un cuento irlandés

El idiota que ríe en la calle, el rey que se mira la corona, la mujer que se vuelve al oír los pasos de un hombre, las campanas que tocan en el campanario, el hombre que recorre sus tierras, el tejedor en su telar, el tonelero que trabaja en su barril, el Papa que se inclina a buscar sus zapatillas rojas… todos son un sueño. Y te diré por qué son un sueño, porque este mundo estaba destinado a ser un sueño.

La cuestión de la literatura irlandesa es, cuanto menos, objeto de diferentes estudios. Una literatura de un lugar más bien pequeño, escrita normalmente en inglés (otra historia es la literatura escrita en gaélico) y que relata una vida y una cultura milenarias que se desarrollan en un espacio reciente. Y todo esto, sin que sea engullido por el espacio británico y la todopoderosa literatura anglosajona, así, en general. Y el caso es que existe una literatura irlandesa, más allá de leyendas, baladas y canciones, que se creó a partir del siglo XVIII y que entrado el siglo XX, tuvo que “inventar” una nación a través de una cultura que existía desde hace siglos. De todo eso habla un libro que leí hace unos cuantos años, titulado La invención de Irlanda, de Declan Kiberd. Por eso, cuando lees un libro, una novela, un cuento, como el que he leído hace poco, de un escritor estudiado en las escuelas irlandesas, pero prácticamente desconocido por estos lares, es motivo de alegría y, por lo menos en este caso, auténtico goce.

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La tumba del tejedor, de Seumas O´Kelly, es una pequeña obra que destila por sus cuatro costados el alma de esa Irlanda casi de leyenda, donde la vida y sobre todo la muerte, se celebran con un humor y un ingenio tan propios. El cuento, de poco más de setenta páginas, editado exquistamente por Sajalín editores, llegó a mis manos gracias a la librera, bloguera y booktuber Deborahlibros, en donde decía que contenía párrafos deliciosos. Así que se lo encargué y en una tarde de frío, mientras nevaba tras la ventana, me lo zampé. Y tenía razón la librera, porque este cuento es delicioso y tiene unos cuantos pasajes de auténtico humor negro a lo irlandés.

La historia es más bien sencilla. Un tejedor muere y tiene que ser enterrado en el lúgubre y ancestral cementerio de Cloon na Morav, donde sólamente las familias más antiguas del lugar tienen derecho a ser enterradas. El caso es que hay que encontrar la antigua tumba familiar y no es empresa fácil. Dos ancianos, a punto de entrar en el mismo lugar, serán los que tengan que encontrar el lugar. Pero sus memorias y recuerdos no coinciden y se enzarzan en trifulcas y discusiones, con ironía desbordante y humor negro apabullante. Fábula, fantasía o realismo, O’Kelly atrapa con este cuento desde el primer momento y nos hace devorar las páginas hasta descubrir dónde está el lugar para el reposo eterno del tejedor.

Un cuento para reflexionar sobre la muerte, la realidad y la vejez. Para quienes en sus viajes por Irlanda (y cualquier otro lugar) gustan de visitar cementerios, paseando entre sus tumbas. Para quienes han decidido, finalmente, reírse de la muerte y vivirla como parte de la vida. Se puede leer degustando una pinta de cerveza casera, con música de baladas y lamentos o sentado sobre una tumba en un cementerio, aunque para esto último es mejor esperar a primavera.

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se acabó lo que se daba

Con este artículo doy por finalizada la serie dedicada al viaje a Londres.

El sábado, después de que mi amiga se fuese a correr como alma que lleva el Diablo, por parques y canales del noreste londinense, y después de dar cuenta del desayuno, cogimos el bus para ir hacia el Tate, el museo de arte contemporáneo. Los buses rojos londinenses, con sus dos pisos, ya muy modernizados, eléctrico el que nos llevó hasta el museo y nosotros como niños en la ventana delnatera del piso superior, descubriendo y observando. Ójala fuésemos niños el resto de nuestros días para tener esa capacidad de asombro. Paseamos por la orilla del Támesis haciendo tiempo para que abriesen el museo, nos quedamos ojipláticos con los rascacielos de acero y cristal con formas curvas y redondeadas. El Tate es un edificio extraordinario, con unos espacios enormes, y solo por eso merece la pena. Como todos los museos de Londres es gratuito. Reconozco que prefiero un museo clásico a uno moderno, porque el arte clásico me llega más, me hace sentir profundamente y el arte es para sentirlo o no es. Pero en el Tate el edificio te hacer sentirla inmensidad y la grandeza. En la terraza, mientras vemos el skyline de Londres, con St. Paul en primera línea y la City a la derecha, nos sentimos voyeurs novatos, sintiendo la tímidez de quien mira sin querer mirar, a través de los grandes ventanales del edificio de enfrente, a las personas que se convierten en actores involuntarios en sus propias casas.

Image by Samuel Zeller

Tras la visita al Tate y a la tienda del museo, porque para mí, las tiendas y cafeterías de los museos son de lo mejor que se puede conocer en una ciudad, paseamos por la rivera del río hasta el nuevo Globe Theatre, a imagen y semejanza de uno que existió en el siglo XVI. La obra de teatro era a las dos de la tarde y la visita guiada está completa, así que decidimos tomar un tentempié en la cafetería. Grandes mesas corridas de madera, una tostada, una cerveza y música isabelina de fondo. Al salir comprobamos que es sábado y que la gente, londinenses y turistas, tiene esa zona como predilecta para pasear un buen día. Callejeamos un poco hasta llegar a Borough Market, un mercado lleno de puestos de delicatesen, que conviven con puestos más normales y bares de todo tipo para poder comer o echar un pote. A pesar de la aglomeración de gente, la mayoría es respetuosa, incluidos los repartidores en moto que tienen que atravesar una marea de personas para llegar al otro lado de la calle. Comemos y bebemos en la calle, viendo pasar la gente, maravillados por la cantidad de culturas que pasan delante de nuestros ojos. Entramos en un bar a tomar una pinta con la que bajar lo comido y sin esperarlo nos encontramos en el típico bar inglés, lleno de hombres que beben pintas como si fuesen chupitos y con la peculiaridad de que todos los camareros eran heavys. Los blancos, los chinos, los indios y los negros. Impresiona bastante, porque yo nunca había visto a un señor de Nueva Delhi con el pelo largo y los pantalones elásticos y unas gafas de sol, sirviendo pìntas mientras menea el pelo al ritmo de la batería. De ahí seguimos paseando en esa tarde de sábado soleada, familiar, viajera y que nada presagiaba lo que horas después iba a suceder. La rivera del Támesis estaba atestada de gente, las terrazas llenas. El puente de las torres hasta arriba y justo cuando llegamos se tuvo que levantar para que pasase alguna embarcación, algo que para toda la gente que nos encontrábamos allí ene se momento se convirtió en un espectáculo.

Paseamos por delante de la Torre de Londres, vimos la Puerta de los Traidores, esa por donde se suponen llegaban en barca los traidores al rey de turno, incluidas algunas reinas que acabarían con sus cabezas rodando en el patio de la prisión. Para cuando llegamos a la puerta de entrada, las visitas habían concluido y la Beefeater de turno se empeñaba en que los turistas no se sentasen en la barandilla del cesped, porque vete a saber, igual en esa barandilla solo puede sentar sus reales Su Majestad la Reina. Así que decidimos entrar en una restaurante con una terraza espectacular con cristaleras en donde nos tomamos una cerveza y un té. Había más camareros por metro cuadrado que gente en la Plaza del Ayuntamiento a las 12 del 6 de julio, todos jóvenes, todos guapos, todos cool, pero lentos y poco profesionales o eso o se habían fumado un cigarro de hierba en la bodega y andaban pa´llá. A pesar de los camareros aprovechamos para descansar una hora tranquilamente, viendo pasar la gente a la sombra de la Torre de Londres y siendo testigos del atardecer sobre los puentes del Támesis. La oscuridad, en todos los sentidos, se acercaba sin compasión y nosotros casi sin enterarnos.

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Image by Montse Monmo

Oxford Street es una de esas calles como tantas otras hay en diferentes ciudades del mundo. Champs Elysees en Paris, Gran Vía en Madrid o Carlos III en Iruñea, me da igual, todas son iguales. Pero todas tienen un poder de atracción que las hace muy interesantes para observar lo qué sucede en ellas durante unos minutos. Nosotros aprovechamos para comprar té, una tetera y poco más, poco originales, lo sé, pero seguro que si viiésemos a Iruñea de viaje acabaríamos comprando garrotitos en Beatriz. De ahí, paseando, llegamos al Soho, un barrio de bares de moda, restaurantes de todo tipo, ambiente gay, si es que Londres necesita una zona específicamente gay, y tiendas de ropa. Nos cruzamos con un indio de grandes barbas y bigotes blancos, con turbante y sentado en un descapotable decorado de flores, literalmente cubierto de flores, el descapotable y el indio. En Londres, en general, y en el Soho, en particular, pocas cosas llaman la atención y muy pocas logran que la gente se sorprenda. El señor indio de barbas consiguió en un momento que todo el mundo riera, sacase sus cámaras y móviles para sacar fotos e incluso que la gente comenzase a sacarse selfies. Nosotros, que somos de pueblo, mezclamos la sorpresa con la timidez y nos dio por pensar el buen papel que podría hacer el señor en los Sanfermines en la salida de las peñas o algo así. Finalmente acabamos cenando en un libanés, en una mesa mirando a la calle, en plan escaparate, algo que no se me ocurriría hacer jamás en Iruñea y conseguimos que el polaco que nos atendió nos invitase a un pastelito lleno de azucar y calorías, dulce como la vida. Al salir comenzó a llover de manera bastante fuerte y justo nos dio tiempo para llegar a la entrada del metro, el tube que se llama allí, en Picadilly Circus, sin echar la vista atrás y sin posibilidad de despedirnos del centro de Londres. Volveremos.

Por la noche llegaron los mensajes de preocupación, las preguntas, el querer conocer si estábamos bien, la incertidumbre del primer momento y la certeza del momento siguiente. La locura, desgraciadamente, una vez más, se desató en este mundo globalizado en donde es igual que estés en Londres, en Bangladesh o en Alepo. El análisis es necesario, la reflexión urgente y la activación social vital.

Por la mañana, después de hacer las maletas, paseamos hasta un pequeño mercado de flores, el Columbia Flower Marker, una delicia para la gente que nos gustan las plantas y las flores. Lástima que no pudiésemos comprar ninguna. Disfruto mucho con la sensibilidad que tienen los ingleses para las flores y parques. En cualquier esquina te encuentras un parque que, por pequeño que sea, está cuidado exquisitamente. Además, lo mejor de los parques de Londres es que son para utilizar. Sin querer, nos encontramos de frente con la calle Navarre, desayunamos un brunch en una panadería-cafetería, unos huevos con salmón y un té de Yorkshire y poco a poco, volvimos a casa a recoger las maletas. Un bus, un tren, los canales, los parques y los campos pasaban velozmente por la ventana del vagón, los italianos volvían a sus casas, los madrileños también y nosotros nos despedimos de London, un London herido, con la esperanza de volver en otra ocasión.

cantando la desdicha

Terminaba la primavera en Paris, la gente paseaba con esa superioridad típica de los parisinos, sábado por la tarde, entrando en la noche casi veraniega y allí estaba yo, en un palco de la Ópera Garnier dispuesto a escuchar la ópera de un bávaro con nombre de perro anglosajón, del que sabía muy poco y cuya ópera me era absolutamente desconocida. Al final resultó una experiencia hermosa… y la mejor siesta de su vida para un amigo mío.

Unimos un jueves al viernes y convertimos un fin de semana normal en un mini viaje a la capital francesa. TGV desde Hendaia y en menos tiempo del que imaginaba estábamos ya en Paris. Esa noche asistimos a la inauguración de una obra realizada por un conocido de Iruñea en el marco de una muestra de arte contemporáneo expuestas en tiendas de lujo. Ni que decir tiene que ha sido la única vez que he entrado a este tipo de establecimientos. Y también la única vez que nos corrimos una buena fiesta a base de champagne y canapés gratis. Al día siguiente con un cuerpo poco jotero, paseamos por Paris, visitamos el Instituto de Estudios Árabes y el George Pompidou y finalmente decidimos cenar unos quesos y champagne (de nuevo) en el canal de Saint Michel, lleno de gente que, como nosotros, disfrutaba de la noche pre-veraniega. Hicimos una buena cuadrilla con unos argelinos que no paraban de reír. La noche deribó a una discoteca y a un nuevo amigo brasileño cuyo trabajo consistía en cuidar a los hijos de una familia burguesa.

Y en estas estamos que el sábado, para culminar el mini viaje, decidimos ir a la ópera. Bueno, en realidad ya lo habíamos decidido y comprado las entradas hacía meses. Tras una visita a un supermercado para hacernos con unos sandwiches con los que cenar en el intermedio, llegamos al Palacio Garnier. No me voy a extender mucho, pero cualquiera que haya estado o visto el palacio en alguna película, como Marie Antoinette, con esa fantástica fiesta de carnaval grabada en las escaleras de la ópera, sabe la impresión que produce ir subiendo por las escaleras principales hacia el palco. El nuestro estaba en el segundo piso en un lateral. Los palcos son bastante estrechos y consisten en un vestíbulo privado con un chaise longue y en el palco propiamente dicho tres filas de a dos butacas. Los cuatro que fuimos nos repartimos en dos palcos contiguos, en la última fila, evidentemente. La verdad es que no se veía mal, pero lo principal es que se escuchaba de lujo y sobre todo asistir a la representación de una ópera ahí es una experiencia muy chula. Yo os recomiendo que si vais a Paris hagáis lo posible por asistir a una representación, es lo mismo lo qué sea, ya que con un poco de tiempo y por Internet se pueden conseguir entradas no muy caras. Es mucho mejor que la visita guiada que ofrecen.

Marie Antoinette, en plan sencillo, merendando en el intermedio
Marie Antoinette, en plan sencillo, merendando en el intermedio

La ópera a la que asistimos se llamaba Iphigénie en Tauride y la compuso un señor llamado Christoph Willibald (Ritter von) Gluck, ahí es nada. Este alemán escribió un montón de óperas, la gran mayoría desconocidas para el gran público actual, pero con algunas arias excelentes. Su labor en el mundo de la música fue simplificar la ópera, principalmente la llamada tragédie lyrique de Lully, restándole los cargados adornos que se habían ido añadiendo, minimizando ballets y recitativos. En el caso de la ópera a la que asistimos en Paris se trata de la segunda obra dedicada a la desdichada Iphigenia. La ópera está basada en la obra de Eurípides, Ifigenia en Táuride y en ella se cuentan historias de la familia de Agamenón con posterioridad a la guerra de Troya. Ifigenia era hija de Agamenón y Clitemnestra y hermana de Orestes, Electra y Crisotemis. Esta familia, por cierto, ha dado para unas cuantas óperas a lo largo de la historia.

El argumento de esta ópera en cuatro actos, estrenada en la Ópera de Paris el 18 de mayo de 1779, es el siguiente. Resulta que la pobre Ifi lleva muchos años en Tauride dedicándose al sacerdocio en el Templo de Artemisa (Diana), desde que esta diosa decidió salvarla de ser sacrificada por su padre Agamenón con el fin de que su flota llegase a Troya. Hay que ser cabrón y mal padre. En fin, que sin decir nada a nadie, la lleva a este templo en donde, para aplacar la furia de los dioses cabreados porque no había sido sacrificada, su labor va a consistir en sacrificar al primer ser humano que aparezca por allí. A lo que vamos. Después de muchos años, su hermano Orestes, después de matar a su madre tras haberla pillado en la cama con otro que no era su padre (vaya familia…) naufraga en la costa de Tauride acompañado de su amigo Pílades (puta coincidencia, oye). Así que son capturados y llevados delante de la sacerdotisa quien, sin reconocer a su hermano, decide salvar a uno de los dos. Pregunta por su familia a los dos náufragos llegados desde Micenas y le cuentan que ya solo vive su hermana Electra y le engañan haciéndole creer que Orestes también ha muerto. En fin, que sea como fuere, decide salvar a Orestes, pero este cede su puesto a su amigo Pílades, que ya se sabe que la amistad en tiempos de los griegos era muy estrecha. Así que cuando Ifigenia está a punto de matar a Orestes, este le dice su nombre y se reconocen. Pero claro, los tauros no se quedan nada contentos, pues ellos han prometido un sacrificio a los dioses y si no lo hacen seguro que cae sobre ellos un torrente de desgracias. Así que los apresan y deciden matarlos a los dos. Pero en el último momento Pílades, el amigo de Orestes, que ya se había ido después de que lo liberasen, llega con un potente ejército y con ayuda de Artemisa libera a los dos hermanos. Y así regresan a Micenas con Orestes como rey. Y punto final.

Y ahí estábamos, en el palco, detrás de una madame que me miró un poco raro cuando escuchó el primer ronquido de mi amigo, que se había tumbado a echar una siesta en el chaise longue ( es lo que tiene merendar cerveza tan alegremente). La escenografía de la ópera era bastante moderna y había dado de qué hablar (según leí después) porque había varias escenas con actores y coristas desnudos por el escenario (fui testigo). Y así, en el segundo acto, después de que Orestes, sin reconocer a su hermana, le cuenta el estado de su familia, esta canta un aria con coro que pone los pelos de punta, O malheureuse Iphigénie! En ella se lamenta de su desdicha.

IPHIGÉNIE / IFIGENIA

Ô malheureuse Iphigénie! / ¡Oh, desgraciada Ifigenia!

Ta famille est anéantie! / ¡Tu familia está aniquilada!

Vous n’avez plus de rois, je n’ai plus de parents. / Ya no tenéis reyes, ya no tengo padres.

Mêlez vos cris plaintifs à mes gémissements. / ¡Mezclad vuestros sollozos con mis lamentos!

CHOEUR DES PRÊTRESSES / CORO DE SACERDOTISAS

Mêlons nos cris plaintifs à ses gémissements. / ¡Mezclemos nuestros sollozos con sus lamentos!

Aquí tenéis a la pobre Ifi cantando su desdicha, en una puesta en escena, cuanto menos, llamativa:

Tras esta maravilla llegó el intermedio y nos fuimos con nuestros sandwiches a uno de los balcones del gran salón, mientras otra gente merendaba, igualmente, bocadillos, tartas, acompañados, si se quería, con una copa de champagne. Nosotros como ya habíamos tenido suficiente champagne nos dedicamos a la cerveza que nos habíamos llevado. Ni qué decir tiene que hacer esta merienda-cena en ese marco, en un balcón más grande que el comedor de tu casa y con señoras de largos vestidos mezcladas con turistas en bermudas es toda una experiencia. Si lo podéis hacer no os importe el qué dirán, porque todo el mundo hace lo mismo. En fin, que al final de la ópera tuvimos tiempo de fijarnos más detalladamente en la cúpula pintada por Marc Chagall en 1960, en subir y bajar las grandes escaleras, en hacer un rato de Marie Antoinette y en disfrutar de de esa tarde-noche de ópera, siesta, merienda-cena y un aria bellamente cantada por la desgraciada de Iphigénie.

Por cierto, antes de pasar a las diferentes versiones existentes, quiero comentar que Gluck era muy dado al reciclaje propio y, como en muchas otras obras suyas, este aria tiene como base un aria anterior. En este caso, el aria de Iphigénie en Tauride es casi igual a un aria de su ópera La clemenza di Tito, Se mai senti spirarti sul volto. Os pondré una versión de ese aria en la lista de Spotify.

Entre las versiones completas de esta ópera hay tres de referencia. La primera de 1985 dirigida por John Eliot Gardiner, con Diana Montague como Iphigénie. La segunda, de 1957, en una célebre producción de Visconti para la Scala, con Nino Sanzogno dirigiendo, nada más y nada menos, que a Maria Callas en el papel de la desdichada sacerdotisa. Y la tercera es una versión de 2001 con Marc Minkowski dirigiendo a Les Musiciens du Louvre y Mireille Delunsch como protagonista. Hago referencia, también, a una producción dirigida por Minkowski, con Veronique Gens en el papel de Iphigénie grabada en DVD. Del aria original de La clemneza di Tito os recomiendo un álbum de Cecilia Bartoli dedicado a arias de Gluck. Una delicia.

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Y finalmente la lista de Spotify que espero que disfrutéis. Para echar una siesta, como mi amigo, o mientras os tomáis un sandwich acompañado de champagne o cerveza.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/3yrsaQj43CPG6tDgiGUA2g&theme=white

rebeldías y alternativas ante la austeridad impuesta

A decir verdad, cuando a las cuatro de la mañana sonó el despertador, mi cuerpo no protestó como imaginaba y me levanté sin mayor problema. Y aunque suene un poco freaki, tampoco dejé de lado mi sesión diaria de meditación. Parece ser que le estoy cogiendo gusto al tema. Namaskar 😄.

La parte de la expedición que salió desde Iruñea, con otro compañero de EH Bildu, una compañera de Iruñea ciudad de acogida y otra de Médicos del mundo, llegamos tranquilamente a Gasteiz, que es donde habíamos quedado con el resto del grupo. Allí nos fuimos juntando con Miren Larrion, concejala de Gasteiz, los alcaldes de Laudio y Plentzia, la alcaldesa de Bakio, Olaia Duarte, concejala de Donostia, Jaione Karrikiri, concejala de Orereta, María del Río, juntera de Bizkaia y otros compañeros y compañeras de EH Bildu. Un total de 14 personas. Finalmente el alkate Joseba Asiron no pudo participar en el viaje y es que las restricciones en el aeropuerto de Bruselas y la imposibilidad de encontrar una buena combinación que asegurase su participación en el pleno del Ayuntamiento el jueves, lo hicieron imposible. Su presencia física no pudo ser, pero su intervención se aseguró mediante la tecnología y Skype. En estos tiempos se puede participar en un debate político o de cualquier otro tipo conectándonos a través de Internet. Pas problème.

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Una parada para tomar el café de rigor y para las diez y media de la mañana estábamos en el aeropuerto de Madrid. Recoger las tarjetas de embarque y pasar a la zona de embarque es lo que hicimos después. Hay medidas de seguridad aeroportuarias que son, a mi modo de ver, más un fastidio para quien viaja que una medida de seguridad efectiva, como desgraciadamente, hace poco, hemos podido comprobar. El caso es que al pasar el arco la segurata de repente me dijo que tenía que abrir la maleta y de buenas a primeras me quedé sin crema de afeitar, desodorante, pasta de dientes, cera para el pelo y after shave, porque el mendas lerendas, para nada se acordaba que los frascos de líquidos tienen que ser más pequeños de 100 ml. Casi siempre he facturado la maleta y nunca me había ocurrido. De todo se aprende. Ommmm (necesario en ese momento 😁).

Un Sandwich rápido y embarcamos en el avión de Brussels airlines, pintado de rojo diablo, el color del equipo de fútbol belga. Un vuelo tranquilo, una comida de avión bastante aceptable y a las 14.45 llegábamos a Bruselas. Las consecuencias tras los atentados de hace dos semanas son bastante visibles. La presencia militar y policial en el aeropuerto es enorme y sobre todo llama la atención estar en un aeropuerto de esas características con tan poca gente moviéndose por él y con ese mínimo movimiento. Salimos y en grupos de cuatro cogimos taxis para llegar a la sede del Parlamento europeo, en la plaza de Luxemburgo. Allí nos esperaban los compañeros que trabajan en la delegación del eurodiputado de EH Bildu, Josu Juaristi, que han hecho de anfitriones y nos han acompañado en todo momento. Nuevamente medidas de seguridad estrictas para acceder al edificio y tras ello entramos en un pequeño hemiciclo, como para unas 100 personas, en donde el grupo de izquierda del parlamento europeo, GUE/NGL, había preparado estas jornadas para tratar, el primer día, la imposición de las medidas de austeridad que afectan directamente a las políticas municipales y por otro lado, para debatir el papel de los ayuntamientos en la crisis humanitaria y política con la situación de las personas refugiadas en Europa.

La tarde, a pesar del cansancio por el viaje, fue bastante fructífera y se escucharon cosas bastante interesantes, todas en torno a la necesidad de dar respuesta a las medidas de austeridad que nos imponen desde Bruselas y desde Madrid. A pesar de los problemas que constantemente hubo con la conexión de Skype, con Iruñea no hubo tal y tuvimos la oportunidad de seguir la intervención del alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, hablando sobre este tema. Su discurso estuvo basado en las siguientes ideas:

  • La austeridad, en principio, no tiene que ser un valor negativo, teniendo en cuenta que venimos de una época de despilfarro desde las instituciones, en el caso de Iruñea, muy patente con UPN, que hizo del ayuntamiento su cortijo particular. Desgraciadamente esto no es así, ya que lo único que quieren es que la ciudadanía, las y los trabajadores europeos, paguemos estos excesos y pésima gestión.
  • Esto ha tenido una respuesta de cambio, sobre todo a nivel de Municipalismo. Pero también es verdad que las instituciones locales tienen el yugo de las medidas impuestas desde Europa y el Estado español. Para poder abordar con garantías toda esta situación es necesario lograr más competencias para los ayuntamientos en relación a las políticas que afectan más directamente en la ciudadanía.
  • Fortalecimiento del sistema público y afrontar la situación de emergencia social que se ha producido tras años de recortes impuestos.
  • Mejora de la contratación pública.
  • Progresividad fiscal.
  • Todo esto se puede resumir en una coordinación para ejercer medidas rebeldes contra ese modelo de Europa que nos imponen día a día mediante una Red de ciudades rebeldes y, desde luego, fortalecer y activar los movimientos sociales que son, al fin y al cabo, el motor y quienes deben llevar el liderazgo en este cambio necesario al que, desde la izquierda, debemos afrontar con absoluta urgencia.

Un café y un debate cerraron la jornada de trabajo. Luego tuvimos un encuentro entre los participantes, en un bar africano, que nos ofreció una ( incluso un par 😉) cerveza y unos pintxos de patata, plátano y alitas de pollo con salsa de tomate especiada. A gusto. De allí nos dirigimos al hotel, pequeño, limpio, correcto y sobre todo muy céntrico, con lo cual, aprovechamos para conocer el centro de Bruselas. La Grand Place, con su historia de desaparición casi total en el siglo XIX, con la belleza de sus edificios, la torre de su ayuntamiento, la puerta increíblemente descentrada de esa torre, el Manneken-pis y finalmente, cómo no, una cerveza belga en un bar que era un antiguo teatro de marionetas, antiguo, precioso, de madera y… Con un enorme gato, que el pobre, lo reconozco, no había hecho nada para que mi irracional y profundo miedo al elegante animal saliese irremediablemente. Afortunadamente no era el único con este miedo y otro compañero se unió, para regocijo del resto, en la tensión, los sobresaltos y los gestos provocados por cualquiera de lo movimientos que el gato belga hizo durante la media hora que estuvimos en el local. Desgraciadamente esto condicionó totalmente la estupenda cerveza negra belga que me la tuve que beber a grandes tragos y vigilando los movimientos gatunos. 😓.

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El caso es que este mal trago tuvimos que remediarlo y nos metimos en un bar que ofrece 100 cervezas diferentes y que tenía 30 cañeros de cervezas diferentes. No pudimos probar todas ellas, pero por lo menos degústanos unas pocas. Me gusta eso de que cada cerveza tenga su propia copa, todas diferentes y cada una de ellas apropiada para el tipo de cerveza que se bebe en ellas. A lo tonto y con evidente cansancio, decidimos retirarnos pasadas las doce y media de la noche y descansar en lo posible para afrontar la jornada del día siguiente.