tarde de domingo en libertad

altsasu

Después de un año, de aquel aciago domingo en que llegamos a un pueblo, Altsasu, tomado militarmente, después de un año en el que varios jóvenes del pueblo han vivido prisioneros de una política vengativa y obsesiva, hemos vuelto a las ferias, con Amaiur ya con 15 meses, siendo una bocanada de aire fresco en nuestra rutina y viva imagen de la inocencia y el descubrimiento. Caballos y yeguas, vacas del Pirineo, ovejas latxas, queso, miel, pan recién horneado en leña, pasteles vascos, talos de harina de maíz, euskera, vermuth, comida, una buena conversación, una hospitalidad hecha desde el cariño y agradecida con sinceridad y vuelta a la vieja Iruñea. Y mientras tanto, durante todo este día de libertad, gentes de muy lejos, física y mentalmente, gentes que no pueden entender nada de lo que yo hoy he vivido, han estado mandando mensajes a mi Twitter, mensajes de odio, insultos y amenazas. Nada del otro mundo, últimamente es lo general desde España. Y mientras escucho la suite francesa nº 1 de Bach, mientras el sonido de la danza se adentra en mi ser, mientras la música serena la tarde, ocho jóvenes no saben lo que les deparará el futuro en manos de esa “justicia” español y tres siguen encarcelados. Nubes negras. Me adentro en Bach y disfruto de una libertad que ese odio tuitero no me quita y que esa gente que vomita por las redes sociales no podrá tener jamás. Mañana más y mejor.

lo nuevo de Gardiner

Sir John Eliot Gardiner ha grabado un nuevo disco dedicado a Johann Sebastian Bach, su compositor de referencia y a quien ha dedicado buena parte de su vida musical. Lo ha hecho con una nueva grabación del Magnificat en versión de 1723, catalogada con el número BWV 243a, cuando por lo general las grabaciones suelen hacerse en base a la versión revisada de 1733, la BWV 243. El caso es que esta es la segunda ocasión en que Gardiner graba el Magnificat, ya que en noviembre de 1983 lo hizo en el que ha sido, sin duda, referencia en las grabaciones de la obra y de toda la discografía bachiana. En aquel disco la versión elegida fue la de la década de los 30 (hay quien la sitúa entre 1728 y 1731 o entre 1732 y 1735), la BWV 243.

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Este primer Magnificat fue compuesto para la Navidad de 1723 en tono de Mi bemol y cuenta con una pareja de flautas de pico que en la segunda versión fueron sustituidas por traverseras y oboes. Si bien todos los números de coros y arias son iguales en las dos versiones, la orquestación es más rica y completa en la siguiente versión, aunque en esta primera gana en sencillez. El Magnificat forma parte del servicio de Vísperas, una función de tarde que en el culto luterano se denominaba Abendgebet, Andacht o Vespern. Ordinariamente se cantaba en alemán, pero en fiestas de especial relieve, como Navidad, se cantaba en latín. La característica principal de la versión de 1723 es la inclusión de cuatro Lauda, que eran canciones de Navidad que se solían cantar por la calle y eran muy conocidas en el Leipzig de aquella época. La inclusión de estos números está anotado por Bach en el propio manuscrito y algunos de ellos, antiguos, son de una belleza sencilla.

Gardiner, en las notas del CD, afirma que Bach, en sus primeras navidades en Leipzig, tuvo una oportunidad de oro para afianzar su puesto como Cantor de Santo Tomás y que, desde luego, no lo desaprovechó. Los feligreses de las funciones de aquellas navidades tuvieron que quedarse maravillados con esta obra, con la orquestación propuesta y con unos números cortos que le dan ligereza a la propia narración del Magnificat. Una obra compuesta para orquesta completa, acorde con la solemnidad de la fiesta y con cinco partes vocales que requieren un virtuosismo por parte de los interpretes como seguramente nunca se habría visto en Leipzig. Comienza con el impresionante coro inicial y luego va desarrollándose con las sucesivas arias y coros, en un deslumbrante mosaico de lo grande y lo pequeño. Llaman la atención en esta grabación, la delicadeza del Quia respexit, con una soprano absolutamente deliciosa, cuya serenidad queda rota sin previo aviso por la fuerza del Omnes generationes que tuvo que dejar pegados a sus bancos a quienes asistían a la celebración. Et misericordia vuelve a ser, en forma de dúo, una demostración de la capacidad de Bach para trasladar los sentimientos a la música.

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El disco se completa con una nueva versión de Gardiner de la Cantata BWV 151Süßer Trost, mein Jesus kömmt, una de las favoritas del director inglés, que ya grabó en su epopeya de 2000 en la que recorrió el mundo en un peregrinaje a través de las cantatas, con una grabación completa de las más de 200 cantatas bachianas que se conservan, a través de más de 50 conciertos. Esta cantata fue compuesta en 1725 para el Tercer día de Navidad y es una composición que invita a la contemplación del niño, en una especie de nana que canta la propia madre. Preciosa, la verdad. Por cierto, en el libreto del disco, Gardiner sugiere que en el aria que abre la cantata, un aria de consuelo para soprano sobre una base de flauta, la melodía de la flauta podría tener origen en la música popular vasca.

Acompaña a esta dos obras una tercera, la Misa en Fa mayor, BWV 233, una de las cuatro misas conocidas como misas luteranas, o también misas brevis, compuesta en 1738. Esta obra consta de seis partes (como las otras tres misas luteranas) parodias de otras tantas partes de cantatas anteriores. Estas misas han sido injustamente infravaloradas en el catálogo bachiano, pero Gardiner, una vez más, la ejecuta con tal frescura que la hace una delicia.

Un disco, en definitiva, merecedor de formar parte de la discografía de cualquier aficionado a Bach que se precie.

el orgasmo de David

Vamos a ver. La obra es un concierto para clave escrito por Johann Sebastian Bach que originariamente, parece ser, el primer y tercer movimiento eran parte de un concierto para violín perdido (me muero con esta clase de pérdidas) y el movimiento central, objeto de esta entrada, proviene de un concierto para oboe, también perdido (vuelvo a morir). El Concierto para clave nº 5 en fa menor, BWV 1056, fue seguramente escrito hacia 1742, dura unos diez minutos y en la partitura original acompañan al clave violines I y II, violas y un continuo de violonchelo y violone. Este fue el primer concierto para clave en el que el compositor rebajó sustancialmente el acompañamiento para dar el máximo protagonismo al instrumento protagonista. No soy muy aficionado a las interpretaciones al clave, me gustan más al piano, qué se le va a hacer. De entre las versiones al clave me gusta esta de Andreas Staier, aunque seguramente una de las más clásicas y valoradas sea la versión de Trevor Pinnock con The English Concert.

El caso es que ese segundo movimiento es el Largo, que no quiere decir que sea más extenso, si no que su tiempo es más lento y además, en este caso, está escrito en una tonalidad diferente a los otros dos tiempos, en la bemol mayor. Este movimiento me ha gustado de siempre, crea en mi una serenidad absoluta e incluso puede arrancar, de hecho lo hace, unas lágrimas por ser tan sublime. A Bach debía de gustarle también, ya que lo utilizó en la sinfonía que introduce la cantata Ich steh mit einem Fuß im Grabe, BWV 156, una cantata religiosa de 1729 para el Tercer domingo después de la Epifanía. Por lo tanto este movimiento del antiguo concierto de oboe fue utilizado primero en esta cantata.

Y entonces es cuando me encuentro con un CD que, si bien es bastante conocido, seguramente por la publicidad que le hicieron en su momento, no es, por lo menos no para mí, la mejor grabación al piano de estos conciertos. El pianista, con una pinta de niño de papá que no se aguanta, casado con la hija de un famoso director de orquesta, con un flequillo que ni Kortajarena, se llama David Fray. Pero va y el tipo, el niño pijo, toca el segundo movimiento, el Largo, con una sensibilidad extrema, como pocas veces se puede presenciar. Llevo días que no puedo dejar de ver el vídeo donde ejecuta esta parte. Su cara, mientras toca el piano, me atrae de tal manera, que todas las veces que he visto el vídeo han caído unas lágrimas. Quizás parezca una exageración, pero a cada cual le llega la emoción de fuentes de lo más diversas. Esa cara de David, porque con la de veces que le he visto en el vídeo no me queda ya más remedio que llamarle por su nombre, esa cara, decía, es la cara de alguien que está sintiendo tan hondo la música que interpreta, que parece que está llegando a un orgasmo, en este caso múltiple. Y yo, de verlo y escucharlo, también.

Seguramente haya quien después de haberlo visto haya pensado en ese otro maravilloso pianista que fue Glenn Gould. Y la verdad es que el flequillos tiene mucho de sus histerismos, sus manías y tal. Y claro, entre original y copia, yo prefiero el original. Pero cuidado. No digo que el tío no sea bueno, que de hecho lo es. He dicho que de este concierto hay grabaciones que me gustan mucho más.

Os dejo las portadas de algunas de algunas de las, para mí, mejores grabaciones del concierto y también del propio álbum de donde proviene el vídeo del orgasmo. Hay versiones en el original clave, al piano y con otros instrumentos como el violín, la viola de gamba, el oboe o la mandolina.

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Y aquí tenéis la lista del Spotify. Felices orgasmos.

introducción a lo sublime

Berlín, una tarde de 1829, Felix Mendelssohn da comienzo a la interpretación de una obra que ha permanecido olvidada casi un siglo. La Matthäus-Passion volvía a la vida gracias a un joven músico, de apenas 20 años, que la ejecutó en versión abreviada dirigiendo a la Berliner Sing-Akademie. Y se hizo la luz. Sirva esta entrada como introducción a la obra musical más sublime de todos los tiempos. No será la única vez que aparezca La obra en este blog. Tres coros, dos orquestas y seis solistas. Matthäus-Passion, BWV 244, de Johann Sebastian Bach. ¡Vamos a ello!

Estamos ante algo grandioso
Estamos ante algo grandioso

El maestro Bach era, desde 1723, el kantor de la Thomasschule (la escuela de Santo Tomás) de Thomaskirche de Leipzig, esto es, el maestro de música (y latín, aunque de esto pasó olímpicamente) de dicha escuela y el músico-director de la iglesia de Santo Tomás. Después de estar varios años ocupando diferentes puestos en diversas cortes alemanas, decidió que el puesto de la iglesia de Santo Tomás, un puesto de funcionario, era lo mejor para él y su familia. Porque resulta que ese puesto dependía directamente del Ayuntamiento de la ciudad y su función no era exclusivamente el aspecto musical de dicha iglesia, si no que abarcaba otras como la de Nikolaikirche (San Nicolás) y Paulinerkirche (San Pablo), esta última, la iglesia de la Universidad. Fue una época marcada, hasta el fin de sus días, por las desavenencias con el propio Ayuntamiento, que no atendía de forma conveniente las peticiones del músico. Se quejaba de la falta de instrumentos para interpretar las obras, teniendo en cuenta que tenía que componer una cantata para cada domingo y festividad litúrgica y a veces civil. El caso es que la liturgia tiene tres ciclos, así que completar los tres ciclos cuesta tres años. Imaginad la de cantatas y obras que tuvo que componer para todas esas fiestas.

Y llegada la Semana Santa y teniendo en cuenta que Leipzig era una ciudad donde imperaba el luteranismo, y como les encanta cantar himnos y corales y demás, pues en esas fechas se le doblaba el trabajo y tenía que componer e interpretar la propia Pasión de Jesucristo. Ni más, ni menos. Vamos a ver. Ya se que el tema no es lo más apetecible y tal, pero miradlo de esta forma. La Pasión es la historia de un tío que andaba por ahí hablando de manera un tanto revolucionaria al que unos colaboracionistas de los romanos le acusan de querer subvertir el orden establecido y eso en aquellos tiempos, como ahora, era el copón de la baraja. El romano de turno, un tal Pilatos, intenta desentenderse, pero los los del Sanedrín y tal (los sacerdotes hebreos) insisten, los muy cabrones. El caso es que, ya en plan desatados, al pobre Jesús, que así se llamaba el tío en cuestión, le hacen perrerías, lo torturan, le hacen desfilar por la ciudad medio desnudo después de ser torturado y cargando un madero de donde lo van a crucificar. Lo crucifican y claro, pues se muere. Quitadle todo el significado religioso por un momento, quitadle toda la cobertura añadida y os encontraréis con una historia terrible, desgarradora. Pues bien, el bueno de Bach consigue trasladar de manera sublime esos dos capítulos del evangelio de Mateo, añadiéndole unos himnos y poemas con ayuda de un amigo llamado Picander, exponiéndonos de manera impresionante el propio drama humano que nos cuenta ese libro. Un drama humano que a lo largo de nuestra historia y aún hoy se ha repetido constantemente, para desgracia de la humanidad. Los inocentes siguen siendo condenados, las torturas se siguen empleando por países supuestamente democráticos, el colaboracionismo con el sistema está a la orden del día, etc. Pero si profundizamos en los sentimientos humanos que estos hechos producen, nos encontramos con la tristeza, la incomprensión, la culpa, la esperanza, la delicadeza, el amor, la pena, el dolor, el arrepentimiento, la traición, la amargura, el descanso, la confianza, la pasión… Todo eso es la Pasión según San Mateo, la Matthäus-Passion, BWV 244 de Bach. La obra más sublime compuesta en todos los tiempos. ¿Recordáis que os dije que me solían decir que era muy categórico? En este caso, no hay más remedio, lo soy.

Coro I: "Venid, hijas, llorad conmigo".
Coro I: “Venid, hijas, llorad conmigo”.

En esta entrada no os voy a contar toda la historia de cómo Bach compuso esta magna obra (hablo ya como los locutores de Radio Clásica…), porque ya os he dicho que volveremos a ella en repetidas ocasiones, así que voy directamente a la parte que quiero comentar, que no es otra que el propio comienzo de la Pasión (Bach compuso otras pasiones, pero a esta se le conoce como La Pasión). La obra comienza con el primer número, el Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen (Venid, hijas, auxiliadme en el llanto), que interpretan tres coros cantando cada uno su parte, porque sí, en esta obra hay tres coros, ni más ni menos (y dos orquestas). Podría decirse que en esta introducción queda resumida toda la obra y ya desde el principio, con las primeras notas instrumentales, queda patente el sentido trágico de esta historia. Se presiente una tensa calma, antes de que comiencen los coros. Nos situamos en los prolegómenos de la historia que cuenta. Esa primera parte que introduce este número nos cuenta los preparativos y desarrollo de la llamada Última cena. En cuanto a los coros decir que son dos coros con las cuatro voces y un coro de niños. Los dos coros completos comienzan un diálogo entre ellos. Preguntan y responden, cada uno con su letra, cada uno con su música. “Venid, hijas, llorad conmigo. Mirad”, dice el Coro I y el Coro II responde “¿A quién?” y responde el Coro I, “Al esposo. Miradlo”, “¿Cómo?”, le responde el Coro II, “Como un cordero” dice el Coro I. Como veis es un diálogo corriente, de preguntas y respuestas, con una temática religiosa evidente que presenta a Jesús como el cordero (inocente) que va a ser sacrificado. El caso es que, de repente, en medio de este diálogo, aparece el coro de niños (aquél coro de los niños de la escuela donde Bach era maestro cantor) que se ponen a cantar, con otra música, un himno luterano, es decir, una coral, porque con ese nombre es como se conoce a los himnos que son cantados por toda la comunidad en la religión luterana y por lo tanto eran conocidos por todo el mundo. Y el himno empieza a decir “Oh divino cordero inocente, sacrificado en el madero de la cruz” y tal. Pues eso, cualquiera diría que vaya jaleo se va a formar con los dos coros completos hablando entre si y un montón de críos cantando a su pedo. Pues no. Va y resulta que no. Y no solo eso, si no que el resultado es fascinante. Es, me imagino, lo que tiene ser un genio.

Cerrad los ojos y dejaros absorber por esta extraordinaria introducción.

Una versión

El vídeo que he puesto arriba con la ejecución de ese primer número de La Pasión, está interpretada por el Münchener Bach-Chor y la Münchener Bach-Orchester, dirigidos por Karl Richter en 1971. No es la versión que más me gusta de esta obra, por muchas cuestiones, pero su magnitud y profundidad en este primer número son incuestionables. Y como resulta que con esta obra casi cualquier grabación me entusiasma, voy a referirme a una que no la elegiría entre mis favoritas, pero que, aún así, me parece, sobre todo en los números de coro, impresionante. La interpretan los mismos que salen en el vídeo, pero nueve años después. Es una grabación que se hizo para el sello Archiv y que cuenta, como he dicho, con el Münchener Bach-Chor, el coro de niños Regensburger Domspatzen y la Münchener Bach-Orchester. En cuanto a los solistas, el tenor, con el papel de Evangelista (que es quien va contando la historia) es Peter Schreier; el barítono, que interpreta a Jesús es el fantástico Dietrich Fischer-Dieskau; la soprano es Edith Mathis; la contralto, Janet Baker; y el bajo, Matti Salminen.

El tiempo de esta versión es lento, a veces demasiado lento. Es, sobre todo, una versión romántica, seguramente parecida a la que Mendelssohn interpretó en el redescubrimiento de la obra en 1829. Pero la emoción en la interpretación es innegable. Yo soy de versiones más actuales de corte historicista, no tan sinfónicas, pero reconozco que esta versión me atrapa. Richter ya había grabado dos versiones anteriormente. Una en 1958, con los mismos coros y orquesta, también para Archiv, la segunda en 1963, con la orquesta y coro del Teatro Colón de Buenos Aires, para un sello desconocido, la tercera en 1969, con el coro y orquesta habituales, para Archiv, de nuevo, la cuarta vez en 1971, en vídeo con los habituales, para Unitel y Deutsche Grammophon, que es el vídeo que os he puesto y la quinta y última en 1980, que es la que os he comentado. Cinco grabaciones por tanto de esta extraordinaria obra. Si os decantáis por alguna de ellas yo elegiría la de 1980 y si no el DVD de 1971 (aunque lo tenéis entero en Youtube).

 

Os dejo, finalmente, con la lista de Spotify. Como veréis, las versiones están ordenadas según su duración, siendo la más corta de 5 minutos y 39 segundos y la más larga de 11.44, es decir, más de el doble de duración. Al final he puesto dos versiones, una instrumental y otra, muy curiosa, a modo de tango (bastante chula, por cierto). Pues eso, lo de siempre, disfrutad. En otras entradas seguiremos repasando esta obra.

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un dulce júbilo

No os asustéis. Os gusten o no estas fechas navideñas, antiguo solsticio de invierno, etc, etc, resulta que a lo largo de la historia han sido la excusa perfecta para componer música, alguna, por cierto, exquisita. La obra que os traigo hoy es una música que ha perdurado en el tiempo, por lo menos, 700 años. ¿Os dais cuenta? 700 años de una música bastante popular que, en algunas partes del mundo, se sigue cantando a día de hoy en estas fechas, de la misma manera que hace siete siglos. O casi. Porque es una melodía que, respetando la base original, ha tenido a lo largo de todo este tiempo diferentes versiones, armonizaciones. Pero no solo la música, si no, también la letra. A mi que una música haya aguantado siete siglos me emociona. Pensar que lo que ahora escucho o tarareo, fue escuchado y tarareado por gentes que creían que el mundo era plano o que el Universo giraba alrededor de la Tierra, me produce escalofríos. Vamos a ello. Hoy hablamos y escuchamos In dulci jubilo.

La primera constancia escrita de la melodía es la del llamado Codex 1305, descubierto en la Biblioteca de la Universidad de Leipzig hacia 1400. En este Códice aparece la melodía por vez primera, aunque se piensa que era una melodía ya utilizada en diferentes partes de Europa antes de 1300. De todos modos, lo que se sabe con certeza es que el texto más antiguo de la obra, donde el alemán y el latín se van alternando, se debe al místico alemán Heinrich Seuse que supuestamente lo escribió alrededor del año 1328. Pues resulta que este señor contaba que un día escucho a unos ángeles cantar esta letra y decidió copiarla en la antigua melodía y tal. Pero bueno, eso es lo que contaba este señor que por lo visto tenía buen rollito con alguna sustancia. Lo que sí se sabe es que este texto fue musicalizado por diferentes autores desde la Edad Media. Así que, o hubo más personas que escucharon a los ángeles cantar o el rollito estaba extendido o el Seuse tenía muchos pájaros en la cabeza. La originalidad de la letra es que mezcla el latín con el alemán, quedando un texto macarrónico. Posteriormente se realizaron traducciones principalmente al inglés y aumentando por ello su popularidad, entre otros, por parte de J.M. Neale. La traducción, también macarrónica, de 1837, mezclando el latín con el inglés (en sustitución del alemán), de Robert Pearsall, que a día de hoy es un pilar del repertorio de Nine Lessons and Carols (Nueve Lecciones y Villancicos de Navidad), oficio en los prolegómenos de la Navidad (final de Adviento) de las diferentes Iglesias Protestantes, es la más extendida.

...
… “y entonces escuché a unos ángeles cantar”…

Sea como fuere, esta bella música ha sido utilizada por diferentes compositores para sus propias composiciones.  Esto seguramente se debe a que, tras su descubrimiento, fue impresa en el Geistliche Lieder, un himnario luterano de 1533 de Joseph Klug. Posteriormente apareció también en el Gesangbuch de 1537 de Michael Vehe. Y ya en 1545, se le añadió otro verso, posiblemente por Martín Lutero. Este verso fue incluído en la obra de Valentin Babst Geistliche Lieder, impresa en Leipzig. Parte de la liturgia luterana estaba y está basada en los corales e himnos cantados por toda la comunidad en la iglesia, así que al incluir la obra en estos himnarios, se extendió rápidamente. Se conoce, también, que la melodía era popular en otros lugares de Europa, y aparece en una versión latina-sueca, de 1582, del libro de canciones finlandés Cantos píos, una colección de canciones e himnos sacros y piezas medievales profanas.

Vamos con las versiones de los diferentes compositores. En 1619, se incluye en la colección de Michael Praetorius titulada Polyhymnia Caduceatrix y Panegyrica. Tres años más tarde, Hieronymus Praetorius, que no tenía parentesco alguno con el muchísimo más conocido Michael, aunque llegaron a conocerse, incluyó In dulci jubilo en su Magnificat quinti toni hasta en dos ocasiones. Dieterich Buxtehude compuso una de sus muchas cantatas, en 1683, en forma de coral para soprano, contralto y contrabajo acompañado por dos violines y bajo continuo, BuxWV 52,  y como un preludio coral para órgano, BuxWV 197, en 1690, utilizando dicha melodía. El maravilloso Johann Sebastian Bach utilizó esta música en varias ocasiones. La coral BWV 368 es básicamente la melodía original para ser cantada por los feligreses, la composición para órgano BWV 608, como un doble canon en su Orgelbüchlein (trabajos para órgano) y las BWV 729 y BWV 751 como preludios corales, aunque esta última, al ser demasiado simple y natural, podría no ser obra de Bach, según los expertos. La BWV 729 es tradicionalmente la primera pieza de órgano al final del Festival Nine Lessons and Carols del Kings College, de Cambridge que realizan los anglicanos a principios de Navidad. Esta obra fue introducida por primera vez en el servicio en 1938 por el organista Douglas Guest. También Franz Liszt incluyó la obra en su suite para piano Weihnachtsbaum en el movimiento titulado Morir Hirten an der Krippe y Norman Dello Joio utiliza el tema como base de sus Variants on a Medieval Tune, para conjunto de viento. Un arreglo polifónico para 8 voces hecho por Robert L. Pearsall y que posteriormente fue arreglado para 4 voces por W. J. Westbrook, es la versión generalmente más interpretada en Gran Bretaña, Irlanda y países anglosajones.

Dos jubilosos muy repeinados
Dos jubilosos muy repeinados

Finalmente esta canción, este villancico, fue versionado por Mike Oldfield en su trabajo On Horseback, de 1975, aunque una primera versión ya había aparecido en su álbum Don Alfonso de ese mismo año. Ha aparecido en diferentes álbumes y recopilatorios del músico inglés. La versión más conocida es la que van incluyendo y apareciendo instrumentos conforme avanza y se repite la melodía. El villancico es conocido en Gran Bretaña e Irlanda con el título de Good Christian Men Rejoice.

Os dejo con el video de la interpretación de esta canción por The Choir of King’s College, de Cambridge, porque a mi este rollo inglés de coros colegiales, con permiso de irlandeses, de los que soy fan a muerte, me mola mucho.

Versiones e interpretaciones de todas estas posibilidades hay muchas. Quizás me quedo con cuatro. Una de Stile Antico, de 2015, de su trabajo A Wondrous Mystery, interpretando el Magnificat de Praetorius (Hieronymus), otra del Choir of King’s College, con la versión armonizada por Pearsall y la obra de órgano de Bach BWV 729, en el álbum que recoge toda la función de Nine Lessons and Carols. Por otro lado la versión al laúd por parte de Rolf Lislevand, en un disco dedicado a la Navidad titulado Jul i gammel tid, porque este instrumento me trae mucha serenidad y finalmente la versión de Mike Oldfield en su álbum Hergest Ridge, porque creo que es menos conocida que su versión de On Horseback.

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Y aquí tenéis una buena lista de Spotify con algunas de las diferentes versiones comentadas. Un abrazo, disfrutad y mi deseo de que paséis unos días felices en compañía de los vuestros. Ojalá estos momentos estén presentes a lo largo de todo el año.

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chacona que sana

Esta no era la entrada que tenía prevista para hoy, pero hace dos domingos un programa de gran audiencia de televisión, dedicó su espacio a la influencia de la música clásica en los procesos de sanación emocional y psicológica tras episodios de abusos sexuales en la infancia. Gran parte del programa (os aconsejo verlo) consistió en una entrevista al pianista James Rhodes, que hace un año publicó su libro Instrumental, en donde relata su terrible experiencia como niño que sufrió abusos regulares durante cuatro años por parte de su profesor de boxeo, y el proceso de sanación que recorrió y recorre con la música clásica como base del éxito de la misma. En ese libro, del cual os hablé hace un tiempo en dslegi.com, nos cuenta que la experiencia de ser violado de niño no es solo el hecho en sí, si no las consecuencias tangibles y reales que deja en la vida del niño abusado, que crece, pasa a ser joven y después adulto, pero continua con su calvario de persona abusada. Es un libro muy duro, terriblemente duro, que me impactó sobre todo con el relato de la vida después de una violación regular y me mostró el poder de la música (clásica en este caso) para avanzar y levantar la cabeza. También podéis escuchar esta entrevista que le hicieron a finales de marzo en el recomendable programa crítico Carne cruda.

A James Rhodes le salvó Johann Sebastian Bach
A James Rhodes le salvó Johann Sebastian Bach

En esas memorias Rhodes cuenta cómo una pieza en particular inició el tortuoso, largo y difícil camino de la recuperación. Cuenta cómo, un día, se encontró con una cinta cassette que contenía la grabación de una interpretación en vivo de la llamada Chacona de Bach y que gracias a esta música comenzó a soñar que la vida podía, quizás, continuar. Esta es la pieza sobre la que vamos a hablar hoy, una obra que, reconozco, no se si es la más adecuada para el comienzo de un blog. Y es que, no os lo voy a ocultar, esta chacona no es una pieza fácil. No es de esas que se pueden poner de fondo y ya está. Es una música intensa, que exige la máxima atención para disfrutar plenamente de ella. Pero no es imposible y una vez conseguido es capaz de sorprenderte con matices y giros novedosos en cada nueva audición. Es una música que tras dejarte entrar en ella, es capaz de llevarte por una corriente de emociones con una amplia paleta de colores. ¡Ahora no me dejéis solo, adelante y seguid leyendo!

La llamada Chacona es en realidad el quinto movimiento de la Segunda Partita para violín solo, obra que está catalogada con el número BWV 1004. Las anteriores partes de esta segunda partita son, en orden de ejecución, Allemanda, Corrente, Sarabanda y Giga. Todas son, por lo tanto, danzas de la época. Como curiosidad decir que este quinto movimiento, Ciaccona, es la parte más extensa en duración compuesta por Bach para un instrumento solo. Casi podría decirse que es una obra aparte en sí misma y su duración oscila entre los 12 y 15 minutos, según la interpretación. Antes de comenzar a explicar la historia de esta pieza os voy a intentar contar lo qué siento y las emociones que me surgen al oírla. Qué imagino cuando la escucho.

Empieza como a trompicones, de una forma trágica y repite la misma melodía pero más serenamente, aunque sigue buscando en su latente sufrimiento, y vuelven a aparecer los trompicones que enlaza en un largo lamento que concluye preguntándose el por qué de ese sufrimiento. Entre lágrimas, vuelven los sollozos, llora desconsoladamente, como con hipo y en un momento dado parece que se tranquiliza y descansa y en una sola voz se pregunta qué hará a partir de entonces. Y en ese momento le surgen todas las dudas, cientos, miles de ellas, unas sobre otras, pisándose y brotando sin orden, en un desconcierto absoluto que bordea la desesperación y vuelve a llorar amargamente, sin poder coger aire, lamentándose y de repente, casi sin aviso, se calma. Parece que termina el sufrimiento y se tranquiliza, aunque sigue pensando en ese sufrimiento que lleva dentro, recuerda diálogos pasados, preguntas sin respuesta que vuelven a aparecer, decenas de conversaciones, continúan las preguntas y recuerda algunas respuestas, incluso discusiones, que no quiere en este momento recordar y entonces se pregunta a sí mismo si lo vivido fue suficiente, a veces con momentos de extrema amargura y otras con ansiedad. La desesperanza se aposenta, sigue preguntándose, más racionalmente, incluso con cierta tranquilidad, aunque sin descanso, con momentos más acelerados, y vuelve a surgir la gran pregunta, qué hará a partir de entonces. Respira hondo y se intenta convencer que seguirá adelante. Y entonces descansa, aunque sea momentáneamente y queda en silencio, más ligero, habiéndose quitado un peso de encima.

Reconozco que he jugado con ventaja. Porque he relatado esa maravillosa música basándome en el episodio que supuestamente llevó a Bach a su composición. Enseguida os cuento. De todos modos lo bueno de la música es que, según el escuchante y las circunstancias y momento de la escucha, provoca diferentes emociones. Esta es una bastante dirigida. Lo mejor es dejarse llevar. Ya me contaréis cuáles provoca en vosotras y vosotros. Ahora os cuento la historia de esta Ciaccona.

Una obra de arte surgida de la muerte repentina
Una obra de arte surgida de la muerte repentina de Bárbara Bach

En 1717, Bach, con 32 años, dejó la corte ducal de Weimar y se trasladó a Köthen como maestro de capilla del príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen, de gran afición por la música y calvinista. Esto quiere decir que Bach fue bien pagado, que tuvo suficiente tiempo disponible para componer e interpretar música y que casi todas sus obras de ese tiempo fueron profanas, ya que la Iglesia Calvinista no solía utilizar música en sus funciones religiosas. De aquella época son las Suites para violonchelo, las Suites para orquesta, los conocidos como Conciertos de Brandeburgo, diversas cantatas profanas y las sonatas y partitas para violín solo. Y en estas estaba cuando, el 7 de julio de 1720, mientras se encontraba de viaje con el príncipe, su esposa María Bárbara, murió repentinamente. Bárbara y Johann eran primos segundos, algo bastante común en la época, y seguramente se habían conocido en una de las múltiples celebraciones que hacía todo el clan al completo para cantar e interpretar música. El caso es que, parece ser, el matrimonio era feliz y se dedicaban, sobre todo, a tener hijos. Hasta un total de siete tuvieron, aunque para cuando murió la madre ya habían fallecido tres de los hijos, dos de ellos gemelos. El caso es que Bach se había ido dejando a su esposa en perfectas condiciones de salud y cuando volvió del viaje, a los dos meses, se encontró que era viudo y que Bárbara yacía en el cementerio.

Imaginaros el dolor extremo de Bach en ese momento, con el amor de su vida muerto cuando él no estaba, con cuatro hijos de entre 5 y 12 años… Imagino que como a cualquier persona en estas circunstancias, se le caería la casa encima, pero sobre todo le quedaría la amargura de no haber estado en el momento, de no haberse despedido, de no haber podido estar amparando a sus hijos… Y de ahí surgió la Partita número 2, la BWV 1004, como un intento de descargar todo ese sentimiento, todos los recuerdos de su esposa, como un río de lágrimas amargas. Una suerte de homenaje a quien había sido su compañera y madre de sus hijos durante trece años. Por eso a esta partita se la conoce también como tombeau. Con este nombre se denominan a las piezas del Barroco que, con un ritmo lento y carácter meditativo, son dedicadas a personas, generalmente personajes, después de su muerte. La Ciaccona, considerada la cima del repertorio para violín solo y que requiere de una técnica muy avanzada debido a su dificultad, parece ser, según algunas investigaciones, que integra dentro de su partitura hasta tres corales (himnos) luteranos que se refieren a la muerte y a la resurreción. Es de remarcar que, aunque ya se habían compuesto anteriormente obras para violín solo, ninguna lo había sido del nivel de estas composiciones, que recogen todas las técnicas para violín conocidas en la época.

Entre las grabaciones para violín voy a recomendar unas que, por una causa u otra, a mi me gustan. Normalmente las partitas suelen ser grabadas junto a las sonatas para violín solo ya que forman un conjunto en sí. En el caso de la Ciaccona puede ser que esté grabada también de manera individual. La grabación que Amandine Beyer hizo con violín barroco en 2011 es de las de estremecerse, con una calidad y claridad en la ejecución de las obras que es impresionante. Un año antes, en 2010, Isabelle Faust grabó otro portento de grabación con tres de las partitas y sonatas. En 2012 culminaría el conjunto con el segundo trabajo dedicado al resto de sonatas y partitas. Esta grabación deslumbra por su técnica y virtuosismo, con, quizás, más flexibilidad a la hora de interpretar la obra. En 2005 una jovencísima Julia Fischer grabó, con 21 años, este conjunto de obras. Destreza impresionante la que demuestra en esta grabación tan temprana. En 2006 Rachel Podger grabó la que, sin duda, es la grabación más barroca que he escuchado, con una Ciaccona casi perfecta. Y como hasta ahora todas las intérpretes han sido mujeres, voy a poner un hombre. Aunque Gidon Kremer ya había grabado estas obras en 1980, 25 años después, en 2005, grabó la que para mí es su lectura definitiva del conjunto de partitas y sonatas. Y digo su lectura porque esta interpretación es decididamente personal, una lectura que, puede, no guste a todo el mundo. Por último os recomiendo una grabación mucho más antigua, de 1970, interpretada por Jascha Heifetz, que es la culminación de la interpretación romántica de estas obras.

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Y aquí acaba la primera parte y comienza la segunda, más breve, porque resulta que de esta obra hay diferentes transcripciones y versiones para diferentes instrumentos, siendo los más conocidos los de piano y los de guitarra o laúd. En el caso del piano el mayor ejemplo de “adecuación” de la obra a este instrumento es el que realizó Ferruccio Busoni en 1893, no siendo literalmente una transcripción de la obra en sí, ya que incluye pasajes de su propia cosecha. Aún y todo esta obra de piano recoge absolutamente el espíritu de la obra original. Johannes Brahms la adaptó para ser ejecutada solo con la mano izquierda y Felix Mendelssohn y Robert Schumann escribieron acompañamientos para la misma (que ya ves tu qué falta le hacía a la obra acompañamiento alguno). Andrés Segovia la transcribió para guitarra, aunque actualmente la mayoría de guitarristas y laudistas prefieren ejecutar la obra directamente de la partitura para violín.

En este caso me quedo con cuatro ejemplos de la partitura de Busoni, uno para guitarra, otro para laúd y otro para violonchelo. El primero es el que hace James Rhodes al piano, sin apenas técnica en la ejecución, pero con un sentimiento y emoción que te arrastra sin compasión. Segundo la interpretación de Hélène Grimaud, impresionante, extraordinaria. El tercero es un imponente Benjamin Grosvenor, con una lectura intimista deliciosa. Por último os dejo también un ejemplo de la obra interpretada al clavecín por Jean Rondeau, en este caso con el arreglo para mano izquierda de Brahms. En guitarra me quedo con la versión de Timo Korhonen, fresca y clara y en laúd con el inigualable Hopkinson Smith. En cuanto a violonchelo me quedo con la interpretación de Alexander Rudin para el sello Naxos.

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Y finalmente, aquí tenéis la lista de Spotify, con las versiones señaladas y alguna otra de regalo. Solo es la parte de la Ciaccona, pero os invito a escuchar la partita completa.

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soy bachiano

La primera entrada de esta serie dedicada, pretenciosamente, a mi música vital no podía ser otra que una sobre quien ocupa gran parte de esa banda sonora personal. Johann Sebastian Bach. Es mi Bach y explico porqué. Rescato esta entrada de otros blogs que tengo por ahí y mientras tanto voy preparando las siguientes entradas.

bach

Tenía diez años cuando en el salón de actos un tanto destartalado de aquel colegio flanqueado por dos torres circulares, me fijé por vez primera en tres letras que acompañaban el título de la partitura, tres letras que, con el tiempo, con solo verlas, me asegurarían la genialidad de la música que las poseyese. El trío de letras estaba escrito en mayúscula, como no podía ser de otra manera, pues nada hay más grande en música que la que va precedida del terceto en cuestión e iba acompañado de una cifra. BWV 238, Sanctus en Re mayor, de Johann Sebastian Bach. Para nosotros era el Sanctus de Bach, lo llamábamos sencillamente “El Santus”, sin c en medio, en la primera parte, que venía seguida de “El pleni” por lo de Pleni sunt coeli et terra… Con diez años aquello me pareció el súmmum, cantado a cuatro voces por aquél coro de niños y niñas que aprendimos a amar la música mientras cogíamos aire para poder terminar con fuerza la frase musical llena de corcheas y semicorcheas que subían y bajaban caprichosamente a lo largo del pentagrama.

Mientras mis compañeros cantores se dedicaron a seguir estudiando en el conservatorio yo me lancé a disfrutar, sentir, soñar, llorar, pensar, amar y emocionarme a través de la música. Ellos y ellas ahora graban discos como solistas de música renacentista, dirigen coros de renombre, presentan programas en la radio estatal de música clásica y yo, bueno… pues yo sigo sintiendo la música. Hubo un tiempo en el que maldije mi torpeza al dejar el conservatorio, pero hoy es el día en que agradezco, por lo menos, tener la capacidad de saber escuchar música y sobre todo de sentirla. Hay amigos que no entienden que se pueda llorar en una iglesia mientras una contralto canta en alemán Erbarme dich, mein Gott, Apiádate de mi, Dios mío, con una tristeza de tal magnitud que todas tus pequeñas traiciones se unen en aquella de Pedro.

Después vino el Magnificat que escuché con la boca abierta un día de Reyes de hace muchos años, en una catedral afrancesada y con una, entonces apenas conocida, María Bayo, acompañada por la Capilla de Música de aquella catedral que tenía y tiene un maestro de capilla de los de capa negra con forro de seda roja y birrete negro. Tal fue la impresión, que corrí a comprar un disco en vinilo con una versión dirigida por Gardiner que para mi fue y sigue siendo, por mucho que haya escuchado otras versiones, el Magnificat por excelencia. Grabé el disco en cinta cassette y con esa cinta metida en walkman iba por el mundo. No podía imaginar que un día iba a llevar en el bolsillo un teléfono sin cables en el que cupiese toda la música de Bach. Así es como aprendí de memoria aquella obra que, todavía hoy, me descubre matices como si fuese el primer día.

Posteriormente llegaron algunas cantatas, muy pocas, las más conocidas, cantadas en aquella iglesia donde las niñas iban con grandes lazos y los niños llevaban raya a un lado, con un coro de parroquia que tuvo cinco años de un nivel que no pudo soportar más tiempo y del cual pude gozar desde dentro. Aquél concierto de cantatas, con órgano, trompetas y violines, una directora de pelo rojo, que la tierra le sea leve, y un tenor que no lo había pretendido ser, en medio de aquélla iglesia blanca como una capilla andaluza y con un retablo plateresco dorado digno de una catedral, marcó otro capítulo en mi pasión bachiana. Meses después mi madre, joven, que cantaba por casa como si estuviese en el escenario y en el escenario como si estuviese en casa, que luchó sin descanso hasta el final contra aquella maldita enfermedad, emprendió su último viaje desde la cama hospitalaria, llorada mil y una vez, mientras sonaba en la radio el coral para tenor de la BWV 140, Wachet auf, ruft uns die stimme y sin que los demás supiésemos el significado de aquéllas palabras alemanas. Así es como esa música quedó para siempre grabada en mi.

Tras aquello, ya sin tener que aguantar las tonterías de las niñas de lazos, los niños de raya a medio lado y la hipocresía de sus madres y padres ultracatólicos, mi experiencia en Bach fue subiendo tonos, descubriendo la Misa en Si menor, con ese Kyrie que comienza con una voz de soprano actuando como un eco en llamada, mientras el resto de voces suenan al unísono en esa llamada suplicante. Las diferentes partes de la Misa se fueron grabando en mi memoria musical para formar parte de mi persona. El Gloria que empieza con un Bach en todo su apogeo en la parte del in excelsis Deo y termina en el Cum Sancto Spirito acercándonos a lo que es, sin lugar a dudas, la gloria. El Rexurresit con trompetas y timbales y el final del Dona nobis Pacem, danos la Paz, con quizás el Bach más renacentista de todos los que podamos recordar, con esas reminiscencias a los coros de Dresde del siglo XVII en el que poco a poco van entrando los timbales para terminar todo el coro en una larga nota final.

Después vino el tiempo de aquella maravillosa revista sobre música antigua, la Goldberg, tristemente desaparecida, en donde aprendí que la música de Bach en los tiempos en los que mi abuelo y mi abuela cantaban en el Orfeón Pamplonés se interpretaba de manera muy diferente a como podemos escucharla ahora. Me enteré que allá por los sesenta un tal Harnoncourt, acompañado de un señor que tocaba el clave y que se apellidaba Leonhardt, iniciaron la interpretación de la música bachiana en base a criterios historicistas y desde entonces solo puedo decir, gracias, gracias, gracias. A través de aquella revista conocí otros intérpretes, otras orquestas, otros directores que me introdujeron en una nueva forma de escuchar, sentir y vivir la música del cantor de Santo Tomás de Leipzig. Sigo releyendo con asiduidad los diferentes artículos y entrevistas de la publicación y hoy sigue siendo el día en que la echo de menos en muchas ocasiones.

goldberg

Finalmente llegó el tiempo del iPod, que después se convirtió en iPhone, en donde toda la música de Bach, que es mucha, cabía y cabe, y sobre todo, podía llevármela allá donde quisiese. Llegó el tiempo de hacerme con unos buenos auriculares que me hiciesen llegar la música de cantatas, conciertos, suites y oratorios como si los estuviese escuchando en directo. Y llego el momento, ¿cómo pudo tardar tanto?, de la Pasión según San Mateo, la BWV 244, Matthäus-Passion. Esta obra siempre había estado ahí, la había escuchado muchas veces de fondo cuando iba a visitar a mis abuelos, era un disco doble o triple, no me acuerdo, pero al que en aquél momento no hacía el menor caso. Tuvieron que pasar muchos, demasiados años, para que un día leyese una reseña de la obra dirigida por Philippe Herreweghe y su fantástico Collegium Vocale Gent y desde entonces quedase hipnotizado por esta obra, La Obra.

Aquella melodía, que tantas y tantas veces había cantado de niño en aquel coro dirigido por un hombre mitad genio, mitad loco, y que entonces identificaba con el título de Oh rostro lacerado y ahora se presentaba ante mi en alemán del siglo XVIII, empezó a apoderarse de mi de una forma como hasta entonces nunca había conocido. El más famoso coro de la obra magna de Bach me parece sublime en todos sus aspectos y pocas veces unas notas han podido trasladar el mensaje de una forma tan extraordinaria. Después vinieron muchas otras partes y actualmente sigo maravillándome con ellas, descubriendo nuevos giros, deleitándome con nuevas versiones. Es por eso que soy bachiano hasta la médula, es por eso que llevo esa música en mi interior desde muy pequeño.

Un día en un cursillo nos preguntaron cuál era la banda sonora de nuestra vida y reconozco que hubo alguna cara de extrañeza cuando dije que la mía estaba formada por muchas músicas pero que una sobresalía por encima de todas. Bach.

Desafortunadamente, la gente en general hoy en día no escucha a Bach y motivos hay muchos, pero uno de ellos es, sin duda, que no hay oportunidades para escucharle. A los que gobiernan, en general, no les interesa la cultura y la música en particular (eso también tiene que formar parte del cambio) y por eso ni se potencia, ni se apoya, ni se educa, ni se transmite el valor de la música. Seguimos sin comprender que, parte del cambio necesario hacia una sociedad más justa y solidaria, pasa por potenciar la cultura en todas sus expresiones y dotar a la gente de imaginación y capacidad para pensar, recrear y sentir. Pero bueno, seguramente este aspecto es parte de otro blog, por ejemplo de dslegi.com.

P.D. Es curioso cómo una música tan religiosa en muchos aspectos, como es la de Bach, para más inri luterana del siglo XVII (social, política, teologal y filosóficamente hablando) puede llegar a emocionar a personas de todas las creencias y no creencias de todos los tiempos. Y ahí creo que la clave, por lo menos la mía, es escuchar y entender la música bachiana como una experiencia, no solo personal, no solo de un tiempo, no solo de una corriente, si no como una experiencia universal, porque Bach habla a través de su música de valores, emociones y sentimientos que son parte intrínseca del ser humano en cualquier época, bien sea en la Sajonia de la segunda mitad del XVII, en el Japón del XIV o en la Euskal Herria del XXI.

P.D.2. El hecho de que me guste Bach no tiene nada que ver con el snobismo. Quien suele hacer ese tipo de comentario suele ser gente que no es capaz de entender que la música, sea la que sea, tiene una cualidad excepcional que es la de poder llegar a lo más hondo de ti. Hay gente que se emociona, de una u otra manera, con una balada de guitarra eléctrica, otra gente con un tango arrastrado y mucha otra gente con la música machacona que suena en una discoteca a las seis de la mañana. Yo me emociono con muchas músicas, entre ellas, la de Bach.

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