por los alrededores del monasterio antes de que lleguen los turistas, las hojas del libro cuando las rozas con el dedo mientras lees, unos pasos en el claustro, el órgano en la iglesia, el cazo de sopa cuando te sirven en la comida silenciosa. Salí agradecido y descansado, relajado y sereno.

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Me he dedicado a pensar en la utilización que he dado a las redes sociales, al Facebook desde junio de 2008 y a Twitter desde noviembre de 2009. No estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho a través de estas redes. De la misma manera que este blog nació como medio para un diálogo permanente, las redes sociales siempre han sido para mí un instrumento para hablar y sobre todo escuchar. Y reconozco que he tenido muy buenas conversaciones en ellas. Pero muchas veces no lo he conseguido. El ímpetu para defender las opiniones propias no puede ser excusa, en ningún caso, para atacar a nadie y ahí quiero entonar un público mea culpa. No soy de insultar, pero reconozco que hay quien se ha podido sentir insultado. No empleo la agresividad, pero no tengo duda que hay quien ha podido sentirse agredido. He utilizado la ironía y la burla muchas más veces de las que me hubiese gustado. Si mi intención era escuchar, en muchas ocasiones, demasiadas, solo ha servido para escucharme a mí mismo. Por lo tanto, si alguien se ha sentido ofendido por algo que haya dicho o escrito, espero no lo tenga en cuenta. Hay quien puede pensar que el problema es original en el propio objetivo de estas redes sociales, y razón no le falta, pero no estoy a gusto habiendo sido contribuyente en ello. Claro que estas redes sociales en concreto (igual algún día alguien inventa unas redes sociales buenas) tienen objetivos absolutamente opuestos a fomentar las relaciones sociales. No me voy a extender mucho en este aspecto, pero estoy convencido que estas redes fomentan un tipo de personas rencorosas, tristes, sin empatía, aisladas y sin capacidad de contraste. Hay que ser muy fuerte para que este tipo de redes sociales no saque lo peor de nosotras y nosotros y sobre todo, aunque sea duro decirlo, no coarte nuestra libertad. Quien quiera extenderse más en el tema hay un buen libro para hacerlo, Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier.

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Luego, en octubre me fui a Japón dos semanas. Fue un viaje en el que descubrí otro mundo, más atento a las cosas pequeñas de la vida, un lugar donde se le da valor al silencio, en donde el concepto de comunidad me emocionó, en donde el respeto me abrumó, un espacio donde el orden es parte de esa forma de vida y de la serenidad que desprende. Pero también asistí a la enfermedad de una sociedad con unos niveles de soledad impresionantes, con una ciudad que se traviste cada noche infantilizando las relaciones entre las personas y a las propias personas, un lugar donde la gente no se ríe en la calle, como mucho sonríe y en donde el orden es también quien esclaviza a la gente, en la calle, en el metro y en el trabajo. ¿Son felices los japoneses? Creo que inmensamente sí, si la felicidad se basa en ser capaz de gozar del sonido de una gota de agua cayendo desde el caño de bambú de una fuente en mitad de un jardín. Pero también creo que, aunque esa fuente la tienen ahí todos los días y disfrutan de ella, también sufren la infelicidad de una sociedad encorsetada en unas normas y unos niveles de autoexigencia terroríficos. Yo sigo enamorado de Japón, de su cultura, literatura, paisaje y costumbres. Prefiero quedarme con lo bueno.

Este sábado, antes del vermut, leí un cuento corto bellísimo de Stefan Zweig (toda su literatura desborda belleza) sobre un hombre bueno que buscaba incesantemente la justicia en sus acciones. Después de leer Los ojos del hermano eterno llegas a la conclusión de que viviendo en una sociedad, sea esta del tipo que sea, siempre, irremediablemente, cualquiera de tus acciones o no acciones, influyen en otra u otras personas. Lo deseable sería que estas influencias y consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer fuesen siempre positivas. ¿No? Hasta la próxima. Gracias por todo. Un beso.

desde donde estés también lanzarás el txupinazo

Te despiertas temprano, algo más de lo normal y casi de hurtadillas empiezas a moverte por las redes, intentando que los nervios se distraigan. De repente alguien deja de disimular y lanza un mensaje por Whatsapp… “Llevo desde las 5.30 despierta!”. Inmediatamente contesta otra que ella ayer a las dos estaba despierta y que lleva un rato sin dormir y el otro dice que está casi preparado. No es un día más. Hoy comienzan los Sanfermines, las fiestas de Iruñea, esas fiestas que para conocerlas hay que vivirlas de noche y de día, participando en tradiciones centenarias y creando las nuevas cada día. Unas fiestas que tenemos el empeño que sean fiestas seguras para las mujeres, porque en esta ciudad las mujeres llevan luchando décadas para que eso ocurra, en fiestas y fuera de ellas.

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Este 6 de julio es especial, como todos los años y diferente a todos. Es la tercera vez que las vecinas y vecinos hemos elegido quién queríamos que lanzase el txupinazo. Atrás quedaron aquellos fastos en la casa consistorial, con más de 400 invitados, la mayoría dirigentes y pesebreros. Hoy el acto queda reducido a algo más de la mitad de aquellos 400 y quienes asisten son las gentes de Iruñea, aparte de representantes forales. Ya no hay militares, jueces, policías, empresarios, obispos y demás. Este año los integrantes de la Mesa de la Diversidad serán los invitados preferentes a este acto. Más color y más representatividad en el comienzo de la fiesta más universal. Pero sin duda, si alguien va a ser protagonista hoy, van a ser los integrantes de Motxila 21, grupo musical integrado por unas personas que, más allá de una etiqueta científica que señala que portan el cromosoma 21 por triplicado, en vez de los dos habituales, son personas como el resto, con sus buenos y malos días, altas y bajas, rubias y castañas, pero en este caso músicas. Ese cromosoma de más que tienen les da la capacidad de ver el mundo de una manera diferente, sin duda de manera más cercana, abriendo los ojos a lo que de verdad importa: las personas. Hoy, estoy seguro, va a haber mucho cariño en el acto del txupinazo, porque las personas con Síndrome de Down tienen tanto amor que se empeñan en ofrecerlo indistintamente a todas las personas que quieran recibirlo.

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Yo todo esto lo aprendí de mi prima, en realidad prima de la ama, Aitziber Aranburu Urtasun. Una mujer excepcional que me enseñó muchas cosas. La sensibilidad en la vida no depende de un número de cromosomas, el esfuerzo y la lucha no tienen relación con las supuestas oportunidades que te “da” un médico cuando naces, y el amor y cariño que das no depende de lo más o menos especial que puedas ser. Todo eso depende de cada persona. Dos o tres cromosomas no te impiden, ni te ofrecen vivir la vida con más o menos sensibilidad. La capacidad de salir adelante depende de las ganas de luchar que tengas y si es acompañado, mejor. Y ofrecer amor y cariño solo lo puedes dar si la persona se tiene amor y cariño a sí misma. Aitziber era una artista, en la danza, en el teatro, en la pintura. Era capaz de expresar todo con una cara, un gesto, una risa. Cuando nació no le dieron mucha esperanza, pero luchó, y lo hizo con su ama y su aita, con sus hermanas y su hermano y salió adelante, abriendo esos ojos curiosos a la vida. Y sobre todo, Aitziber dio mucho amor, nos lo dio a todas y todos.

Aitziber nos dejó hace algunas semanas, justo el día que se anunció que Motxila 21 lanzaría el txupinazo. Nos vamos a acordar de ella, mucho. Y nos emocionaremos recordándola. Pero sobre todo sonreiremos pensando que ella, esté donde esté, también habrá lanzado el cohete y habrá bailado un aurresku o vete a saber si habrá bailado el zortziko de Altsasu, el pueblo de su ama. Estoy también seguro que mañana, día de San Fermín, con las primeras luces de la mañana, cantará con el tío Maxi y el resto de la familia la aurora a la que su aita puso letra, la Aurora de San Fermín. Y yo me uniré a todos ellos deseando “que sean estas, de gozo y paz”.

Al nacer dijeron de ti que eras “muy poca cosa”. Y en realidad fuiste mucho para muchas y muchos. Eskerrik asko, maitia.

Gora San Fermin!!!!!

te casas

 

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Te conocí en las escaleras de casa. Creo que era el 6 de junio, de hace unos cuantos años. En aquel tiempo a los menores no nos dejaban visitar maternidad, o por lo menos eso nos dijeron, así que todavía, a los cuatro días de que nacieras, no conocía a mi hermano pequeño. Yo volvía de fiestas del cole y al llegar a casa vi a una tía mía que llevaba un bulto en los brazos, envuelto en esas mantas que ponen a los bebés. La ama iba detrás y allí, en las escaleras, te vi por primera vez. Yo tenía ocho años y me pareciste la cosa más bonita del mundo. Pasaron los años, de la manera en que pasan entre hermanos. Juegos, riñas, sustos, risas. A los dos años silbabas la Traviata que escuchabas en el tocadiscos de casa. Tenías una voz bastante grave, cosa que llamaba la atención. Y gritabas de lujo. Eras y eres un cabezón. Nuestro cabezón. Desde txiki, por eso de la diferencia de edad, fuiste bastante independiente. Jugabas tú solo a los playmobil que entonces se llamaban clicks de Famobil, con todos ellos por el suelo del salón. Luego llegó el fútbol. Joder, la de partidos que me he tragado viéndote jugar a fútbol. La verdad es que ese era fútbol de verdad, más allá del negocio que lleva aparejado el profesional. Lalas te llamaban. Yo no sé cómo jugaba el tal Lalas, pero tú jugabas dejándote la piel, con espíritu de equipo, defendiendo tus colores hasta el final y no dejándote avasallar por nadie. Luchador. Sin que cumplieras los 14, la ama se nos fue. Me tocó decirte lo qué había pasado. Eso queda entre nosotros. Sentí, dentro de la tristeza propia, ternura por ese chaval que prefería mirar cómo pasaba la vida desde el balcón antes que encararse con los llantos de la casa. Y la vida continuó, como suele hacerlo. El aita luchando por sus hijos, nuestra hermana siempre atenta y en cierta medida siendo la imagen de la ama. Tu cuadrilla, tu bajera, tus escapadas, tus amores. Llegó el momento en que empezaste a vivir más tiempo fuera de casa, porque dentro de tu independencia que tenías desde que naciste, era lo que por lógica tenías que hacer. Al aita le costaba, y a mí me costó empezar a ver tu habitación vacía, pero como con todo, poco a poco nos fuimos haciendo. Recuerdo, también, cuando con el aita en el balcón, nos detuvieron a los dos en el portal de casa. A mí me trataron esa vez con guante de seda. Contigo fueron algo más bruscos, como suelen serlo ellos. Me acuerdo que allí, en los calabozos de comisaría nos pusieron a cada uno en una esquina, en una de esas celdas con mantas sucias. Hablamos algo de celda a celda, mientras un mantero africano lloraba en la celda de enfrente. Nos juzgaron en esa audiencia mantenida para juzgar a vascos, de esa de la que salen jueces que no ven torturas para ser ministros de la “Democracia”. En nuestro caso no nos tocaron. Nos juzgaron y nos absolvieron. Nos tocó la lotería. Y llegó también el día en que, en un campamento con personas con diferentes discapacidades, conociste a tu pareja. Sois dos personas fuertes, de las que tiráis “p’alante”, con tanto amor que se os desborda y tenéis que darlo también en el cole y en la granja. Y llegó el día en que apareció Amaiur. Lloraste durante dos días todo lo que no habías llorado. Fue un llanto cicatrizante, de esos que curan, un llanto de amor y felicidad, de serenidad. Y a partir de ahí mi hermano pequeño, el txiki de la casa, se convirtió en aita y yo en osaba, algo que, sin duda, es infinitamente más fácil. Ver cómo Amaiur descubre la vida, te pregunta, aún casi sin saber hablar, o escuchar cómo dice tu nombre por primera vez es algo con lo que no podía ni soñar. Y es curioso, porque viéndole veo a aquel crío que jugaba en el salón de casa. Y hoy te casas, a tu manera, a vuestra manera, con mucho amor y poca ceremonia. Y solo puedo decirte que, como todos los días, desde aquel día que te conocí en las escaleras de casa, siento un orgullo y un amor infinito por ti, por mi hermano txikito, por mi hermano del alma. Maite zaitut.

memorias de una mujer libre

Todavía me asombra haber conocido a toda aquella gente, una serie de carambolas nos juntaron y unieron en la quimera de los swinging sixties. Era una época de lo más inocente. los famosos no eran tan famosos y no iban por ahí acompañados de presuntuosas cohortes. Yo, oriunda del condado de Clare, me emocionaba ante aquella galaxia de visitantes, y sin embargo nunca me dejaba deslumbrar. Sabía que era algo transitorio, que todos estábamos de paso, rumbo a otros lugares, orbitando hacia arriba, siempre hacia arriba.

El año pasado descubrí una autora irlandesa que me cautivó con el primer libro que leí. Sorprendentemente para mí, Edna O’Brien es una autora que lleva décadas escribiendo y luchando para poder hacerlo como ella quiere. Y digo sorprendentemente porque hasta el año pasado no me había fijado en ella, a pesar de estar en los últimos tiempos en todas las quinielas para el premio Nobel de Literatura año tras año (algo a lo que en realidad no le suelo dar mucho valor). En los últimos años la fantástica editorial Errata Naturae ha editado varias de sus obras y en este caso la obra elegida han sido sus deslumbrantes memorias.

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Edna O’Brien y su hijo Sasha Gebler en la década de los 70

Vamos a ver. Considero que lo más importante de unas memorias es cómo están escritas. Por una vida fascinante y llena de historias que contar que haya podido tener una persona, si no está convenientemente escrito, narrado, esto es, contado, no podrán ser sentidas en toda su intensidad. No es lo mismo decir “Vi a mi madre y supe que estaba enfadada porque tenía la autobiografía de Seán O’Casey en su mano”, que decir “Vi la furia en los ojos de mi madre, antes siquiera de que hablara. Tenía en la mano la autobiografía de Seán O’Casey, abierta por la página incendiaria”. En el caso de estas memorias, por cierto tituladas Chica de campo, O’Brien las narra como si fuesen cualquiera de sus novelas, con un dominio del lenguaje que se caracteriza por la fluidez y por ser capaz de trasladarnos al momento que narra con una facilidad asombrosa. La autora irlandesa escribe en ingles de Irlanda y su fuente es la propia Irlanda. Esa Irlanda de la que tuvo que marcharse y que aprendió a plasmar en su literatura gracias a la distancia que tomó. Si además de estar bien escritas, las memorias nos cuentan una vida intensa, se puede conseguir algo tan deslumbrante como estas memorias.

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Durante los 70, Edna se lo pasó pipa con los psicotrópicos. Aquí en una fiesta con el cantante irlandés, Luke Kelly.

El caso es que la escritora nacida en Tuamgraney en 1930, en esa Irlanda rural controlada férreamente por la Iglesia católica, con un padre alcohólico y una madre integrista religiosa, tuvo la suerte de poder estudiar y de joven ir a Dublin a trabajar. En ese Dublin de los 50 empezó a escribir de lo que una chica de pueblo, joven e irlandesa, sentía con el papel que socialmente se le obligaba a tener. Comenzó a tratar autores de teatro, conoció al que fuera su marido Ernest Gebler, también escritor. Se trasladaron a Londres a vivir porque no soportaban la sensación de ahogo constante que tenían en la isla verde y una década después se divorciaron, tras haber tenido dos hijos, Carlo y Sasha. Con sus primeras novelas le acusaron en su tierra de ser una escritora pornográfica y fue casi un personaje demoníaco para la moral nacionalcatólica irlandesa. En Londres y después en EEUU, fue parte de la intelectualidad irlandesa en el exilio y tuvo ocasión de integrarse en los círculos literarios y artísticos, incluido el cine, por sus guiones para películas. En estas memorias, fantásticas, la podemos leer desayunando con Jackie Onassis en New York, compartiendo cama con Robert Mitchum, debatiendo con Hillary Clinton y encontrándose en Paris con Samuel Beckett o Marguerite Duras.

Sea como sea, con este libro o con otro cualquiera, no te olvides de celebrar el Día del Libro como hay que hacerlo, con un libro en las manos y leyendo. Si puedes, compra a algún librero o librera, de esos tan buenos que tenemos en Iruñea. Te los encontrarás a todos juntos (a los buenos, me refiero) en el cruce de Carlos III con Roncesvalles, durante todo el día. ¡Y además te regalarán una flor!! ¡Feliz Día del Libro! 

Una obra para quienes amen Irlanda, para quienes quieran conocer la parte oscura del renacer cultural irlandés, para quienes quieran sorprenderse con una vida intensa, llena de personajes importantes y para quienes gusten de la literatura de Edna O’Brien, porque estas memorias son una maravilla, como cualquiera de sus libros.

mujeres y poder

No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura.

Mary Beard es una señora que me produce mucha ternura con sus andares y su melena canosa y admiración, sobre todo admiración. Catedrática de Clásicas en el Newnham College de Cambridge, su labor divulgativa en torno al mundo clásico y la cultura greco-romana, hacen de ella una de mis referencias en este ámbito. Sus libros han sido capaces de acercar este mundo, eliminando falsas creencias, a la generalidad de lectoras y lectores, sin necesidad de que quienes leen sus obras sean estudiantes o profesionales. Sus documentales, que se pueden encontrar fácilmente en la red y os animo a verlos, son una ventana audiovisual al conocimiento de esa época de la cultura occidental.

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Además hay otro aspecto de la profesora Beard que me atrae sobremanera. Es una mujer cuyo éxito profesional es en un campo tradicionalmente masculino. Ese éxito ha sido motivo de ataque por una parte de esas sociedad machista y misógina que no puede aguantar que una mujer destaque en el mundo académico y lo haga además de una manera diferente a empleada hasta entonces. El hecho de que la señora Beard haya dedicado parte de su labor académica a investigar el papel de las mujeres en ese mundo clásico, ha servido para intentar menospreciar e incluso ridiculizar ese trabajo diciendo que es algo que puede hacer una mujer, porque los hombres tienen otros aspectos de la cultura clásica que seguir investigando. La pregunta evidente es por qué, hasta ahora, nadie, o muy poca gente, se ha dedicado a tratar la función de las mujeres en esa época, en vez de hablar sólo del papel masculino. En Twitter, debido a este pensamiento misógino, ha recibido insultos e incluso amenazas de muerte. Por eso mi solidaridad para con ella y el resto de mujeres investigadoras en campos tradicionalmente masculinos es inevitable.

La obra que hoy presento es precisamente un manifiesto feminista compuesto de dos conferencias que la doctora Beard ofreció en 2014 y 2017. La primera de ellas diserta sobre La voz pública de las mujeres y la segunda sobre Mujeres y poder. En la primera toma como ejemplos diferentes mujeres, reales o ficticias, de la cultura clásica y su voz pública, toda vez esa voz pública estaba prohibida. Toma también el ejemplo de mujeres más actuales y el modelo de voz que utilizan cuando hablan en público. En la segunda examina los cimientos de la misoginia y reflexiona sobre la relación de las mujeres con el poder y sobre las mujeres poderosas que no se doblegan al patrón masculino. Todo el libro es una fuente para la reflexión y el debate, y la conclusión en forma de epílogo es sencillamente maravillosa. En ella concluye que no es solo que las mujeres tengan más dificultades para triunfar, sino que se las trata con mayor severidad si alguna vez meten la pata. Me gustaría, en el futuro, reflexionar acerca de cómo abordar la reconfiguración de aquellas ideas de “poder” que hoy excluyen a todas las mujeres, salvo a unas pocas, y me gustaría también desmontar el concepto de “liderazgo” (normalmente masculino) que hoy en día se considera la clave de acceso a los organismos de éxito, desde las escuelas y universidades hasta los negocios y el gobierno. Espero ansioso que lo haga y nos demás elementos para la reflexión.

Una obra para cualquier persona que quiera avanzar hacia una sociedad donde las mujeres y hombres seamos considerados por nuestras aptitudes y no por lo que tenemos entre las piernas. Una obra que recomiendo, encarecidamente, a todos los hombres.