mujeres y poder

No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura.

Mary Beard es una señora que me produce mucha ternura con sus andares y su melena canosa y admiración, sobre todo admiración. Catedrática de Clásicas en el Newnham College de Cambridge, su labor divulgativa en torno al mundo clásico y la cultura greco-romana, hacen de ella una de mis referencias en este ámbito. Sus libros han sido capaces de acercar este mundo, eliminando falsas creencias, a la generalidad de lectoras y lectores, sin necesidad de que quienes leen sus obras sean estudiantes o profesionales. Sus documentales, que se pueden encontrar fácilmente en la red y os animo a verlos, son una ventana audiovisual al conocimiento de esa época de la cultura occidental.

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Además hay otro aspecto de la profesora Beard que me atrae sobremanera. Es una mujer cuyo éxito profesional es en un campo tradicionalmente masculino. Ese éxito ha sido motivo de ataque por una parte de esas sociedad machista y misógina que no puede aguantar que una mujer destaque en el mundo académico y lo haga además de una manera diferente a empleada hasta entonces. El hecho de que la señora Beard haya dedicado parte de su labor académica a investigar el papel de las mujeres en ese mundo clásico, ha servido para intentar menospreciar e incluso ridiculizar ese trabajo diciendo que es algo que puede hacer una mujer, porque los hombres tienen otros aspectos de la cultura clásica que seguir investigando. La pregunta evidente es por qué, hasta ahora, nadie, o muy poca gente, se ha dedicado a tratar la función de las mujeres en esa época, en vez de hablar sólo del papel masculino. En Twitter, debido a este pensamiento misógino, ha recibido insultos e incluso amenazas de muerte. Por eso mi solidaridad para con ella y el resto de mujeres investigadoras en campos tradicionalmente masculinos es inevitable.

La obra que hoy presento es precisamente un manifiesto feminista compuesto de dos conferencias que la doctora Beard ofreció en 2014 y 2017. La primera de ellas diserta sobre La voz pública de las mujeres y la segunda sobre Mujeres y poder. En la primera toma como ejemplos diferentes mujeres, reales o ficticias, de la cultura clásica y su voz pública, toda vez esa voz pública estaba prohibida. Toma también el ejemplo de mujeres más actuales y el modelo de voz que utilizan cuando hablan en público. En la segunda examina los cimientos de la misoginia y reflexiona sobre la relación de las mujeres con el poder y sobre las mujeres poderosas que no se doblegan al patrón masculino. Todo el libro es una fuente para la reflexión y el debate, y la conclusión en forma de epílogo es sencillamente maravillosa. En ella concluye que no es solo que las mujeres tengan más dificultades para triunfar, sino que se las trata con mayor severidad si alguna vez meten la pata. Me gustaría, en el futuro, reflexionar acerca de cómo abordar la reconfiguración de aquellas ideas de “poder” que hoy excluyen a todas las mujeres, salvo a unas pocas, y me gustaría también desmontar el concepto de “liderazgo” (normalmente masculino) que hoy en día se considera la clave de acceso a los organismos de éxito, desde las escuelas y universidades hasta los negocios y el gobierno. Espero ansioso que lo haga y nos demás elementos para la reflexión.

Una obra para cualquier persona que quiera avanzar hacia una sociedad donde las mujeres y hombres seamos considerados por nuestras aptitudes y no por lo que tenemos entre las piernas. Una obra que recomiendo, encarecidamente, a todos los hombres.

libres y cultos

En Semana Santa, días de descanso, lectura y paseos, estuve viendo una serie en Filmin que merece mucho la pena. Life in Squares.

La serie nos cuenta, en tres capítulos de una hora de duración, la historia del llamado Círculo o Grupo de Bloomsbury a través de algunos de sus integrantes más significados. Las hermanas Stephen, conocidas posteriormente como Virginia Woolf, escritora, y Vanessa Bell, pintora, el pintor Duncan Grant, el crítico de arte Clive Bell, el editor Leonard Woolf, Lytton Strachey, escritor o el economista John Maynard Keynes. Otros miembros del grupo que no aparecen en la serie fueron el filósofo Bertrand Russell, el novelista E. M. Forster, la escritora Katherine Mansfield y la pintora Dora Carrington.

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Este grupo intelectual, que tomó el nombre por el barrio de Londres donde se encuentra el Museo Británico y donde vivían la mayor parte de ellos, incluidas las hermanas Stephen en cuya casa se reunían, abogó, a principios del XX, con las costumbres victorianas todavía presentes en Londres e Inglaterra, por un pensamiento libre en la vida y la creación. El grupo tuvo en común un gran desprecio por la religión. Objetores de conciencia en la 1ª Guerra Mundial, defensores de la libertad sexual, promotores de la igualdad de la mujer y el hombre… Se consideraban miembros de una élite intelectual ilustrada, de ideología liberal y humanista. Parte de sus orígenes intelectuales están en el Trinity College, de Cambridge y el King´s College, de Londres, donde estudiaron la mayoría de ellos. El grupo obtuvo una temprana relevancia en los medios cuando en 1910, miembros del círculo llevaron a cabo el Engaño del Dreadnought, una broma en la que se hicieron pasar por representantes de la realeza abisinia para ser recibidos en el acorazado HMS Dreadnought con honores de estado y que, debido a su repercusión en los medios, puso en ridículo a la Royal Navy. En el terreno artístico tuvieron influencias de Paul Gauguin, Vincent Van Gogh y especialmente Paul Cézanne.

La serie, de la BBC, solo con eso es ya un aliciente para verla, está grabada con una exquisitez extraordinaria. El tratamiento de la luz y el color es casi pictórico y de una delicadeza impresionante. Los tres protagonistas principales, Vanessa Bell, Virginia Woolf y Duncan Grant están interpretados en los dos primeros capítulos, los años jóvenes, digamos, por Phoebe Fox, Lydia Leonard y James Norton. En el último capítulo los interpretan Eve Best, Catherine McCormack y Rupert Penry-Jones.

Lo dicho, merece la pena, y mucho, verla. Con la cantidad de bodrio presente en la TV, una serie como esta se convierte en una auténtica joya.


serenidad prohibida

Esta no era la entrada que tenía prevista para hoy, pero como al disco duro de mi ordenador le ha dado por tomarse vacaciones y no estará disponible en unos días (espero que solo sean unos días), ahí va esta serenidad prohibida.

La obra de hoy tiene todos los elementos como para poder hacer una novela con ella. Un niño cantor convertido en compositor, la capilla más conocida del mundo, una obra para cantar dos veces al año, una partitura prohibida, un niño prodigio mundialmente famoso y una serenidad que penetra en todo tu ser desde el primer momento de su escucha. Miserere, de Gregorio Allegri, una obra que dura entre 12 y 14 minutos, según las versiones. ¡Vamos allá!

Sketch de la Sixtina
Sketch de la Sixtina

Nos situamos un momento. El Salmo 51, el conocido como Miserere, es un texto supuestamente escrito por David en el que, tras reconocer el pecado por haberse liado con una señora que estaba casada. Para más inri, la tal Betsabé, que así se llamaba la señora en cuestión, era la esposa de un fiel amigo de David, llamado Urías. El caso es que el rey David, ni corto, ni perezoso, decide deshacerse de su colega y lo manda a la guerra donde, como suele pasar en las guerras, muere. En fin, que después de disfrutarla con Betsabé, le entra un cargo de conciencia de espanto y pide perdón a su Dios con el famoso Miserere mei, Deus (Ten piedad de mí, ¡oh Señor!). La verdad es que desconozco si le perdonó o se sintió perdonado, pero el caso es que Urías siguió muerto, seguramente en un polvoriento páramo de Oriente Medio. Con Betsabé tampoco he podido saber qué ocurrió. Es lo que ocurre con la historia en general, que al final suele quedarse en un relato de la vida de reyes, generales y algún hecho aislado que realiza la gente del Pueblo, normalmente contra un rey o un general.

Pues bien, como con muchos otros textos religiosos, más si estos formaban parte de la liturgia de la Iglesia, como es el caso (este salmo pertenece a Laudes), era normal musicalizarlos, para acompañar, precisamente con música, la ceremonia religiosa. Y es lo que ocurría con el mencionado salmo. A partir de aquí, Miserere, a secas.

David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti
David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti

Y nos trasladamos al Vaticano, a finales del primer tercio del siglo XVII, donde un tal Gregorio Allegri, formaba parte del Coro Papal, llamado posteriormente Coro de la Capilla Sixtina, por cierto, el coro en activo más antiguo del mundo. El señor Allegri había sido niño cantor en diferentes iglesias de Roma y recorrió parte de Italia cantando durante muchos años, hasta que el 6 de diciembre de 1629 ingresó en el coro particular del Papa. Es decir, con 47 años del ala. Para que luego nadie venga diciendo que según a qué edades ya no se pueden empezar a hacer cosas nuevas. Y en estas estamos, cuando, en 1638 compone la obra que le reportaría fama para la eternidad. El Miserere. Una obra que no ha dejado de interpretarse en la susodicha capilla desde entonces, únicamente en dos ocasiones anuales, en los maitines del miércoles y viernes de Semana Santa.

La obra está compuesta para dos coros, uno de cinco voces y el otro de cuatro, que se sitúan enfrentados entre sí, clara influencia de dos compositores anteriores, Palestrina, de la escuela romana y Gabrieli, de la escuela veneciana. Posteriormente el más maravilloso compositor de todos los tiempos, Johann Sebastian Bach, utilizó esta composición de dos coros en la Pasión según San Mateo, BWV 244. La cuestión es que uno de los dos coros canta la melodía original y el otro, a su vez, una versión más elaborada. Es una obra que transmite una serenidad apabullante y que en épocas pretéritas se interpretaba a la luz de trece velas, representando a Jesús y los doce apóstoles, que se iban apagando una a una, conforme transcurría la música, hasta la oscuridad total. Imaginaros, en aquella época, cuya única luz provenía de las velas, qué efecto tan impresionante podía suponer esta escenificación. La Iglesia en esto de escenificar ha sido siempre muy buena. Y de ello se dio cuenta el Papa Urbano VIII, que decidió prohibir su transcripción y ejecución fuera del Vaticano, bajo pena de excomunión. Y punto pelota. Os dejo con un vídeo que no es del Vaticano, ni la versión larga. Se trata de una versión de la que luego hablaré, quizás la más conocida, interpretada, en esta ocasión, por los King’s College Choir, de Cambridge, con una edición extraordinaria en cuanto a luz, escenificación y, desde luego, interpretación.

Pero seguimos con la historia. Sabemos que la obra fue prohibida, tal y como he comentado, no dejando salir la partitura del propio Vaticano y excomulgando a quien osase interpretarla fuera de allí. Pero en esto, también, hay quienes tienen ventaja sobre el resto de los mortales y el rey Leopold I de Austria, solicitó y obtuvo una copia que guardó en la Biblioteca Imperial de Viena. El caso es que se lió una gorda, ya que, cuando la mandó ejecutar en su capilla particular pensaba que había sido engañado. El Papa despidió a su maestro de capilla y este se tuvo que trasladar hasta la capital austríaca para explicar al idiota de Leopold que no había ningún error, que la partitura estaba perfectamente bien. ¿Qué es lo que ocurrió? Pues que partes del Miserere no estaban transcritas a la partitura, si no que pasaban de generación en generación pasados de intérprete a intérprete directamente. Esto se hacía bastante en aquella época y suponía salvaguardar la propia obra.

Y llegamos a la Semana Santa de 1769, al oficio de la madrugada del miércoles de aquel año. Y no encontramos a un padre con su hijo entre los asistentes a la misa papal. Leopold y Wolfgang, los Mozart, padre e hijo, no pierden atención de lo que allí ocurre. Y claro, el niño en cuestión, como era un prodigio, ni corto ni perezoso, memorizó la obra en su cabecita austriaca y al llegar a sus aposentos transcribió los más de doce minutos de música polifónica a la partitura. Como para quedarse ojiplático, ¿no? Para colmo el pequeño compositor volvió el viernes para asegurarse que lo que había transcrito estaba todo en orden. ¿Y qué pasó con la prohibición papal que se había saltado a la torera? Pues es lo que tiene ser un genio. Resulta que al Papa de turno, Clemente XIV, le pareció tan estupendo que un adolescente copiara de memoria el famoso Miserere, que lo llamó a Roma de nuevo, le concedió audiencia y le otorgó la Orden de la Espuela de Oro. Los Mozart siguieron su camino y su viaje por Europa y en Londres se cruzaron con el historiador Charles Burney, a quien dieron una copia de la obra para que la publicara. Y así se dio por finalizado el misterio y secretismo en torno a la obra.

Versiones grabadas hay un buen puñado, aunque solo unas cuantas merecen la pena. Yo me quedo con una, sin duda. La grabada por The Tallis Scholars en 1980, una versión extraordinaria, de las de antología, por mucho que digan algunos que entre los intérpretes hay mujeres (algo inexistente en la época en que se compuso). Disfrutad del vídeo.

Del resto de opciones os recomiendo la del propio Coro de la Capilla Sixtina, con su versión original, con diferencias importantes en cuanto a la versión a la que estamos acostumbrados. La de Voces8, exquisita, aunque quizás algo rápida, la de The Sixteen, impresionante. Aparte tenemos la de A Sei Voci, de las más lentas, pero igualmente deliciosa, con unos ornamentos diferentes. Finalmente tenemos todas las versiones de los coros ingleses, muy aficionados a esta obra.

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Aquí tenéis la lista de Spotify, en la que falta, incomprensiblemente, ya que no se haya en el catálogo de este servicio, la versión de The Tallis Scholars. Espero que la disfrutéis.

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un dulce júbilo

No os asustéis. Os gusten o no estas fechas navideñas, antiguo solsticio de invierno, etc, etc, resulta que a lo largo de la historia han sido la excusa perfecta para componer música, alguna, por cierto, exquisita. La obra que os traigo hoy es una música que ha perdurado en el tiempo, por lo menos, 700 años. ¿Os dais cuenta? 700 años de una música bastante popular que, en algunas partes del mundo, se sigue cantando a día de hoy en estas fechas, de la misma manera que hace siete siglos. O casi. Porque es una melodía que, respetando la base original, ha tenido a lo largo de todo este tiempo diferentes versiones, armonizaciones. Pero no solo la música, si no, también la letra. A mi que una música haya aguantado siete siglos me emociona. Pensar que lo que ahora escucho o tarareo, fue escuchado y tarareado por gentes que creían que el mundo era plano o que el Universo giraba alrededor de la Tierra, me produce escalofríos. Vamos a ello. Hoy hablamos y escuchamos In dulci jubilo.

La primera constancia escrita de la melodía es la del llamado Codex 1305, descubierto en la Biblioteca de la Universidad de Leipzig hacia 1400. En este Códice aparece la melodía por vez primera, aunque se piensa que era una melodía ya utilizada en diferentes partes de Europa antes de 1300. De todos modos, lo que se sabe con certeza es que el texto más antiguo de la obra, donde el alemán y el latín se van alternando, se debe al místico alemán Heinrich Seuse que supuestamente lo escribió alrededor del año 1328. Pues resulta que este señor contaba que un día escucho a unos ángeles cantar esta letra y decidió copiarla en la antigua melodía y tal. Pero bueno, eso es lo que contaba este señor que por lo visto tenía buen rollito con alguna sustancia. Lo que sí se sabe es que este texto fue musicalizado por diferentes autores desde la Edad Media. Así que, o hubo más personas que escucharon a los ángeles cantar o el rollito estaba extendido o el Seuse tenía muchos pájaros en la cabeza. La originalidad de la letra es que mezcla el latín con el alemán, quedando un texto macarrónico. Posteriormente se realizaron traducciones principalmente al inglés y aumentando por ello su popularidad, entre otros, por parte de J.M. Neale. La traducción, también macarrónica, de 1837, mezclando el latín con el inglés (en sustitución del alemán), de Robert Pearsall, que a día de hoy es un pilar del repertorio de Nine Lessons and Carols (Nueve Lecciones y Villancicos de Navidad), oficio en los prolegómenos de la Navidad (final de Adviento) de las diferentes Iglesias Protestantes, es la más extendida.

...
… “y entonces escuché a unos ángeles cantar”…

Sea como fuere, esta bella música ha sido utilizada por diferentes compositores para sus propias composiciones.  Esto seguramente se debe a que, tras su descubrimiento, fue impresa en el Geistliche Lieder, un himnario luterano de 1533 de Joseph Klug. Posteriormente apareció también en el Gesangbuch de 1537 de Michael Vehe. Y ya en 1545, se le añadió otro verso, posiblemente por Martín Lutero. Este verso fue incluído en la obra de Valentin Babst Geistliche Lieder, impresa en Leipzig. Parte de la liturgia luterana estaba y está basada en los corales e himnos cantados por toda la comunidad en la iglesia, así que al incluir la obra en estos himnarios, se extendió rápidamente. Se conoce, también, que la melodía era popular en otros lugares de Europa, y aparece en una versión latina-sueca, de 1582, del libro de canciones finlandés Cantos píos, una colección de canciones e himnos sacros y piezas medievales profanas.

Vamos con las versiones de los diferentes compositores. En 1619, se incluye en la colección de Michael Praetorius titulada Polyhymnia Caduceatrix y Panegyrica. Tres años más tarde, Hieronymus Praetorius, que no tenía parentesco alguno con el muchísimo más conocido Michael, aunque llegaron a conocerse, incluyó In dulci jubilo en su Magnificat quinti toni hasta en dos ocasiones. Dieterich Buxtehude compuso una de sus muchas cantatas, en 1683, en forma de coral para soprano, contralto y contrabajo acompañado por dos violines y bajo continuo, BuxWV 52,  y como un preludio coral para órgano, BuxWV 197, en 1690, utilizando dicha melodía. El maravilloso Johann Sebastian Bach utilizó esta música en varias ocasiones. La coral BWV 368 es básicamente la melodía original para ser cantada por los feligreses, la composición para órgano BWV 608, como un doble canon en su Orgelbüchlein (trabajos para órgano) y las BWV 729 y BWV 751 como preludios corales, aunque esta última, al ser demasiado simple y natural, podría no ser obra de Bach, según los expertos. La BWV 729 es tradicionalmente la primera pieza de órgano al final del Festival Nine Lessons and Carols del Kings College, de Cambridge que realizan los anglicanos a principios de Navidad. Esta obra fue introducida por primera vez en el servicio en 1938 por el organista Douglas Guest. También Franz Liszt incluyó la obra en su suite para piano Weihnachtsbaum en el movimiento titulado Morir Hirten an der Krippe y Norman Dello Joio utiliza el tema como base de sus Variants on a Medieval Tune, para conjunto de viento. Un arreglo polifónico para 8 voces hecho por Robert L. Pearsall y que posteriormente fue arreglado para 4 voces por W. J. Westbrook, es la versión generalmente más interpretada en Gran Bretaña, Irlanda y países anglosajones.

Dos jubilosos muy repeinados
Dos jubilosos muy repeinados

Finalmente esta canción, este villancico, fue versionado por Mike Oldfield en su trabajo On Horseback, de 1975, aunque una primera versión ya había aparecido en su álbum Don Alfonso de ese mismo año. Ha aparecido en diferentes álbumes y recopilatorios del músico inglés. La versión más conocida es la que van incluyendo y apareciendo instrumentos conforme avanza y se repite la melodía. El villancico es conocido en Gran Bretaña e Irlanda con el título de Good Christian Men Rejoice.

Os dejo con el video de la interpretación de esta canción por The Choir of King’s College, de Cambridge, porque a mi este rollo inglés de coros colegiales, con permiso de irlandeses, de los que soy fan a muerte, me mola mucho.

Versiones e interpretaciones de todas estas posibilidades hay muchas. Quizás me quedo con cuatro. Una de Stile Antico, de 2015, de su trabajo A Wondrous Mystery, interpretando el Magnificat de Praetorius (Hieronymus), otra del Choir of King’s College, con la versión armonizada por Pearsall y la obra de órgano de Bach BWV 729, en el álbum que recoge toda la función de Nine Lessons and Carols. Por otro lado la versión al laúd por parte de Rolf Lislevand, en un disco dedicado a la Navidad titulado Jul i gammel tid, porque este instrumento me trae mucha serenidad y finalmente la versión de Mike Oldfield en su álbum Hergest Ridge, porque creo que es menos conocida que su versión de On Horseback.

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Y aquí tenéis una buena lista de Spotify con algunas de las diferentes versiones comentadas. Un abrazo, disfrutad y mi deseo de que paséis unos días felices en compañía de los vuestros. Ojalá estos momentos estén presentes a lo largo de todo el año.

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en equipo, esa es la clave

El mes pasado, kuskuxeando (cotilleando) por el blog de Deborahlibros me encontré con su reseña de un libro que lo ponía bastante bien. Era, en principio, un libro cuya temática no me interesaba, pero según la librera-bloguera estaba escrito de tal manera que te atrapaba la fantástica historia que contaba y sobre todo te impregnaba con el esfuerzo y la gesta que protagonizó el equipo estadounidense de remo en las Olimpiadas de 1936, aquellas que el régimen nazi organizó para vender su visión del mundo convenientemente edulcorado.

El caso es que me apunté el título para descubrir algo más de él y lo dejé aparcado. Y resulta que uno de los regalos navideños que tuve fue, precisamente, este libro de 459 páginas, que lleva dos ediciones y que muy bien escrito tenía que estar para que me gustase. La única ocasión que he remado ha sido una vez que el tío Valentín de Zarautz me llevó en su txalupa a pescar txipirones y la verdad sea dicha yo no hacía más que dar paladas al agua y poco más. Después me solté algo más en el estanque del Retiro aquella vez que fui con los de clase de Artes y Oficios a ver Arco, la Feria de Arte Contemporáneo. Y la verdad es que aquella excursión fue un soltarme en todo los sentidos. ¡Viva el arte y viva la juventud! Pero vuelvo al tema. Aparte de esas dos ocasiones no he remado nunca más. Siempre me he quedado mirando las piraguas que recorren tranquilamente el Arga, me surge curiosidad con las regatas entre Oxford y Cambridge, pero más por el ambiente que se crea que por otra cosa. Y cuando son las regatas (estropadak) de Zarautz el 15 de agosto, soy de los que prefiero tomarme un txakoli en el malecón que quedarme viéndolo en la tele de un bar o con los catalejos desde la playa. En fin, que el tema no es mi pasión.

Así que abrí el libro con cautela y resulta que enseguida me fui metiendo en la historia, difícil historia, de Joe Rantz, un chaval cuya familia no tenía ni un duro, cuya madre murió cuando tenía 5 años, que se lo llevaron a una tía para que lo cuidase, que su padre se casó de nuevo, que le gustaba tocar el banjo, que su padre le abandonó a los 15 porque no podían darle de comer, que trabajaba en verano cortando árboles y picando en canteras para poder estudiar en la universidad y que se apuntó al equipo de remo por probar. No podía ni imaginar que en tres años iba a representar a su país en las Olimpiadas de Berlín. Pero mucho menos podía imaginar que en el remo iba a encontrar una filosofía de vida y unos amigos para toda la vida. Ahí conoció a su entrenador, a un constructor de botes de madera para practicar remo de ocho asientos, a su novia, a muchas personas del mundo del remo y sobre todo, ahí se conoció a sí mismo.

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Lo he leído muy a gusto y puedo decir que me ha sorprendido la capacidad que tiene Daniel James Brown para hacerte vivir cada una de las carreras que relata en el libro. Casi he estado a punto, más de una vez, de lanzar gritos de ánimo.


Si te gusta el deporte en general, es un buen libro. Si te gusta el remo en particular, es una delicia. Si quieres sorprenderte con algo y quedarte con un buen gusto de boca, también es tu libro. Si quieres diferenciar el remo, del piragüismo, teambién es un buen libro. Y si sigues creyendo en el valor del equipo, a pesar del idiota de tu compañero o de tus propias torpezas, pues también es tu libro. ¡Todos a una! ¡A remar!


Remando como un solo hombre, edición de Nórdica libros y Capitán Swing.

¿Cuál es el valor espiritual del remo?…

La disolución de uno mismo en el esfuerzo cooperativo del equipo como conjunto.

George Yeoman Pocock

sin duda… ¡qué bello es vivir!

No podía ser de otra manera. Esta semana tocaba algo relacionado con la Navidad. Películas relacionadas con la Navidad hay unas cuantas, algunas bastante buenas, otras menos, pero dándole vueltas a la música clásica de Navidad utilizada en películas la cosa no estaba tan fácil. Que yo sepa nadie ha utilizado alguna parte del Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach, que para mi es de las mejores músicas clásicas relacionadas con este tiempo. En cuanto al Mesias de Handel (que propiamente no es una música de Navidad, aunque sí interpretada en estas fechas), no me entusiasmaba ninguna de las posibilidades y si la posibilidad era El cascanueces, de Tchaikovsky, más allá de películas que contaban la historia de ese ballet, tampoco me gustaba ninguna de las candidatas. En fin, que resulta que en una de las películas más navideñas de todos los tiempos, en la escena final, se canta un villancico que resulta que está basado en una obra clásica. Os lo cuento.

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La escena final, tierna con un gran peligro de llegar hasta el empalagamiento, es la de la película de 1943, dirigida por Frank Capra, ¡Qué bello es vivir!, protagonizada por James Stewart y Donna Reed. La película cuenta la historia de un buen hombre llamado George Bailey que en su vida no ha tenido nunca demasiada fortuna por anteponer lo correcto a sus propios intereses. Una vida llena de infortunios personales por hacer bien las cosas que desemboca en el día de Nochebuena cuando, por la mala suerte, pierde una gran cantidad de dinero que lo lleva a la desesperación hasta el punto de querer lanzarse al río. Pero resulta que un anciano cae al agua antes que él y, naturalmente, se lanza a salvarlo, sin saber que el viejo es su ángel de la guarda. George le dice que le hubiese gustado no nacer y el ángel le concede tener la visión de cómo sería la vida si esto hubiese sido así. Termina la visión y decide volver a casa, a pesar de su mala suerte, deseando feliz Navidad a todo quisqui. Pero allí se encuentra con la sorpresa de que su vecindario y amistades han hecho una colecta para el infortunio económico. En la casa, alrededor del árbol, cantan un famoso villancico de tierras anglosajonas que es la música de la que hablaremos después. Termina la película con otra famosa canción de origen escocés, Auld Lang Syne, que se canta para recibir el nuevo año. Esta es la escena (desde que se termina la visión):

El villancico en cuestión es Hark the Herald Angels Sing y utiliza la música de una cantata de Felix Mendelssohn. Vamos a ver. A principio de 1840 y para conmemorar el 4º centenario de Johannes Gutenberg, inventor de la imprenta, el compositor Mendelssohn elaboró una cantata conmemorativa titulada Festgesang zur Eröffnung der am ersten Tage der vierten Säkularfeier der Erfindung der Buchdruckerkunst y que significa algo así como “Cantata festiva para la apertura del cuarto centenario de la invención de la imprenta“. Esta cantata (que no hay que confundir con otras dos composiciones del compositor tituladas también Festgesang) fue interpretada por primera vez en la plaza del mercado de Leipzig el 24 de junio de 1840. La pieza fue escrita para coro masculino, dos orquestas de metales y timbales (para que se oyese bien en la plaza), y consta de cuatro partes, la primera y la última sobre la base de corales luteranos ya conocidos. La segunda parte, “Vaterland, in deinen Gauen”, con letra de Adolf Eduard Proelss es la que, posteriormente, fue adaptada como villancico de la Iglesia anglicana con letra del pastor y poeta inglés, Charles Wesley.  Por cierto, la letra del villancico es de un himno cien años más antiguo que la melodía de la obra, ya que fue escrito en 1739.

Me ha sido imposible encontrar vídeo de la obra original de Mendelssohn, ni tampoco grabación de audio. Así que os dejo con la interpretación de los King’s College de Cambridge, que es muy británico y ad hoc para la ocasión. Un abrazo y nos leemos y escuchamos el año que viene.

En cuanto a grabaciones de la obra ya en forma de villancico hay muchas. Yo os recomiendo dos, la primera con un extraordinario coro, The Sixteen, dirigidos por Harry Christophers y la segunda un álbum navideño dirigido por el genial Herbert von Karajan e interpretado por la soprano Leontyne Price.