¿podemos remediarlo?

El Antropoceno -podrán decir los geólogos del futuro remoto- por desgracia combinó el rápido progreso tecnológico con lo peor de la naturaleza humana. Fue una época terrible para la gente y para las demás formas de vida.

La pregunta que lleva por título este artículo es la que me he hecho tras leer un ensayo de Edward O. Wilson sobre la situación extrema del Planeta en cuanto a la biodiversidad. ¿Estamos a tiempo de remediar el daño que los seres humanos hemos ocasionado a la Tierra? No soy muy aficionado a los ensayos científicos, pero cuando leí el título y subtítulo de este libro en Walden, decidí que iba a darle una oportunidad para enterarme de la realidad. Muchas veces escuchamos la afirmación de que el planeta está cambiando, de que el cambio climático es un hecho, de la desaparición de cada vez más especies, pero no solemos, yo por lo menos no, profundizar en las causas y consecuencias de esta situación. De eso trata Medio planeta. La lucha por las tierras salvajes en la Era de la Sexta extinción, editado por Errata Naturae en su espectacular colección Libros salvajes.

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Edward O. Wilson, norteamericano de Alabama, es hoy en día uno de los biólogos y naturalistas más importantes del mundo y considerado el padre de la biodiversidad. Profesor emérito de Harvard y premiado con numerosos e importantes galardones a lo largo de toda su vida, considerado uno de los cien científicos más importantes de la historia, ha escrito más de treinta libros con absoluta maestría y pedagogía de cara a extender y divulgar una conciencia por la vida en el planeta, vida que, en gran medida, está desapareciendo o va a desaparecer tal y como la conocemos.

En el libro, Wilson es capaz de explicarnos y hacernos entender que la vida en la Tierra es producto de un proceso que ha durado miles de millones de años y que, actualmente, nos encontramos en la que sería su sexta extinción. La diferencia con las cinco anteriores es que no ha sido producida por un meteorito que choca con el planeta, glaciaciones o fracturas de continentes, si no por la acción directa del ser humano. Ahí es nada. Yo la verdad es que me quedé helado. Es decir, sabía que nuestro tipo de vida actual incide negativamente en el estado y salud del planeta, pero de ahí a conocer que somos los causantes de una sexta extinción masiva, va un trecho. Cuando hablamos de desaparición de especies, pongamos por ejemplo el rinocerontes (actualmente cinco especies distintas), no somos conscientes de que están desapareciendo por la acción directa del ser humano. Hace cien años había millones de estos animales pastando y bramando en las llanuras africanas y en los bosques lluviosos de Asia. A día de hoy quedan 27.000 individuos, la mayoría de ellos de la raza sureña del rinoceronte blanco. De la raza del norte de ese mismo rinoceronte quedan seis animales. La caza ha sido la causante de esa desaparición masiva. ¿Qué pasa, que antes no se cazaban rinocerontes? Claro que sí. Pero antes no se viajaba de un lado a otro del planeta para cazarlos, ni había un negocio de millones de dólares en torno al cuerno de rinoceronte, usado en la medicina tradicional china. Punto. De todo modos, con mucha pena, eso sí, pero ¿qué más da que desaparezcan los rinocerontes? ¿Por eso se acaba el planeta? No, pero influye en el cambio de los lugares donde habitan. Si comen hojas de un árbol y los rinocerontes desaparecen, seguramente ese árbol crecerá sin el control que suponían los rinocerontes, eso supondrá que el avance de esos árboles haga desaparecer otras especies vegetales y con ello los insectos, arañas, etc, etc, etc. Con lo cual, desaparece el rinoceronte, pero desaparece también todo un ecosistema. Y así con cualquier especie.

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Antes de la llegada del ser humano a la Tierra la tasa de especies que se extinguían en relación a las existentes era de una entre un millón al año. Actualmente esa tasa es entre cien y mil veces superior a la de entonces. Wilson propone que para parar esa subida, se deben crear espacios protegidos para que la vida se desarrolle de forma salvaje, sin la intervención del ser humano. Tenemos que empezar a tomar conciencia de que el ser humano no puede ser el centro de toda la actividad de la Tierra, porque si no, llegará el día, más pronto que tarde, en que la vida en la Tierra se hará imposible. Él lo llama la solución del Medio Planeta, es decir, preservar media parte del planeta, es lo mismo que sea en tierra o en mar y no hace falta, de hecho es imposible, que todo ese medio planeta sea una superficie única. Si no nos ponemos las pilas, señoras y señores, esto se acaba.

Un libro para quien piensa que esto es inagotable y para siempre, para incrédulos y para quienes creen que nuestra forma de vida puede aguantar. También para quienes quieran tomar conciencia de la situación actual, para quienes se quedan ensimismados en un amanecer sin reconocer que amanece para todas las formas de vida y para quienes creen que el ser humano es el centro del Universo y de toda la vida, para que vean las consecuencias de semejante pensamiento. ¡Despertad!

 

el silencio es lo que hay

El silencio es lo que hay.

Ayer, escuchando una entrevista a Pablo d’Ors, sacerdote y escritor, de repente soltó esta frase que me dejó estupefacto. Porque esa es la realidad, aunque no nos damos cuenta. El silencio es lo que hay. En este mundo de ruido, principalmente en las ciudades, si quitamos los sonidos de coches, televisiones y radios, gente gritando y hablando por la calle, ruidos de bares, movimiento, etc, lo que queda es el silencio. Básicamente.

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Es curioso que una de las cosas que ha llamado más la atención tras las obras de amabilización del Ensanche, ha sido el silencio que ha dejado en algunas zonas como el Paseo de Sarasate o Navas de Tolosa. Ha sido uno de los comentarios más escuchados. Y es que esa es la realidad. Cuando quitamos el ruido añadido, lo que queda es el silencio y eso, además, nos trae bienestar. Por eso me deja estupefacto leer a gente cuya única labor es protestar por el ruido en sus calles decir que prefieren una calle llena de coches a una llena de gente. Yo no. Yo prefiero ir quitando, poco a poco y con inteligencia, los coches de los centros de las ciudades y reconquistar el espacio que dejan. Porque somos las personas las que tenemos que reconquistar esos espacios. En cuanto al ruido que producimos todas las personas en nuestra vida, tenemos todavía mucho por hacer, mucho por aprender, sin duda. Yo por ejemplo, rara vez dejo el teléfono con el sonido puesto. Puede parecer una tontería, pero yo no entiendo a una persona que se pone a hablar a viva voz por teléfono en la villavesa. Tampoco entiendo que los gritos vayan exclusivamente asociados a la diversión en cualquier hora. Ni que tengamos que hacer todas las actividades en un mismo barrio. Tenemos que aprender a respetar. Es tan sencillo como eso.

Pero a lo que voy es que, sobre todo, tenemos que aprender a vivir nuestro propio silencio. Ese silencio que da miedo, porque es cuando empiezas a escucharte a ti mismo. Ese silencio que puede estar presente incluso en mitad de una avenida comercial llena de gente. Creo que el silencio, el de cada una de nosotras y nosotros, estoy convencido, tiene que ser la próxima revolución.

El silencio es lo que hay. El silencio es lo que queda. Volvamos al silencio.

su idioma es la violencia

“Sin violencia se puede defender todo”. Esta es la manida frase que repetían una y otra vez cuando ETA actuaba ejerciendo la violencia. Era, evidentemente, la idea que trasladaban desde el Estado, que por definición es quien ejerce una violencia mayor, en número e intensidad. En Catalunya, frente a quien pacíficamente quiere decidir su futuro, frente a quien pone los medios para que el Pueblo hable, frente a quien impulsa un proceso democrático, el Estado lo único que utiliza es la violencia como respuesta.

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Han enviado miles de policías y guardias civiles, van a enviar a la Legión, sacarán los tanques a la calle, han detenido a altos cargos de la Generalitat y seguramente detendrán a más representantes del Pueblo catalán. Han tomado el control de los Mossos y han puesto al frente a un guardia civil procesado por tortura en Euskal Herria. Antes de ayer, en una manifestación de la ultraderecha, se agredió a ciudadanos por el hecho de no compartir sus proclamas. Es su única respuesta, incapaces de comprender que Catalunya ha emprendido un camino que es imparable. No hay dudas de que más pronto que tarde Cataluña será independiente y el Estado español tiene, todavía, la posibilidad de decidir qué tipo de relación va a tener con ellos.

El Pueblo catalán tiene ganada esta batalla desde hace rato. Cada vez son más las voces que se alzan en Europa y en el planeta alertando de la escalada violenta del Estado español. A nosotras y nosotros nos queda la solidaridad y seguir levantando nuestra voz, ahí donde estemos, para denunciar la represión española en Catalunya y aquí mismo, en Euskal Herria. Es hora de hablar. No pasarán.

perspectiva

Leyendo un artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca sobre las reacciones al atentado de Barcelona me surge la pregunta de a quién beneficia la alarma social creada expresamente desde instancias políticas y mediáticas. Sinceramente, creo que a la sociedad y a la ciudadanía no. Seguramente beneficia, sobre todo, a los estamentos de poder (político, mediático, económico, religioso) y, desde luego, supone un plus de publicidad engañosa sobre los autores de la matanza. Digo engañosa, porque, si bien, quién más, quien menos, sabemos que fue un atentado reivindicado por el ISIS, hemos visto incluso las caras de los yihadistas y reconocemos la amenaza de nuevas acciones de este tipo en Europa, la mayoría sigue sin conocer quién sustenta y financia este grupo, porque, evidentemente, no interesa.

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Y todo esto cuando se trata de un atentado en suelo occidental. Esa empatía, muestras de solidaridad e incluso, ese miedo o no miedo, surgen casi en exclusiva, por no decir solamente, cuando este tipo de atentados ocurren en Europa, bien sea Barcelona, Paris, Londres o Madrid, o en Estados Unidos. Creo que, hasta cierto punto, es una reacción natural. La empatía, o quizás habría que empezar a hablar de compasión, en el concepto budista de sentir y compartir el dolor, la miseria o la injusticia de la otra persona, no suele aparecer cuando estos atentados suceden en lugares lejanos, con culturas y religiones diferentes. En estos casos asumimos con naturalidad que son hechos que suceden en lugares en permanente estado de conflicto o en guerra.

Independientemente del dolor más o menos cercano que nos produzcan las muertes ocasionadas por estos atentados, o el miedo o no miedo que pueda surgir en nosotras y nosotros (algo, en principio, personal), más allá de la necesaria solidaridad y de las muestras de rechazo ante este tipo de acciones, hay que situar estos atentados con perspectiva y en su justa medida. Dice el profesor que escribe el artículo, que el miedo y magnificar el alcance social de estos atentados supone dar vía libre a nuevas inversiones en investigación militar y a nuevas partidas presupuestarias de cara a mejorar la seguridad con más policías. Encender la televisión, ya de por sí un gran error, y ver constantemente programas especiales dedicados a los atentados, al yihadismo, tertulias que solo hablan de eso, retransmisión en directo de la caza del terrorista, manifestaciones y funerales en directo, etc., dan pie a que gran parte de la sociedad vea normal e incluso necesaria la caza de los autores del atentado, sin que nos preguntemos dónde queda el estado de derecho que detiene, juzga y en todo caso condena. Dan pie a que veamos con naturalidad la presencia de las diferentes policías fuertemente armadas por las calles de nuestras ciudades y ofrecen el caldo de cultivo para que la xenofobia y el racismo se extiendan entre la gente.

Repito, más allá del necesario rechazo a estos atentados y de la solidaridad hacia las propias víctimas, es del todo necesario tomar perspectiva y reflexionar sobre el transcurso de los hechos y sus consecuencias. No se es mejor ciudadana o ciudadano si se asume todo el discurso propagandístico de estos días, de la misma manera que no se es mejor o peor persona si se pone en duda parte de esa propaganda.

Para quien quiera leer el artículo, más allá de matices que puedan gustar más o menos, pero por lo menos para crear un estado de reflexión en cada una de nosotras y nosotros, aquí os dejo el enlace: ¿Y si ponemos al terrorismo en perspectiva?, de Ignacio Sánchez-Cuenca.

¿somos conscientes?

El miércoles acompañé al alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, a Gasteiz, a participar en una jornada organizada por las compañeras y compañeros de EH Bildu de la capital alavesa. Una jornada que llevaba como título Dictadura franquista: impunidad o justicia y que ahondó en el modelo emprendido en Iruñea de cara a recuperar la memoria en este periodo. Las más de 100 personas que se reunieron en la Plaza de la Provincia, frente a las Juntas alavesas, escucharon y agradecieron el recorrido que el alcalde hizo al respecto.

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Iruñea, ciudad de 200.000 habitantes, y que en el 36 contaba con 40.000, cuna de fraguas, cálculos y preparaciones del golpe militar contra un gobierno democrático y que, pese a no tener un frente de guerra en los años siguientes al golpe, asesinó a 300 vecinos fusilándolos y golpeó mediante la represión directa a más de 5000 vecinas y vecinos. Pasaron 40 años de represión y otros 40 de silencio, porque, pese a la mal llamada Transición, estos asesinatos y persecuciones ideológicas no tuvieron, en casi 80 años, ningún tipo de reparación por parte de instituciones y gobiernos. Y Joseba ahondó en la necesidad de avanzar hacia la reconciliación y la convivencia en una ciudad que había visto morir violentamente a 300 vecinos por parte de la Dictadura franquista, 27 por parte de ETA y 4 por parte de fuerzas policiales.

Y es que la convivencia ha sido la base en todo movimiento emprendido desde el Ayuntamiento del cambio. Ese es el objetivo principal en el cambio de denominación de la antigua Plaza de Conde Rodezno a Plaza de la Libertad, porque era inconcebible que en esta segunda década del siglo XXI todavía existiese una calle dedicada al primer ministro de Justicia franquista, que firmó más de 50.000 ejecuciones en el tiempo en el que desempeñó su cargo. La convivencia fue también el leitmotiv para la exhumación de los generales golpistas e ideólogos de su dureza y represión, Mola y Sanjurjo. Una exhumación que se hizo con el respeto que todavía hoy miles de fusilados no han tenido y siguen esperando en las cunetas y fosas por todo el Estado. Y la convivencia fue, junto a la memoria y la justicia, el objetivo principal en la creación de la Oficina de Víctimas que estuvo abierta varios meses recogiendo las declaraciones de personas represialadas y los testimonios de familiares de fusilados. El alcalde dio especial importancia al convenio de colaboración firmado con la UPNA y el equipo de trabajo del historiador Emilio Majuelo.

Posteriormente fue el turno de Carlos Otxoa, antiguo concejal en Iruñea por Euskal Herritarrok y miembro destacado del movimiento memorialista de Nafarroa. Porque si algo ha quedado claro es que para que ocurriese lo que acababa de contar Joseba Asiron tuvieron que darse dos circunstancias y un hecho. La primera circunstancia fue la llegada de un Ayuntamiento del cambio formado por un gobierno municipal de fuerzas progresistas y la segunda, aunque primera, sin duda, en importancia, el trabajo realizado durante décadas por las organizaciones que trabajan la Memoria Histórica, porque sin ellas todo eso habría sido imposible de realizar. El hecho fue la necesaria colaboración entre estos colectivos y el Ayuntamiento.

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Carlos se refirió y ahondó en la presentación de la Querella contra los crímenes franquistas, conocida también a veces como Querella argentina, que fue presentada en marzo por el propio Ayuntamiento. Esto supuso situar a Iruñea como referencia internacional en la dinámica por recuperar, no solo la memoria, si no la justicia debida a todas las personas represaliadas y en el camino hacia la reparación de todas ellas.

Pero Carlos hizo una referencia que me dio pie a la reflexión y a la certidumbre en la necesidad de que nunca se olvide lo sucedido. Carlos dijo si éramos conscientes de lo que había supuesto la represión franquista, concepto que, si no se ahonda, corre el riesgo de quedarse en una expresión más, sin matices que le doten de humanidad. La represión franquista supuso 300 asesinados en Iruñea, fusilados muchos de ellos contra los muros de la Ciudadela iruindarra, más de 5000 represialados directos, desaparecidos, personas que fueron torturadas, encarceladas, despedidas de sus trabajos, humilladas públicamente, como todas aquellas mujeres que fueron obligadas a pasear por la Plaza del Castillo después de haberles obligado a beber aceite de ricino y mientras se cagaban piernas abajo para disfrute de todas las personas que asistían al espectáculo. Hubo personas que perdieron sus negocios, requisados, esto es, robados, por los vencedores golpistas, hubo, desde luego, quien enfermó y murió a causa de esa represión, quien tuvo que abandonar a sus hijos, quien tuvo que dejar la escuela porque había que trabajar para llevar unas pesetas a casa, quien se quedó en casa, sin salir, durante años. Hubo personas obligadas a hacer trabajos forzados, como esclavos, y hubo personas, muchas, que fueron obligadas a callar, a guardar silencio y a compartir la vida con quienes en realidad se la habían arrancado de cuajo. Todas ellas eran personas, con familias, con sentimientos, con vidas, que iban a jugar a cartas, que compraban en la plaza, que jugaban en los parques de la ciudad y que sufrían para ganarse el sueldo. Personas. ¿Somos conscientes de eso?

La verdad, la justicia y la reparación son necesarias para recuperar una parte de nuestra historia, desde luego, pero son, sobre todo, imprescindibles para recuperar la dignidad de muchas vidas, individuales y colectivas, que en un momento, a partir de julio de 1936, fueron borradas, tachadas y silenciadas. Por todas ellas y ellos y por nosotras y nosotros, por la convivencia, es necesario seguir trabajando en favor de la memoria y la justicia. En Gasteiz lo van a hacer. En Iruñea tenemos que seguir haciéndolo.

una entrada que no tenía que haber sido

Ayer llegamos a casa hacia las diez de la noche. Habíamos pasado todo el día recorriendo Londres, o mejor dicho, la parte, una de ellas, que el día anterior no habíamos visto. En poco más de media hora un amigo nos mandó un WhatsApp preguntándonos si estábamos bien, que algo había pasado en el Puente de Londres. En ese momento no había todavía ningún tipo de información en los periódicos digitales en castellano. En pocos minutos, por Twitter y agencias de noticias, supimos que una furgoneta había arrollado a un grupo de personas en el Puente de Londres, justo donde habíamos estado esa misma tarde. Podía ser cualquier tipo de incidente, aunque eso a las personas atropelladas poco podía interesar. En poco rato se supo que algo estaba pasando, también, en la zona del Borough Market. Poco margen para la duda quedaba. Escribí unos mensajes por WhatsApp, Twitter y Facebook para señalar que estábamos bien, en casa. Era mucha la gente que sabía que estaba en Londres y lo mejor es, siempre, tranquilizar.

Image by Ajay Karwall

No tengo ninguna necesidad de referirme a otro tipo de ataques en forma de bombardeos, etc, que ocurren diariamente en zonas de África y Oriente Medio. El hecho de que me refiera a los ataques de Londres no quita para que no sea consciente de que, en gran medida, ese tipo de acciones ocurren con la ayuda y beneplácito de los gobiernos occidentales que luego se concentran un minuto en las puertas de instituciones. Esos gobiernos que se dedican a apoyar lo que decidan que apoyar para seguir en el juego del control, aunque pasado un tiempo no tengan problema alguno en nombrar enemigos a los que antes habían vendido sus armas. Pero hoy me refiero a lo sucedido en Londres.

Ayer estuvimos en el Tate Modern, en el Globe Theatre, en Borough Market, en el Puente de Londres, en el Puente de la Torre, etc, etc. Justo fue en esa zona donde se produjeron los ataques. Ahí es donde vi a la gente paseando un sábado por la tarde, trabajadores de fiesta, familias polacas, camareros indios, vendedoras de especias, cuadrillas de ingleses bebiendo cerveza, fruteros que anunciaban que sus tomates eran deliciosos y repartidores que sorteaban con sus motos a toda esa gente de forma increíble. Fue un día espectacular, con un tiempo delicioso, aunque a eso de las nueve cayó un chaparrón que limpió el ambiente. Poco después ocurrieron los ataques. Y lo único que tengo en mente es que fue toda esa gente la que fue atacada. El resto siguen interpretando su papel en Downing Street, en la Casa Blanca, en Moncloa o en un palacio de Arabia Saudí.

En Twitter, casi en el primer momento de conocerse el hecho, leí la respuesta de un tipo a la noticia publicada por una agencia: “Hay que echarlos de aquí y vaciar sus mezquitas”. Y pensé que si los echábamos de aquí y vaciábamos sus mezquitas, muy probablemente ese idota no podría beber su cerveza tan tranquilamente en los pubs, porque muy probablemente los operarios que trabajan en esas grandes fábricas de cerveza son indios, africanos, polacos y ecuatorianos. Y pensé que a quien habría que echar, o por lo menos desalojar de sus atalayas de control, son a otros.

Mi respeto a las víctimas. A todas ellas.