se acabó lo que se daba

Con este artículo doy por finalizada la serie dedicada al viaje a Londres.

El sábado, después de que mi amiga se fuese a correr como alma que lleva el Diablo, por parques y canales del noreste londinense, y después de dar cuenta del desayuno, cogimos el bus para ir hacia el Tate, el museo de arte contemporáneo. Los buses rojos londinenses, con sus dos pisos, ya muy modernizados, eléctrico el que nos llevó hasta el museo y nosotros como niños en la ventana delnatera del piso superior, descubriendo y observando. Ójala fuésemos niños el resto de nuestros días para tener esa capacidad de asombro. Paseamos por la orilla del Támesis haciendo tiempo para que abriesen el museo, nos quedamos ojipláticos con los rascacielos de acero y cristal con formas curvas y redondeadas. El Tate es un edificio extraordinario, con unos espacios enormes, y solo por eso merece la pena. Como todos los museos de Londres es gratuito. Reconozco que prefiero un museo clásico a uno moderno, porque el arte clásico me llega más, me hace sentir profundamente y el arte es para sentirlo o no es. Pero en el Tate el edificio te hacer sentirla inmensidad y la grandeza. En la terraza, mientras vemos el skyline de Londres, con St. Paul en primera línea y la City a la derecha, nos sentimos voyeurs novatos, sintiendo la tímidez de quien mira sin querer mirar, a través de los grandes ventanales del edificio de enfrente, a las personas que se convierten en actores involuntarios en sus propias casas.

Image by Samuel Zeller

Tras la visita al Tate y a la tienda del museo, porque para mí, las tiendas y cafeterías de los museos son de lo mejor que se puede conocer en una ciudad, paseamos por la rivera del río hasta el nuevo Globe Theatre, a imagen y semejanza de uno que existió en el siglo XVI. La obra de teatro era a las dos de la tarde y la visita guiada está completa, así que decidimos tomar un tentempié en la cafetería. Grandes mesas corridas de madera, una tostada, una cerveza y música isabelina de fondo. Al salir comprobamos que es sábado y que la gente, londinenses y turistas, tiene esa zona como predilecta para pasear un buen día. Callejeamos un poco hasta llegar a Borough Market, un mercado lleno de puestos de delicatesen, que conviven con puestos más normales y bares de todo tipo para poder comer o echar un pote. A pesar de la aglomeración de gente, la mayoría es respetuosa, incluidos los repartidores en moto que tienen que atravesar una marea de personas para llegar al otro lado de la calle. Comemos y bebemos en la calle, viendo pasar la gente, maravillados por la cantidad de culturas que pasan delante de nuestros ojos. Entramos en un bar a tomar una pinta con la que bajar lo comido y sin esperarlo nos encontramos en el típico bar inglés, lleno de hombres que beben pintas como si fuesen chupitos y con la peculiaridad de que todos los camareros eran heavys. Los blancos, los chinos, los indios y los negros. Impresiona bastante, porque yo nunca había visto a un señor de Nueva Delhi con el pelo largo y los pantalones elásticos y unas gafas de sol, sirviendo pìntas mientras menea el pelo al ritmo de la batería. De ahí seguimos paseando en esa tarde de sábado soleada, familiar, viajera y que nada presagiaba lo que horas después iba a suceder. La rivera del Támesis estaba atestada de gente, las terrazas llenas. El puente de las torres hasta arriba y justo cuando llegamos se tuvo que levantar para que pasase alguna embarcación, algo que para toda la gente que nos encontrábamos allí ene se momento se convirtió en un espectáculo.

Paseamos por delante de la Torre de Londres, vimos la Puerta de los Traidores, esa por donde se suponen llegaban en barca los traidores al rey de turno, incluidas algunas reinas que acabarían con sus cabezas rodando en el patio de la prisión. Para cuando llegamos a la puerta de entrada, las visitas habían concluido y la Beefeater de turno se empeñaba en que los turistas no se sentasen en la barandilla del cesped, porque vete a saber, igual en esa barandilla solo puede sentar sus reales Su Majestad la Reina. Así que decidimos entrar en una restaurante con una terraza espectacular con cristaleras en donde nos tomamos una cerveza y un té. Había más camareros por metro cuadrado que gente en la Plaza del Ayuntamiento a las 12 del 6 de julio, todos jóvenes, todos guapos, todos cool, pero lentos y poco profesionales o eso o se habían fumado un cigarro de hierba en la bodega y andaban pa´llá. A pesar de los camareros aprovechamos para descansar una hora tranquilamente, viendo pasar la gente a la sombra de la Torre de Londres y siendo testigos del atardecer sobre los puentes del Támesis. La oscuridad, en todos los sentidos, se acercaba sin compasión y nosotros casi sin enterarnos.

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Image by Montse Monmo

Oxford Street es una de esas calles como tantas otras hay en diferentes ciudades del mundo. Champs Elysees en Paris, Gran Vía en Madrid o Carlos III en Iruñea, me da igual, todas son iguales. Pero todas tienen un poder de atracción que las hace muy interesantes para observar lo qué sucede en ellas durante unos minutos. Nosotros aprovechamos para comprar té, una tetera y poco más, poco originales, lo sé, pero seguro que si viiésemos a Iruñea de viaje acabaríamos comprando garrotitos en Beatriz. De ahí, paseando, llegamos al Soho, un barrio de bares de moda, restaurantes de todo tipo, ambiente gay, si es que Londres necesita una zona específicamente gay, y tiendas de ropa. Nos cruzamos con un indio de grandes barbas y bigotes blancos, con turbante y sentado en un descapotable decorado de flores, literalmente cubierto de flores, el descapotable y el indio. En Londres, en general, y en el Soho, en particular, pocas cosas llaman la atención y muy pocas logran que la gente se sorprenda. El señor indio de barbas consiguió en un momento que todo el mundo riera, sacase sus cámaras y móviles para sacar fotos e incluso que la gente comenzase a sacarse selfies. Nosotros, que somos de pueblo, mezclamos la sorpresa con la timidez y nos dio por pensar el buen papel que podría hacer el señor en los Sanfermines en la salida de las peñas o algo así. Finalmente acabamos cenando en un libanés, en una mesa mirando a la calle, en plan escaparate, algo que no se me ocurriría hacer jamás en Iruñea y conseguimos que el polaco que nos atendió nos invitase a un pastelito lleno de azucar y calorías, dulce como la vida. Al salir comenzó a llover de manera bastante fuerte y justo nos dio tiempo para llegar a la entrada del metro, el tube que se llama allí, en Picadilly Circus, sin echar la vista atrás y sin posibilidad de despedirnos del centro de Londres. Volveremos.

Por la noche llegaron los mensajes de preocupación, las preguntas, el querer conocer si estábamos bien, la incertidumbre del primer momento y la certeza del momento siguiente. La locura, desgraciadamente, una vez más, se desató en este mundo globalizado en donde es igual que estés en Londres, en Bangladesh o en Alepo. El análisis es necesario, la reflexión urgente y la activación social vital.

Por la mañana, después de hacer las maletas, paseamos hasta un pequeño mercado de flores, el Columbia Flower Marker, una delicia para la gente que nos gustan las plantas y las flores. Lástima que no pudiésemos comprar ninguna. Disfruto mucho con la sensibilidad que tienen los ingleses para las flores y parques. En cualquier esquina te encuentras un parque que, por pequeño que sea, está cuidado exquisitamente. Además, lo mejor de los parques de Londres es que son para utilizar. Sin querer, nos encontramos de frente con la calle Navarre, desayunamos un brunch en una panadería-cafetería, unos huevos con salmón y un té de Yorkshire y poco a poco, volvimos a casa a recoger las maletas. Un bus, un tren, los canales, los parques y los campos pasaban velozmente por la ventana del vagón, los italianos volvían a sus casas, los madrileños también y nosotros nos despedimos de London, un London herido, con la esperanza de volver en otra ocasión.