lo que dio de sí

Han pasado semanas desde que escapásemos, sin mirar atrás, de esa Iruñea recién despedida de los Sanfermines, de esa ciudad cuya rapidez en la vuelta a la normalidad sorprende a cualquiera que haya estado, aunque sea unas horas, disfrutando de las fiestas. Ese 15 de julio, con quienes se negaban a terminar la juerga vestidos de blanco por las calles, con las máquinas limpiadoras trabajando a destajo y los jardineros recuperando el esplendor de parques y jardines, salimos en tren dirección Barcelona, para, desde allí, tomar un vuelo hacia Italia.

Al caer la tarde tomamos tierra en Fiumiccino y aunque esta vez el destino del viaje no era Roma, aprovechamos las escasas horas en la ciudad eterna para pasear por el adoquinado romano y para dar cuenta de unas pizzas en una pizzería familiar de una calleja cercana a Navona. Bebimos el agua fresca de las fuentes romanas, paseamos hasta el Panteón y a la mañana siguiente fuimos de los primeros en entrar en una basílica de San Pedro que ha endurecido las medidas de seguridad para acceder al interior. La magnificencia del templo nos engulló, vimos a lo lejos la Piedad de Miguel Ángel y paseamos rodeados de mármoles, dorados, inmensas esculturas de papas muertos y una sensación de estar más en un mercado que en un recinto sagrado.

A media mañana cogimos el tren en Termini, la gran estación romana, para llegar a Nápoles y darnos cuenta que la ciudad a la sombra del Vesubio es otra cosa. Coches y motos campan a sus anchas sin un orden visible para nosotros pero, evidentemente, existente. Entre sus calles creímos estar en Tánger o El Cairo, llenas de puestos ambulantes y manteros en las aceras y en el malecón compartimos la tarde con todas esas familias con helado, chavales morenos y flacos en bici, camareros que gritan las bondades de su terraza y un Vesubio omnipresente cuya ladera llevaba quemándose varios días. Una terraza en el puerto, un gin tonic caro y mal puesto y unas chufas y a cenar. Acabamos el día, agotados, en la terraza del hotel, entre los luminosos gigantes del establecimiento, recostados en unas tumbonas y con unas botellas de cerveza mientras abajo, en la gran plaza, un tipo con órgano canta para todo Nápoles desde la terraza de un bar.

Y al día siguiente partimos hacia Sorrento, esa pequeña ciudad de la costa amalfitana al borde de acantilados. Mientras sorteamos turistas ingleses descubrimos una vinacoteca de la que nos hicimos clientes asíduos, degustamos los vinos biancos de Italia, nos reconciliamos con tierra y mar a través de la gastronomía, leímos novelas en tumbonas a la sombra de una sombrilla, subimos cuestas llenas de altares y vírgenes, vimos atardeceres de película, surcamos el Mediterráneo en un pequeño barquito, visitando cuevas de la costa, bañándonos en ese Mare Nostrum tranquilo y dejándonos mojar por la espuma de las olas que golpeaban la proa, paseamos entre casas blancas hasta subir a un mirador en Capri donde bebimos unas cervezas carísimas, nos protegimos del calor de la tarde en las iglesias barrocas, llenas de frescos imposibles y santos con velas, comimos helado mientras las gaviotas casi nos rozaban con sus alas, volvimos al pasado entre las calles de Pompeya, viajamos en trenes viejos y sucios con el encanto de una película de Fellini, cenamos en la terraza de casa absortos en el cielo estrellado y soñamos con la brisa que recorre el viejo pueblo, el de abajo, cuando el resto nos retiramos a dormir.

Y terminó el viaje, porque todo lo que comienza termina, y llegó Zarautz, con la familia, con mi sobrino descubriendo el Cantábrico, ese Cantábrico siempre fiero y peligroso, aún cuando parece tranquilo. Txakoli, pintxos, Getaria siempre en el horizonte, fiestas con las primas y primos, y tías y tíos, unos cuantos kilos de más y un pueblo y una felicidad que, como todos los años, me recarga las pilas para unos cuantos meses.

El verano no ha concluido, ni mucho menos. Quedan días de lectura en los parques, tés helados viendo pasar la gente, euskal jaia en Zarautz y días de dormir con la ventana abierta, por lo menos hasta que llegue San Fermín Txikito. Pero ya estamos a dieta, ya hemos comenzado el curso, con más ganas que nunca, es momento de terminar planificaciones, de retomar ese día a día que seguirá haciendo de Iruñea una ciudad cada vez mejor para quienes vivimos en ella. Aquí estamos. El verano quedará atrás, pero su recuerdo nos impulsará durante varios meses.

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se acabó lo que se daba

Con este artículo doy por finalizada la serie dedicada al viaje a Londres.

El sábado, después de que mi amiga se fuese a correr como alma que lleva el Diablo, por parques y canales del noreste londinense, y después de dar cuenta del desayuno, cogimos el bus para ir hacia el Tate, el museo de arte contemporáneo. Los buses rojos londinenses, con sus dos pisos, ya muy modernizados, eléctrico el que nos llevó hasta el museo y nosotros como niños en la ventana delnatera del piso superior, descubriendo y observando. Ójala fuésemos niños el resto de nuestros días para tener esa capacidad de asombro. Paseamos por la orilla del Támesis haciendo tiempo para que abriesen el museo, nos quedamos ojipláticos con los rascacielos de acero y cristal con formas curvas y redondeadas. El Tate es un edificio extraordinario, con unos espacios enormes, y solo por eso merece la pena. Como todos los museos de Londres es gratuito. Reconozco que prefiero un museo clásico a uno moderno, porque el arte clásico me llega más, me hace sentir profundamente y el arte es para sentirlo o no es. Pero en el Tate el edificio te hacer sentirla inmensidad y la grandeza. En la terraza, mientras vemos el skyline de Londres, con St. Paul en primera línea y la City a la derecha, nos sentimos voyeurs novatos, sintiendo la tímidez de quien mira sin querer mirar, a través de los grandes ventanales del edificio de enfrente, a las personas que se convierten en actores involuntarios en sus propias casas.

Image by Samuel Zeller

Tras la visita al Tate y a la tienda del museo, porque para mí, las tiendas y cafeterías de los museos son de lo mejor que se puede conocer en una ciudad, paseamos por la rivera del río hasta el nuevo Globe Theatre, a imagen y semejanza de uno que existió en el siglo XVI. La obra de teatro era a las dos de la tarde y la visita guiada está completa, así que decidimos tomar un tentempié en la cafetería. Grandes mesas corridas de madera, una tostada, una cerveza y música isabelina de fondo. Al salir comprobamos que es sábado y que la gente, londinenses y turistas, tiene esa zona como predilecta para pasear un buen día. Callejeamos un poco hasta llegar a Borough Market, un mercado lleno de puestos de delicatesen, que conviven con puestos más normales y bares de todo tipo para poder comer o echar un pote. A pesar de la aglomeración de gente, la mayoría es respetuosa, incluidos los repartidores en moto que tienen que atravesar una marea de personas para llegar al otro lado de la calle. Comemos y bebemos en la calle, viendo pasar la gente, maravillados por la cantidad de culturas que pasan delante de nuestros ojos. Entramos en un bar a tomar una pinta con la que bajar lo comido y sin esperarlo nos encontramos en el típico bar inglés, lleno de hombres que beben pintas como si fuesen chupitos y con la peculiaridad de que todos los camareros eran heavys. Los blancos, los chinos, los indios y los negros. Impresiona bastante, porque yo nunca había visto a un señor de Nueva Delhi con el pelo largo y los pantalones elásticos y unas gafas de sol, sirviendo pìntas mientras menea el pelo al ritmo de la batería. De ahí seguimos paseando en esa tarde de sábado soleada, familiar, viajera y que nada presagiaba lo que horas después iba a suceder. La rivera del Támesis estaba atestada de gente, las terrazas llenas. El puente de las torres hasta arriba y justo cuando llegamos se tuvo que levantar para que pasase alguna embarcación, algo que para toda la gente que nos encontrábamos allí ene se momento se convirtió en un espectáculo.

Paseamos por delante de la Torre de Londres, vimos la Puerta de los Traidores, esa por donde se suponen llegaban en barca los traidores al rey de turno, incluidas algunas reinas que acabarían con sus cabezas rodando en el patio de la prisión. Para cuando llegamos a la puerta de entrada, las visitas habían concluido y la Beefeater de turno se empeñaba en que los turistas no se sentasen en la barandilla del cesped, porque vete a saber, igual en esa barandilla solo puede sentar sus reales Su Majestad la Reina. Así que decidimos entrar en una restaurante con una terraza espectacular con cristaleras en donde nos tomamos una cerveza y un té. Había más camareros por metro cuadrado que gente en la Plaza del Ayuntamiento a las 12 del 6 de julio, todos jóvenes, todos guapos, todos cool, pero lentos y poco profesionales o eso o se habían fumado un cigarro de hierba en la bodega y andaban pa´llá. A pesar de los camareros aprovechamos para descansar una hora tranquilamente, viendo pasar la gente a la sombra de la Torre de Londres y siendo testigos del atardecer sobre los puentes del Támesis. La oscuridad, en todos los sentidos, se acercaba sin compasión y nosotros casi sin enterarnos.

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Image by Montse Monmo

Oxford Street es una de esas calles como tantas otras hay en diferentes ciudades del mundo. Champs Elysees en Paris, Gran Vía en Madrid o Carlos III en Iruñea, me da igual, todas son iguales. Pero todas tienen un poder de atracción que las hace muy interesantes para observar lo qué sucede en ellas durante unos minutos. Nosotros aprovechamos para comprar té, una tetera y poco más, poco originales, lo sé, pero seguro que si viiésemos a Iruñea de viaje acabaríamos comprando garrotitos en Beatriz. De ahí, paseando, llegamos al Soho, un barrio de bares de moda, restaurantes de todo tipo, ambiente gay, si es que Londres necesita una zona específicamente gay, y tiendas de ropa. Nos cruzamos con un indio de grandes barbas y bigotes blancos, con turbante y sentado en un descapotable decorado de flores, literalmente cubierto de flores, el descapotable y el indio. En Londres, en general, y en el Soho, en particular, pocas cosas llaman la atención y muy pocas logran que la gente se sorprenda. El señor indio de barbas consiguió en un momento que todo el mundo riera, sacase sus cámaras y móviles para sacar fotos e incluso que la gente comenzase a sacarse selfies. Nosotros, que somos de pueblo, mezclamos la sorpresa con la timidez y nos dio por pensar el buen papel que podría hacer el señor en los Sanfermines en la salida de las peñas o algo así. Finalmente acabamos cenando en un libanés, en una mesa mirando a la calle, en plan escaparate, algo que no se me ocurriría hacer jamás en Iruñea y conseguimos que el polaco que nos atendió nos invitase a un pastelito lleno de azucar y calorías, dulce como la vida. Al salir comenzó a llover de manera bastante fuerte y justo nos dio tiempo para llegar a la entrada del metro, el tube que se llama allí, en Picadilly Circus, sin echar la vista atrás y sin posibilidad de despedirnos del centro de Londres. Volveremos.

Por la noche llegaron los mensajes de preocupación, las preguntas, el querer conocer si estábamos bien, la incertidumbre del primer momento y la certeza del momento siguiente. La locura, desgraciadamente, una vez más, se desató en este mundo globalizado en donde es igual que estés en Londres, en Bangladesh o en Alepo. El análisis es necesario, la reflexión urgente y la activación social vital.

Por la mañana, después de hacer las maletas, paseamos hasta un pequeño mercado de flores, el Columbia Flower Marker, una delicia para la gente que nos gustan las plantas y las flores. Lástima que no pudiésemos comprar ninguna. Disfruto mucho con la sensibilidad que tienen los ingleses para las flores y parques. En cualquier esquina te encuentras un parque que, por pequeño que sea, está cuidado exquisitamente. Además, lo mejor de los parques de Londres es que son para utilizar. Sin querer, nos encontramos de frente con la calle Navarre, desayunamos un brunch en una panadería-cafetería, unos huevos con salmón y un té de Yorkshire y poco a poco, volvimos a casa a recoger las maletas. Un bus, un tren, los canales, los parques y los campos pasaban velozmente por la ventana del vagón, los italianos volvían a sus casas, los madrileños también y nosotros nos despedimos de London, un London herido, con la esperanza de volver en otra ocasión.

una entrada que no tenía que haber sido

Ayer llegamos a casa hacia las diez de la noche. Habíamos pasado todo el día recorriendo Londres, o mejor dicho, la parte, una de ellas, que el día anterior no habíamos visto. En poco más de media hora un amigo nos mandó un WhatsApp preguntándonos si estábamos bien, que algo había pasado en el Puente de Londres. En ese momento no había todavía ningún tipo de información en los periódicos digitales en castellano. En pocos minutos, por Twitter y agencias de noticias, supimos que una furgoneta había arrollado a un grupo de personas en el Puente de Londres, justo donde habíamos estado esa misma tarde. Podía ser cualquier tipo de incidente, aunque eso a las personas atropelladas poco podía interesar. En poco rato se supo que algo estaba pasando, también, en la zona del Borough Market. Poco margen para la duda quedaba. Escribí unos mensajes por WhatsApp, Twitter y Facebook para señalar que estábamos bien, en casa. Era mucha la gente que sabía que estaba en Londres y lo mejor es, siempre, tranquilizar.

Image by Ajay Karwall

No tengo ninguna necesidad de referirme a otro tipo de ataques en forma de bombardeos, etc, que ocurren diariamente en zonas de África y Oriente Medio. El hecho de que me refiera a los ataques de Londres no quita para que no sea consciente de que, en gran medida, ese tipo de acciones ocurren con la ayuda y beneplácito de los gobiernos occidentales que luego se concentran un minuto en las puertas de instituciones. Esos gobiernos que se dedican a apoyar lo que decidan que apoyar para seguir en el juego del control, aunque pasado un tiempo no tengan problema alguno en nombrar enemigos a los que antes habían vendido sus armas. Pero hoy me refiero a lo sucedido en Londres.

Ayer estuvimos en el Tate Modern, en el Globe Theatre, en Borough Market, en el Puente de Londres, en el Puente de la Torre, etc, etc. Justo fue en esa zona donde se produjeron los ataques. Ahí es donde vi a la gente paseando un sábado por la tarde, trabajadores de fiesta, familias polacas, camareros indios, vendedoras de especias, cuadrillas de ingleses bebiendo cerveza, fruteros que anunciaban que sus tomates eran deliciosos y repartidores que sorteaban con sus motos a toda esa gente de forma increíble. Fue un día espectacular, con un tiempo delicioso, aunque a eso de las nueve cayó un chaparrón que limpió el ambiente. Poco después ocurrieron los ataques. Y lo único que tengo en mente es que fue toda esa gente la que fue atacada. El resto siguen interpretando su papel en Downing Street, en la Casa Blanca, en Moncloa o en un palacio de Arabia Saudí.

En Twitter, casi en el primer momento de conocerse el hecho, leí la respuesta de un tipo a la noticia publicada por una agencia: “Hay que echarlos de aquí y vaciar sus mezquitas”. Y pensé que si los echábamos de aquí y vaciábamos sus mezquitas, muy probablemente ese idota no podría beber su cerveza tan tranquilamente en los pubs, porque muy probablemente los operarios que trabajan en esas grandes fábricas de cerveza son indios, africanos, polacos y ecuatorianos. Y pensé que a quien habría que echar, o por lo menos desalojar de sus atalayas de control, son a otros.

Mi respeto a las víctimas. A todas ellas.

en Westminster

Ayer fue un día largo. Largo para una persona llegada a un lugar nuevo que, aunque no es la intención, tiene mucho que ver. Al preparar el viaje lo hicimos eligiendo un puñado de lugares a los que ir y el resto se trataba de pasear, dejarte llevar, ver, escuchar, sentir. Lo que no tuvimos en cuenta es que la corriente en la que te metes es agotadora.

Tras desayunar en casa, cogimos el metro abarrotado de gente que en veinte minutos nos dejó en Bloomsbury. Quería ver esa zona donde Virginia Woolf y su hermana habían conseguido reunir aquel grupo de intelectuales libres y con tantas preguntas.  Más allá de un parque, solo fui capaz de imaginar a las dos hermanas paseando por allí, entre aquellas casas de verjas y puerta negra y hacer como solía hacer Virginia, acercarnos, poco a poco, al Museo Británico. En la entrada han dispuesto, en el yerbín frente al edificio, una carpa en donde la policía registra tus bolsos y te pregunta si llevas armas, como si en el caso que las tuviseses fueras a contestar que sí, que llevas una automática, dos machetes y unas cuantas bombas pegadas con cinta aislante a tu pecho. El caso es que, como era temprano, pasamos bastante rápido. Cuando salimos la cosa era ya otro cantar. La cubierta diseñada por Norman Foster es, sin duda, de lo mejor del museo. Ese enorme patio cubierto de acero y cristal e inaugurado en 2000 es espectacular. Como Ana ya conocía el museo, nos separamos y ella fue a visitar la exposición dedicada a Hokusai, el autor japonés de La gran ola de Kanagawa y yo me dediqué a recorrer las salas de Egipto, Grecia y Roma. Entrar y ver a unas cien personas rodeando la urna donde está la Piedra Rosetta sacándose selfies con ella, me dejó sin habla. El genero humano somo tan idiotas como para hacer eso y mucho más. Seguramente ni esta piedra, ni otra semejante, podría descifrar porqué a veces nos comportamos de manera tan ridícula. El caso es que me dediqué a pasear por las salas, sorprendiéndome con las cosas que hace la gente en un museo, maravillándome con las salas dedicadas a los Mármoles de Elgin, ese militar británico que decidió llevarse todos esos relieves y esculturas, más de la mitad que decoraban el Partenón. Sus fragmentos y partes que pueden ser admirados a escasos centímetros, posiblemente no fueron vistos jamás por los griegos que entraban al edificio en el que se encontraban, ya que estaban situados, en su mayoría, en la parte interior del templo, en las alturas, sin luz. Estos mármoles cubiertos en su momento de pinturas de vivos colores me serenaron profundamente. Las momias, sarcófagos y demás de Egipto, me asombraron del todo. Una cultura que no tenía miedo a la muerte, que trataba con ella de tú a tú, que convivía con ella. Ahora la muerte es algo incómodo que lo escondemos en una pequeña sala del tanatorio hasta quemar los restos para esparcirlos. Me hizo gracia observar a varios italianos indignados ante la cantidad de esculturas de la época romana que en su día, gracias a guerras, colonizaciones y batallas, fueron expoliadas de su lugar de origen. No quisieron caer en la cuenta que las esculturas, en su mayoría, fueron excavadas del norte de África, de Centroeuropa, de Grecia y de Turquía. Tampoco se dieron cuenta de ninguna expoliación al llegar a las salas de Egipto. Como curiosidad señalar que, en un ejemplo de visibilizar a la comunidad LGTBQI, han señalado todas las obras que se refieren a ellos. Ahí estaban, por ejemplo, Adriano y Antinoo, uno al lado del otro, como enseña de la libertad de amar, vivir y relacionarse.

Image by Tamara Menzi

Salimos del museo que para esas horas empezaba a estar lleno de gente, demasiada, y de japoneses, son tantos, y nos sentamos en una terraza a tomar un tentempié. De ahí nos fuimos acercando a la zona del parlamento. Viernes al mediodía y eso no era Shoreditch. Gente por todas partes aunque, la verdad, bastante respetuosa. Cada cual por su sitio y si acaso un sorry. Nos acercamos a Covent Garden, allí donde la elegante Hudrey vendía flores antes de aprender lo de “la lluvia en Sevilla es una maravilla”. Ya eran cerca de la una y entramos a un super para comprar algo que poder comer en un parque. St James, entre Trafalgar y Buckingham, a la izquierda. La avenida que lleva al palacio de la reina estaba decorada de banderas británicas por todos lados, como si fuese a haber un desfile, aunque no sabíamos cuál. El caso es que, debajo de un enorme y hermoso árbol, de esos que hay en los parques ingleses, nos sentamos a comer. Me encantan los parques de Londres, los que he visto. Son espacios donde la gente disfruta, sin molestar al de al lado. Cada cual a lo suyo. Unos comiendo, otros jugando al fútbol, otros más mirando las flores y las ardillas, otros echando la siesta y descansando, pero sin molestar a nadie. ¿Por qué nos sorprende tanto esto cuando debería ser lo normal? Tras una breve siesta fuimos saliendo del parque. La zona de los cuarteles militares estaba con gradas, como para una exhibición de caballos, y policías por todas partes. Estaba claro que algo iba a haber. Pero no sabíamos qué.

Al salir del parque, mientras nos sentábamos en un banco a la orilla del Támesis, empezó a llover y de repente cayó una buena tormenta. Nos refugiamos en la entrada de un almacén, con varias personas. Ver llover tan fuerte, con ese olor tan profundo que empieza a subir de las entrañas de la tierra, mientras tu único quehacer es ver, oler y sentir, en silencio, es un descanso para el viajero. Pero el descanso acabó a los diez minutos y deambulamos un rato en busca de un bar donde tomarnos un té. Acabamos, sin querer, en una antigua iglesia reconvertida en teatro, con su cafetería propia en los sótanos. El St John’s Smith, con un programa, dedicado a la música clásica, de lujo. El caso es que la cafetería también está muy bien y ahí estuvimos echando el té, en este caso de las cuatro, con una tarta de zanahoria y otra de chocolate cojonudas de buenas. Salimos para ir hacia Westminster Abbey y pudimos pasear por las calles de atrás de la abadía, unas calles tranquilas, preciosas, con unas casas muy cuidadas, antiguas y con esos rayos de sol que caían sobre ellas tras la lluvia. Un momento muy tranquilo.

Image by Jenny Marvin

Me habían dicho que para visitar Westminster Abbey había dos posibilidades. O comprar la entrada y verla, sin más, o entrar a la función religiosa de las cinco en donde cara el coro de la abadía. Y ahí que nos fuimos. Al entrar nos avisaron que era una función religiosa y nosotros que of course. Nos pusieron en fila en la puerta donde suele entrar la reina a las celebraciones y tal y al poco avanzamos hacia la parte delantera, por un pasillo lateral. Cada paso que dábamos era una lápida de un escritor o músico famoso. Nos iban llevando a nuestros asientos como si se tratase del teatro y de repente nos vimos sentados en la parte delantera, a la derecha del altar mayor, esa parte del crucero donde se sientan señoras con corona y señores vestidos de uniforme de gala. Nos dieron un programa que era del servicio religioso y al leerlo casi nos caemos pa´trás. Pues va y resulta que ayer era el Día de la coronación, que esas cosas los ingleses celebran por todo lo alto. Esa era la explicación de las avenidas engalanadas con banderas. Por lo visto había habido un desfile por la mañana. En fin, que sin comerlo ni beberlo nos vimos en medio de una función con coro y boato que comenzó cantando, todos de pie, el God save the Queen, pero sin los Sex Pistols. Muy gore. Intenté y conseguí que no me diese la risa y canté el himno como si fuese un hooligan de England de toda la vida. El coro cantó unos cuantos himnos y salmos de Tallis y compañía, la señora pastora, que no era la de Ibardin, sino una señora con alzacuellos, esto es, una sacerdota, porque a mi lo de sacerdotisa me suena a Delfos y por allí, leyó unos pasajes, por lo visto, muy edificantes, rezaron por la reina, el duque, el prícipe y resto de vagos reales y terminó la función. Me dio tiempo para fijarme en vidrieras, techos, suelo de marmol, las lámparas encendidas en el coro de madera, los cantantes del coro con su hábito rojo y casulla blanca con cuello de goleta… Nos hicieron salir en fila de dos por el pasillo central y resulta que nos tocó de los primeros, con lo cual la sensación de ser un cabrón de la familia real fue absoluta. Pero yo, que para esto soy así, hice como si saliese de Westminster a ritmo de órgano por el pasillo central todos los días de mi vida. Mi amiga decidió hacer de marquesa o condesa, de esas que tienen una mansión en algún pueblo y le llaman casa de campo. Al salir saludé a la pastora, le di las gracias por el maravilloso sermón y me fui la mar de contento.

El resto del día se nos fue en Picadilli Circus, el Chinatown, el Soho, donde cenamos en un japonés como si hacía diez días que no hubiésemos comido gracias a que mi amiga creyó que los cuencos que veía en las fotos de la carta eran cuencos y no ensaladeras. La cerveza, acorde al tamaño de la vajilla, ayudó a pasar el trago. Nuevamente, paseando, se nos hizo de noche y llegamos a casa rendidos, no sin antes saludar a los vecinos de abajo, que regentan un bar y tiene una parroquia la mar de simpática. Mi amiga se puso el despertados para irse a correr y yo pensé que está loca, o medio loca, pero una loca muy maja, y con ese pensamiento me quedé frito.

en Shoreditch

(Continúa de la entrada anterior y está escrito en presente, porque lo escribí ayer)

En estas estábamos cuando una señora que tenía al lado se ha echado un pedo. Tal cual. Bueno, la verdad es que creo que se la ha caído. Igual había comido unas alubias blancas o quizás había tomado una copa de champagne del malo, vete a saber. El caso es que era un pedo muy fino, todo hay que decirlo, porque, a pesar de la sonoridad, porque se ha oído bastante, era de esos pedillos que no huelen, lo cual, dada mi cercanía al culo de la señora, ha sido de agradecer. Lo bueno es que la señora, en un vano intento por disimular lo indisimulable, se ha puesto a conversar conmigo en plan grandes amigos, cosa de la que ha desistido rápidamente debido a mi cara de no entenderle ni un ápice de lo que me decía y por mi expresión después de la sorpresa por la flatulencia. Y a mí, que para estas cosas tengo mucho respeto, se me ha puesto la cara como un tomate.

Los aviones low cost son como las villavesas. Llega una, se baja la gente e inmediatamente se suben otras personas.Pero así, en plan rápido, rollo un Pío XII en año y medio. Eso sí, mis rodillas tocaban el asiento delantero y a pesar de los impracticables estiramientos he terminado con el codo del de la izquierda casi en el sobaco y la señora de la derecha pegándome de vez en cuando un rodillazo y sonriendo. Porque ese es otro de los temas. En los aviones, aunque no te enteres de lo que dice nadie, aunque no conozcas ni a pitxi, el truco consiste en sonreír constantemente. Es como, o debería ser como, la vida misma. Pueden pensar que eres un simple, o que eres un tío simpático sin más, o vete a saber, quizás crean que eres un alma libre que fluye en esta vida hasta encontrar en Nirvana.

Image by James Podolsey

Con una música de trompetas y fanfarrias, la compañía nos hace saber que hemos llegado a nuestro destino. Siempre hay alguien que aplaude, algo que, en esta ocasión hubiese hecho yo mismo, porque el aterrizaje fue como en plan llega una manada de búfalos a la granja. Desde que el avión tocó por primera vez la pista, hasta que se quedó quieto, dio varios botes al principio en plan el saltamontes en fiestas de Atarrabia, cuando llegó a la curva que tenía que dar pensé que íbamos a derrapar… Pero llegamos. La gente hace caso omiso al aviso de que no pueden utilizar los móviles hasta que no se salga del avión, otros deciden coger todas sus cosas los primeros, a pesar de que sí o sí, van a tener que esperar a que salgan todos los que tiene delante o detrás antes que ellos, etc. El de mi izquierda decidió hacer en ese momento el cambio de monedas en su cartera, de euros a libras y para ello bajó su mochila de arriba y le dio a una señora en la cabeza. Sonrisa y oh sorry, no pasa nada.

Aunque pienses que en los aeropuertos hay que ir a donde va la gente, en plan todos vamos a lo mismo, somos un equipo, pues no, va y resulta que no. Mi amiga Ana y yo hemos acabado en la fila de los brittish para entregar el pasaporte y claro, nosotros que somos basques, después de veinte minutos de cola haciendo eses interminables, hemos tenido que dar la vuelta cuando el amable señor que cuidaba el rebaño nos ha dicho que de eso nada, que nosotros no somos súbditos de su graciosa majestad y que pa´trás. Ese ha sido el momento que he aprovechado para perder la visera que me había quitado convenientemente porque el que mira el pasaporte o DNI te tiene que reconocer y porque en esa sala del aeropuerto el sol no estaba pegando fuerte. Así que me he puesto de mala leche dos minutos y después de unas respiraciones he decidido que esa pérdida no me iba a quitar el buen rollo que llevaba hasta entonces. Respiraciones y listo. Así que otra media hora en la fila, en plan isla de Ellis y entramos en England.

Image by Ambitious Creative Co.

En 45 minutos llegamos en tren a la estación de Liverpol Street, cogemos un metro y salimos a la calle, a dos manzanas de donde nos alojamos. La casa bien, como en las fotos, que no es moco de pavo. Un cambio de camiseta y a por unas pintas. Damos un paseo de unos veinte minutos y empezamos a callejear por Shoreditch. Esta zona es como un montón de calles en plan Matesa, de ladrillo rojo, pero viejo, del siglo XIX, con todas sus bajeras reconvertidas en bares, tiendas de ropa, de diseño, galerías de arte. Grafitis por todas partes, algunos verdaderas obras de arte. Muy chulo. Muy chulo como turista, claro. Imagino que a la gente que vivía aquí anteriormente, o la que quede viviendo con unos precios cada vez más altos, pues no les parecerá tan chulo. Gentrificación. Esa palabra que aprendimos hace años y que creímos que se aplicaba en las grandes ciudades, pero la vemos más cerca y en nuestra propia casa cada vez más a menudo. Reconozco que una parte de esta revitalización me ha gustado, porque no es esta una gentrificación globalizadora. No hay McDonalds, ni nada por el estilo. Son pequeños negocios, de gente que en su día decidió hacer un negocio, pero que imagino, no viven por ahí. Terminamos en un restaurante de una familia china de Sechuan, amables, como casi todos los chinos, pero con ese punto extraño que tienen. Una comida excelente. La gastronomía asiática marca los menús de buena parte de Londres. Volvemos paseando, tranquilamente, cansados, hasta casa. En un minuto caigo rendido.

partimos 

Más allá de desayunar, contestar unos correos, comprobar la batería de la cámara de fotos y tomarme un pintxo de tortilla de patatas con cebolla que se sale de este mundo, cortesía del bar donde la parroquia del barrio, si es que al Ensanche se le puede denominar así, nos juntamos al finalizar la jornada, la mañana ha pasado más lenta de lo normal, como a cámara lenta. Mi parte de Peter Pan, más bien una de ellas, incluye también despertarme muy temprano, más de lo normal, nervioso, la víspera de un viaje. Y así ha sido. Omito la hora real, porque estoy seguro que os daría lástima y no estamos para dar pena a nadie.

Image by Patrick Pilz

Publicar la entrada dedicada a los artículos de Virginia Woolf dedicados a Londres, poner la reseña en Facebook y comenzar a recibir buenos deseos para el fin de semana en la capital inglesa, han sido todo uno. Es una de las cosas que agradezco a las redes sociales, que las personas sacamos nuestra parte más humana, esa que en el cara a cara a veces tarda más en salir. Eskerrik asko!

El caso es que algo más tarde de las 11:00 hemos cargado sendas maletas en el coche y hemos puesto rumbo a Biarritz. Camiones, un Baztan verde, aunque no tanto como hace cuatro semanas, cruzamos la muga con los gendarmes más serios que nunca y tan jóvenes que parecen sacados de una película de Disney con la intención de bailar en cualquier momento. Deja, deja, preferimos que estos no bailen. 25 grados, la brisa marina es fresca y la terraza del bar de Biarritz donde comemos invita a beber dos copas de vino tranquilamente, por mucho que monsieur y madame Durand (así se llamaba la familia del libro de texto de francés) decidiesen hablar tan alto como si estuviesen en su maison de las afueras de Paris. Un té y media siesta en el paseo de la grand plage, una playa a rebosar de parejas adolescentes recién terminadas el instituto, liceo que le llaman ahí, empeñadas en coger el primer moreno de la temporada.

Llevo media hora en el aeropuerto. No ha habido problemas con la maleta, esta vez lo llevaba todo aprendido. Lo que no me esperaba era que el aire acondicionado estuviese estropeado o que hayan decidido hoy poner su granito de arena en contra del cambio climático gastando la energía justa y necesaria. La gota de sudor cae por mi nuca y el señor de enfrente, un surfista veterano que vuelve a la city, tan campante, acostumbrado a los calores de cualquier lugar donde poder subirse en una ola. Retomo la siesta…. Zzzzz… Acabo sentado en el suelo de marmol fresco, en el pasillo de entrada al avión. La gente me mata con la mirada… Siesta. ¡Ahora sí!

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a Londres!

Esta tarde salgo desde Biarritz hacia Londres para disfrutar de un fin de semana algo más largo de lo habitual. Y curiosamente todo el mundo habéis utilizado la misma expresión: “¡Te va a encantar!”. Ya lo he dicho más de una vez, pero todavía no conozco físicamente la capital inglesa. Y señalo físicamente, porque en Londres he estado en innumerables veces. La cantidad de veces que la metrópoli por excelencia de la vieja Europa, con permiso del brexit, ha aparecido en series y películas es incontable. He paseado muchas veces por Trafalgar Square bajo la atenta mirada del almirante Nelson, he golpeado varias veces el banco de la Cámara de los Comunes para mostrar mi contrariedad por algún discurso, he visto cómo rodaban las cabezas de varias reinas en la Torre de Londres, he sobrevolado el Támesis montado en una escoba camino de Hogwarts, he paseado por Buckingham acompañando a la reina y a 007, he vendido flores junto a Eliza Doolittle en Covent Garden, he paseado por parques junto a Mary Poppins, he visto cómo todo el Parlamento volaba por los aires en V de vendetta… Últimamente he visitado la ciudad junto a Virginia Woolf.

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Image by Anthony Delanoix

En estos días previos a la visita londinense, he vuelto a Virginia Woolf y su escritura. De nuevo, gracias a unos breves artículos que escribió hacia 1931, he paseado, una vez más, por diferentes lugares de Londres. Originalmente estos seis artículos, los escribió para publicarlos en una revista dedicada a mujeres, llamada Good Housekeeping, y hasta 2005 no se pudieron publicar conjuntamente, ya que el primero de ellos se encontraba perdido. Fue en ese año cuando se encontró entre libros en una biblioteca y completó, por fin, la colección de artículos dedicados a Londres que escribió para la revista femenina.

La protagonista indiscutible de los seis artículos es Londres, ciudad donde nació la Woolf y de la que estaba profundamente enamorada. Era una ciudad donde se estaban produciendo unos cambios a nivel general, que afectaban a todos sus habitantes, que modificarían el Londres conocido hasta entonces. La calefacción por gas, la electricidad y el agua caliente se instalaron en la mayoría de las viviendas y todo eso aparece en estos artículos. Seis artículos que recorren el costumbrismo, el feminismo, la ironía y el tono crítico con la Inglaterra victoriana, cuyos valores todavía persistían en la sociedad londinense, y junto a ello el retrato irónico de la política y la propia sociedad. Recorremos la ciudad entrando por el propio río que le da vida, el Támesis, desde sus muelles; nos metemos en el oleaje de la Oxford Street, aunque “no es la vía más distinguida de Londres”, con sus grandes almacenes, que Virginia Woolf llama nuevos palacios, sus rebajas, que en aquel tiempo eran novedad, y el consumismo, el nuevo estilo de ocio de aquella sociedad tras la Gran Guerra y que llegaría para quedarse; recorremos junto a la escritora, las casas de grandes escritores, reparando en sus pequeñas posesiones, como la mesa y la silla donde escribían, el mango para la pluma “igual que tienen los escolares”. Una recorrido literario que, en alguna medida, seguro repetiré, de una forma u otra; visitamos Saint Paul, esa catedral que supone elemento indispensable en el skye line londinense, con esa cúpula enorme y con esa limpieza general y buen orden que contrapone la Abadía de Westminster, tan afilada, tan oscura y con tanto significado para la monarquía británica; el recorrido de la visita, con esta guía de excepción, finaliza en el Palacio de Westminster, concretamente en la Cámara de los Comunes, espacio que Woolf describe como un lugar donde “no hay nada venerable, ni melódico, ni ceremonioso”, en contrapunto a la Cámara de los Lores. Ahí solo se habla de política, no es lugar para desfiles y boatos.

En otra obra, Virginia Woolf, señala que la mejor manera de conocer una ciudad, en este caso Londres, es pasear y perderse por sus calles y con esa intención embarcaremos en el avión que en poco más de una hora nos llevará hasta la vieja Londinium.

Es un libro, evidentemente, para quienes quieran preparar un viaje a Londres, para quienes quieran rememorar el viaje ya realizado y para quienes quieran ahondar en un ramillete de lugares reconocibles de la ciudad. Pero, sobre todo, es una colección de artículos que gustarán a todas esas personas que les gusta más viajar que hacer turismo, que prefieren un paseo en el que sentir el lugar, a un recorrido en bus para ver pasar los lugares. Para todas y todos los lectores de la gran Woolf, pues su cuidada y pausada escritura no depende ni del tipo de obra, ni de si esta es de 10 o de 500 páginas. Un libro para leer, incluso, en esa hora que te lleva de Biarritz a Londres. Buen viaje.