postales desde dentro

A casi 10.500 kilómetros de distancia de mi hogar, en el país que ve nacer la estrella que rige nuestros días, pensé que las palabras son más palabras si se escriben sobre papel, a lápiz, o mejor con una pluma de tinta negra y que, a pesar de que esas palabras llegarían días después de mi vuelta, eran y son palabras que contienen parte de lo que llevo dentro. Por eso, en los días en que me dediqué a descubrir Japón, aproveché momentos de descanso, espacios de parada, en el silencio de un monasterio zen, en una cafetería con vistas a la locura metropolitana de Tokio, en un pequeño bar, tras comer un ramen y un bol de arroz, en el tren, a una velocidad vertiginosa, para escribir postales. Casi veinte pequeñas misivas, personalizadas, escritas con la sensación de estar dejando una parte que está muy dentro de mí. Sonreí mientras lo hacía, recordé vivencias con esas personas, imaginé qué estarían haciendo en esos momentos. Pagodas, cerezos, palacios, acuarelas, símbolos extraños para Occidente, retazos de una cultura con su cara y su cruz. Todas ellas las fui metiendo, conforme las escribía, en inmaculados sobres que compré en una tienda barata y que después tuve que pegar con pegamento de lo baratos que eran. Nombre y dirección, centrados, en pluma negra, intentando hacerlo con buena caligrafía, por lo menos clara y limpia, aunque no llegue, ni mucho menos, al arte de los calígrafos que veo por ahí. En las primeras pude poner sellos japoneses, de los dentados, seguramente con el sagrado Fuji dibujado en ellos, no lo recuerdo. En las últimas, el impuesto del correos nipón iba pegado en pegatina, qué pena. Y las postales fueron llegando y nunca me habría imaginado la ilusión que hicieron a la mayoría, más allá de la ilusión que me hicieron a mí escribirlas, y las llamadas agradeciéndolas y los mensajes emocionados. Si una simple postal, con cuatro líneas escritas, es capaz de sugerir y ocasionar esos sentimientos, estamos haciendo algo, por lo menos raro, con este mundo. Un mundo supuestamente cada día más conectado, pero cada vez más impersonal y con más personas solas. Si no fuese porque me iban a tomar por un loco, o por alguien más loco de lo que uno está, escribiría postales todas las semanas. Lo malo es que aquí no hay postales de geishas.

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Written by dslegi

Bizitza aurrera eramaten. Mucho por decir y todo por escuchar.

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