un intenso día normal de fiesta

Despertarte, abrir un ojo, no ha sonado el despertador, media vuelta y volver a cerrarlo hasta que caes en la cuenta que hoy no sonará y tranquilamente vas moviéndote y te levantas. Miras el teléfono y recuerdas que ayer en una hora se te agotó la tarifa de datos sin haber utilizado el puto móvil. ¡Maldita seas Movistar! El sábado iré a protestar a la tienda y les contaré lo mismo que hice ayer por teléfono, pero por lo menos les veré la cara y quien me atienda se fijará en mi ceja subida nada más entrar por la puerta. Como el enfado en esos momentos no va a solucionar nada, me siento en el cojín para hacer mi sesión matinal de meditación. Estoy aquí, esta es mi respiración que sucede sin que normalmente me de cuenta y en este momento soy consciente de ello. ¡Mierda! Me he ido a otro pensamiento. Vuelta a la respiración. Suena la campana y agradezco estos poco más de diez minutos dedicados a mí y a estar presente. Desayuno, ducha y al coche.

Hace un día de lujo, de esos en donde la primavera avisa que ya está aquí. A eso de las once de la mañana paramos en Etxalar para echar un pintxo. Iba pensando en uno de txistorra, pero me dicen que no hay pintxo de txistorra, solo de tortilla de txistorra, no entiendo nada. Si hay txistorra para tortilla de txistorra habrá para pintxo de txistorra, ¿no? Pues no, en este caso no. Sonrío, me cojo el pintxo, mi caña, un café y me lo como todo tan a gusto. Agur. Agur bai.

La muga con Lapurdi está hasta arriba. Los gendarmes, armados hasta los dientes, vigilan la entrada en el territorio de la “Republique”. Bruselas presente. Me acuerdo de los que siguen llegando y ahogándose en las costas europeas. Sus lloros hacen uno con quienes han perdido esta semana a su gente en la capital belga. Esta locura que han puesto en marcha quienes gobiernan al ritmo del sonido de las armas vendidas y quienes con esas armas compradas han decidido alterar ese ritmo a golpe de bombazo, nos tiene atrapados al resto. A unos, todavía ingenuos creyendo que eso no va con nosotros y a otros entre el barro y el desamparo más absoluto detrás de unas alambradas esperando la expulsión de esta Europa hipócrita y desmemoriada.

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Llegamos a Donibane Lohizune, recorremos esa calle Mayor atiborrada de tiendas a cada lado, una iglesia medio vacía, que aquí la religión imperante es la de las baratijas, las firmas y los trapos, lo importante y el credo que debes recitar hasta aprender es el que está grabado en la tarjeta de crédito, que hay que pasear convenientemente si no quieres terminar apartado de la fe oficial. La playa y el paseo nos da un respiro que celebramos con una caña en terraza, bajo un sol de marzo que se esfuerza en calentar. Hora de comer. A mí también me gusta comer pronto. Ni tan mal. Pido una sopa de pescado que resulta ser como para tres, lo que creía que eran unas hamburguesas y que resulta ser una especie de carne guisada con poca gracia y pastel vasco. Así que después hay que pasear. Tomamos la playa y llegamos hasta el final, subimos la pequeña colina de Santa Bárbara, nos deleitamos con la costa recortada, respiramos el mar, escuchamos la voz de ese mar que vemos de vez en cuando y que a veces creemos conocer. No le entendemos nada y seguimos paseando por la colina, disfrutando del sol de media tarde, de la brisa fresca de este final de marzo y de la hierba fresca y verde, casi virgen, que con su esponjosidad es la antítesis de la dureza de esa costa, cuyo ramo de flores puesto por una madre nos avisa que es implacable.

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Deshacemos el camino y nos adentramos de nuevo en las calles del pueblo labortano, con esas casas blancas llenas de contraventanas de madera pintadas, unas de rojo y otras de azul. Reencuentro con quienes se han quedado disfrutando de la terraza y el patxaran, una entrada en una tienda de ropa infantil y es que la llegada de mi sobrino Amaiur en julio viene avisada con tiempo. Ya le hemos abierto los brazos de par en par. Vuelta al coche, regreso sin contratiempos y a casa. Pijama y descanso, que este Jueves Santo que se viene repitiendo en los últimos años nos ha dejado el cuerpo molido. Porque una simple excursión, vivida con la intensidad de las cosas normales, deja un buen sabor, algo cansado, pero con sonrisa en la boca.

Written by dslegi

Bizitza aurrera eramaten, Iruñea nire zaletasuna, euskara nire ametsa, Euskal Herria oraingoa eta etorkizunean. Mucho por decir y todo por escuchar.

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