lo que dio de sí

Han pasado semanas desde que escapásemos, sin mirar atrás, de esa Iruñea recién despedida de los Sanfermines, de esa ciudad cuya rapidez en la vuelta a la normalidad sorprende a cualquiera que haya estado, aunque sea unas horas, disfrutando de las fiestas. Ese 15 de julio, con quienes se negaban a terminar la juerga vestidos de blanco por las calles, con las máquinas limpiadoras trabajando a destajo y los jardineros recuperando el esplendor de parques y jardines, salimos en tren dirección Barcelona, para, desde allí, tomar un vuelo hacia Italia.

Al caer la tarde tomamos tierra en Fiumiccino y aunque esta vez el destino del viaje no era Roma, aprovechamos las escasas horas en la ciudad eterna para pasear por el adoquinado romano y para dar cuenta de unas pizzas en una pizzería familiar de una calleja cercana a Navona. Bebimos el agua fresca de las fuentes romanas, paseamos hasta el Panteón y a la mañana siguiente fuimos de los primeros en entrar en una basílica de San Pedro que ha endurecido las medidas de seguridad para acceder al interior. La magnificencia del templo nos engulló, vimos a lo lejos la Piedad de Miguel Ángel y paseamos rodeados de mármoles, dorados, inmensas esculturas de papas muertos y una sensación de estar más en un mercado que en un recinto sagrado.

A media mañana cogimos el tren en Termini, la gran estación romana, para llegar a Nápoles y darnos cuenta que la ciudad a la sombra del Vesubio es otra cosa. Coches y motos campan a sus anchas sin un orden visible para nosotros pero, evidentemente, existente. Entre sus calles creímos estar en Tánger o El Cairo, llenas de puestos ambulantes y manteros en las aceras y en el malecón compartimos la tarde con todas esas familias con helado, chavales morenos y flacos en bici, camareros que gritan las bondades de su terraza y un Vesubio omnipresente cuya ladera llevaba quemándose varios días. Una terraza en el puerto, un gin tonic caro y mal puesto y unas chufas y a cenar. Acabamos el día, agotados, en la terraza del hotel, entre los luminosos gigantes del establecimiento, recostados en unas tumbonas y con unas botellas de cerveza mientras abajo, en la gran plaza, un tipo con órgano canta para todo Nápoles desde la terraza de un bar.

Y al día siguiente partimos hacia Sorrento, esa pequeña ciudad de la costa amalfitana al borde de acantilados. Mientras sorteamos turistas ingleses descubrimos una vinacoteca de la que nos hicimos clientes asíduos, degustamos los vinos biancos de Italia, nos reconciliamos con tierra y mar a través de la gastronomía, leímos novelas en tumbonas a la sombra de una sombrilla, subimos cuestas llenas de altares y vírgenes, vimos atardeceres de película, surcamos el Mediterráneo en un pequeño barquito, visitando cuevas de la costa, bañándonos en ese Mare Nostrum tranquilo y dejándonos mojar por la espuma de las olas que golpeaban la proa, paseamos entre casas blancas hasta subir a un mirador en Capri donde bebimos unas cervezas carísimas, nos protegimos del calor de la tarde en las iglesias barrocas, llenas de frescos imposibles y santos con velas, comimos helado mientras las gaviotas casi nos rozaban con sus alas, volvimos al pasado entre las calles de Pompeya, viajamos en trenes viejos y sucios con el encanto de una película de Fellini, cenamos en la terraza de casa absortos en el cielo estrellado y soñamos con la brisa que recorre el viejo pueblo, el de abajo, cuando el resto nos retiramos a dormir.

Y terminó el viaje, porque todo lo que comienza termina, y llegó Zarautz, con la familia, con mi sobrino descubriendo el Cantábrico, ese Cantábrico siempre fiero y peligroso, aún cuando parece tranquilo. Txakoli, pintxos, Getaria siempre en el horizonte, fiestas con las primas y primos, y tías y tíos, unos cuantos kilos de más y un pueblo y una felicidad que, como todos los años, me recarga las pilas para unos cuantos meses.

El verano no ha concluido, ni mucho menos. Quedan días de lectura en los parques, tés helados viendo pasar la gente, euskal jaia en Zarautz y días de dormir con la ventana abierta, por lo menos hasta que llegue San Fermín Txikito. Pero ya estamos a dieta, ya hemos comenzado el curso, con más ganas que nunca, es momento de terminar planificaciones, de retomar ese día a día que seguirá haciendo de Iruñea una ciudad cada vez mejor para quienes vivimos en ella. Aquí estamos. El verano quedará atrás, pero su recuerdo nos impulsará durante varios meses.

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una viola celta

Para comenzar 2017, os presento un álbum completo, un disco con música que une mi afición al repertorio antiguo y mi gusto por la música celta. Con este trabajo descubrí que la música celta (más allá del origen concreto de la misma) en gran parte se compone de melodías, canciones y partituras que se interpretan de igual o parecida manera desde hace siglos. Si el renacimiento de la música irlandesa, por poner un ejemplo, comenzó a mediados del siglo XX, en Euskal Herria, tras el renacimiento de la década de los 60, estamos empezando a ver, poco a poco, el redescubrimiento de esas otras músicas que sonaban por nuestras tierras hace siglos y que, en parte, se han perpetuado de una u otra manera en el folklore actual. Pero eso es otra historia de la que hablaré en otro momento. Volvamos a esta música celta de aires antiguos.

Después de escuchar esta música, vais a querer dar una vuelta por allí...
Después de escuchar esta música, vais a querer dar una vuelta por allí…

En el año 2009 el gran Jordi Savall nos sorprendió con un trabajo dedicado a un repertorio al que, hasta entonces, no se había acercado. Este es el repertorio tradicional de la viola en Irlanda y Escocia. Un disco que maravilló muy gratamente a todo el mundo, hasta el punto de ser reconocido como el mejor artista de música clásica del año 2009 en los Premios de la Música que concede la Academia de las Artes y las Ciencias de la Música. Un premio totalmente merecido. Son ya muchos los premios que el catalán ha recibido en su dilatada carrera, galardones que reconocen su extraordinario trabajo, generalmente realizado sin ayuda de ningún tipo. Es el triste destino de la Cultura, en general, en los últimos tiempos.

En The Celtic Viol, Jordi Savall se adentra en un espacio musical que tradicionalmente se ha transmitido por vía oral, de familia a familia, de músico a músico, resultado de una feliz supervivencia. Y cuando hablamos de supervivencia, lo hacemos en toda su amplitud. En la música occidental son muy pocos los repertorios que han sobrevivido ejecutándose en la actualidad gracias a una transmisión oral. Por eso, que en este mundo loco globalizador una música pueda pervivir de esta manera es un hecho extraordinario y feliz. La fascinación que Jordi Savall tiene por ese repertorio, lo llevó a la Biblioteca de Manchester, donde descubrió un manuscrito con melodías tradicionales para viola. El documento contenía muchas canciones tradicionales para instrumentos de cuerda y una pieza para gaita. Tras estudiarlas, se dio cuenta de la conexión existente entre la viola y las tradiciones musicales celtas, especialmente a partir de la existencia de un bordón, tal como ocurre en las gaitas escocesas. De una colección de 10.000 melodías escocesas e irlandesas (tenemos música para rato), el maestro eligió veintinueve. Su propuesta no pretende emular a los músicos tradicionales, sino que ofrece la visión de un músico que basa su pensamiento en criterios históricos y en la experiencia como gran improvisador de música barroca y renacentista. Savall ha apostado por el poder, la emoción y las cualidades expresivas de una música que no necesita acompañamientos. El libreto que acompaña el disco está traducido al francés, inglés, alemán, castellano, catalán, italiano, gaélico irlandés y gaélico escocés, en una muestra de respeto hacia sus públicos. Algo que la caverna mediática no suele perdonarle, ejemplo del nivel de voceros y meapilas de pandereta.

Esta pareja tampoco pudo resistirse al poder de la viola celta
Esta pareja tampoco pudo resistirse al poder de la viola celta

Para este trabajo, dentro de la investigación rigurosa de Savall, empleó tres violas diversas, con diferentes afinaciones. Una antigua, del siglo XVII, para las composiciones más pretéritas, otra de cinco cuerdas de 1730 y otra de seis, de 1750, ambas construidas por Nicholas Chappury. Para en este trabajo Savall contó con la colaboración del arpista y especialista en música clásica Andrew Lawrence-King, fundador y director del The Harp Consort.

Haciendo un repaso al repertorio que se nos presenta, aunque todo el trabajo es digno de escuchar mil y una vez, voy a reseñar unas cuantas, las que, para mí, tienen una fuerza que me lleva a sentirlas en toda su plenitud.

  • The Musical Priest/Scotch Mary. Dos reels, que es un tipo de danza rápida, que fueron popularizados en Estados Unidos por la diáspora que llegaba desde Europa. Evidentemente el ritmo que utiliza Savall con la viola celta es sensiblemente menor que cuando estas piezas se ejecutan con violín o gaita. La segunda pieza hace referencia, como muchas melodías escocesas, a la reina María Estuardo de Escocia.
  • La segunda melodía es Caledonia’s Wail for Niel Gow, compuesta supuestamente por el violinista, coleccionista, compositor y editor Simon Fraser. El título hace referencia a una de las formas latinas de denominar a Escocia (Caledonia) y al más destacado miembro de una familia de venerados violinistas escoceses, Niel Gow.
  • Tom Brigg’s – Jig. Esta giga, tipo de danza que hizo furor en las cortes europeas en el Barroco y que terminó aposentándose en las islas británicas, está dedicada a Thomas F. Briggs quien a mediados del siglo XIX recorrió diferentes ciudades norteamericanas tocando su banjo junto a Dan Emmett y su grupo Virginia Minstrels. El primer manual de este instrumento, por cierto, publicado en 1855, lleva su nombre.
  • Sackow’s Jig. Esta es una de las melodías que más me gustan de todo el disco, hasta tal punto que fue la melodía de mi móvil durante un par de años. Otra giga popularizada en los Estados Unidos, en este caso por el músico irlandés Patrolman Franck Quinn.
  • Hard is my Fate. Otra maravilla, con una melodía más lenta, emotiva, que hace referencia al lamento del príncipe Carlos de Estuardo en su huída tras la derrota en la batalla de Culloden de 1746.
  • MacPherson’s Lament & Variations. Esta pieza me produce escalofríos al pensar en cómo fue compuesta. Parece ser que un tal James MacPherson en la víspera de su ejecución, en 1700, compuso este lamento que tocó instantes antes de su ahorcamiento. La historia es basntante verídica ya que hay constancia de un ahorcamiento a un tal MacPherson, en Banff, al noreste de Escocia, en 1700, algo que era bastante común en aquellos tiempos (los ahorcamientos y que los músicos ahorcados tocasen alguna pieza antes de morir… ya ves qué ganas).
  • Twas within a furlong of Edinburgh Town. Esta melodía, preciosa, tiene su gracia, ya que es una adaptación de una falsa melodía escocesa compuesta por el músico inglés Henry Purcell en 1694. Fue adaptada por Charles McLean.
  • Carolan’s Farewell. Un auténtico hit de la música tradicional irlandesa, considerada la última composición del harpista ciego Turlough Carolan, cuya música no ha dejado de interpretarse jamás y que en las últimas décadas ha sido ampliamente divulgada por el grupo irlandés The Chieftains.

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En estas músicas hay melodías ensoñadoras, melancólicas y quejosas y también las hay portadoras de vida y felicidad, verdaderamente vitales y todas ellas conservan de forma íntegra todo su formidable poder expresivo y poético. Mientras haya músicos que las hagan revivir seguirán siendo un testimonio precioso de su indispensable función de identidad y cohesión social, política y cultural, que constituye también un mensaje universal de armonía y belleza.

Os dejo la lista del Spotify con el disco señalado. Una delicia para los oídos y una música bellísima interpretada magistralmente. De nuevo un 10 para Jordi Savall.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/5mhMPKvoXfT1SJ0U1TtAM6&theme=white

euskal barroko para una tarde de domingo

Como más de uno sabe soy un ferviente aficionado de la música clásica en general y la antigua en particular. El Medievo, Renacimiento y Barroco son las épocas de la música en las que encuentro más emoción y mi espíritu más se conmueve. Dentro de estas músicas me gusta esa corriente que vuelve al origen y que de una u otra manera me hace ver que la música en estado puro no entiende de fronteras siendo ella misma el lenguaje universal. Si en la segunda mitad del siglo XX hubo emprendedores que iniciaron la búsqueda de la interpretación historicista (gracias Leonhardt, Harnoncourt y Gardiner), avanzado ese siglo y de lleno en el XXI otros intérpretes decidieron buscar el sonido primigenio y puro de aquellas músicas que, en gran parte, fueron interpretadas por el pueblo. Jordi Savall, José Miguel Moreno o Christina Pluhar son buenos ejemplos de esa interpretación que, libre de ataduras, ahonda en los sonidos originales, frescos y originales. Son interpretaciones que rompen, en gran medida, con el concepto histórico de música clásica y nuevos y variados grupos está surgiendo por todo el mundo, desde la Vieja Europa a cualquiera de las Américas.

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En Iruñea hay gente que lleva intentando hacer eso durante muchos años, aunando cultura popular con música y repertorios clásicos. Una de las mejores experiencias que he tenido fue asistir a una representación de la ópera de Purcell, Dido y Eneas, dirigida por el director y músico David Guindano. David, buen amigo y preocupado por la cultura y la música en nuestra tierra, logró entonces transportarme a un teatro londinense de finales del XVII, cuando en el patio de la antigua Escuela de Empresariales, hoy INAP, creo un espectáculo de danza, teatro y música logrando convertir a los espectadores en las gentes que inundaban los teatros a orillas del Támesis. Con los años ha seguido investigando, creando e interpretando música de todos los colores, de la que, sin duda, es uno de los más grandes enamorados. Estad atentos y atentas a cualquier cosa que haga.

En estas estaba, esta tarde, escuchando música interpretada por el maravilloso Jordi Savall cuando me he topado de bruces con un disco, editado por su sello Alia Vox, titulado Euskel Antiqva, interpretado por el grupo Euskal Barrokensemble, dirigido por el músico bilbaíno Enrike Solinis. Este grupo fue creado en 2006 y está formado por músicos de diferntes lugares que unen la música antigua, clásica y popular en interpretaciones frescas, a veces incluso con espacio para la improvisación, pero ejecutadas con una profesionalidad y creatividad increíbles. A veces la intimidad a la que llegan son capaces de dejarte sumido en el estupor placentero por un descubrimiento de algo nuevo.

Dicen que prefirieron utilizar “Euskel” a diferencia del convencional “Euskal” ya que el hecho de aparecer de esa manera en el manuscrito del siglo XVI de Lazarraga, les invitó a pensar en cierta medida, cómo las palabras varían a lo largo del tiempo y a pesar de ello el fondo al que refieren, en este caso al pueblo que tiene una lengua común sobre la que se vertebra un mundo socio cultural particular, sigue siendo siempre el mismo. Esta nueva ventana al mundo de la cultura que se hace llamar música antigua recoge las músicas y literaturas de otras épocas, dejando entrever muchas veces cómo el estrato culto y el popular convivieron en gran medida y evidenciando, eso sí, que la música llamada antigua es hija natural de la música popular. La amplitud y variedad del cancionero vasco, y de las expresiones artísticas como la literatura, la danza, la pintura o el bertsolarismo, además cómo no de la propia música culta, choca de frente con su escasa presencia en determinados círculos artísticos a los que merecería pertenecer.

Dicen que somos un pueblo de singularidades evidentes como el de poseer uno de los idiomas más inclasificables y antiguos del mundo, unos instrumentos musicales tan semejantes y diferentes a la vez a los de los pueblos que lo rodean, y que desarrolló su arte desde un principio en la misma medida que los vecinos que lo rodeaban, esa es la imagen que queremos trasladar de nuestra cultura. Un arte vasco vinculado a las corrientes europeas en boga en otros tiempos, muchas veces adelantada a su tiempo y muchas otras adormecida en su propio y natural ostracismo. Una cultura que en el Renacimiento todavía vivía sin digerir un cristianismo de última hora que chocaba de frente con su modus vivendi y sus creencias ancestrales.

Vivir en la cultura vasca supone disfrutar de la maravilla del arte vasco, disfrutar de todas sus aristas y recovecos y saber además caminar por el mundo disfrutando y aprendiendo de otras culturas, mezclándonos con ellas.

Si podéis, disfrutad de este disco, merece la pena. Una auténtica gozada por todos los sentidos. Yo espero escucharlos algún día en Iruñea. Tendré que hablar con una amiga mía, a ver si se puede hacer realidad.