un Ariodante para morirte del gusto

Cuando una tía, en este caso la tía Pili, te invita a una ópera, no hay otra posibilidad que decir que si. Cuando esa ópera es de Handel y se titula Ariodante, reconoces a tu tía como una suerte de benefactora a la que tienes mucho que agradecer. Cuando la obra en cuestión está interpretada por Les Arts Florissants y dirigida por William Christie, comienzas a aplaudir como un romero en el Rocío, hasta que no sientes las palmas.

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El caso es que la ópera del alemán que se hizo súbdito inglés es, cuanto menos, difícil. Lo es porque está basada en unos capítulos de una obra hiperconocida en el medievo y titulada Orlando furioso, aunque luego, en realidad, se trata de un cuento de princesas y caballeros. Aunque fue estrenada en el Covent Garden de Londres en 1734, el libreto está escrito en italiano, lo cual no fue ningún para toda la gente que fue a verla en los 11 días en que se representó, ya que la historia estaba muy extendida en toda la sociedad. El caso es que Ginevra, así, con v, es la hija del rey de Escocia y resulta que está chochola con un príncipe de no sé dónde que se llama Ariodante. Para completar la felicidad el señor rey bendice la unión y decide que Ariodante se case con su hija y sea, por lo tanto, el próximo rey escocés. A lo loco. Y claro, Polinesso, que es un macho alfa en toda regla, y que quiere a la princesa y sobre todo al reino, engaña al lelo de Ariodante, haciéndole creer que su prometida es en realidad la amante con la que todas las noches deshace la cama. El caso es que para engañar al enamorado, utiliza a Dalinda, que es amiga de la princesa y que como está enamorada de Plinesso está medio tonta. Y en esas estamos cuando Ariodante se suelta un aria sobre la traición amorosa, que se titula Scherza infida, Ríe infiel, que es la perfecta plasmación del dolor amoroso.

Antes de pasar al aria, señalar que está escrita para lo cantase un castrato, concretamente Carestini, y bueno, ahora como eso de cortar por lo sano no se lleva, pues lo suele cantar en escena una mezzosoprano, aunque otras tesituras, como tenor, también la han incluido en el repertorio. En Baluarte se alinearon los astros y tuvimos la oportunidad de presenciar y escuchar una interpretación por parte de Kate Lindsey de las que se recuerdan por años. La maestría de William Christie dirigiendo a la orquesta y la delicadeza de la cantante a la hora de interpretar el dolor por el engaño, consiguieron diez minutos de música extraordinaria, fuera de lo normal, de esas ocasiones en que notan en el ambiente que estás presenciando algo maravilloso. Os dejo la interpretación de Sarah Connolly, que, de todas las versiones que existen en Youtube, es de las que más me gusta.

Y no, en esta ópera, aparte del malo, no muere nadie más, porque se descubre el engaño y Ariodante y la princesa se reúnen, la amiga se compromete con el hermano de Ariodante, que dicho sea de paso también es medio bobo y el rey consigue lo que quería, un futuro nuevo rey para su reino, porque al fin y al cabo eso es lo que quieren todos los reyes. lo demás es decoración.

La de ayer fue una representación de las de antología, de esas que dejan un silencio atento durante la ópera, salvo la señora que tenía detrás que le encantaba jugar con la cremallera de su bolso (imagino que estuvo buscando y rebuscando su tarjeta para la villavesa, porque no aguantó más allá de la primera parte). La ovación final, para lo parcos que solemos ser en Iruñea, fue larga, muy larga, siendo la Lindsey quien se llevó los aplausos más emocionados y obligando al elenco de cantantes y director a salir hasta en tres ocasiones. Pues eso, un Ariodante para morirte del gusto. Si a eso le añades que terminas el viernes en el Savoy con una tabla de quesos y un Ramón Bilbao, pues ya ni os cuento.

Si queréis ver en versión contratenor, que es lo más parecido que puede escucharse hoy a la voz de un castrati, probad suerte con Jaroussky en Youtube. No os defraudará.

un amor como otro cualquiera, contado de manera deliciosa

Cómo me gustaba la manera en que remachaba lo que yo acababa de repetirle. Me hacía pensar en una caricia, o en un gesto que es totalmente accidental al principio, pero que se vuelve intencionado la segunda vez y más aún la tercera. Me recordaba la forma en la que Mafalda me hacía la ama cada mañana, primero doblando la sábana de arriba sobre la manta, luego volviéndola a doblar para cubrir la almohada que estaba encima de la manta y una última vez cuando volvía a doblarlo sobre la colcha -una y otra vez hasta que me di cuenta de que arropados entre todos estos dobleces había recuerdos de algo al mismo tiempo piadoso e indulgente, como el beneplácito de un instante de pasión.

Leí este libro hace tiempo, seguramente cuando se publicó allá por 2008, hace diez años. Me atrapó desde sus primeras páginas, seguramente porque la historia se desarrolla en la Toscana, muy probablemente porque es verano, o quizás porque es una historia de amor de esas que tienen la inocencia y el ardor de un adolescente mezclados con la experiencia de un adulto. Pero probablemente lo que más me gustó en sí fue que, independientemente de ser una historia de amor entre dos hombres, era y es una historia de amor. Como cualquier otra historia de amor. El caso es que estoy releyendo la novela. Y muy pocas veces lo hago. Así que os voy a contar por qué lo estoy haciendo.

Llámame por tu nombre, de André Aciman, nos traslada al verano de 1983, donde el SIDA todavía no había hecho su trágica aparición. Elio es un chaval de 17 años recién llegado a la juventud cuyos padres son unos intelectuales bien situados. El verano lo pasan en la casa que la familia tiene en la costa italiana y desde hace años, madre y padre, invitan a un joven estudiante para veranear con ellos a cambio de ayuda en su archivo. Y ese año el elegido es Oliver, un joven estudiante norteamericano de 24 años, atractivo y sabedor de ello. En fin, que Elio, que hasta entonces lo único que ha hecho es aburrirse por las tardes, flirtear con alguna vecina y practicar al piano, cae rendido ante los encantos de Oliver.

La historia podría parecer sin más, pero Aciman consigue deleitarnos con cada una de las frases que escribe. Creo que lo más fácil hubiese sido desarrollar la trama contando la historia desde la voz de Oliver, joven, estudiante, experimentado. Hubiese sido más fácil, sí, pero no habría conseguido lo que consigue haciéndole hablar a Elio. Los miedos, las pasiones más internas, los sentimientos escondidos, los pensamientos más íntimos de un adolescente tímido ante el amor son la base de la novela. Consigue construir un monumento al amor romántico, que no al puritano. El caso es que la relación es entre dos hombres, pero podría ser entre un hombre y una mujer, entre dos mujeres o entre dos personas, sin importarnos con qué género se identifica. Ese es uno de los valores de la novela. Y en el caso de este amor entre dos hombres lo presenta con una naturalidad exquisita. Sin dramas, sin el qué dirán, ni el trauma de una salida de armario, sin el escándalo, sin la sordidez, sin el castigo o la marginalidad que acompañan a otras novelas que nos hablan del amor homosexual. Y luego está la diferencia de edad entre los protagonistas. No hay una relación de poder entre uno y otro. No es el adolescente engañado y el adulto que se aprovecha. Es una relación de tú a tú.

Y claro, con semejante y maravillosa historia, tenía muchos boletos para ser llevada a la gran pantalla. Y además, de manera magistral. Dirigida por Luca Guadagnino y protagonizada por un espectacular Timothée Chalamet, nominado este año al Oscar al mejor actor y Armie Hammer. Por aquí se estrenó hace poco, con casi un año de retraso,  está ahora mismo en cartelera y desde luego, no me la voy a perder. Además a Elio le encanta Bach… ♥ ♥ ♥

Un libro, en definitiva, para toda persona que sigue creyendo en el Amor, sea este como sea, entre quien sea y cuando sea. Si queréis reconciliaros con el Amor, este es vuestro libro. Si queréis estremeceros con una prosa exquisita que llega hasta el fondo, esta es vuestra novela. Si queréis conmoveros con una historia bellísima, este es el libro que necesitáis. Disfrutadlo.

2018

 

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Bajo la intensa lluvia que casi da al traste con unas cuantas sansilvestres, decidí tomarme un par de vinos, aunque igual fueron tres, qué más da, con un tío y una tía. Estafeta estaba llena de gabachos que en los últimos años deciden pasar la última o mejor dicho, la primera noche del año en Iruñea. El caso es que para las siete de la tarde ya estaban bastante pasados. Parece ser que en algunas personas, nuestra querida ciudad tiene un poder de atracción equivalente al número de cubatas que se toman en una hora, como si tuviesen que batir un récord. Con el paladar saboreando la última copa nos encaminamos hacia el Ensanche y nos felicitamos el año con los parroquianos del bar de la esquina, ese bar que, sin ser el más moderno y el más comentado, te ofrece una atención familiar día a día, cariño en sus platos y unas olivas sin que las pidas. La cena transcurrió con la normalidad que tienen este tipo de eventos. Los hijos pequeños de los primos descubriendo una noche mágica, la gente mayor disfrutando de la compañía, los más jóvenes pensando en la noche y el resto recordando, riendo y mandando mensajes. Y las doce campanadas pasaron con doce gajos de mandarinas, que en nuestra familia las uvas no se estilan y en medio de los gritos y casi a la par del comienzo de la programación-bodrio que se daba en todos los canales, tuve tiempo para pensar qué pedía al nuevo año. Y me sorprendí agradeciendo todo lo que me ha dado el 17, a todas esas personas que he conocido y con quienes he compartido, trabajado, luchado, protestado y hablado. Fue el momento de pedir perdón a quien he faltado y el único deseo que solicité fue tener la oportunidad de ser siempre yo mismo, con salud y libertad y con respeto al resto de personas. Al día siguiente Ricardo Muti se encargó de recordarme, a ritmo de valses, que la vida hay que vivirla y sentirla en el momento. Es lo bueno que tiene.

Urte berri on!

un diario sutil

Vivo como siempre he deseado poder vivir: el amor y la existencia compartida, los hijos, la casa y tantos afectos dentro y fuera de ella. Qué importa si he trabajado mucho, si el mal vino y se fue, si alguna nube ha turbado mi horizonte sereno, si los años pasan veloces.

Marisa Madieri, escritora italiana que falleció en 1996, escribió un libro en forma de diario que cuenta su historia y la de muchas otras familias que tuvieron que exiliarse de Dalmacia tras la II Guerra Mundial, cuando esa zona dejó de ser italiana para pasar a ser parte de la Yugoslavia de Tito. Verde agua. Escrito en 1989, fue publicado por primera vez en castellano en el 2000 y ha sido reeditado unas cuantas veces por editorial Minúscula. Es de esos libros que forman parte del fondo de cualquier librería con un mínimo de gusto, como la de Deborahlibros, que fue quien me lo recomendó.

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Madieri cuenta con una sutileza exquisita, que no pretende esconder la realidad, sus recuerdos de infancia y adolescencia, cuando su familia abandonó la antigua Fiume italiana que acaba de pasar a ser yugoslava, y que hoy en día es Rijeca, en Croacia. En Trieste, la ciudad a orillas del Adriático, se las tuvieron que apañar en un campo de refugiados que crearon en un antiguo silo de cereales, con cientos de familias más, hacinadas, sin intimidad y malviviendo de la ayuda familiar que, en el mejor de los casos, les llegaba con cuentagotas. Es el diario de una niña sensible que tiene que hacer frente a una vida dura y que lo hace observando a su familia, a su madre y padre, a su abuela, que tenía un carácter tan profundo que se hizo líder del silo, de su hermana, de sus tíos y tías. Alegrías y tragedias contadas con una sensibilidad extrema. Es inevitable hacer paralelismo con los miles de refugiados que se encuentran hoy dispersos en Europa y todo el mundo.

Porque ese es el gran valor de este libro, la sensibilidad y sutileza con que está escrito. Una redacción que mezcla si desordenarlos, pasado y futuro, que en medio de la aspereza hace surgir el color de un ocaso o la suavidad de un vestido. Uno de esos libros que lees y disfrutas con la forma en que está escrito, más que con la historia. Pero sobre todo, un libro en el que el amor es como el sonido de fondo de un riachuelo que avanza sin descanso en el tiempo. Un pequeño tesoro.

Verde agua es un libro para quien es capaz de descubrir la sensibilidad hasta en medio del barro, para quien tiene pequeños recuerdos de su infancia, para quien disfruta de la buena escritura, para quien escribe su propio diario y para quien quiera descubrir un pedazo de historia de Europa poco conocida por estos lares. Un libro para leer y de vez en cuando releer en algunos de sus capítulos.

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sueños con música

Image by Thong Vo

Un cine en las afueras. La primera escena con una bella coreografía que recuerda al West Side Story, quizás a Grease. Optimismo en medio de un atasco. Mi primo, a mi lado, emocionado y medio bailando con los hombros. Mi tía casi aplaudiendo y yo con una sonrisa contagiada por la música. Una historia de amor, si, pero sobre todo un mensaje de que los sueños, si se trabajan, son posibles. Aunque eso signifique que la historia no sea completa. Es lo mismo. La vida no es una película de amor perfecta y los sueños, por mucho que se logren, no siempre se hacen realidad tal y como los habíamos pensado. Una ciudad con estrellas, como todas las que conozco. Solo hay que ver esas estrellas que tenemos cubriéndonos la cabeza. Miramos, pero no vemos, porque la mayoría de las veces no creemos en los sueños. Termina el musical y nuestras caras sonríen entre nosotros. Salimos bailando del cine, aprovechando que nos hemos quedado los últimos. Sobre nuestra ciudad han vuelto a salir las estrellas. Están ahí, solo es cuestión de verlas. La La Land.

Ciudad de las estrellas

¿Estás brillando sólo para mí?

Ciudad de las estrellas

Nunca has brillado con tanta fuerza

¡oh si! ¡Aleluya!

Aquel poeta canadiense que llevaba 15 años escribiendo poemas como Lorca, una de sus referencias, y novelas de descubrimiento personal, decidió en 1967 empezar a cantar sus letras, sus escritos y dar vía libre, mediante la música, a la sensibilidad plasmada en papel. El poeta se hizo músico y con su voz profunda recorrió el mundo con un compromiso político solidario y de izquierdas. En 1984 publicó su octavo trabajo discográfico, Various Positions, cuya canción número cinco fue y sigue siendo capaz de trasladar el júbilo del amor, aunque este sea, en ocasiones, doloroso. Releyendo las letras y escuchando la música de Leonard Cohen, solo puedo cantar ¡Aleluya!

El amor no es una marcha de victoria, es un frío y roto aleluya
El amor no es una marcha de victoria, es un frío y roto aleluya

Pues no, la de hoy no es una música del repertorio medieval, renacentista o barroco, pero es una de las canciones que más versiones tiene de los últimos años (algunas excepcionales y otras, como podréis comprobar, del montón, pues parece que aquí cualquiera cree que puede ponerse delante del micrófono y cantarla). Contaba Cohen que la canción Hallelujah la compuso en el suelo de la habitación de un hotel, en calzoncillos y golpeándose la cabeza contra el suelo. Pues bendita autolesión, porque le salió una canción extraordinaria. La letra la escribió con referencias a pasajes bíblicos y a historias de Sansón, el Libro de los Jueces, el rey David y compañía. Las historias de esta gente están plagadas de relaciones sentimentales y sexuales que les creaban, pobrecitos, tremendos sentimientos de culpa, remordimiento, etc. No es un Aleluya triunfalista, de esos que se cantan tras las victorias, resurrecciones o en coronaciones de reyes y reinas. Este Aleluya es el de una persona que siente que ha hecho mal, que ha amado lo que no se podía amar (¿existe eso?) y que aún y todo se reconoce débil ante ese sentimiento. Es un Aleluya de alguien que acepta su limitación y lo que ha hecho y en su interior lo celebra. Incluso el Aleluya de quien tuvo un amor y ya lo perdió. Jeff Burkley, el intérprete que, seguramente, hizo la mejor versión de esta canción, dijo de ella que era el Aleluya del orgasmo. Y creo que no le faltaba razón.

Según las versiones, esta melodía puede sonar triste, recogida, pasional, fúnebre o como homenaje. Ya he dicho que hay muchas versiones de la canción, hasta 300, algunas de ellas muy sin más. Pero otras son extraordinarias. Tras la de Cohen vino la de John Cale en 1991, con piano añadido y con otra letra diferente a la original (eso teniendo en cuenta que Cohen hizo hasta 80 versiones de la letra, que para eso era poeta). En 1994 llegó la que es la versión más conocida, la de Jeff Buckley. Si la versión de Cohen es casi susurrada, la de Buckley es humana, llena de dolor y belleza, cantada desde un interior doloroso. La interpretación es exquisita, perfecta, si es que existe la perfección. En 1996 El cantaor flamenco Enrique Morente grabó la canción en su disco Omega, junto a Lagartija Nick. En 1997, el compositor y cantante Rufus Wainwright la grabó como homenaje a Buckley que había fallecido en mayo ahogado en un río de Menphis. Esta interpretación se hizo bastante famosa gracias a su aparición en la película de dibujos animados Shrek. En 2008 Alexandra Burke, ganadora de uno de esos programas que descubre cada dos meses al que se supone va a ser el artista del siglo, grabó una versión con coro y en plan rollo gospel que tiene su aquel. Hace unos meses ha aparecido una de las versiones más exquisitas para mi gusto. Es una versión instrumental para violonchelo y cuerda y está interpretada por un chaval que está llamado a ser uno de los grandes violonchelistas del siglo XXI, Sheku Kanneh-Mason, miembro de una familia de músicos que ni los Trap. Este moreno que toca con una pasión infinita, ya lo vais a ver en el vídeo, ganó la última edición de la Young Musician de la BBC que, no creamos que es otro de esos concursos televisivos, es un certamen para jóvenes músicos clásicos con el objetivo de ayudarles en su carrera y estudios. Ha firmado ya un contrato con una de las grandes discográficas de música clásica, Decca. Estaremos atentos a él. Del resto de versiones que podréis escuchar en la lista de Spotify hay algunas buenas y otras menos, porque para gustos los colores y para gusto el que tienen algunos y otros menos. Está claro. Os dejo con el vídeo del joven vilonchelista y la lista de Spotify.

Besos, gozar, amar y aunque creáis que, por lo que sea, habéis actuado mal, aunque sea dentro cantad un Aleluya y que os quiten los “bailao”.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/3fWNufouXJIN988gUAogZI&theme=white

conmovedor lamento

Una epopeya latina del siglo I antes de nuestra Era, encargada por el primer emperador de Roma, Troya destruida, una reina cartaginense, un refugiado troyano que naufraga, como tantos naufragan hoy ante nuestros ojos en las mismas aguas, amor, celos, engaño y despecho y finalmente una de las arias más conmovedoras de toda la historia de la música, donde la protagonista, lamenta su final antes de quitarse la vida. Os cuento.

Un héroe que se va, una reina que se queda y un lamento para morirse

Henry Purcell es, sin duda, uno de los mayores compositores ingleses de todos los tiempos. Yo diría que el mejor, pero como siempre me dicen que soy muy categórico, pues no lo digo. Pero lo diría. Este señor de abundante cabellera que seguro sería una carísima peluca, nació en Westminster, que por cierto, por mucho que esté en el centro de Londres, todavía hoy, mantiene categoría de ciudad. Lo que comúnmente llamamos Londres es, en realidad, un condado llamado el Gran Londres y que tiene 32 municipios, uno, el más céntrico, La City y otro, el más famoso, Westminster. Pues nada, que después de este repaso a la administración londinense, para mi realmente curioso, continúo con la vida de Purcell. El caso es que el músico, nacido en el 10 de septiembre de 1659, formaba parte de una familia bien situada, con su padre y tío caballeros de la Capilla Real, con unos buenos profesores desde chiquito y con una educación poco común en aquella época. Sea como fuere, con 17 añitos fue nombrado ayudante de organista de la Abadía de Westminster, esa imponente iglesia donde las reinas y reyes ingleses son coronados, casados, se celebran sus funerales y, hasta finales del XVIII, eran enterrados. Desde entonces el ayudante se dedicó a componer músicas, odas e himnos para la Capilla Real y alguna que otra obra menor para los escenarios. En 1683, un año después de casarse con Frances Purcell, fue nombrado organista de Westminster y estuvo seis años, seis, dedicado a componer obras de carácter religioso, hasta que, en 1689, compuso la que seguramente es su obra más famosa, la ópera Dido y Eneas, Dido and Aeneas Z 626, en el original.

Esta ópera en tres actos está basada en el libro IV de la Eneida, de Virgilio y encargada por el mismísimo Augusto, y en obras anteriores de quien fue autor del libreto de la misma, Nahum Tate. Se trata de la única ópera, propiamente dicha, de Purcell, ya que otras obras para los escenarios eran semióperas, es decir, obras habladas con partes cantadas y musicalizadas. Fue estrenada en la primavera de ese 1689 en que María Estuardo, hija de Jacobo II, fue coronada reina de Inglaterra como María II, tras la huída de su padre. Para posibles confusiones advierto que esta María Estuardo no es la famosa reina de Escocia que fue sentenciada a morir decapitada por su prima Isabel I. Junto a esta María, ascendió al trono Guillermo, príncipe de Orange, de la casa de los Orange-Nassau. Introdujo, por tanto, la ascendencia alemana en la casa real reinante de Inglaterra hasta nuestros días, por mucho que los actuales se hubiesen cambiado el nombre de Sajonia-Coburgo-Gotha a Windsor. Total, todos primos. Que me enrollo. El caso es que fue estrenada, ese año, en la escuela para muchachas del señor Josias Priest.

Debido a que no hay ninguna partitura manuscrita y la primera fuente es un libreto y una partitura copiada más de setenta años después, se puede asegurar que el final de la primera parte y las danzas que, a buen seguro, animarían los entreactos. La ópera tiene coros y danzas, como se estilaba en aquella época en la corte del cristianísimo rey de Francia y canciones populares, como la de los marineros del comienzo del primer acto (Come away, fellow sailors). Destacan, así mismo, el coro final (With drooping wings), de una profundidad impresionante o la chacona para guitarra del acto II, una delicia que nos da idea de cómo serían varias danzas que en el libreto, sin partitura, aparecen como ejecutadas con la guitarra y que, desgraciadamente, se perdieron. Sea como fuere, la más impresionante de las arias de esta ópera y de la música en general, y a la que va dedicada esta entrada es, sin duda, el lamento final de Dido antes de morir, el llamado Dido’s LamentWhen I am laid in earth.

“Recuérdame, pero ¡ay! olvida mi destino”;

Vamos a ver. Básicamente la historia cuenta la llegada de Eneas, un héroe exiliado de Troya, que acaba de ser destruida y que busca refugio en Cartago, donde reina Dido. Y el caso es que se enamoran perdidamente, cosa que no gusta a los dioses, quienes, envidiosos, mandan a unas brujas a engañar al troyano. Le hacen creer que si vuelve a Troya podrá reconstruirla, compromiso que no puede eludir ya que su misión es refundar la ciudad destruida. Pero resulta que el pobre Eneas no quiere creérselo, pero al final cae en la trampa y decide que tiene que ir, aunque eso signifique que su relación con Dido tenga que terminar. Ella sabe que sin Eneas no va a poder vivir (joder qué trágica la tía) y a pesar de todo, le deja ir. Eneas, en un último momento, para darle más dramatismo al asunto, se arrepiente y decide quedarse, pero Dido, que es muy suya, le dice que de eso nada, que ella de segundo plato no, y que se vaya. Y se va, claro. Y entonces la desdichada reina, antes de quitarse la vida (echándose a una pira, ni más ni menos, la muy loca) canta el famosísimo lamento, que, como he dicho, es una de las arias más impresionantes de toda la historia de la música.

El canto fúnebre y de despedida, viene precedido por un recitativo que se encarga de ponernos en situación. Y en el comienzo del aria, justo antes de que Dido comience a cantar escucharéis una introducción mediante cuerda que observaréis va en descenso. Esta música se reproduce hasta 9 veces como ostinato, es decir, como acompañamiento continuo durante todo el aria, un acompañamiento que a veces retarda, fórmula empleada por Purcell para crear lamento y dolor. Después, con Dido ya muerta, suena un coro de una belleza y tristeza tal, que calma el espíritu dolorido. Os dejo una actuación sublime, en este caso por Malena Ernman, que consigue, con su interpretación y actuación, trasladarnos toda esa tristeza y desesperanza de la reina Dido tras la partida de Eneas. Recitativo, aria y coro. A ver qué os parece.

When I am laid in earth / Cuando repose en tierra,

May my wrongs create / que mis errores

no trouble in thy breast; / no causen aflicciones en tu pecho;

remember me, but / recuérdame, pero

ah! forget my fate. / ¡ay!, olvida mi destino.

El lamento tiene múltiples grabaciones, bien sean parte de toda la ópera, o como parte de un trabajo recopilatorio. Yo os recomiendo escucharla en el marco de la ópera completa. Escuchadla una vez entera, veréis que maravilla y la segunda, si podéis, seguidla con el libreto delante, que podéis encontrarlo en Internet convenientemente traducido. Después de esa escucha, cada vez que escuchéis la ópera completa o el aria suelta, disfrutaréis mucho más. Yo, hace muchos años, tuve la suerte de ver esta ópera en directo, con un concepto extraordinario que, desgraciadamente, no he vuelto a ver en Iruñea. David Guindano dirigió a un nutrido conjunto de cantantes, coro y músicos que interpretaron la ópera en el patio del INAP, como si fuese un teatro inglés del XVII. A la entrada y en el interior malabaristas y saltimbanquis, espectáculos de fuego, música popular, danzas y en el transcurso de la ópera unas interpretaciones deslumbrantes para la juventud de los intérpretes, algunas de ellas, por cierto, en los comienzos de su exitosa carrera musical. Entre otras, pudimos ver y escuchar a unas jovencísimas Raquel Andueza y Maite Beaumont. Entre las versiones de la ópera completa me quedo con tres. La primera es una grabación con unos años, con la Academy of Ancient Music and Chorus, dirigidos por Christopher Hogwood y con una, a mi modo de ver, insuperable Catherine Bott en el papel de Dido, quien interpreta el lamento de una forma absolutamente dramática. La segunda es de 1995, con William Christie dirigiendo a Les Arts Florissants y Véronique Gens en el papel de reina cartaginense. Me gusta porque me gusta todo lo de William Christie básicamente. Y la tercera es del Armonico Consort dirigidos por Christopher Monks, con una Rachael Lloyd en estado de gracia en esta interpretación, una versión, de 2015, quizá, demasiado adornada.

Entre las versiones sueltas del lamento voy a nombrar unas cuantas, pero la verdad es que hay para dar y regalar. Raquel Andueza con Christina Pluhar y L’Arpegiatta, Malena Ernman, Pumeza Matshikiza, Joyce Didonato o el contratenor Andreas Scholl. Y después, resulta que este aria ofrece muchas posibilidades de interpretación, con otro estilo que no es el original, o con instrumentos. Yo soy de los que puedo disfrutar igualmente con estas versiones, porque es lo grande de la música, aunque me siga quedando con el original. Entre estas tenemos a Simone Dinnerstein y Tift Merritt, Alison Moyet, Kronthaler, The Swingler Singers y The Modern Jazz Quartet, Richard Thompson, Anneke van Giersbergen y Árstídir, Nevermind Catherine o PianoBasso. Y son solo algunas.

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Y por fin, la lista de Spotify. Disfrutadla.

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