aprender a vivir con la muerte

Me confían cartas para el otro mundo. Cuando me toque ir allí, me llevaré todas conmigo de este mundo. (…) Enviar una carta a alguien del otro mundo es mucho más que sólo pensar que estás conectada con esa persona, aunque creas que lo estás en el fondo de tu corazón.

¿Por qué es diferente?

Porque la carta de verdad llega allí.

En una tarde domingo leí, con verdadero placer, La casa del álamo, de Kazumi Yumoto, editada por Nocturna Ediciones. Fue el primer libro de esta autora japonesa, pero sé que no será el último. Le llaman la escritora de la muerte, porque acerca la muerte, el hecho de la muerte, a la vida de miles de personas que vivimos en una sociedad que huye de ella. Y lo acerca de una manera tremendamente sencilla y natural. Es la aceptación de la muerte como parte de nuestra propia vida.

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Este año, en los días en que se acercaba mi cumpleaños, me di cuenta que había vivido ya más años tras la muerte de la ama, que mientras ella vivía. Fue una constatación que me dejó momentáneamente abrumado. ¿Cómo puede ser? El próximo 9 de marzo se cumplen 23 años de su muerte y no ha habido ni un solo día desde entonces en que no la haya tenido presente en el pensamiento o en cualquier cosa que hago durante el día. Sigo oliendo el aroma de su perfume, sigo sintiendo la suavidad de sus manos, sigo escuchando su risa y su voz cantando. Y lo hago en igual o parecida intensidad que veinte años atrás. El proceso de duelo cada persona lo lleva de manera diferente. Aprender a vivir con la muerte es vital para la vida. Yo después de haber llorado mucho, creí en un momento que ya no tenía más lágrimas, que las había llorado todas. Tuve una temporada que me asusté con mi frialdad. Pero era algo ficticio. De repente un día empecé a llorar de nuevo y lo hice por muchos motivos. Algunos tristes, otros alegres. Lo mejor fue que dejé de ahogar el lloro. Y volví a llorar a la ama, claro, pero empecé a hacerlo recordando la felicidad de lo vivido con ella. No es ya un lloro amargo, ni constante. Es un lloro que sale, a veces, y casi siempre recordando algo feliz. Transformé el lloro y su muerte en algo que es parte de mí. Y lo agradecí.

Esta novela trata un poco de todo eso. Trata de la importancia de hacer un hueco a la muerte en tu vida. De utilizarla como medio de comunicación con quien ya no está, pero sobre todo con los que quedan. Y lo hace desde la voz y la mirada de una niña de seis años, Chiaki, que ha perdido a su padre. Su encuentro con una anciana que se dedica a recoger cartas para los muertos, con la intención de hacérselas llegar en cuanto muera, cambia su vida. Es un libro escrito con un lenguaje sencillo que se lee con placer, que ofrece cierta calma y que deja un gusto duradero, a pesar de ser una obra corta. Por cierto, más allá del tema de la muerte, uno de los aspectos que más me han gustado de la novela es la reflexión sobre las relaciones entre jóvenes (niños) y ancianos. ¡Ah, sí! Hay también versión cinematográfica.

Pues eso. Un libro para quienes quieren vivir la muerte como parte de la vida. Para quienes quieren cerrar un duelo demasiado largo. Para quienes quieran disfrutar de una tarde tranquila y para quienes han decidido que llorar es bueno.

 

 

dejando de ser un adolescente

A cambio de un padre, en mi familia había una madre. Una madre que me decía claramente “Yo no opino lo mismo” o “Me parece bien” en un tono resuelto que no admitía réplica. En realidad, esa madre no era mi madre, sino mi abuela. Por si fuera poco, mi verdadera madre era ni más ni menos que Aiko, una mujer sentimentalmente desequilibrada que sólo me parecía simpática, atributo que no puede considerarse precisamente halagüeño tratándose  de la opinión de un hijo hacia su propia madre.

Las novelas de paso de una estación a otra, los relatos de crecimiento y de viaje interior siempre me han gustado. Ese momento en que una persona deja de ser niña para hacerse adulta, ese avance de la adolescencia a la juventud, con todo el descubrimiento interior, principalmente individual y casi siempre formando parte de una colectividad. Dicen que “ningún hombre (imagino que también mujer) es una isla”, pero la soledad de los pensamientos y descubrimientos en algunas fases de la vida hacen creer que esas vivencias son exclusivas y que otras personas no las han vivido y las viven (y posteriormente eres consciente que otras personas las vivirán de manera muy parecida).

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Una de esas novelas es Algo que brilla como el mar, de Hiromi Kawakami, la aclamada y premiada autora de la historia de amor contada en El cielo es azul y la tierra blanca. En esta ocasión Kawakami nos presenta a Midori, un adolescente que vive con su madre soltera y su abuela, cuyo padre biológico es un conocido de la familia, con un amigo que quiere vestirse de mujer “para sentir un dolor que no logra en otro lado” y con una novia que actúa de contrapunto a un protagonista que no acaba de entenderla. Las luces y sombras de este adolescente que está descubriendo otra vida, la del adulto, con un camino que recorre irremediablemente y que muchas veces no comprende.

La novela en su comienzo sirve para presentarnos a los personajes, principalmente al protagonista y sus pensamientos y avanza en un viaje con su amigo a unas islas del norte de Japón. En ese viaje comprenderá, finalmente, muchas de las cosas que se ha ido preguntando en el último tiempo. La autora descubre todas sus cartas en los capítulos finales y con la sutileza que le caracteriza, reivindica la soledad en todas sus formas y matices como parte indivisible de la persona, una parte que actualmente la sociedad intenta esconder y diluir.

Una novela para quienes alguna vez piensan que están solos y también para quienes en diferentes momentos elegimos estar solos. De nuevo, con Kawakami, una sutil belleza.