sigo estando

El 6 de julio de este año, día de emociones y comienzos, día de recuerdos y esperanzas, fue la última vez que publiqué una entrada en este blog dslegi.com. Ha sido una pausa necesaria y todavía no tengo muy claro si esta entrada es un grito para reanudar el diálogo o voy a seguir un tiempo exclusivamente escuchando, observando y muchas veces contemplando.

Llegué a los Sanfermines absolutamente agotado, física y psíquicamente. Diría que, incluso, anímicamente. No fue, ni lo ha sido nunca, un estado depresivo. Ni mucho menos. Pero necesitaba detenerme y pensar, pararme y descansar. Algunas de vosotras y vosotros sabéis que a finales de julio pasé una semana en el monasterio de Leire, junto a la comunidad benedictina que vive allí. Esos siete días conviviendo con esos 21 hombres dedicados a rezar, fueron un bálsamo para mí. Allí me sorprendí con unos amaneceres y atardeceres limpios y puros como no recordaba. Descubrí el sonido del ciclo de la vida, el silencio justo antes del amanecer, las golondrinas volando y chillando en el comienzo del día, los miles de pájaros que empiezan el día llamándose y buscando comida, las cigarras que, con el sol ya en el firmamento, unen sus cantos para ser parte indiscutible de esa banda sonora, el viento al atardecer entre los árboles y recorriendo la sierra, el ulular de las lechuzas cuando cae la noche. Y todo ello acompasado al sonido propio del monasterio. Las campanas llamando a los oficios, el gregoriano milenario desde las gargantas jóvenes y viejas de esos monjes, solo el sonido de las piedras mientras paseas por los alrededores del monasterio antes de que lleguen los turistas, las hojas del libro cuando las rozas con el dedo mientras lees, unos pasos en el claustro, el órgano en la iglesia, el cazo de sopa cuando te sirven en la comida silenciosa. Salí agradecido y descansado, relajado y sereno.

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Me he dedicado a pensar en la utilización que he dado a las redes sociales, al Facebook desde junio de 2008 y a Twitter desde noviembre de 2009. No estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho a través de estas redes. De la misma manera que este blog nació como medio para un diálogo permanente, las redes sociales siempre han sido para mí un instrumento para hablar y sobre todo escuchar. Y reconozco que he tenido muy buenas conversaciones en ellas. Pero muchas veces no lo he conseguido. El ímpetu para defender las opiniones propias no puede ser excusa, en ningún caso, para atacar a nadie y ahí quiero entonar un público mea culpa. No soy de insultar, pero reconozco que hay quien se ha podido sentir insultado. No empleo la agresividad, pero no tengo duda que hay quien ha podido sentirse agredido. He utilizado la ironía y la burla muchas más veces de las que me hubiese gustado. Si mi intención era escuchar, en muchas ocasiones, demasiadas, solo ha servido para escucharme a mí mismo. Por lo tanto, si alguien se ha sentido ofendido por algo que haya dicho o escrito, espero no lo tenga en cuenta. Hay quien puede pensar que el problema es original en el propio objetivo de estas redes sociales, y razón no le falta, pero no estoy a gusto habiendo sido contribuyente en ello. Claro que estas redes sociales en concreto (igual algún día alguien inventa unas redes sociales buenas) tienen objetivos absolutamente opuestos a fomentar las relaciones sociales. No me voy a extender mucho en este aspecto, pero estoy convencido que estas redes fomentan un tipo de personas rencorosas, tristes, sin empatía, aisladas y sin capacidad de contraste. Hay que ser muy fuerte para que este tipo de redes sociales no saque lo peor de nosotras y nosotros y sobre todo, aunque sea duro decirlo, no coarte nuestra libertad. Quien quiera extenderse más en el tema hay un buen libro para hacerlo, Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier.

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Luego, en octubre me fui a Japón dos semanas. Fue un viaje en el que descubrí otro mundo, más atento a las cosas pequeñas de la vida, un lugar donde se le da valor al silencio, en donde el concepto de comunidad me emocionó, en donde el respeto me abrumó, un espacio donde el orden es parte de esa forma de vida y de la serenidad que desprende. Pero también asistí a la enfermedad de una sociedad con unos niveles de soledad impresionantes, con una ciudad que se traviste cada noche infantilizando las relaciones entre las personas y a las propias personas, un lugar donde la gente no se ríe en la calle, como mucho sonríe y en donde el orden es también quien esclaviza a la gente, en la calle, en el metro y en el trabajo. ¿Son felices los japoneses? Creo que inmensamente sí, si la felicidad se basa en ser capaz de gozar del sonido de una gota de agua cayendo desde el caño de bambú de una fuente en mitad de un jardín. Pero también creo que, aunque esa fuente la tienen ahí todos los días y disfrutan de ella, también sufren la infelicidad de una sociedad encorsetada en unas normas y unos niveles de autoexigencia terroríficos. Yo sigo enamorado de Japón, de su cultura, literatura, paisaje y costumbres. Prefiero quedarme con lo bueno.

Este sábado, antes del vermut, leí un cuento corto bellísimo de Stefan Zweig (toda su literatura desborda belleza) sobre un hombre bueno que buscaba incesantemente la justicia en sus acciones. Después de leer Los ojos del hermano eterno llegas a la conclusión de que viviendo en una sociedad, sea esta del tipo que sea, siempre, irremediablemente, cualquiera de tus acciones o no acciones, influyen en otra u otras personas. Lo deseable sería que estas influencias y consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer fuesen siempre positivas. ¿No? Hasta la próxima. Gracias por todo. Un beso.

desde donde estés también lanzarás el txupinazo

Te despiertas temprano, algo más de lo normal y casi de hurtadillas empiezas a moverte por las redes, intentando que los nervios se distraigan. De repente alguien deja de disimular y lanza un mensaje por Whatsapp… “Llevo desde las 5.30 despierta!”. Inmediatamente contesta otra que ella ayer a las dos estaba despierta y que lleva un rato sin dormir y el otro dice que está casi preparado. No es un día más. Hoy comienzan los Sanfermines, las fiestas de Iruñea, esas fiestas que para conocerlas hay que vivirlas de noche y de día, participando en tradiciones centenarias y creando las nuevas cada día. Unas fiestas que tenemos el empeño que sean fiestas seguras para las mujeres, porque en esta ciudad las mujeres llevan luchando décadas para que eso ocurra, en fiestas y fuera de ellas.

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Este 6 de julio es especial, como todos los años y diferente a todos. Es la tercera vez que las vecinas y vecinos hemos elegido quién queríamos que lanzase el txupinazo. Atrás quedaron aquellos fastos en la casa consistorial, con más de 400 invitados, la mayoría dirigentes y pesebreros. Hoy el acto queda reducido a algo más de la mitad de aquellos 400 y quienes asisten son las gentes de Iruñea, aparte de representantes forales. Ya no hay militares, jueces, policías, empresarios, obispos y demás. Este año los integrantes de la Mesa de la Diversidad serán los invitados preferentes a este acto. Más color y más representatividad en el comienzo de la fiesta más universal. Pero sin duda, si alguien va a ser protagonista hoy, van a ser los integrantes de Motxila 21, grupo musical integrado por unas personas que, más allá de una etiqueta científica que señala que portan el cromosoma 21 por triplicado, en vez de los dos habituales, son personas como el resto, con sus buenos y malos días, altas y bajas, rubias y castañas, pero en este caso músicas. Ese cromosoma de más que tienen les da la capacidad de ver el mundo de una manera diferente, sin duda de manera más cercana, abriendo los ojos a lo que de verdad importa: las personas. Hoy, estoy seguro, va a haber mucho cariño en el acto del txupinazo, porque las personas con Síndrome de Down tienen tanto amor que se empeñan en ofrecerlo indistintamente a todas las personas que quieran recibirlo.

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Yo todo esto lo aprendí de mi prima, en realidad prima de la ama, Aitziber Aranburu Urtasun. Una mujer excepcional que me enseñó muchas cosas. La sensibilidad en la vida no depende de un número de cromosomas, el esfuerzo y la lucha no tienen relación con las supuestas oportunidades que te “da” un médico cuando naces, y el amor y cariño que das no depende de lo más o menos especial que puedas ser. Todo eso depende de cada persona. Dos o tres cromosomas no te impiden, ni te ofrecen vivir la vida con más o menos sensibilidad. La capacidad de salir adelante depende de las ganas de luchar que tengas y si es acompañado, mejor. Y ofrecer amor y cariño solo lo puedes dar si la persona se tiene amor y cariño a sí misma. Aitziber era una artista, en la danza, en el teatro, en la pintura. Era capaz de expresar todo con una cara, un gesto, una risa. Cuando nació no le dieron mucha esperanza, pero luchó, y lo hizo con su ama y su aita, con sus hermanas y su hermano y salió adelante, abriendo esos ojos curiosos a la vida. Y sobre todo, Aitziber dio mucho amor, nos lo dio a todas y todos.

Aitziber nos dejó hace algunas semanas, justo el día que se anunció que Motxila 21 lanzaría el txupinazo. Nos vamos a acordar de ella, mucho. Y nos emocionaremos recordándola. Pero sobre todo sonreiremos pensando que ella, esté donde esté, también habrá lanzado el cohete y habrá bailado un aurresku o vete a saber si habrá bailado el zortziko de Altsasu, el pueblo de su ama. Estoy también seguro que mañana, día de San Fermín, con las primeras luces de la mañana, cantará con el tío Maxi y el resto de la familia la aurora a la que su aita puso letra, la Aurora de San Fermín. Y yo me uniré a todos ellos deseando “que sean estas, de gozo y paz”.

Al nacer dijeron de ti que eras “muy poca cosa”. Y en realidad fuiste mucho para muchas y muchos. Eskerrik asko, maitia.

Gora San Fermin!!!!!

te casas

 

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Image by @juaparodriguez

Te conocí en las escaleras de casa. Creo que era el 6 de junio, de hace unos cuantos años. En aquel tiempo a los menores no nos dejaban visitar maternidad, o por lo menos eso nos dijeron, así que todavía, a los cuatro días de que nacieras, no conocía a mi hermano pequeño. Yo volvía de fiestas del cole y al llegar a casa vi a una tía mía que llevaba un bulto en los brazos, envuelto en esas mantas que ponen a los bebés. La ama iba detrás y allí, en las escaleras, te vi por primera vez. Yo tenía ocho años y me pareciste la cosa más bonita del mundo. Pasaron los años, de la manera en que pasan entre hermanos. Juegos, riñas, sustos, risas. A los dos años silbabas la Traviata que escuchabas en el tocadiscos de casa. Tenías una voz bastante grave, cosa que llamaba la atención. Y gritabas de lujo. Eras y eres un cabezón. Nuestro cabezón. Desde txiki, por eso de la diferencia de edad, fuiste bastante independiente. Jugabas tú solo a los playmobil que entonces se llamaban clicks de Famobil, con todos ellos por el suelo del salón. Luego llegó el fútbol. Joder, la de partidos que me he tragado viéndote jugar a fútbol. La verdad es que ese era fútbol de verdad, más allá del negocio que lleva aparejado el profesional. Lalas te llamaban. Yo no sé cómo jugaba el tal Lalas, pero tú jugabas dejándote la piel, con espíritu de equipo, defendiendo tus colores hasta el final y no dejándote avasallar por nadie. Luchador. Sin que cumplieras los 14, la ama se nos fue. Me tocó decirte lo qué había pasado. Eso queda entre nosotros. Sentí, dentro de la tristeza propia, ternura por ese chaval que prefería mirar cómo pasaba la vida desde el balcón antes que encararse con los llantos de la casa. Y la vida continuó, como suele hacerlo. El aita luchando por sus hijos, nuestra hermana siempre atenta y en cierta medida siendo la imagen de la ama. Tu cuadrilla, tu bajera, tus escapadas, tus amores. Llegó el momento en que empezaste a vivir más tiempo fuera de casa, porque dentro de tu independencia que tenías desde que naciste, era lo que por lógica tenías que hacer. Al aita le costaba, y a mí me costó empezar a ver tu habitación vacía, pero como con todo, poco a poco nos fuimos haciendo. Recuerdo, también, cuando con el aita en el balcón, nos detuvieron a los dos en el portal de casa. A mí me trataron esa vez con guante de seda. Contigo fueron algo más bruscos, como suelen serlo ellos. Me acuerdo que allí, en los calabozos de comisaría nos pusieron a cada uno en una esquina, en una de esas celdas con mantas sucias. Hablamos algo de celda a celda, mientras un mantero africano lloraba en la celda de enfrente. Nos juzgaron en esa audiencia mantenida para juzgar a vascos, de esa de la que salen jueces que no ven torturas para ser ministros de la “Democracia”. En nuestro caso no nos tocaron. Nos juzgaron y nos absolvieron. Nos tocó la lotería. Y llegó también el día en que, en un campamento con personas con diferentes discapacidades, conociste a tu pareja. Sois dos personas fuertes, de las que tiráis “p’alante”, con tanto amor que se os desborda y tenéis que darlo también en el cole y en la granja. Y llegó el día en que apareció Amaiur. Lloraste durante dos días todo lo que no habías llorado. Fue un llanto cicatrizante, de esos que curan, un llanto de amor y felicidad, de serenidad. Y a partir de ahí mi hermano pequeño, el txiki de la casa, se convirtió en aita y yo en osaba, algo que, sin duda, es infinitamente más fácil. Ver cómo Amaiur descubre la vida, te pregunta, aún casi sin saber hablar, o escuchar cómo dice tu nombre por primera vez es algo con lo que no podía ni soñar. Y es curioso, porque viéndole veo a aquel crío que jugaba en el salón de casa. Y hoy te casas, a tu manera, a vuestra manera, con mucho amor y poca ceremonia. Y solo puedo decirte que, como todos los días, desde aquel día que te conocí en las escaleras de casa, siento un orgullo y un amor infinito por ti, por mi hermano txikito, por mi hermano del alma. Maite zaitut.

un Ariodante para morirte del gusto

Cuando una tía, en este caso la tía Pili, te invita a una ópera, no hay otra posibilidad que decir que si. Cuando esa ópera es de Handel y se titula Ariodante, reconoces a tu tía como una suerte de benefactora a la que tienes mucho que agradecer. Cuando la obra en cuestión está interpretada por Les Arts Florissants y dirigida por William Christie, comienzas a aplaudir como un romero en el Rocío, hasta que no sientes las palmas.

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El caso es que la ópera del alemán que se hizo súbdito inglés es, cuanto menos, difícil. Lo es porque está basada en unos capítulos de una obra hiperconocida en el medievo y titulada Orlando furioso, aunque luego, en realidad, se trata de un cuento de princesas y caballeros. Aunque fue estrenada en el Covent Garden de Londres en 1734, el libreto está escrito en italiano, lo cual no fue ningún para toda la gente que fue a verla en los 11 días en que se representó, ya que la historia estaba muy extendida en toda la sociedad. El caso es que Ginevra, así, con v, es la hija del rey de Escocia y resulta que está chochola con un príncipe de no sé dónde que se llama Ariodante. Para completar la felicidad el señor rey bendice la unión y decide que Ariodante se case con su hija y sea, por lo tanto, el próximo rey escocés. A lo loco. Y claro, Polinesso, que es un macho alfa en toda regla, y que quiere a la princesa y sobre todo al reino, engaña al lelo de Ariodante, haciéndole creer que su prometida es en realidad la amante con la que todas las noches deshace la cama. El caso es que para engañar al enamorado, utiliza a Dalinda, que es amiga de la princesa y que como está enamorada de Plinesso está medio tonta. Y en esas estamos cuando Ariodante se suelta un aria sobre la traición amorosa, que se titula Scherza infida, Ríe infiel, que es la perfecta plasmación del dolor amoroso.

Antes de pasar al aria, señalar que está escrita para lo cantase un castrato, concretamente Carestini, y bueno, ahora como eso de cortar por lo sano no se lleva, pues lo suele cantar en escena una mezzosoprano, aunque otras tesituras, como tenor, también la han incluido en el repertorio. En Baluarte se alinearon los astros y tuvimos la oportunidad de presenciar y escuchar una interpretación por parte de Kate Lindsey de las que se recuerdan por años. La maestría de William Christie dirigiendo a la orquesta y la delicadeza de la cantante a la hora de interpretar el dolor por el engaño, consiguieron diez minutos de música extraordinaria, fuera de lo normal, de esas ocasiones en que notan en el ambiente que estás presenciando algo maravilloso. Os dejo la interpretación de Sarah Connolly, que, de todas las versiones que existen en Youtube, es de las que más me gusta.

Y no, en esta ópera, aparte del malo, no muere nadie más, porque se descubre el engaño y Ariodante y la princesa se reúnen, la amiga se compromete con el hermano de Ariodante, que dicho sea de paso también es medio bobo y el rey consigue lo que quería, un futuro nuevo rey para su reino, porque al fin y al cabo eso es lo que quieren todos los reyes. lo demás es decoración.

La de ayer fue una representación de las de antología, de esas que dejan un silencio atento durante la ópera, salvo la señora que tenía detrás que le encantaba jugar con la cremallera de su bolso (imagino que estuvo buscando y rebuscando su tarjeta para la villavesa, porque no aguantó más allá de la primera parte). La ovación final, para lo parcos que solemos ser en Iruñea, fue larga, muy larga, siendo la Lindsey quien se llevó los aplausos más emocionados y obligando al elenco de cantantes y director a salir hasta en tres ocasiones. Pues eso, un Ariodante para morirte del gusto. Si a eso le añades que terminas el viernes en el Savoy con una tabla de quesos y un Ramón Bilbao, pues ya ni os cuento.

Si queréis ver en versión contratenor, que es lo más parecido que puede escucharse hoy a la voz de un castrati, probad suerte con Jaroussky en Youtube. No os defraudará.

un diario de fotografía

Siempre me ha gustado la fotografía. Mi abuelo materno tenía una cámara con la que nos hacía fotos en las fiestas familiares y en los viajes que hacía con el orfeón. Fotos en papel, recogidas en álbumes de fotos, de esos que ya no utilizamos. Y fotos diapositivas, con las que organizaba unas buenas sesiones de “cine”. El ruido del proyector, la oscuridad de la habitación, el mando del proyector, que solo él utilizaba y cuando nos dejaba a alguien darle al botón era como si te hubiese tocado la lotería. ¡Qué tardes! El aita también fotografiaba. Tenía una Pentax preciosa que un día cambió por otra Pentax. Esta última se la robaron un día nada más llegar a Zarautz. Fue un poco drama. Después ya no compró más cámaras. Mi primera y única réflex fue una Canon y después fui variando las cámaras a compactas con objetivos intercambiables. Hice un curso en la Asociación Navarra de Fotografía en la que se nos explicaron los fundamentos de esta técnica. Hasta que un día, en un ataque de limpieza, decidí deshacerme de todas las cámaras que tenía vendiéndolas en Wallapop. El caso es que hubo una época en que pensé que con la cámara de mi móvil era más que suficiente para lanzarme a fotografiar. Siempre he pensado que la base de la fotografía es el ojo de quien hace la fotografía. El resto es una caja con un agujero que recoge la luz y la transforma en foto, con más o menos complicaciones. Y sigo pensándolo. Pero qué queréis que os diga, no es lo mismo. Es verdad que en los millones de fotografías que vemos en Instagram, en mi caso muchas veces, casi siempre, pienso que por muchos filtros que les pongan y demás, son fotografías malas, que no transmiten nada (para mi eso es una mala fotografía). Pero hay algunas que, más allá de filtros, son fotos extraordinarias. Quien las ha sacado ha tenido un buen ojo. Yo creo que lo tengo, de serie. Pero como todo, sino se trabaja, se pierde. Y para trabajarlo, mucho mejor, con una cámara de verdad, ¿no?

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Así que he decidido retomar la afición y me he apuntado a un curso de fotografía para recuperar conceptos, he comenzado a seguir algún blog de fotografía y, lo más importante, me he comprado una cámara de fotos. No es una réflex. Para lo que quiero, en estos tiempos hay posibilidades que casi alcanzan el poder de una réflex sin cargar con su volumen y peso. Porque siempre me ha echado para atrás tener que cargar con una cámara de grandes dimensiones. Yo necesito una cámara pequeña, pero que ofrezca casi todas las posibilidades de una réflex. Y eso, hoy en día, existe. Se llaman cámaras EVIL, sin espejo. Y son casi del tamaño de una compacta, pero con posibilidad de intercambiar los objetivos. ¿Qué maravilla, no? La elegida es una cámara que lleva ya tres años en el mercado, que ha resultado muy buena por su rapidez en el enfoque, su ligereza y tras tres años con un muy buen precio. Sony alpha 6000. Junto a la cámara que viene con un objetivo de serie de 16-50 mm, f/3.5-5.6, me he cogido un clásico de lente fija, en este caso de 50 mm, f/1.8. Este último objetivo no es zoom, es decir, no puedes acercar o alejar la imagen mecánicamente. Pero eso es lo bueno, porque con él te obligas a pensar mejor la fotografía.

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Y, ¿por qué la fotografía? Creo que la principal razón es porque me obliga a mirar de otra manera. Esa manera de mirar diferente a la diaria, es más pausada, más reflexiva, dejando espacio a la intuición, abriendo los ojos a detalles en los que normalmente no nos fijamos, inventando historias con una imagen, dejándonos llenar por una visión más amplia que el ojo humano. Y la fotografía de verdad, la que se basa en una técnica de control de la luz, de captar lo que quieres cuando quieres, de esperar el momento adecuado, esa fotografía tiene que ver mucho con vivir la vida en el momento presente. Hay muchas posibilidades de estar presente y una puede ser, desde luego, la fotografía. Además la fotografía es comunicación. Es filosofía, es arte, es cultura, es poder captar la esencia del momento en una imagen de luces y sombras. En esta sociedad en la que diariamente vemos miles y miles de imágenes, rara vez miramos esas imágenes. Ni qué decir de pararte a observar una fotografía. Cuándo se hizo, en qué condiciones, qué historia cuenta y qué nos dice a nosotros. La fotografía es también literatura, pensamiento y reflexión sobre el mundo. Por todo eso me gusta la fotografía.

La cuestión es que en el curso nos han dicho que es bueno llevar un diario de fotografía. Así que de vez en cuando escribiré alguna entrada que me ayude a seguir aprendiendo y estudiando sobre fotografía. Grandes fotografías, fotógrafos y fotógrafas de los que aprender, exposiciones, libros, películas. Eso si, prometo no dar mucho la turrada. Lo justo para que algún colega fotógrafo me pueda dar algún consejo.

aprender a vivir con la muerte

Me confían cartas para el otro mundo. Cuando me toque ir allí, me llevaré todas conmigo de este mundo. (…) Enviar una carta a alguien del otro mundo es mucho más que sólo pensar que estás conectada con esa persona, aunque creas que lo estás en el fondo de tu corazón.

¿Por qué es diferente?

Porque la carta de verdad llega allí.

En una tarde domingo leí, con verdadero placer, La casa del álamo, de Kazumi Yumoto, editada por Nocturna Ediciones. Fue el primer libro de esta autora japonesa, pero sé que no será el último. Le llaman la escritora de la muerte, porque acerca la muerte, el hecho de la muerte, a la vida de miles de personas que vivimos en una sociedad que huye de ella. Y lo acerca de una manera tremendamente sencilla y natural. Es la aceptación de la muerte como parte de nuestra propia vida.

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Este año, en los días en que se acercaba mi cumpleaños, me di cuenta que había vivido ya más años tras la muerte de la ama, que mientras ella vivía. Fue una constatación que me dejó momentáneamente abrumado. ¿Cómo puede ser? El próximo 9 de marzo se cumplen 23 años de su muerte y no ha habido ni un solo día desde entonces en que no la haya tenido presente en el pensamiento o en cualquier cosa que hago durante el día. Sigo oliendo el aroma de su perfume, sigo sintiendo la suavidad de sus manos, sigo escuchando su risa y su voz cantando. Y lo hago en igual o parecida intensidad que veinte años atrás. El proceso de duelo cada persona lo lleva de manera diferente. Aprender a vivir con la muerte es vital para la vida. Yo después de haber llorado mucho, creí en un momento que ya no tenía más lágrimas, que las había llorado todas. Tuve una temporada que me asusté con mi frialdad. Pero era algo ficticio. De repente un día empecé a llorar de nuevo y lo hice por muchos motivos. Algunos tristes, otros alegres. Lo mejor fue que dejé de ahogar el lloro. Y volví a llorar a la ama, claro, pero empecé a hacerlo recordando la felicidad de lo vivido con ella. No es ya un lloro amargo, ni constante. Es un lloro que sale, a veces, y casi siempre recordando algo feliz. Transformé el lloro y su muerte en algo que es parte de mí. Y lo agradecí.

Esta novela trata un poco de todo eso. Trata de la importancia de hacer un hueco a la muerte en tu vida. De utilizarla como medio de comunicación con quien ya no está, pero sobre todo con los que quedan. Y lo hace desde la voz y la mirada de una niña de seis años, Chiaki, que ha perdido a su padre. Su encuentro con una anciana que se dedica a recoger cartas para los muertos, con la intención de hacérselas llegar en cuanto muera, cambia su vida. Es un libro escrito con un lenguaje sencillo que se lee con placer, que ofrece cierta calma y que deja un gusto duradero, a pesar de ser una obra corta. Por cierto, más allá del tema de la muerte, uno de los aspectos que más me han gustado de la novela es la reflexión sobre las relaciones entre jóvenes (niños) y ancianos. ¡Ah, sí! Hay también versión cinematográfica.

Pues eso. Un libro para quienes quieren vivir la muerte como parte de la vida. Para quienes quieren cerrar un duelo demasiado largo. Para quienes quieran disfrutar de una tarde tranquila y para quienes han decidido que llorar es bueno.

 

 

muy agradecido

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Photo by Alessio Lin on Unsplash

Quiero agradecer todas las muestras de cariño y felicitaciones que muchísimas personas me hicieron ayer en persona, por teléfono, Whatsapp, redes sociales, etc. Que una persona emplee parte de su tiempo en acordarse de mí, o aunque Facebook se lo recuerde, en dedicarme un recuerdo, es algo que tiene mucho valor. Intenté responder a todas las personas que lo hicieron y si me olvidé de alguna fue sin querer.

El caso es que he llegado a los 45 años, que aparte de tener alguna rima curiosa, es algo que me sorprende. Estoy ya en esa edad que enfila la quinta década, una edad en la que algunas personas te dicen qué joven eres, otras te miran como un señor y tú no das crédito. El caso es que es una edad en la que estoy disfrutando de la serenidad que te da esa experiencia de la vida que empiezas a tener, una edad en la que tengo todavía casi todo por descubrir y aprender, una edad en la que redescubres las cosas sencillas que casi tenías olvidadas. Estoy en esa edad en la que le das más importancia al ser que al estar, una edad en donde comienzas a escuchar y escucharte, en esa edad en la que consigues entender que la vida consiste en vivirla en el momento.

Muchas gracias a todas y todos los que hacéis posible todo esto. Milesker, bene-benetan.