te casas

 

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Image by @juaparodriguez

Te conocí en las escaleras de casa. Creo que era el 6 de junio, de hace unos cuantos años. En aquel tiempo a los menores no nos dejaban visitar maternidad, o por lo menos eso nos dijeron, así que todavía, a los cuatro días de que nacieras, no conocía a mi hermano pequeño. Yo volvía de fiestas del cole y al llegar a casa vi a una tía mía que llevaba un bulto en los brazos, envuelto en esas mantas que ponen a los bebés. La ama iba detrás y allí, en las escaleras, te vi por primera vez. Yo tenía ocho años y me pareciste la cosa más bonita del mundo. Pasaron los años, de la manera en que pasan entre hermanos. Juegos, riñas, sustos, risas. A los dos años silbabas la Traviata que escuchabas en el tocadiscos de casa. Tenías una voz bastante grave, cosa que llamaba la atención. Y gritabas de lujo. Eras y eres un cabezón. Nuestro cabezón. Desde txiki, por eso de la diferencia de edad, fuiste bastante independiente. Jugabas tú solo a los playmobil que entonces se llamaban clicks de Famobil, con todos ellos por el suelo del salón. Luego llegó el fútbol. Joder, la de partidos que me he tragado viéndote jugar a fútbol. La verdad es que ese era fútbol de verdad, más allá del negocio que lleva aparejado el profesional. Lalas te llamaban. Yo no sé cómo jugaba el tal Lalas, pero tú jugabas dejándote la piel, con espíritu de equipo, defendiendo tus colores hasta el final y no dejándote avasallar por nadie. Luchador. Sin que cumplieras los 14, la ama se nos fue. Me tocó decirte lo qué había pasado. Eso queda entre nosotros. Sentí, dentro de la tristeza propia, ternura por ese chaval que prefería mirar cómo pasaba la vida desde el balcón antes que encararse con los llantos de la casa. Y la vida continuó, como suele hacerlo. El aita luchando por sus hijos, nuestra hermana siempre atenta y en cierta medida siendo la imagen de la ama. Tu cuadrilla, tu bajera, tus escapadas, tus amores. Llegó el momento en que empezaste a vivir más tiempo fuera de casa, porque dentro de tu independencia que tenías desde que naciste, era lo que por lógica tenías que hacer. Al aita le costaba, y a mí me costó empezar a ver tu habitación vacía, pero como con todo, poco a poco nos fuimos haciendo. Recuerdo, también, cuando con el aita en el balcón, nos detuvieron a los dos en el portal de casa. A mí me trataron esa vez con guante de seda. Contigo fueron algo más bruscos, como suelen serlo ellos. Me acuerdo que allí, en los calabozos de comisaría nos pusieron a cada uno en una esquina, en una de esas celdas con mantas sucias. Hablamos algo de celda a celda, mientras un mantero africano lloraba en la celda de enfrente. Nos juzgaron en esa audiencia mantenida para juzgar a vascos, de esa de la que salen jueces que no ven torturas para ser ministros de la “Democracia”. En nuestro caso no nos tocaron. Nos juzgaron y nos absolvieron. Nos tocó la lotería. Y llegó también el día en que, en un campamento con personas con diferentes discapacidades, conociste a tu pareja. Sois dos personas fuertes, de las que tiráis “p’alante”, con tanto amor que se os desborda y tenéis que darlo también en el cole y en la granja. Y llegó el día en que apareció Amaiur. Lloraste durante dos días todo lo que no habías llorado. Fue un llanto cicatrizante, de esos que curan, un llanto de amor y felicidad, de serenidad. Y a partir de ahí mi hermano pequeño, el txiki de la casa, se convirtió en aita y yo en osaba, algo que, sin duda, es infinitamente más fácil. Ver cómo Amaiur descubre la vida, te pregunta, aún casi sin saber hablar, o escuchar cómo dice tu nombre por primera vez es algo con lo que no podía ni soñar. Y es curioso, porque viéndole veo a aquel crío que jugaba en el salón de casa. Y hoy te casas, a tu manera, a vuestra manera, con mucho amor y poca ceremonia. Y solo puedo decirte que, como todos los días, desde aquel día que te conocí en las escaleras de casa, siento un orgullo y un amor infinito por ti, por mi hermano txikito, por mi hermano del alma. Maite zaitut.

Written by dslegi

Bizitza aurrera eramaten. Mucho por decir y todo por escuchar.

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