el orgasmo de David

Vamos a ver. La obra es un concierto para clave escrito por Johann Sebastian Bach que originariamente, parece ser, el primer y tercer movimiento eran parte de un concierto para violín perdido (me muero con esta clase de pérdidas) y el movimiento central, objeto de esta entrada, proviene de un concierto para oboe, también perdido (vuelvo a morir). El Concierto para clave nº 5 en fa menor, BWV 1056, fue seguramente escrito hacia 1742, dura unos diez minutos y en la partitura original acompañan al clave violines I y II, violas y un continuo de violonchelo y violone. Este fue el primer concierto para clave en el que el compositor rebajó sustancialmente el acompañamiento para dar el máximo protagonismo al instrumento protagonista. No soy muy aficionado a las interpretaciones al clave, me gustan más al piano, qué se le va a hacer. De entre las versiones al clave me gusta esta de Andreas Staier, aunque seguramente una de las más clásicas y valoradas sea la versión de Trevor Pinnock con The English Concert.

El caso es que ese segundo movimiento es el Largo, que no quiere decir que sea más extenso, si no que su tiempo es más lento y además, en este caso, está escrito en una tonalidad diferente a los otros dos tiempos, en la bemol mayor. Este movimiento me ha gustado de siempre, crea en mi una serenidad absoluta e incluso puede arrancar, de hecho lo hace, unas lágrimas por ser tan sublime. A Bach debía de gustarle también, ya que lo utilizó en la sinfonía que introduce la cantata Ich steh mit einem Fuß im Grabe, BWV 156, una cantata religiosa de 1729 para el Tercer domingo después de la Epifanía. Por lo tanto este movimiento del antiguo concierto de oboe fue utilizado primero en esta cantata.

Y entonces es cuando me encuentro con un CD que, si bien es bastante conocido, seguramente por la publicidad que le hicieron en su momento, no es, por lo menos no para mí, la mejor grabación al piano de estos conciertos. El pianista, con una pinta de niño de papá que no se aguanta, casado con la hija de un famoso director de orquesta, con un flequillo que ni Kortajarena, se llama David Fray. Pero va y el tipo, el niño pijo, toca el segundo movimiento, el Largo, con una sensibilidad extrema, como pocas veces se puede presenciar. Llevo días que no puedo dejar de ver el vídeo donde ejecuta esta parte. Su cara, mientras toca el piano, me atrae de tal manera, que todas las veces que he visto el vídeo han caído unas lágrimas. Quizás parezca una exageración, pero a cada cual le llega la emoción de fuentes de lo más diversas. Esa cara de David, porque con la de veces que le he visto en el vídeo no me queda ya más remedio que llamarle por su nombre, esa cara, decía, es la cara de alguien que está sintiendo tan hondo la música que interpreta, que parece que está llegando a un orgasmo, en este caso múltiple. Y yo, de verlo y escucharlo, también.

Seguramente haya quien después de haberlo visto haya pensado en ese otro maravilloso pianista que fue Glenn Gould. Y la verdad es que el flequillos tiene mucho de sus histerismos, sus manías y tal. Y claro, entre original y copia, yo prefiero el original. Pero cuidado. No digo que el tío no sea bueno, que de hecho lo es. He dicho que de este concierto hay grabaciones que me gustan mucho más.

Os dejo las portadas de algunas de algunas de las, para mí, mejores grabaciones del concierto y también del propio álbum de donde proviene el vídeo del orgasmo. Hay versiones en el original clave, al piano y con otros instrumentos como el violín, la viola de gamba, el oboe o la mandolina.

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Y aquí tenéis la lista del Spotify. Felices orgasmos.

de nuevo, sentado

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De nuevo, una vez más, decido sentarme, coger el cojín, ese zafu abandonado hace algunos meses, y sentarme sobre él. Cruzo las piernas, las rodillas se quejan por la posición, les falta práctica, pongo derecha la espalda, apoyo mi mano izquierda sobre la derecha, con las palmas hacia arriba, inclino la barbilla hacia mi pecho, cierro los ojos y comienzo con unas respiraciones profundas para ir dejando que la respiración normal vaya haciéndose cargo del momento. ¡Ya está! Inspiro y espiro. En menos de un minuto mi cabeza ya se ha ido con unos cuantos pensamientos. Vuelvo. Se me va. Sonrío y vuelvo otra vez. Poco a poco. Y con eso me basta por hoy, para volver a la costumbre. Cuando termino la sentada, agradezco el momento y me doy cuenta que, simplemente con esos pocos más de diez minutos sentado y respirando, la serenidad asoma por la puerta de mi habitación. Mañana más.

lo que dio de sí

Han pasado semanas desde que escapásemos, sin mirar atrás, de esa Iruñea recién despedida de los Sanfermines, de esa ciudad cuya rapidez en la vuelta a la normalidad sorprende a cualquiera que haya estado, aunque sea unas horas, disfrutando de las fiestas. Ese 15 de julio, con quienes se negaban a terminar la juerga vestidos de blanco por las calles, con las máquinas limpiadoras trabajando a destajo y los jardineros recuperando el esplendor de parques y jardines, salimos en tren dirección Barcelona, para, desde allí, tomar un vuelo hacia Italia.

Al caer la tarde tomamos tierra en Fiumiccino y aunque esta vez el destino del viaje no era Roma, aprovechamos las escasas horas en la ciudad eterna para pasear por el adoquinado romano y para dar cuenta de unas pizzas en una pizzería familiar de una calleja cercana a Navona. Bebimos el agua fresca de las fuentes romanas, paseamos hasta el Panteón y a la mañana siguiente fuimos de los primeros en entrar en una basílica de San Pedro que ha endurecido las medidas de seguridad para acceder al interior. La magnificencia del templo nos engulló, vimos a lo lejos la Piedad de Miguel Ángel y paseamos rodeados de mármoles, dorados, inmensas esculturas de papas muertos y una sensación de estar más en un mercado que en un recinto sagrado.

A media mañana cogimos el tren en Termini, la gran estación romana, para llegar a Nápoles y darnos cuenta que la ciudad a la sombra del Vesubio es otra cosa. Coches y motos campan a sus anchas sin un orden visible para nosotros pero, evidentemente, existente. Entre sus calles creímos estar en Tánger o El Cairo, llenas de puestos ambulantes y manteros en las aceras y en el malecón compartimos la tarde con todas esas familias con helado, chavales morenos y flacos en bici, camareros que gritan las bondades de su terraza y un Vesubio omnipresente cuya ladera llevaba quemándose varios días. Una terraza en el puerto, un gin tonic caro y mal puesto y unas chufas y a cenar. Acabamos el día, agotados, en la terraza del hotel, entre los luminosos gigantes del establecimiento, recostados en unas tumbonas y con unas botellas de cerveza mientras abajo, en la gran plaza, un tipo con órgano canta para todo Nápoles desde la terraza de un bar.

Y al día siguiente partimos hacia Sorrento, esa pequeña ciudad de la costa amalfitana al borde de acantilados. Mientras sorteamos turistas ingleses descubrimos una vinacoteca de la que nos hicimos clientes asíduos, degustamos los vinos biancos de Italia, nos reconciliamos con tierra y mar a través de la gastronomía, leímos novelas en tumbonas a la sombra de una sombrilla, subimos cuestas llenas de altares y vírgenes, vimos atardeceres de película, surcamos el Mediterráneo en un pequeño barquito, visitando cuevas de la costa, bañándonos en ese Mare Nostrum tranquilo y dejándonos mojar por la espuma de las olas que golpeaban la proa, paseamos entre casas blancas hasta subir a un mirador en Capri donde bebimos unas cervezas carísimas, nos protegimos del calor de la tarde en las iglesias barrocas, llenas de frescos imposibles y santos con velas, comimos helado mientras las gaviotas casi nos rozaban con sus alas, volvimos al pasado entre las calles de Pompeya, viajamos en trenes viejos y sucios con el encanto de una película de Fellini, cenamos en la terraza de casa absortos en el cielo estrellado y soñamos con la brisa que recorre el viejo pueblo, el de abajo, cuando el resto nos retiramos a dormir.

Y terminó el viaje, porque todo lo que comienza termina, y llegó Zarautz, con la familia, con mi sobrino descubriendo el Cantábrico, ese Cantábrico siempre fiero y peligroso, aún cuando parece tranquilo. Txakoli, pintxos, Getaria siempre en el horizonte, fiestas con las primas y primos, y tías y tíos, unos cuantos kilos de más y un pueblo y una felicidad que, como todos los años, me recarga las pilas para unos cuantos meses.

El verano no ha concluido, ni mucho menos. Quedan días de lectura en los parques, tés helados viendo pasar la gente, euskal jaia en Zarautz y días de dormir con la ventana abierta, por lo menos hasta que llegue San Fermín Txikito. Pero ya estamos a dieta, ya hemos comenzado el curso, con más ganas que nunca, es momento de terminar planificaciones, de retomar ese día a día que seguirá haciendo de Iruñea una ciudad cada vez mejor para quienes vivimos en ella. Aquí estamos. El verano quedará atrás, pero su recuerdo nos impulsará durante varios meses.

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unas fiestas sin igual

Éramos unos críos. Qué se yo, tendríamos unos cinco o seis años. Vestidos de blanco, con pantalón corto, la faja que se me caía a pesar de que el aita me la había puesto como se ponen la faja los dantzaris, que por cierto, suelen ser, con permiso de pelotaris, quienes mejor se la ponen, será cuestión de práctica y costumbre. Txapela roja, hoy en día desaparecida y relegada a las dantzas y alpargatas, como siguen llevando en Lizarra. La ama y mis tías se reían y hablaban entre ellas mientras nos vigilaban, los abuelitos no iban de blanco, para eso esperaban al día siete, y mis primos, mi hermana y yo, jugábamos a los kilikis por allí. Y en un momento dado darían las doce y escucharíamos el sonido del txupinazo que se había lanzado dos calles más allá, desde el Ayuntamiento. Pañuelico al cuello y a seguir jugando. No creo que mis abuelos se lo pusieran. No hasta el siete. El aita y mis tíos no estaban, o aparecían después, no lo recuerdo. Pero sí me acuerdo que el aita, en algún momento, me cogía a hombros, entre risas, y me compraba una trompeta de plástico dorado, o un tambor, dependía del puesto que encontráramos a nuestro paso. En aquellos tiempos no había migrantes subsaharianos vendiendo lo imposible para sobrevivir. Las txarangas y txistus, algunos gaiteros eran la música que nos encontrábamos en el camino. Estafeta, bares, llenos de gente, pero sin agobios. En el Monas un frito de huevo, en el resto alguna croqueta y un kas de naranja.

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Un año, seguro que con menos de ocho años, la tía Pili y la ama nos llevaron a mi hermana y a mi al Riau Riau, a la puerta del Ayuntamiento, a esperar el primer compás. Había mucha gente, pero a nosotros nos dejaron dentro de un cordón que un montón de mozos de peñas habían hecho para que La Pamplonesa y la corporación pudiesen avanzar. Se abrieron las puertas y allí, entre aquellos hombres sudados, con la ama y la tía riendo y bailando, canté con mi voz de crío las primeras notas del Vals de Astrain. “A las cuatro el seis de julio, Pamplona gozando va, pasando calles y plazas, las vísperas a cantar…”. Unos señores muy elegantes, con un sombrero llamado chistera, salieron detrás de la banda. Me dijeron que eran el alcalde y los concejales. El alcalde tenía barba y fumaba un puro, las concejalas iban con un vestido muy chulo y entre compás y compás la gente gritaba ¡riau riau! Algunos de esos señores bailaron con la ama y la tía, mientras algunos de los señores sudados nos cuidaban a Bea y a mí. Después nos fuimos a casa de la hermana de un tío nuestro, en la calle Mayor, a esperar que pasara el Riau Riau. Y parecía que no llegaba nunca. En un balcón de al lado, un señor con organillo tocaba el vals y otras canciones, algunas de Rafaela Carrá que nos daban mucha risa. Y algunos tiraban pozales de agua a la gente. Ese día veíamos por primera vez a los gigantes y nos comprábamos la pegatina de la comparsa.

Ese era el seis de julio para mí, siendo crío. Recuerdos y felicidad. Mis abuelos ya no están, la ama tampoco. Alguno de mis tíos tampoco. Ahora hay muchos más primos y primas. En la Plaza del Castillo casi ya no se puede entrar, los subsaharianos y resto de migrantes luchan por vivir, aguantando lo inaguantable. Hoy casi todo el mundo se viste de blanco. Música hay en cualquier esquina y casi lo que menos se escucha es una txaranga. Del kas hemos pasado a la cerveza, los guiris beben sangría comprada, como si fuese lo mejor de la fiesta. Es su tradición. Está claro que cada cual tenemos las nuestras y la fiesta la de todos. Porque de eso se trata, de vivir la fiesta con ilusión, de la manera que más nos guste y sin incordiar al de al lado. No sé si la ama y mis tías habrían tenido que aguantar mucho baboso, seguro que alguno sí. Ahora también las mujeres sufren babosos, agresiones de muchos tipos. Pero ahora, la sociedad, poco a poco, estamos aprendiendo que nadie tiene que aguantar a ningún baboso. No es no.

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Este año son los primeros Sanfermines de Amaiur, mi sobrino. En cierta manera envidio la oportunidad que tiene y va a tener en los próximos años de ir descubriendo la fiesta. Espero que algún día recuerde que, independientemente de cómo haya decidido disfrutar de las fiestas, su aita y su ama, su tía y su tío, su aitona, estaban por allí riéndose, bailando, llevándole a los gigantes. Un día, casi con seguridad, su aita le llevará a Santo Domingo, a correr por primera vez el encierro. Seguramente recordará las croquetas y el kas de naranja por la Estafeta, jugando con el resto de hijos e hijas de primos y primas. Espero que el recuerdo que tenga sea la mitad de bueno que es el mío. Hoy a las doce, el txupinazo me pillará en el Ayuntamiento, con invitados y amistades. Pero tengo la seguridad que recordaré, como todos los años, la felicidad de la ama, el cariño de los abuelitos, las risas de mis tíos. Y seré feliz, estaré emocionado, pero sobre todo agradecido a quienes me hicieron cantar por vez primera aquella canción, “porque llegaron las fiestas de esta gloriosa ciudad, que son, en el mundo entero, unas fiestas sin igual, riau, riau!!”.

Gora San Fermin!!!!!

se acabó lo que se daba

Con este artículo doy por finalizada la serie dedicada al viaje a Londres.

El sábado, después de que mi amiga se fuese a correr como alma que lleva el Diablo, por parques y canales del noreste londinense, y después de dar cuenta del desayuno, cogimos el bus para ir hacia el Tate, el museo de arte contemporáneo. Los buses rojos londinenses, con sus dos pisos, ya muy modernizados, eléctrico el que nos llevó hasta el museo y nosotros como niños en la ventana delnatera del piso superior, descubriendo y observando. Ójala fuésemos niños el resto de nuestros días para tener esa capacidad de asombro. Paseamos por la orilla del Támesis haciendo tiempo para que abriesen el museo, nos quedamos ojipláticos con los rascacielos de acero y cristal con formas curvas y redondeadas. El Tate es un edificio extraordinario, con unos espacios enormes, y solo por eso merece la pena. Como todos los museos de Londres es gratuito. Reconozco que prefiero un museo clásico a uno moderno, porque el arte clásico me llega más, me hace sentir profundamente y el arte es para sentirlo o no es. Pero en el Tate el edificio te hacer sentirla inmensidad y la grandeza. En la terraza, mientras vemos el skyline de Londres, con St. Paul en primera línea y la City a la derecha, nos sentimos voyeurs novatos, sintiendo la tímidez de quien mira sin querer mirar, a través de los grandes ventanales del edificio de enfrente, a las personas que se convierten en actores involuntarios en sus propias casas.

Image by Samuel Zeller

Tras la visita al Tate y a la tienda del museo, porque para mí, las tiendas y cafeterías de los museos son de lo mejor que se puede conocer en una ciudad, paseamos por la rivera del río hasta el nuevo Globe Theatre, a imagen y semejanza de uno que existió en el siglo XVI. La obra de teatro era a las dos de la tarde y la visita guiada está completa, así que decidimos tomar un tentempié en la cafetería. Grandes mesas corridas de madera, una tostada, una cerveza y música isabelina de fondo. Al salir comprobamos que es sábado y que la gente, londinenses y turistas, tiene esa zona como predilecta para pasear un buen día. Callejeamos un poco hasta llegar a Borough Market, un mercado lleno de puestos de delicatesen, que conviven con puestos más normales y bares de todo tipo para poder comer o echar un pote. A pesar de la aglomeración de gente, la mayoría es respetuosa, incluidos los repartidores en moto que tienen que atravesar una marea de personas para llegar al otro lado de la calle. Comemos y bebemos en la calle, viendo pasar la gente, maravillados por la cantidad de culturas que pasan delante de nuestros ojos. Entramos en un bar a tomar una pinta con la que bajar lo comido y sin esperarlo nos encontramos en el típico bar inglés, lleno de hombres que beben pintas como si fuesen chupitos y con la peculiaridad de que todos los camareros eran heavys. Los blancos, los chinos, los indios y los negros. Impresiona bastante, porque yo nunca había visto a un señor de Nueva Delhi con el pelo largo y los pantalones elásticos y unas gafas de sol, sirviendo pìntas mientras menea el pelo al ritmo de la batería. De ahí seguimos paseando en esa tarde de sábado soleada, familiar, viajera y que nada presagiaba lo que horas después iba a suceder. La rivera del Támesis estaba atestada de gente, las terrazas llenas. El puente de las torres hasta arriba y justo cuando llegamos se tuvo que levantar para que pasase alguna embarcación, algo que para toda la gente que nos encontrábamos allí ene se momento se convirtió en un espectáculo.

Paseamos por delante de la Torre de Londres, vimos la Puerta de los Traidores, esa por donde se suponen llegaban en barca los traidores al rey de turno, incluidas algunas reinas que acabarían con sus cabezas rodando en el patio de la prisión. Para cuando llegamos a la puerta de entrada, las visitas habían concluido y la Beefeater de turno se empeñaba en que los turistas no se sentasen en la barandilla del cesped, porque vete a saber, igual en esa barandilla solo puede sentar sus reales Su Majestad la Reina. Así que decidimos entrar en una restaurante con una terraza espectacular con cristaleras en donde nos tomamos una cerveza y un té. Había más camareros por metro cuadrado que gente en la Plaza del Ayuntamiento a las 12 del 6 de julio, todos jóvenes, todos guapos, todos cool, pero lentos y poco profesionales o eso o se habían fumado un cigarro de hierba en la bodega y andaban pa´llá. A pesar de los camareros aprovechamos para descansar una hora tranquilamente, viendo pasar la gente a la sombra de la Torre de Londres y siendo testigos del atardecer sobre los puentes del Támesis. La oscuridad, en todos los sentidos, se acercaba sin compasión y nosotros casi sin enterarnos.

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Image by Montse Monmo

Oxford Street es una de esas calles como tantas otras hay en diferentes ciudades del mundo. Champs Elysees en Paris, Gran Vía en Madrid o Carlos III en Iruñea, me da igual, todas son iguales. Pero todas tienen un poder de atracción que las hace muy interesantes para observar lo qué sucede en ellas durante unos minutos. Nosotros aprovechamos para comprar té, una tetera y poco más, poco originales, lo sé, pero seguro que si viiésemos a Iruñea de viaje acabaríamos comprando garrotitos en Beatriz. De ahí, paseando, llegamos al Soho, un barrio de bares de moda, restaurantes de todo tipo, ambiente gay, si es que Londres necesita una zona específicamente gay, y tiendas de ropa. Nos cruzamos con un indio de grandes barbas y bigotes blancos, con turbante y sentado en un descapotable decorado de flores, literalmente cubierto de flores, el descapotable y el indio. En Londres, en general, y en el Soho, en particular, pocas cosas llaman la atención y muy pocas logran que la gente se sorprenda. El señor indio de barbas consiguió en un momento que todo el mundo riera, sacase sus cámaras y móviles para sacar fotos e incluso que la gente comenzase a sacarse selfies. Nosotros, que somos de pueblo, mezclamos la sorpresa con la timidez y nos dio por pensar el buen papel que podría hacer el señor en los Sanfermines en la salida de las peñas o algo así. Finalmente acabamos cenando en un libanés, en una mesa mirando a la calle, en plan escaparate, algo que no se me ocurriría hacer jamás en Iruñea y conseguimos que el polaco que nos atendió nos invitase a un pastelito lleno de azucar y calorías, dulce como la vida. Al salir comenzó a llover de manera bastante fuerte y justo nos dio tiempo para llegar a la entrada del metro, el tube que se llama allí, en Picadilly Circus, sin echar la vista atrás y sin posibilidad de despedirnos del centro de Londres. Volveremos.

Por la noche llegaron los mensajes de preocupación, las preguntas, el querer conocer si estábamos bien, la incertidumbre del primer momento y la certeza del momento siguiente. La locura, desgraciadamente, una vez más, se desató en este mundo globalizado en donde es igual que estés en Londres, en Bangladesh o en Alepo. El análisis es necesario, la reflexión urgente y la activación social vital.

Por la mañana, después de hacer las maletas, paseamos hasta un pequeño mercado de flores, el Columbia Flower Marker, una delicia para la gente que nos gustan las plantas y las flores. Lástima que no pudiésemos comprar ninguna. Disfruto mucho con la sensibilidad que tienen los ingleses para las flores y parques. En cualquier esquina te encuentras un parque que, por pequeño que sea, está cuidado exquisitamente. Además, lo mejor de los parques de Londres es que son para utilizar. Sin querer, nos encontramos de frente con la calle Navarre, desayunamos un brunch en una panadería-cafetería, unos huevos con salmón y un té de Yorkshire y poco a poco, volvimos a casa a recoger las maletas. Un bus, un tren, los canales, los parques y los campos pasaban velozmente por la ventana del vagón, los italianos volvían a sus casas, los madrileños también y nosotros nos despedimos de London, un London herido, con la esperanza de volver en otra ocasión.

una entrada que no tenía que haber sido

Ayer llegamos a casa hacia las diez de la noche. Habíamos pasado todo el día recorriendo Londres, o mejor dicho, la parte, una de ellas, que el día anterior no habíamos visto. En poco más de media hora un amigo nos mandó un WhatsApp preguntándonos si estábamos bien, que algo había pasado en el Puente de Londres. En ese momento no había todavía ningún tipo de información en los periódicos digitales en castellano. En pocos minutos, por Twitter y agencias de noticias, supimos que una furgoneta había arrollado a un grupo de personas en el Puente de Londres, justo donde habíamos estado esa misma tarde. Podía ser cualquier tipo de incidente, aunque eso a las personas atropelladas poco podía interesar. En poco rato se supo que algo estaba pasando, también, en la zona del Borough Market. Poco margen para la duda quedaba. Escribí unos mensajes por WhatsApp, Twitter y Facebook para señalar que estábamos bien, en casa. Era mucha la gente que sabía que estaba en Londres y lo mejor es, siempre, tranquilizar.

Image by Ajay Karwall

No tengo ninguna necesidad de referirme a otro tipo de ataques en forma de bombardeos, etc, que ocurren diariamente en zonas de África y Oriente Medio. El hecho de que me refiera a los ataques de Londres no quita para que no sea consciente de que, en gran medida, ese tipo de acciones ocurren con la ayuda y beneplácito de los gobiernos occidentales que luego se concentran un minuto en las puertas de instituciones. Esos gobiernos que se dedican a apoyar lo que decidan que apoyar para seguir en el juego del control, aunque pasado un tiempo no tengan problema alguno en nombrar enemigos a los que antes habían vendido sus armas. Pero hoy me refiero a lo sucedido en Londres.

Ayer estuvimos en el Tate Modern, en el Globe Theatre, en Borough Market, en el Puente de Londres, en el Puente de la Torre, etc, etc. Justo fue en esa zona donde se produjeron los ataques. Ahí es donde vi a la gente paseando un sábado por la tarde, trabajadores de fiesta, familias polacas, camareros indios, vendedoras de especias, cuadrillas de ingleses bebiendo cerveza, fruteros que anunciaban que sus tomates eran deliciosos y repartidores que sorteaban con sus motos a toda esa gente de forma increíble. Fue un día espectacular, con un tiempo delicioso, aunque a eso de las nueve cayó un chaparrón que limpió el ambiente. Poco después ocurrieron los ataques. Y lo único que tengo en mente es que fue toda esa gente la que fue atacada. El resto siguen interpretando su papel en Downing Street, en la Casa Blanca, en Moncloa o en un palacio de Arabia Saudí.

En Twitter, casi en el primer momento de conocerse el hecho, leí la respuesta de un tipo a la noticia publicada por una agencia: “Hay que echarlos de aquí y vaciar sus mezquitas”. Y pensé que si los echábamos de aquí y vaciábamos sus mezquitas, muy probablemente ese idota no podría beber su cerveza tan tranquilamente en los pubs, porque muy probablemente los operarios que trabajan en esas grandes fábricas de cerveza son indios, africanos, polacos y ecuatorianos. Y pensé que a quien habría que echar, o por lo menos desalojar de sus atalayas de control, son a otros.

Mi respeto a las víctimas. A todas ellas.

en Westminster

Ayer fue un día largo. Largo para una persona llegada a un lugar nuevo que, aunque no es la intención, tiene mucho que ver. Al preparar el viaje lo hicimos eligiendo un puñado de lugares a los que ir y el resto se trataba de pasear, dejarte llevar, ver, escuchar, sentir. Lo que no tuvimos en cuenta es que la corriente en la que te metes es agotadora.

Tras desayunar en casa, cogimos el metro abarrotado de gente que en veinte minutos nos dejó en Bloomsbury. Quería ver esa zona donde Virginia Woolf y su hermana habían conseguido reunir aquel grupo de intelectuales libres y con tantas preguntas.  Más allá de un parque, solo fui capaz de imaginar a las dos hermanas paseando por allí, entre aquellas casas de verjas y puerta negra y hacer como solía hacer Virginia, acercarnos, poco a poco, al Museo Británico. En la entrada han dispuesto, en el yerbín frente al edificio, una carpa en donde la policía registra tus bolsos y te pregunta si llevas armas, como si en el caso que las tuviseses fueras a contestar que sí, que llevas una automática, dos machetes y unas cuantas bombas pegadas con cinta aislante a tu pecho. El caso es que, como era temprano, pasamos bastante rápido. Cuando salimos la cosa era ya otro cantar. La cubierta diseñada por Norman Foster es, sin duda, de lo mejor del museo. Ese enorme patio cubierto de acero y cristal e inaugurado en 2000 es espectacular. Como Ana ya conocía el museo, nos separamos y ella fue a visitar la exposición dedicada a Hokusai, el autor japonés de La gran ola de Kanagawa y yo me dediqué a recorrer las salas de Egipto, Grecia y Roma. Entrar y ver a unas cien personas rodeando la urna donde está la Piedra Rosetta sacándose selfies con ella, me dejó sin habla. El genero humano somo tan idiotas como para hacer eso y mucho más. Seguramente ni esta piedra, ni otra semejante, podría descifrar porqué a veces nos comportamos de manera tan ridícula. El caso es que me dediqué a pasear por las salas, sorprendiéndome con las cosas que hace la gente en un museo, maravillándome con las salas dedicadas a los Mármoles de Elgin, ese militar británico que decidió llevarse todos esos relieves y esculturas, más de la mitad que decoraban el Partenón. Sus fragmentos y partes que pueden ser admirados a escasos centímetros, posiblemente no fueron vistos jamás por los griegos que entraban al edificio en el que se encontraban, ya que estaban situados, en su mayoría, en la parte interior del templo, en las alturas, sin luz. Estos mármoles cubiertos en su momento de pinturas de vivos colores me serenaron profundamente. Las momias, sarcófagos y demás de Egipto, me asombraron del todo. Una cultura que no tenía miedo a la muerte, que trataba con ella de tú a tú, que convivía con ella. Ahora la muerte es algo incómodo que lo escondemos en una pequeña sala del tanatorio hasta quemar los restos para esparcirlos. Me hizo gracia observar a varios italianos indignados ante la cantidad de esculturas de la época romana que en su día, gracias a guerras, colonizaciones y batallas, fueron expoliadas de su lugar de origen. No quisieron caer en la cuenta que las esculturas, en su mayoría, fueron excavadas del norte de África, de Centroeuropa, de Grecia y de Turquía. Tampoco se dieron cuenta de ninguna expoliación al llegar a las salas de Egipto. Como curiosidad señalar que, en un ejemplo de visibilizar a la comunidad LGTBQI, han señalado todas las obras que se refieren a ellos. Ahí estaban, por ejemplo, Adriano y Antinoo, uno al lado del otro, como enseña de la libertad de amar, vivir y relacionarse.

Image by Tamara Menzi

Salimos del museo que para esas horas empezaba a estar lleno de gente, demasiada, y de japoneses, son tantos, y nos sentamos en una terraza a tomar un tentempié. De ahí nos fuimos acercando a la zona del parlamento. Viernes al mediodía y eso no era Shoreditch. Gente por todas partes aunque, la verdad, bastante respetuosa. Cada cual por su sitio y si acaso un sorry. Nos acercamos a Covent Garden, allí donde la elegante Hudrey vendía flores antes de aprender lo de “la lluvia en Sevilla es una maravilla”. Ya eran cerca de la una y entramos a un super para comprar algo que poder comer en un parque. St James, entre Trafalgar y Buckingham, a la izquierda. La avenida que lleva al palacio de la reina estaba decorada de banderas británicas por todos lados, como si fuese a haber un desfile, aunque no sabíamos cuál. El caso es que, debajo de un enorme y hermoso árbol, de esos que hay en los parques ingleses, nos sentamos a comer. Me encantan los parques de Londres, los que he visto. Son espacios donde la gente disfruta, sin molestar al de al lado. Cada cual a lo suyo. Unos comiendo, otros jugando al fútbol, otros más mirando las flores y las ardillas, otros echando la siesta y descansando, pero sin molestar a nadie. ¿Por qué nos sorprende tanto esto cuando debería ser lo normal? Tras una breve siesta fuimos saliendo del parque. La zona de los cuarteles militares estaba con gradas, como para una exhibición de caballos, y policías por todas partes. Estaba claro que algo iba a haber. Pero no sabíamos qué.

Al salir del parque, mientras nos sentábamos en un banco a la orilla del Támesis, empezó a llover y de repente cayó una buena tormenta. Nos refugiamos en la entrada de un almacén, con varias personas. Ver llover tan fuerte, con ese olor tan profundo que empieza a subir de las entrañas de la tierra, mientras tu único quehacer es ver, oler y sentir, en silencio, es un descanso para el viajero. Pero el descanso acabó a los diez minutos y deambulamos un rato en busca de un bar donde tomarnos un té. Acabamos, sin querer, en una antigua iglesia reconvertida en teatro, con su cafetería propia en los sótanos. El St John’s Smith, con un programa, dedicado a la música clásica, de lujo. El caso es que la cafetería también está muy bien y ahí estuvimos echando el té, en este caso de las cuatro, con una tarta de zanahoria y otra de chocolate cojonudas de buenas. Salimos para ir hacia Westminster Abbey y pudimos pasear por las calles de atrás de la abadía, unas calles tranquilas, preciosas, con unas casas muy cuidadas, antiguas y con esos rayos de sol que caían sobre ellas tras la lluvia. Un momento muy tranquilo.

Image by Jenny Marvin

Me habían dicho que para visitar Westminster Abbey había dos posibilidades. O comprar la entrada y verla, sin más, o entrar a la función religiosa de las cinco en donde canta el coro de la abadía. Y ahí que nos fuimos. Al entrar nos avisaron que era una función religiosa y nosotros que of course. Nos pusieron en fila en la puerta donde suele entrar la reina a las celebraciones y tal y al poco avanzamos hacia la parte delantera, por un pasillo lateral. Cada paso que dábamos era una lápida de un escritor o músico famoso. Nos iban llevando a nuestros asientos como si se tratase del teatro y de repente nos vimos sentados en la parte delantera, a la derecha del altar mayor, esa parte del crucero donde se sientan señoras con corona y señores vestidos de uniforme de gala. Nos dieron un programa que era del servicio religioso y al leerlo casi nos caemos pa´trás. Pues va y resulta que ayer era el Día de la coronación, que esas cosas los ingleses celebran por todo lo alto. Esa era la explicación de las avenidas engalanadas con banderas. Por lo visto había habido un desfile por la mañana. En fin, que sin comerlo ni beberlo nos vimos en medio de una función con coro y boato que comenzó cantando, todos de pie, el God save the Queen, pero sin los Sex Pistols. Muy gore. Intenté y conseguí que no me diese la risa y canté el himno como si fuese un hooligan de England de toda la vida. El coro cantó unos cuantos himnos y salmos de Tallis y compañía, la señora pastora, que no era la de Ibardin, sino una señora con alzacuellos, esto es, una sacerdota, porque a mi lo de sacerdotisa me suena a Delfos y por allí, leyó unos pasajes, por lo visto, muy edificantes, rezaron por la reina, el duque, el prícipe y resto de vagos reales y terminó la función. Me dio tiempo para fijarme en vidrieras, techos, suelo de marmol, las lámparas encendidas en el coro de madera, los cantantes del coro con su hábito rojo y casulla blanca con cuello de goleta… Nos hicieron salir en fila de dos por el pasillo central y resulta que nos tocó de los primeros, con lo cual la sensación de ser un cabrón de la familia real fue absoluta. Pero yo, que para esto soy así, hice como si saliese de Westminster a ritmo de órgano por el pasillo central todos los días de mi vida. Mi amiga decidió hacer de marquesa o condesa, de esas que tienen una mansión en algún pueblo y le llaman casa de campo. Al salir saludé a la pastora, le di las gracias por el maravilloso sermón y me fui la mar de contento.

El resto del día se nos fue en Picadilli Circus, el Chinatown, el Soho, donde cenamos en un japonés como si hacía diez días que no hubiésemos comido gracias a que mi amiga creyó que los cuencos que veía en las fotos de la carta eran cuencos y no ensaladeras. La cerveza, acorde al tamaño de la vajilla, ayudó a pasar el trago. Nuevamente, paseando, se nos hizo de noche y llegamos a casa rendidos, no sin antes saludar a los vecinos de abajo, que regentan un bar y tiene una parroquia la mar de simpática. Mi amiga se puso el despertador para irse a correr y yo pensé que está loca, o medio loca, pero una loca muy maja, y con ese pensamiento me quedé frito.