un barbero a ritmo de danza húngara

En 1940 se grabó una película con un mensaje claro contra el fascismo que en ese momento se abría paso en Europa en medio de una guerra que enseguida se iba a convertir en mundial. En esos momentos EEUU todavía no estaba en guerra con Alemania, pero poco faltaba. El genial Charles Chaplin dirigió y protagonizó esta memorable película, la primera del director con diálogos y sonido, titulada El gran dictador y que cuenta con unas cuantas escenas para ser recordadas. Para la posteridad quedan la escena del dictador jugando con el globo terráqueo o el final con un discurso contra las guerras y las dictaduras. Hablando de dictaduras, la cinta estuvo prohibida en el Estado español hasta después de la muerte de Franco, estrenándose en 1976.

ElGranDictador

La escena que quiero señalar en esta entrada es la del barbero judío afeitando a un cliente al ritmo de la Danza húngara nº 5 de Johannes Brahms. El caso es que comienza la escena con una radio desde donde se emite la danza húngara de Brahms y vemos al cliente ya sentado en la silla. Al ritmo de la música el barbero va preparando y afilando la navaja que va a utilizar, enjabona la cara al cliente, le afeita, le da la loción y finalmente le quita el babero y le pone el sombrero para pedirle, finalmente, que le pague. El cliente se muestra al principio extrañado, después asustado y finalmente sorprendido del buen trabajo. Paga y se va rápidamente. Esta es la divertida escena:

Originalmente las 21 danzas de origen húngaro fueron compuestas, entre 1858 a 1869, por Johannes Brahms, para ser interpretadas al piano a cuatro manos y exceptuando las danzas 11, 14 y 16, el resto están tomadas del folclore húngaro. Después, de algunas de ellas, hizo versión para dos manos e incluso de otras, como la 1, la 3 y la 10, hizo versiones para orquesta. ¿Y de la número 5, que es la protagonista de la escena? Pues no, no hizo esa versión. Es más, la versión que suena en la película y que es la que suelen tocar las orquestas, es una orquestación de otro gran compositor, el bohemio Antonín Dvořák. En fin, que la obra es de Brahms y la versión de Dvořák. No pasa nada.

De las interpretaciones existentes voy a proponer dos. Evidentemente una a piano y otra en versión orquestal. La de piano es una contagiosa grabación de Walter Klien y Alfred Brendel, en la versión original a cuatro manos. Es de las primeras grabaciones en estéreo y quizás el sonido no sea el mejor, pero la interpretación es sublime.

MI0001098787

La versión orquestal es la de la Orquesta Sinfónica de Budapest, dirigida por István Bogár, para el sello Naxos, y con una interpretación espontánea, viva y llena de color.

Brahms-Johannes-Istvan-Bogar-Brahms-Hungarian-Dances-Nos.-1-21-Bogár

Me despido con un vídeo de la interpretación a dos manos que hizo, en los Proms de la BBC, en el año 2011, el joven pianista inglés, Benjamin Grosvenor:

un Verdi muy italiano, evidentemente

La entrada de esta semana hace referencia a una película impresionante, de un director que es maestro de la historia del cine, con una música de uno de los mejores compositores que ha habido y que utiliza partes de una de las óperas más famosas de todos los tiempos. Vamos, palabras mayores. La escena de hoy corresponde a la película El gatopardo, de Lucino Visconti, que tiene música de Nino Rota, pero que en la escena comentada hace uso de partes de La Traviata, de una manera muy curiosa.

el-gatopardo-angelica-y-tancredi-Claudia-Cardinale-i-Alain-delon

Era 1963 y el director de cine aristócrata Lucino Visconti di Modrone, filmaba una historia sobre una familia aristocrática en los tiempos del Risorgimento, o unificación italiana, basada en una obra, del mismo nombre, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Esta reflexión sobre la decadencia estaba protagonizada por Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale y obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes. Considerada, con razón, obra maestra del cine europeo de los sesenta, tiene en su puesta en escena y la recreación de la época que relata, uno de los principales ingredientes para que no os la perdáis. Pero vamos a la escena.

Como las tropas de Garibaldi están ya invadiendo Sicilia, el príncipe de Salina se refugia, con toda su familia, en la casa de campo que posee en Donnafugatta. Tras un viaje en carruajes, con un polvo siciliano que es parte de la propia historia, llegan a la localidad, cansados, sucios, polvorientos y con todo el pueblo esperándoles para darles la bienvenida, banda incluida. Lo curioso es que la banda toca, con un sonido de banda de pueblo de finales del XIX, ni más ni menos que la música de un coro de la ópera de Verdi, La Traviata, titulado Noi siamo zingarelle (somos las gitanas). Tras hacer el desfile entran en la iglesia para asistir a una celebración, y lo hacen al ritmo de la música de órgano que toca, de nuevo, otra parte de La Traviata, en este caso la desgarradora declaración de Violeta a Alfredo tras haber hablado con el padre de este, en el impactante Amami, Alfredo. En fin, que la escena queda tremendamente italiana y la banda y el órgano interpretando la ópera quedan como si hubiese sido escrita para banda y órgano. A ver qué os parece.

Y aquí os dejo los vídeos con las partes de la ópera La Traviata. El primero el coro Noi siamo zingarelle, de la fiesta en casa de Violeta del II Acto, a partir del minuto 1:03, que es la música de la banda:

Y finalmente la parte que toca el órgano a la entrada de misa, en este caso el Amami Alfredo, también del Acto II, en una interpretación de Anna Netrebko:

La Traviata es una ópera que compuso Giuseppe Verdi en 1853 y está basada en la obra de Alexandre Dumas, La Dama de las Camelias. Cuenta la historia de amor entre Violeta Valery y Alfredo Germont, una historia difícil que cuenta con la desaprobación de la familia de él ya que Violeta es una conocida cortesana. El caso es que, por amor a Alfredo, Violeta lo abandona y se refugia en su casa parisina donde coinciden en una fiesta donde él la rechaza publicamente por despecho. En el tercer acto vemos a Violeta enferma de tuberculosis y recordando constantemente a Alfredo, que tras enterarse de su enfermedad va a visitarla para conocer, poco antes de su muerte, que ella lo sigue amando. ¡Puro drama!

Esta ópera, que no tiene nada que ver con las óperas históricas de Verdi, es psicológica, intimista y narra los sentimientos y pensamientos de los personajes. Se puede decir que Verdi llegó a la madurez con esta obra. Su parte más famosa es el archiconocido brindis del Acto I, donde los protagonistas y el coro cantan al unísono el consabido Libiamo libiamo… Los preludios de los actos I y III son dos piezas orquestales también de una belleza extraordinaria. Si alguna vez tenéis oportunidad de verla en directo en un teatro no dudéis un solo instante, ya que es en vivo, cuando se logra entender totalmente. Si no, siempre podéis verla en cualquiera de los vídeos que rulan por ahí. Otra de las posibilidades es coger un día la ópera en casa y seguirla con el libreto. Os aseguro que a partir de entonces cada vez que la escuchéis disfrutaréis cien veces más. Esto, por cierto, ocurre con cualquier ópera, incluso, con cualquier obra músical.

Entre las cientos de versiones existentes os voy a recomendar dos. La primera es una versión completa, con una Renata Scotto en el papel de Violeta y un Alfredo Kraus en el de Alfredo, dirigidos por Ricardo Muti para el sello EMI en una grabación de 1982.

517QCk3IZ1L._SY355_

La segunda tiene como protagonista a la mejor Violeta de todos los tiempos, María Callas. El único pero, es que el sonido de las grabaciones de Callas en esta ópera no son muy buenas. La versión que os presento es una grabación del Coro y Orquesta del Teatro Sao Carlos de Lisboa, del año 1958.

51fZi1envKL._SX300_

ser verdaderamente un dios!

A mis 16 años vi esta película tres días seguidos, lo recuerdo perfectamente. Fueron tres días en donde me emocioné, me llené de fuerza como para comerme el mundo, gocé con la sensibilidad que emanaba cada una de sus escenas y lloré al final de cada una de las sesiones. Tenía 16 años y la película estaba hecha como para mi, o por lo menos eso me creía. La película se llamaba y se llama El club de los poetas muertos.

Ia6eW

Primera película del director australiano Peter Weir que traigo al blog. La cinta, protagonizada por el llorado Robin Williams, marcó una filosofía a mucha gente, con un carpe diem impertérrito en el espíritu de toda la película. “Aprovechad el momento”, nos decía el profesor Keating, mientras los rostros de los antiguos alumnos nos miraban desde las ajadas fotografías. Aprendí que la forma de caminar puede indicarnos el estado de ánimo de una persona, empecé a leer a Shakespeare por culpa de El club de los poetas muertos y quise ir a una universidad que despidiese el día con un gaitero escocés tocando a orillas del lago. La banda sonora es de Maurice Jarre y utiliza, también, bastante música clásica. De hecho, la primera clase de Keating a sus alumnos, comienza con el profesor saliendo de su habitación y recorriendo la clase, para salir al pasillo ante la atónita mirada de sus alumnos. Mientras va andando entre las mesas, silba una melodía que no es otra que la Obertura 1812 de Tchaikovsky.

La escena que quiero comentar transcurre en el campus del elitista colegio, con Keating cargando una red de balones de futbol y seguido por toda la clase. Reparte unos papeles con frases de autoestima, pone a todos los alumnos en fila y se las hace decir entonando según el sentido de las mismas. Para acompañar el experimento pone un vinilo en un tocadiscos y suena una música llena de trompetas y timbales que es, nada más y nada menos, el Allegro de la Suite nº 2 de la Música acuática, HWV 349, de Handel. El último de los alumnos, Charlie, uno de los del club, grita expectante su frase “¡Ser verdaderamente un dios!!!” Veamos la escena:

La historia de esta música es, cuanto menos curiosa. Resulta que Handel pidió, en 1712, permiso a su patrón, el Elector de Hannover, para ir a Londres y poder hacer carrera allí. Con el éxito de sus óperas, Handel iba retrasando cada vez más su regreso y su patrón se fue enfadando cada vez con más motivo. Pero va y en un giro inesperado de los acontecimientos, al Elector de Hannover lo hicieron rey de Inglaterra en 1714 y se convirtió en Jorge I. Os podéis imaginar la cara de Handel cuando se enteró de que el cabreado de su patrón iba a llegar a Londres para ser nombrado rey. En fin, que ya en agosto de 1715, para una “sencilla” fiesta del monarca, en la que iba a subir por el Támesis en una barcaza, desde Whitehall hasta Limehouse para cenar, el compositor creó una música para ser interpretada por 50 músicos en una barcaza que iría al lado de la del rey. Vamos, como la radio del coche, pero a lo grande. A Jorge le encantó la música y al enterarse quién la había compuesto decidió, con buen criterio, que el mejor músico de Inglaterra, alemán como él, merecía el perdón real. Casi seguro que esta historia tiene mucha parte de leyenda, seguramente diseñada desde algún despacho palaciego para hacer ver la bondad de la realeza y su magnanimidad ofreciendo el perdón.

De las tres suites, dos están orquestadas con trompetas y trompas para ser interpretadas en el río y la tercera es más suave, para ser escuchada durante la cena. En 1717 se volvió a interpretar la misma música. De las versiones que existen me quedo con una, que es la de John Gardiner con sus English Baroque Soloists, en una grabación de 1991, para Philips. Es una versión que tiene diez músicos menos de los que cuentan que llevó Handel, pero, la verdad, es que queda bastante animado. Hay otras versiones… Pero no son tan inglesas.

MI0000979420

Os dejo con la grabación del afamado bachiano, en este caso, interpretando a Handel:

al doctor Lecter le gustan las Variaciones Goldberg

La primera entrada de esta serie estará dedicada a una escena con música de Bach, no podía ser de otra manera. Es una de las músicas más reconocidas del cantor de Santo Tomás de Leipzig y una de las escenas más controvertidas de la historia del cine. Hannibal Lecter, interpretado por el estupendo Anthony Hopkins, ganador del ©oscar al mejor actor, precisamente por ese papel. Corría el año 1991 y el mundo iba a conocer al protagonista de las novelas de Thomas Harris y mucha gente, también, iba a quedarse hipnotizada con una música compuesta por Johann Sebastian Bach.

johannibal-bach-1414596815-view-1

Quien haya leído las novelas o visto las películas y serie con Hannibal Lecter como protagonista, sabrá que el doctor es un melómano de muy buen gusto y conocerá su pasión por la música de Bach, y es que el erudito asesino es un bachiano de los pies a la cabeza. La escena que quiero comentar, pertenece a la película El silencio de los corderos y en ella se puede ver uno de los asesinatos más sangrientos acompañado por la belleza de una música deliciosa: Las Variaciones Goldberg, más concretamente el aria que da inicio a la obra (que en su versión corta también la finaliza) y la variación número 7 de la misma obra. Hablemos primero de la obra.

Las Variaciones Goldberg, BWV 988, llevaban como título original el de Aria con variaciones diversas para clave con dos teclados, esto es, clavicémbalo, y la leyenda dice que fueron compuestas para el conde de Keyserlingk, a la sazón embajador ruso en la corte de Dresde. El caso es que se dice que este conde hacía tocar la partitura a su clavicembalista, Johann Gottlieb Goldberg, las noches en que no podía dormir. De ahí el nombre popular de la obra. Dicho esto, parece ser que esta historia forma parte de la leyenda bachiana, nada más. El caso es que Bach compuso la obra en 1741 y la publicó al año siguiente.

Goldberg-titlepage
Portada de la primera edición

En realidad la historia es algo menos romántica, ya que Bach publicó esta obra como cuarta parte de sus Ejercicios para teclado, una suerte de libro práctico para que las personas con un nivel suficiente pudiesen ejercitar sus destrezas delante del teclado.

Las Variaciones Goldberg se componen de un tema único, llamado aria, treinta variaciones y un reprise del aria o aria da capo. Lo que liga a todas ellas no es una melodía común, como en otras variaciones, sino un fondo de variaciones armónicas de las que es objeto la línea de bajo. Las melodías pueden variar, pero subyace siempre un tema constante.

El aria es una sarabanda y diez de las variaciones son también ritmos de danzas diferentes, como gigas o sicilianas. Otras diez variaciones son arabescos, que son piezas de forma libre y las otras diez son cánones, esto es, una composición contrapuntística que repite, a intervalos de tiempo, una melodía original.

800px-Bach-goldberg-aria
Aria

En la escena que ha dado origen a esta entrada se ve a Hannibal Lecter, encerrado en su jaula de oro en la que el FBI le tiene, disfrutando mientras suena el aria que sale de un radio cassette (qué antiguas quedan algunas cosas tras 25 años) y dos carceleros se acercan con su bandeja a darle la comida. De nada valen las precauciones y medidas que toman para que el doctor no les muerda ya que, aunque este es esposado a los barrotes de su celda, logra soltarse para comerse el moflete de uno de los vigilates y moler a porrazos al otro incauto. Termina la escena con Hannibal deleitándose con la séptima variación mientras la sangre mancha su cara y las comisuras de su boca.

En su momento me impresionó la escena y pensaba que era por el salvaje acto de Lecter, pero con el tiempo me he dado cuenta que la escena me impresionó por estar acompañada de esa música bachiana. Las Variaciones son ejercicios y como tales son partituras puras. No necesitan ornamentos para hacerlas bellas. Es el propio desarrollo de esta pureza la que las hace tan bellas que emanan tranquilidad, sosiego. Son algo zen. Están ahí y cuando las escuchas puedes sentir que tu también te haces uno con las variaciones. Y de repente te las encuentras poniendo la banda sonora a un violento acto de canibalismo. Es utilizar el orden sonoro de la pureza y la simplicidad en un desorden complejo, como es el propio acto de cargarte a alguien comiéndote su mejilla. Y lo mejor de todo, por eso me encanta la escena, es que es perfecto. A veces me asusto de mi mismo.

A la hora de elegir una buena versión para esta obra hay, digamos, tres opciones. La primera es la de clavicémbalo, el instrumento para la que fue creada y que tiene su mejor ejemplo interpretativo en el parisino Pierre Hantaï. Reconozco que las versiones interpretadas al clavicémbalo son difíciles de escuchar, pero también es verdad que Hantaï, aparte de ser un virtuoso, es capaz de poner corazón cuando las toca. Hay diferentes grabaciones, a mi la que más me gusta es la de 2003, del sello Mirare. Para gustos los colores.

3760020170455_600

La segunda opción es la de piano. En esto voy a ser poco original y me decanto por la versión de Glenn Gould, porque la genialidad de este pianista canadiense radicaba en sentir y hacer sentir lo que Bach nos dice a través de esta música. Hay dos grabaciones, una de 1955, cuando tenía 23 años, y otra de 1981, cuando contaba con casi 50 años de edad. No puedo dejar ninguna de las dos fuera. Cada una tiene su momento, aunque, siendo sincero, la segunda puede que sea la mejor grabación de música clásica del siglo pasado. La grabó apenas una semana antes de morir. Una de las peculiaridades de Gould era que solía tararear mientras tocaba el piano y es algo que a veces se escucha en las grabaciones. Por cierto, más allá de las originales, las tenéis las dos remasterizadas y formando parte de un solo estuche en diferentes ediciones.

1200x630bb

La tercera de las opciones, más rara, sin duda, pero a veces igual de bella es la interpretación con un instrumento diferente. Hay muchas posibilidades, como tríos de violín, viola y piano, guitarra o violonchelo. Yo os recomiendo una que tiene una sonoridad deliciosa ya que incluso hace las variaciones más etéreas. La versión es la de la galesa Catrin Finch interpretando la obra al arpa.

51eVdyeUdDL

Y acabo ya. Os dejo con la interpretación de Glenn Gould al piano, en la versión de 1981. Es el primero de los cuatro vídeos de aquella interpretación que podéis encontrar en Youtube. Disfrutad tanto como lo hace Hannibal Lecter.