taller de caligrafía

Dos plumillas, una alargada y flexible y otra más chata y rígida, un pequeño frasco lleno de nogalina, un palo en forma de bolígrafo para poner la plumilla que se llama palillero y varias hojas de papel con guías para empezar a escribir. Letra inglesa, de esa tan chula que vemos en cartas antiguas, de esa que tiene el arte escondido en cada una de las letras, de esa que se escribe casi en estado de meditación, sin prisa, disfrutando del momento y sobre todo siendo consciente de ello. Siete mujeres, ocho contando a la profesora, y yo. El día en que los hombres empecemos a restar espacio a lo racional y material y dejemos sitio, aunque sea un poco, al campo de los sentimientos, de la belleza y de la espiritualidad, este mundo empezará a cambiar, sin duda. Me lanzo al papel y los primeros trazos llenos de miedo, inseguros y sin gracia, me asustan. El propio hecho de meter la plumilla en el tintero, lo hago con aprensión. Poco a poco voy soltándome, buscando mi postura. Corres mucho, me dice Silvia, la profesora. No estamos acostumbrados a hacer las cosas despacio. En esta sociedad de la inmediatez la lentitud es algo a evitar, no creemos que aporte nada. Por eso comemos deprisa, vamos en coches hiper veloces, tenemos la agenda repleta, cualquiera, desde niños a mayores, mujeres y hombres. No hay tiempo que perder, por eso hacemos varias cosas a la vez y si no podemos hacerlo, lo programamos para hacerlo inmediatamente. Sigo con la práctica. El trazo que asciende es fino, casi sin tocar el papel, delicado. La curva, en este comienzo, es diversa, unas veces más ancha, otras más estrecha, en ocasiones puntiaguda y en otras más plana. El descenso es el que marca el carácter de la letra, más ancho, sin exagerarlo, dándole fuerza y dejando de presionar al final del trazo para unirlo con el siguiente fino. Letra a letra. Trazo a trazo. Con borrones, goterones y manchas, sin darte cuenta que la nogalina se acaba en la plumilla y el siguiente trazo lo harás sin poder escribirlo. Y de repente, sin darte cuenta, dejas de escuchar las voces de tus compañeras de taller, y con la lengua fuera, en clara imagen de esfuerzo, te centras en que el óvalo de la letra d sea un óvalo igual al anterior. Es parte del aprendizaje. Por de pronto, estoy aprendiendo a frenar mi vida cada vez que me siento delante de un papel lleno de guías para escribir sobre ellas. Quién me iba a decir a mí que la caligrafía era esto, escribir la vida de manera artística y disfrutando de ello. Pues eso, una gozada.