novela epistolar marroquí en francés

Tenía mil preguntas que hacerte, sobre ti, sobre tu camino hasta aquí, esta playa popular de Salé, hasta el mocoso pobre que era yo. No dije nada. Ante todo, no podía dejarte ver que hablaba mal en francés.

No. No me he leído la novela en francés. Pero enseguida entenderéis el por qué del título. El que es digno de ser amado (qué título tan precioso) es la última novela del escritor Abdelá Taia, editada por Cabaret Voltaire (qué ediciones tan bien hechas). Una novela epistolar sobre Ahmed, un marroquí de 40 años que lleva casi veinticinco viviendo en París. Una novela que cuenta el proceso y frustraciones de Ahmed en su huída de Marruecos, en su esfuerzo por comprender París y ser un parisino más, en su huída del amor y de su esfuerzo por hacer comprender quién es él.

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Hace algunos años leí la primera novela de Taia, Mi Marruecos, en donde narraba su infancia, su nacimiento y descubrimiento de la vida, de su vida, su Marruecos. Es una lástima no saber dónde está el ejemplar. No entiendo dónde lo metí porque en mi biblioteca ordenada no está. Es posible que se la dejé a algún amigo, tendré que investigar. En esta novela que hoy comento, epistolar, cuatro cartas, del protagonista a su madre, también a su compañero, de un amante de una noche a él mismo y de un amigo de la infancia a él también. Ordenadas cronológicamente de manera inversa, con lo que es al final cuando cierras toda la historia. A través de las misivas conocemos cómo ha sido la vida de Ahmed, sus esperanzas y sus sufrimientos. Una madre que no le quiso desde el principio, conocedora de la homosexualidad de su hijo, un padre desaparecido y una familia incomprendida mutuamente. Un compañero que se dedicó a colonizarle, pues esa es su sensación al final del recorrido. Un amante que se despide y un amigo que le pide que le recuerde siempre.

A través de la novela de Abdelá Taia podemos empezar a comprender el sentimiento de muchos migrantes africanos, marroquíes, que llegan al Estado francés pensando que han encontrado el maná y resulta que ese maná está vedado a ellos, por mucho esfuerzo que hagan por ser parte de la vida, en este caso parisina. Siempre serán los recién llegados, los de fuera y a su vez, en sus países, empiezan a ser olvidados, olvidan así mismo su vida allí, en su familia, en sus pueblos, pobres en comparación a la luz de París. Esta novela es la historia de un paria gay que huye de su país y que se convierte en el paria gay llegado de fuera del país. Una novela en donde la riqueza de la literatura magrebí es patente, con esa dulzura al contar las cosas.

Una novela para reflexionar sobre la vida de los migrantes, sobre lo que encuentran y lo que dejan. Para pensar en la vida de los homosexuales más allá de la cultura occidental. Para interiorizar el papel colonialista que seguimos jugando en demasiadas ocasiones. Y sobre todo es un relato para aquellos enamorados de la cultura magrebí, de su manera de contar las historias, de la dulzura de sus palabras. Ya solo por el título merece la pena leerla.

aliméntate

Evita pronunciar las frases que utiliza todo el mundo. Inventa tu propia forma de hablar, aunque sólo sea para expresar eso que crees que está diciendo todo el mundo. Haz un esfuerzo por distanciarte de Internet. Lee libros.

Debes estar alerta ante el empleo de las palabras extremismo y terrorismo. Sé consciente de los fatídicos conceptos de emergencia y excepción. Enfádate ante el uso traicionero del vocabulario patriótico.

La vuelta hoy a la escuela, marca el regreso al tiempo de trabajo hasta el verano, en Iruñea hasta los Sanfermines. No desesperemos. Es un buen momento también para alimentar nuestra mente con lecturas que nos hagan pensar, reflexionar o que sin más nos ofrezcan elementos para poder contrastar en el día a día. Un día a día marcado por una política en donde lo que está en juego es el propio concepto de democracia. Si nuestra vida colectiva fuese trasladada a una serie para la televisión, estaríamos ante una serie cuya intensidad en los capítulos desbancaría en el ranking a Juego de Tronos. Y en esta serie, si queremos sobrevivir, tenemos que dejar de ser la masa aborregada que el poder quiere que seamos y para eso es necesario que leamos, aprendamos a desarrollar el pensamiento y creemos nuestra propia conciencia en el mundo, con el papel que queremos jugar en él. Y todo esto sin ayuda de la televisión.

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Los dos párrafos que sirven de introducción a este artículo son el comienzo de sendos capítulos en el libro que quiero reseñar y recomendar hoy. Se trata de un ensayo, pedagógico y accesible, del profesor e historiador (y catedrático, y doctor, e investigador), Timothy Snyder, titulado Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX, editado por Galaxia Gutenberg. Antes de comenzar quiero advertir de algo que, si bien es importante conocerlo, no es impedimento, ni mucho menos, para leer el libro y desde luego aprovecharlo. El autor, estadounidense, escribió la obra a principios de 2017, esto es, con Donald Trump ya en la presidencia de EEUU y tras la farragosa (¿acaso hay alguna que no lo sea?) campaña electoral. En varios pasajes se refiere, por lo tanto, a situaciones concretas de su país, a la entonces reciente campaña electoral y a frases textuales del presidente Trump. Esto, más allá de poder considerarlo un contratiempo, resulta ser un aliciente ya que el localismo está lo suficientemente globalizado como para que al otro lado del charco podamos sacar provecho de él.

El objetivo del ensayo es simple y claro: poder utilizar la historia del pasado siglo XX para aprender de ella y no repetir lo sucedido en esa centuria. Concretamente se refiere al nacimiento del nazismo, a la 2ª Guerra Mundial y al régimen totalitario impuesto por la URSS en algunos países tras la guerra. Todo esto aderezado con la historia más reciente de EEUU. Se echan en falta referencias a otros totalitarismos, como el impuesto por el neoliberalismo, la globalización mediática o el propio neocolonialismo de guerra que EEUU ha practicado y practica desde el fin de la II Guerra Mundial. De la misma manera sorprende que en las referencias al fascismo no nombre siquiera el franquismo (es verdad que tampoco señala las dictaduras militares de Chile y Argentina, por poner un ejemplo). Con esta premisa el ensayo enumera veinte lecciones que aprovechar de la historia (occidental) del siglo XX. Aquí unos ejemplos:

  • No obedezcas por anticipado. La mayor parte del poder del autoritarismo le ha sido otorgado libremente.
  • Defiende las instituciones. No hables de “nuestras instituciones” a menos que las hagas tuyas por el procedimiento de actuar en su nombre. Las instituciones no se protegen a sí mismas.
  • Cuidado con el Estado de partido único. Apoya el sistema multipartidista y defiende las normas de las elecciones democráticas.
  • Asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo. Los símbolos de hoy hacen posible la realidad de mañana. Fíjate en las esvásticas y demás signos de odio. No apartes la mirada ni te acostumbres a ellos.
  • Desmárcate del resto. Acuérdate de Rosa Parks. En cuanto alguien da ejemplo, se rompe el hechizo del statu quo, y otros le seguirán.
  • Cree en la verdad. Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo.
  • Contribuye a las buenas causas. Participa activamente en las organizaciones, políticas o no, que expresen tu forma de entender la vida.
  • Mantén la calma cuando ocurra lo impensable. La tiranía moderna es la gestión del terror. Cuando se produce un ataque terrorista, recuerda que los autoritarios se aprovechan de esos sucesos para consolidar su poder. No te dejes engañar.

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Un libro para quienes quieran tener elementos que les permitan reflexionar en la vida diaria, para quienes quieran poner en práctica la teoría de la resistencia y poder empezar a construir una sociedad más justa, igualitaria y democrática. Para quienes creen que la historia no nos puede enseñar nada y para quienes piensan que lo que ocurrió hace décadas ya no puede volver a repetirse, por lo menos no aquí. Para darse cuenta de su gran error. Para quienes han sufrido y sufren la tiranía en Cataluña, en Euskal Herria y en cualquier otra parte del Estado por haberse puesto frente a quien quiere imponer un relato, un pensamiento único y una masa social. Para todas y todos los que siguen creyendo que la Utopía es posible.

 

una prosa que quiere ser poesía

Esta mañana, mis pasos me han llevado hacia la tumba de mi padre. Allí me he fumado uno de los cigarrillos que a él le gustaban. El cielo era de un azul puro. Las volutas del humo se elevaban hacia él lentamente, deshilachándose poco a poco hasta desaparecer completamente como una pequeñísima oración escuchada.

Es Viernes Santo y el sol empieza a calentar tímidamente en el interludio de lluvias del largo invierno y comienzo de la primavera. La avenida de la Baja Navarra, siempre atestada de los humos del tráfico del siglo XX, parece esa tarde más del siglo XXI que cualquier otro día, sin apenas coches, con poca gente paseando, unos a pie y otros en bici. En las villas y chalets de esa zona del parque de la Media Luna, las plantas empiezan a despertar y algunas verjas piden a gritos que las lijen para quitarles la roña que arrastran de varios inviernos. Al final del parque, casi enfilando Beloso, llego al banco, ese banco que en la pequeña rotonda mira directamente al sol en las primeras horas vespertinas, y me siento. Me quito hasta el abrigo y cojo el libro que llevo entre las manos. Resucitar.

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El caso es que unos días atrás, paseando entre las estanterías de la librería Walden en búsqueda de algo de poesía, los dos libreros, Dani y Viky, me dijeron al unísono que probase con ese libro, que le diese una oportunidad al escritor. Reconozco que el título no me atraía demasiado, pero si algo puede tener de bueno la Semana Santa será la resurrección, digo yo.

Resucitar es un libro de poco más de ciento cincuenta páginas, cuyo autor es un escritor francés, Christian Bobin, que vive en medio del bosque, como si fuese el personaje de un cuento y que pese a ser unos de los escritores galos mejor valorados por la crítica (y eso en un lugar donde hay más escritores que lechugas en un huerto, es mucho decir) rara vez sale de su casita de chocolate, ni participa en tertulias, ni concede entrevistas. Al castellano tiene traducidas un puñado de obras, aunque es autor de más de cuarenta libros y se podría decir que su estilo es inclasificable. Su obra consiste en pequeños fragmentos que nos hablan, en el caso del libro que reseño, de la niñez, de la hipocresía de esta sociedad, del tilo de su jardín, de los pájaros que se apoyan en su ventana, de su padre y sobre todo de la muerte como parte de la vida, casi como vida misma. Y lo hace con la delicadeza propia de la poesía, sin serlo.

Esta obra, Resucitar, no es una obra religiosa, pese a lo que el título pueda sugerir y a pesar de la religiosidad de su autor. Precisamente habla de la vida cotidiana que, en principio, nos parece difícil que pueda convertirse en poesía. No siempre lo logra. Pero cuando lo consigue es algo precioso.

Es un libro para quien quiera deleitarse con historias del día a día, contadas con una delicadeza imperfecta y por eso bella. Un libro para leer y releer. Para tener en la mesilla de noche y ofrecer a Morfeo material con el que fabricar los sueños. Una obra para descubrir que lo cotidiano puede ser algo sublime.

un Ariodante para morirte del gusto

Cuando una tía, en este caso la tía Pili, te invita a una ópera, no hay otra posibilidad que decir que si. Cuando esa ópera es de Handel y se titula Ariodante, reconoces a tu tía como una suerte de benefactora a la que tienes mucho que agradecer. Cuando la obra en cuestión está interpretada por Les Arts Florissants y dirigida por William Christie, comienzas a aplaudir como un romero en el Rocío, hasta que no sientes las palmas.

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El caso es que la ópera del alemán que se hizo súbdito inglés es, cuanto menos, difícil. Lo es porque está basada en unos capítulos de una obra hiperconocida en el medievo y titulada Orlando furioso, aunque luego, en realidad, se trata de un cuento de princesas y caballeros. Aunque fue estrenada en el Covent Garden de Londres en 1734, el libreto está escrito en italiano, lo cual no fue ningún para toda la gente que fue a verla en los 11 días en que se representó, ya que la historia estaba muy extendida en toda la sociedad. El caso es que Ginevra, así, con v, es la hija del rey de Escocia y resulta que está chochola con un príncipe de no sé dónde que se llama Ariodante. Para completar la felicidad el señor rey bendice la unión y decide que Ariodante se case con su hija y sea, por lo tanto, el próximo rey escocés. A lo loco. Y claro, Polinesso, que es un macho alfa en toda regla, y que quiere a la princesa y sobre todo al reino, engaña al lelo de Ariodante, haciéndole creer que su prometida es en realidad la amante con la que todas las noches deshace la cama. El caso es que para engañar al enamorado, utiliza a Dalinda, que es amiga de la princesa y que como está enamorada de Plinesso está medio tonta. Y en esas estamos cuando Ariodante se suelta un aria sobre la traición amorosa, que se titula Scherza infida, Ríe infiel, que es la perfecta plasmación del dolor amoroso.

Antes de pasar al aria, señalar que está escrita para lo cantase un castrato, concretamente Carestini, y bueno, ahora como eso de cortar por lo sano no se lleva, pues lo suele cantar en escena una mezzosoprano, aunque otras tesituras, como tenor, también la han incluido en el repertorio. En Baluarte se alinearon los astros y tuvimos la oportunidad de presenciar y escuchar una interpretación por parte de Kate Lindsey de las que se recuerdan por años. La maestría de William Christie dirigiendo a la orquesta y la delicadeza de la cantante a la hora de interpretar el dolor por el engaño, consiguieron diez minutos de música extraordinaria, fuera de lo normal, de esas ocasiones en que notan en el ambiente que estás presenciando algo maravilloso. Os dejo la interpretación de Sarah Connolly, que, de todas las versiones que existen en Youtube, es de las que más me gusta.

Y no, en esta ópera, aparte del malo, no muere nadie más, porque se descubre el engaño y Ariodante y la princesa se reúnen, la amiga se compromete con el hermano de Ariodante, que dicho sea de paso también es medio bobo y el rey consigue lo que quería, un futuro nuevo rey para su reino, porque al fin y al cabo eso es lo que quieren todos los reyes. lo demás es decoración.

La de ayer fue una representación de las de antología, de esas que dejan un silencio atento durante la ópera, salvo la señora que tenía detrás que le encantaba jugar con la cremallera de su bolso (imagino que estuvo buscando y rebuscando su tarjeta para la villavesa, porque no aguantó más allá de la primera parte). La ovación final, para lo parcos que solemos ser en Iruñea, fue larga, muy larga, siendo la Lindsey quien se llevó los aplausos más emocionados y obligando al elenco de cantantes y director a salir hasta en tres ocasiones. Pues eso, un Ariodante para morirte del gusto. Si a eso le añades que terminas el viernes en el Savoy con una tabla de quesos y un Ramón Bilbao, pues ya ni os cuento.

Si queréis ver en versión contratenor, que es lo más parecido que puede escucharse hoy a la voz de un castrati, probad suerte con Jaroussky en Youtube. No os defraudará.

ahora todos somos feministas

La movilización y huelga feminista del pasado 8 de marzo fue un éxito sin precedentes. Un éxito a corto plazo, principalmente. Las miles de mujeres que secundaron la huelga lo hicieron conscientes del valor que tenía que las mujeres se plantasen ese día. Un éxito precedido por el trabajo de los colectivos feministas que han trabajado la movilización durante meses. Un éxito porque creó un debate social sobre las desigualdades entre mujeres y hombres en los diferentes espacios de la vida diaria, desde el laboral al doméstico, desde el ocio al académico, desde la invisibilidad al empoderamiento. Muchos hombres dijeron no entender el sentido de una huelga solo para mujeres y ese podría ser uno de los argumentos más convincentes para señalar la necesidad de esta huelga. Hubo hombres, demasiados, que en su machismo de base no podían aceptar una dinámica que no contase con ellos. No fuimos, por una vez, protagonistas. Ya era hora. Pero ese no es el principal argumento. El principal fue y es que las mujeres decidieron, más allá de lo que pensemos y opinemos los hombres, que había que plantarse ante un sistema que sitúa siempre a la mujer en segundo plano, siempre detrás del hombre. Cuando el 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks decidió no dejar su asiento a un hombre blanco, no pidió permiso a nadie. Simplemente lo hizo.

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Fotografía de @Ekinklik

Que el cambio social pasa por ser un cambio feminista es algo que, más allá de ser algo asumido y conseguido desde el activismo y la militancia social y política en los ámbitos de izquierda y progresistas, cada vez está más claro en la mayoría social. La desigualdad entre mujeres y hombres es algo aceptado cada vez más mayoritariamente. La necesidad de evolucionar, urgentemente, hacia una igualdad real y activa, está cada vez más extendida en nuestra sociedad. En las movilizaciones de la jornada de huelga se vieron mujeres y hombres que no suelen verse en este tipo de movilizaciones. Esas imágenes obligaron a que destacados dirigentes de los partidos que sustentan las bases de esta sociedad desigual, hiciesen un gesto de acercamiento al espíritu de la huelga, que no a la propia huelga, y cambiasen incluso sus posicionamientos. Las televisiones que trasladan diariamente una imagen de la mujer como producto de consumo, se tiñeron de morado y organizaron “debates” especiales. Marcas comerciales lanzaron anuncios especiales con la mujer (y su modelo de mujer) como protagonistas. Lo guay ese día fue ponerse un lazo morado. Todo sea por sumarse al carro y sacarle tajada. Todo sea por “normalizar” la lucha feminista. Y la verdad es que me recuerda a algo que sucedió con otra lucha. Cuando el movimiento LGBTQI (entonces sería solo LGB) consiguió que el matrimonio igualitario fuese legalizado, se produjo una asunción de algunos términos de la lucha de este movimiento por el propio establishment. Pero mientras nos venden constantemente que el Estado español es el país más respetuoso con la diferencia sexual, resulta que el partido que gana las elecciones es uno de los más conservadores de toda Europa y las agresiones homófobas (de diferente nivel) siguen siendo el pan de cada día. Los autobuses naranjas tránsfobos recorren las carreteras con el apoyo de ese partido y sus socios. Convirtieron parte de la lucha de todo un movimiento en un parque temático llamado Chueca y en una aplicación para poder follar cuando se quiera. Pero tenemos que recordarnos, diariamente, que establishment es el grupo de personas cuyo cometido es mantener y controlar el orden establecido (por ellos) para que siga favoreciendo a sus intereses económicos e ideológicos (tanto monta, monta tanto). Afortunadamente muchos colectivos siguen siendo vanguardia de este movimiento, porque hay mucho, todavía, en lo que seguir avanzando.

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¿Y a qué viene este rollo? A que está muy bien, de hecho es un éxito, que la sociedad vaya asumiendo mayoritariamente parte de las denuncias del movimiento feminista, pero es necesario que ese movimiento siga siendo vanguardia y protagonista de la lucha. Las victorias hay que celebrarlas y la del jueves fue una victoria, sin ninguna duda. Celebrémosla entonces. Pero para que sea un éxito no solo a corto plazo, como señalaba al principio, y se convierta en una victoria estratégica, las mujeres organizadas tienen que seguir siendo la punta de lanza de esta lucha que debiera convertirse en revolución. Más allá del 8 de marzo, las mujeres siguen siendo objeto de una desigualdad sistémica que es precisamente lo que tenemos que cambiar.

¿Y los hombres? Pues los hombres tenemos que interiorizar que en esta película no somos protagonistas y que en el resto de movimientos sociales tenemos que empezar a retirarnos para que las mujeres ocupen el espacio que les corresponde. Y para eso habrá que poner y activar medidas efectivas. En lo que a mi respecta, seguiré trabajando en lo personal esos tics que, sin darme cuenta, afianzan una sociedad hetero-patriarcal y machista y continuaré reflexionando sobre los modelos de masculinidad para cambiar el mío propio. Y me queda mucho trabajo por delante.

un diario de fotografía

Siempre me ha gustado la fotografía. Mi abuelo materno tenía una cámara con la que nos hacía fotos en las fiestas familiares y en los viajes que hacía con el orfeón. Fotos en papel, recogidas en álbumes de fotos, de esos que ya no utilizamos. Y fotos diapositivas, con las que organizaba unas buenas sesiones de “cine”. El ruido del proyector, la oscuridad de la habitación, el mando del proyector, que solo él utilizaba y cuando nos dejaba a alguien darle al botón era como si te hubiese tocado la lotería. ¡Qué tardes! El aita también fotografiaba. Tenía una Pentax preciosa que un día cambió por otra Pentax. Esta última se la robaron un día nada más llegar a Zarautz. Fue un poco drama. Después ya no compró más cámaras. Mi primera y única réflex fue una Canon y después fui variando las cámaras a compactas con objetivos intercambiables. Hice un curso en la Asociación Navarra de Fotografía en la que se nos explicaron los fundamentos de esta técnica. Hasta que un día, en un ataque de limpieza, decidí deshacerme de todas las cámaras que tenía vendiéndolas en Wallapop. El caso es que hubo una época en que pensé que con la cámara de mi móvil era más que suficiente para lanzarme a fotografiar. Siempre he pensado que la base de la fotografía es el ojo de quien hace la fotografía. El resto es una caja con un agujero que recoge la luz y la transforma en foto, con más o menos complicaciones. Y sigo pensándolo. Pero qué queréis que os diga, no es lo mismo. Es verdad que en los millones de fotografías que vemos en Instagram, en mi caso muchas veces, casi siempre, pienso que por muchos filtros que les pongan y demás, son fotografías malas, que no transmiten nada (para mi eso es una mala fotografía). Pero hay algunas que, más allá de filtros, son fotos extraordinarias. Quien las ha sacado ha tenido un buen ojo. Yo creo que lo tengo, de serie. Pero como todo, sino se trabaja, se pierde. Y para trabajarlo, mucho mejor, con una cámara de verdad, ¿no?

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Así que he decidido retomar la afición y me he apuntado a un curso de fotografía para recuperar conceptos, he comenzado a seguir algún blog de fotografía y, lo más importante, me he comprado una cámara de fotos. No es una réflex. Para lo que quiero, en estos tiempos hay posibilidades que casi alcanzan el poder de una réflex sin cargar con su volumen y peso. Porque siempre me ha echado para atrás tener que cargar con una cámara de grandes dimensiones. Yo necesito una cámara pequeña, pero que ofrezca casi todas las posibilidades de una réflex. Y eso, hoy en día, existe. Se llaman cámaras EVIL, sin espejo. Y son casi del tamaño de una compacta, pero con posibilidad de intercambiar los objetivos. ¿Qué maravilla, no? La elegida es una cámara que lleva ya tres años en el mercado, que ha resultado muy buena por su rapidez en el enfoque, su ligereza y tras tres años con un muy buen precio. Sony alpha 6000. Junto a la cámara que viene con un objetivo de serie de 16-50 mm, f/3.5-5.6, me he cogido un clásico de lente fija, en este caso de 50 mm, f/1.8. Este último objetivo no es zoom, es decir, no puedes acercar o alejar la imagen mecánicamente. Pero eso es lo bueno, porque con él te obligas a pensar mejor la fotografía.

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Y, ¿por qué la fotografía? Creo que la principal razón es porque me obliga a mirar de otra manera. Esa manera de mirar diferente a la diaria, es más pausada, más reflexiva, dejando espacio a la intuición, abriendo los ojos a detalles en los que normalmente no nos fijamos, inventando historias con una imagen, dejándonos llenar por una visión más amplia que el ojo humano. Y la fotografía de verdad, la que se basa en una técnica de control de la luz, de captar lo que quieres cuando quieres, de esperar el momento adecuado, esa fotografía tiene que ver mucho con vivir la vida en el momento presente. Hay muchas posibilidades de estar presente y una puede ser, desde luego, la fotografía. Además la fotografía es comunicación. Es filosofía, es arte, es cultura, es poder captar la esencia del momento en una imagen de luces y sombras. En esta sociedad en la que diariamente vemos miles y miles de imágenes, rara vez miramos esas imágenes. Ni qué decir de pararte a observar una fotografía. Cuándo se hizo, en qué condiciones, qué historia cuenta y qué nos dice a nosotros. La fotografía es también literatura, pensamiento y reflexión sobre el mundo. Por todo eso me gusta la fotografía.

La cuestión es que en el curso nos han dicho que es bueno llevar un diario de fotografía. Así que de vez en cuando escribiré alguna entrada que me ayude a seguir aprendiendo y estudiando sobre fotografía. Grandes fotografías, fotógrafos y fotógrafas de los que aprender, exposiciones, libros, películas. Eso si, prometo no dar mucho la turrada. Lo justo para que algún colega fotógrafo me pueda dar algún consejo.

el feminismo según Woolf

Pues resulta que Un cuarto propio o Una habitación propia (según las traducciones), de Virginia Woolf, es uno de los libros que más me han reafirmado en la necesidad del feminismo como medio para llegar al cambio social. Lo tenía desde hace años en la estantería de la biblioteca, justo desde que se lo medio robé, con intención de devolverlo, eso sí, a mi hermana. Incluso lo tenía localizado, porque a mi, hace un año, me dio por dedicar una habitación a la lectura, a estar a gusto y a disfrutar del silencio de la lectura. Ordené las obras por países y en orden alfabético. Maniático que ha resultado ser uno o quizás, directamente, los 45 años recién cumplidos. El caso es que la Woolf es la última del estante dedicado a Inglaterra. Shakespeare, eso si, tiene su propia balda.

A lo que vamos. Virginia Woolf escribió este libro a partir de los apuntes de unas conferencias que ofreció en Cambridge sobre la relación entre la mujer y la literatura. La opinión que la escritora ofrece al principio del ensayo es determinante y la base del mismo: “para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”. Y no iba desencaminada. Hasta finales del XIX (yo me atrevería a decir que esa es la realidad de muchas mujeres del planeta en este siglo XXI) las mujeres no disponían de un cuarto o una estancia para ellas solas. Normalmente siempre estaban (y están) con niños colgando de su existencia, limpiando los mocos de la vida y cocinando la cruda realidad. Y el resto del día, en aquellos tiempos, lo dedicaban a bordar, leer en voz alta y jugar a cartas… las que podían. Y hacia los 16 años eran comprometidas a hombres que no conocían, pero que sus padres conocían perfectamente, sobre todo su bolsillo. En este punto hay que señalar que la escritora se dirigía a un público femenino de la universidad inglesa, por lo tanto, con una posición social alta y con un nivel cultural concreto. Si alguna mujer con posibilidades hubiese querido escribir, habría necesitado obligatoriamente un cuarto donde poder hacerlo. Y seguramente también habría tenido que ir contra el dictamen de la sociedad y de su propia familia.

¿Y el tema del dinero? La mujer se dedicaba a trabajar la casa y sacar la prole adelante. Y si era miembro de una familia de posibles resulta que el dinero no era suyo. Era, o de su padre o de su marido. Y si era soltera y mayor, seguramente de su hermano. Y entonces, aunque tuviese posibilidad económica, si había logrado vencer los impedimentos familiares y se dedicaba a escribir, lo más seguro es que nunca nadie lo leería y si alguna vez alguien lo hacía, posiblemente se referirían a ella como un rara avis, una mujer descontrolada y su literatura sería, seguro, literatura “femenina”, porque la literatura de verdad es, pensaban ellos, siguen pensándolo, masculina.

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¿Qué hubiese pasado -se pregunta Woolf- si una hipotética hermana de Shakespeare hubiese tenido el acceso a los estudios, la posibilidad de aventura y la independencia que tuvo William? ¿Habría podido surgir ese genio shakesperiano de una mujer? Pues posiblemente hayan existido mujeres con ese genio e incluso mayor, pero la sociedad patriarcal que rige el mundo de manera mayoritaria desde el principio de los tiempos, nos ha impedido conocerlas.

Como siempre, las mujeres han estado siempre ninguneadas en muchos aspectos, en el de la creación e incluso en el del día a día, pese a ser ellas las que llevan el mayor peso. Hoy las mujeres están llamadas a la huelga general. Hoy los hombres no podemos sino apoyarles en su lucha que también es la nuestra. Hoy es su huelga. Los demás, a la tarde, a la mani.


Un libro para quienes quieran iniciar, descubrir, profundizar o afianzar su feminismo, mujeres y hombres indistintamente, también para quienes no se hayan hecho nunca la pregunta de por qué esta sociedad es tal y como la conocemos, tan patriarcal y tan misógina, y para quienes hayan disfrutado en las noches de invierno y en las vacaciones de verano con los cuentos inventados, magistralmente, por todas esas escritoras sin cuarto propio que fueron y han sido nuestras madres y abuelas.