un diario de fotografía

Siempre me ha gustado la fotografía. Mi abuelo materno tenía una cámara con la que nos hacía fotos en las fiestas familiares y en los viajes que hacía con el orfeón. Fotos en papel, recogidas en álbumes de fotos, de esos que ya no utilizamos. Y fotos diapositivas, con las que organizaba unas buenas sesiones de “cine”. El ruido del proyector, la oscuridad de la habitación, el mando del proyector, que solo él utilizaba y cuando nos dejaba a alguien darle al botón era como si te hubiese tocado la lotería. ¡Qué tardes! El aita también fotografiaba. Tenía una Pentax preciosa que un día cambió por otra Pentax. Esta última se la robaron un día nada más llegar a Zarautz. Fue un poco drama. Después ya no compró más cámaras. Mi primera y única réflex fue una Canon y después fui variando las cámaras a compactas con objetivos intercambiables. Hice un curso en la Asociación Navarra de Fotografía en la que se nos explicaron los fundamentos de esta técnica. Hasta que un día, en un ataque de limpieza, decidí deshacerme de todas las cámaras que tenía vendiéndolas en Wallapop. El caso es que hubo una época en que pensé que con la cámara de mi móvil era más que suficiente para lanzarme a fotografiar. Siempre he pensado que la base de la fotografía es el ojo de quien hace la fotografía. El resto es una caja con un agujero que recoge la luz y la transforma en foto, con más o menos complicaciones. Y sigo pensándolo. Pero qué queréis que os diga, no es lo mismo. Es verdad que en los millones de fotografías que vemos en Instagram, en mi caso muchas veces, casi siempre, pienso que por muchos filtros que les pongan y demás, son fotografías malas, que no transmiten nada (para mi eso es una mala fotografía). Pero hay algunas que, más allá de filtros, son fotos extraordinarias. Quien las ha sacado ha tenido un buen ojo. Yo creo que lo tengo, de serie. Pero como todo, sino se trabaja, se pierde. Y para trabajarlo, mucho mejor, con una cámara de verdad, ¿no?

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Así que he decidido retomar la afición y me he apuntado a un curso de fotografía para recuperar conceptos, he comenzado a seguir algún blog de fotografía y, lo más importante, me he comprado una cámara de fotos. No es una réflex. Para lo que quiero, en estos tiempos hay posibilidades que casi alcanzan el poder de una réflex sin cargar con su volumen y peso. Porque siempre me ha echado para atrás tener que cargar con una cámara de grandes dimensiones. Yo necesito una cámara pequeña, pero que ofrezca casi todas las posibilidades de una réflex. Y eso, hoy en día, existe. Se llaman cámaras EVIL, sin espejo. Y son casi del tamaño de una compacta, pero con posibilidad de intercambiar los objetivos. ¿Qué maravilla, no? La elegida es una cámara que lleva ya tres años en el mercado, que ha resultado muy buena por su rapidez en el enfoque, su ligereza y tras tres años con un muy buen precio. Sony alpha 6000. Junto a la cámara que viene con un objetivo de serie de 16-50 mm, f/3.5-5.6, me he cogido un clásico de lente fija, en este caso de 50 mm, f/1.8. Este último objetivo no es zoom, es decir, no puedes acercar o alejar la imagen mecánicamente. Pero eso es lo bueno, porque con él te obligas a pensar mejor la fotografía.

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Y, ¿por qué la fotografía? Creo que la principal razón es porque me obliga a mirar de otra manera. Esa manera de mirar diferente a la diaria, es más pausada, más reflexiva, dejando espacio a la intuición, abriendo los ojos a detalles en los que normalmente no nos fijamos, inventando historias con una imagen, dejándonos llenar por una visión más amplia que el ojo humano. Y la fotografía de verdad, la que se basa en una técnica de control de la luz, de captar lo que quieres cuando quieres, de esperar el momento adecuado, esa fotografía tiene que ver mucho con vivir la vida en el momento presente. Hay muchas posibilidades de estar presente y una puede ser, desde luego, la fotografía. Además la fotografía es comunicación. Es filosofía, es arte, es cultura, es poder captar la esencia del momento en una imagen de luces y sombras. En esta sociedad en la que diariamente vemos miles y miles de imágenes, rara vez miramos esas imágenes. Ni qué decir de pararte a observar una fotografía. Cuándo se hizo, en qué condiciones, qué historia cuenta y qué nos dice a nosotros. La fotografía es también literatura, pensamiento y reflexión sobre el mundo. Por todo eso me gusta la fotografía.

La cuestión es que en el curso nos han dicho que es bueno llevar un diario de fotografía. Así que de vez en cuando escribiré alguna entrada que me ayude a seguir aprendiendo y estudiando sobre fotografía. Grandes fotografías, fotógrafos y fotógrafas de los que aprender, exposiciones, libros, películas. Eso si, prometo no dar mucho la turrada. Lo justo para que algún colega fotógrafo me pueda dar algún consejo.

caprice de dieux

image by Jez Timms

Recuerdo cuando el abuelito Gregorio llegaba de Burdeos, de esos viajes que hacía con el orfeón, que a mi, entonces, me parecía que era como irse tremendamente lejos y se sentaba en la mesa de la cocina, con la maleta todavía en la cama, medio abierta, y mientras la abuelita hacía una sopa de verduras él, medio silbando, abría un paquete envuelto en papel de periódico y sacaba un queso que olía como cien pies sucios y que se llamaba “caprí de dié”, así me decía el abuelito. Y me explicaba que este caprice de dieux significaba capricho de dioses, porque ese queso era de lo mejor que había, y yo me maravillaba con los gustos tan raros que tenían los dioses. Y tras la sopa -de la que le quitaba un par de cucharadas, hasta que conseguía que la abuelita me pusiese un plato para mí-, acompañado de un vaso de tinto y un trozo de pan, mientras el canario cantaba en su jaula, el abuelito Gregorio se daba ese placer que compartía con los mismísimos dioses.

Hoy, tras la última reunión, he vuelto a casa casi silbando, oteando en el horizonte las torres de San Cernin, en el ocaso de un día que, sin saber porqué, me ha llenado de vida. Y me he sentado en la cocina, con un poco de pan, algo de queso y un trago de vino y he vuelto a sonreír pensando en esos placeres, a la vez sencillos y exquisitos, que Gregorio nos enseñó mientras silbaba y cantaba por la vida, con su pelo blanco, como el propio Sha de Persia.