¡oh si! ¡Aleluya!

Aquel poeta canadiense que llevaba 15 años escribiendo poemas como Lorca, una de sus referencias, y novelas de descubrimiento personal, decidió en 1967 empezar a cantar sus letras, sus escritos y dar vía libre, mediante la música, a la sensibilidad plasmada en papel. El poeta se hizo músico y con su voz profunda recorrió el mundo con un compromiso político solidario y de izquierdas. En 1984 publicó su octavo trabajo discográfico, Various Positions, cuya canción número cinco fue y sigue siendo capaz de trasladar el júbilo del amor, aunque este sea, en ocasiones, doloroso. Releyendo las letras y escuchando la música de Leonard Cohen, solo puedo cantar ¡Aleluya!

El amor no es una marcha de victoria, es un frío y roto aleluya
El amor no es una marcha de victoria, es un frío y roto aleluya

Pues no, la de hoy no es una música del repertorio medieval, renacentista o barroco, pero es una de las canciones que más versiones tiene de los últimos años (algunas excepcionales y otras, como podréis comprobar, del montón, pues parece que aquí cualquiera cree que puede ponerse delante del micrófono y cantarla). Contaba Cohen que la canción Hallelujah la compuso en el suelo de la habitación de un hotel, en calzoncillos y golpeándose la cabeza contra el suelo. Pues bendita autolesión, porque le salió una canción extraordinaria. La letra la escribió con referencias a pasajes bíblicos y a historias de Sansón, el Libro de los Jueces, el rey David y compañía. Las historias de esta gente están plagadas de relaciones sentimentales y sexuales que les creaban, pobrecitos, tremendos sentimientos de culpa, remordimiento, etc. No es un Aleluya triunfalista, de esos que se cantan tras las victorias, resurrecciones o en coronaciones de reyes y reinas. Este Aleluya es el de una persona que siente que ha hecho mal, que ha amado lo que no se podía amar (¿existe eso?) y que aún y todo se reconoce débil ante ese sentimiento. Es un Aleluya de alguien que acepta su limitación y lo que ha hecho y en su interior lo celebra. Incluso el Aleluya de quien tuvo un amor y ya lo perdió. Jeff Burkley, el intérprete que, seguramente, hizo la mejor versión de esta canción, dijo de ella que era el Aleluya del orgasmo. Y creo que no le faltaba razón.

Según las versiones, esta melodía puede sonar triste, recogida, pasional, fúnebre o como homenaje. Ya he dicho que hay muchas versiones de la canción, hasta 300, algunas de ellas muy sin más. Pero otras son extraordinarias. Tras la de Cohen vino la de John Cale en 1991, con piano añadido y con otra letra diferente a la original (eso teniendo en cuenta que Cohen hizo hasta 80 versiones de la letra, que para eso era poeta). En 1994 llegó la que es la versión más conocida, la de Jeff Buckley. Si la versión de Cohen es casi susurrada, la de Buckley es humana, llena de dolor y belleza, cantada desde un interior doloroso. La interpretación es exquisita, perfecta, si es que existe la perfección. En 1996 El cantaor flamenco Enrique Morente grabó la canción en su disco Omega, junto a Lagartija Nick. En 1997, el compositor y cantante Rufus Wainwright la grabó como homenaje a Buckley que había fallecido en mayo ahogado en un río de Menphis. Esta interpretación se hizo bastante famosa gracias a su aparición en la película de dibujos animados Shrek. En 2008 Alexandra Burke, ganadora de uno de esos programas que descubre cada dos meses al que se supone va a ser el artista del siglo, grabó una versión con coro y en plan rollo gospel que tiene su aquel. Hace unos meses ha aparecido una de las versiones más exquisitas para mi gusto. Es una versión instrumental para violonchelo y cuerda y está interpretada por un chaval que está llamado a ser uno de los grandes violonchelistas del siglo XXI, Sheku Kanneh-Mason, miembro de una familia de músicos que ni los Trap. Este moreno que toca con una pasión infinita, ya lo vais a ver en el vídeo, ganó la última edición de la Young Musician de la BBC que, no creamos que es otro de esos concursos televisivos, es un certamen para jóvenes músicos clásicos con el objetivo de ayudarles en su carrera y estudios. Ha firmado ya un contrato con una de las grandes discográficas de música clásica, Decca. Estaremos atentos a él. Del resto de versiones que podréis escuchar en la lista de Spotify hay algunas buenas y otras menos, porque para gustos los colores y para gusto el que tienen algunos y otros menos. Está claro. Os dejo con el vídeo del joven vilonchelista y la lista de Spotify.

Besos, gozar, amar y aunque creáis que, por lo que sea, habéis actuado mal, aunque sea dentro cantad un Aleluya y que os quiten los “bailao”.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/3fWNufouXJIN988gUAogZI&theme=white

cabagalta imperialista

La de hoy es una de esas escenas que forman parte ya de la historia del cine y, desde luego, una muestra de maestría en la utilización de la música para acompañar un relato. Con vosotras y vosotros, el ataque de los helicópteros yankies a un poblado vietnamita, de la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, acompañado de música wagneriana.

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La película fue rodada en 1979, basada en una novela de Joseph Conrad, pero cambiando la acción de África a la guerra de Vietnam. Cuenta la historia de un soldado yankie que tiene que ir a Vietnam a matar a otro militar americano que molesta al gobierno USA. El caso es que entre drogas y drogas, alucinaciones varias y demás, se va convirtiendo, poco a poco, en la imagen del compatriota al que tiene que matar. Ganó dos oscars y la Palma de Oro del festival de Cannes de ese año.

La muy famosa escena de hoy es la de los helicópteros del Noveno batallón de la Primera División de Caballería (Aerotransportada) bombardeando el poblado vietnamita, todo ello ambientado con música de Wagner. La música en cuestión, es parte de la ópera La valquiria, Die Walküre, WWV 86B, y se trata de la Cabalgata de las valquirias. Parece ser que Coppola cogió la idea de la Alemania nazi, ya que en los audiovisuales de la Luftwaffe, para instrucción de los cadetes, se utilizaba también, como aliciente. En la escena se ve como, en un momento, ponen la música desde los altavoces de uno de los helicópteros para “animar” al batallón. Esta es la escena. No tiene muy buena imagen, pero no he podido encontrar la escena completa con mejor calidad:

Die Walküre es una ópera en tres actos con música y libreto en alemán de Richard Wagner, la segunda de las cuatro óperas que componen el ciclo de El anillo del Nibelungo (Der Ring des Nibelungen), y la que se representa más asiduamente, incluso separada del ciclo completo. Se estrenó en Munich el 26 de junio de 1870. El fragmento más conocido de esta ópera es, sin duda, la Cabalgata de las valquirias, que es la introducción al tercer y último acto, describiendo a las guerreras semidiosas. Os dejo con una representación del mismo:

En cuanto a las grabaciones de la misma, por un lado, grabación completa del ciclo Der Ring des Nibelungen (El Anillo del Nibelungo), la de Barenboim para Warner en 1993-1994 es espectacular y de la ópera suelta, Die walküre, del ciclo de Solti para Decca en 1965, recientemente reeditada en 2013 y la de Thielemann para el Festival de Bayreuth, editada por el sello Opus Arte, en 2010, son magníficas.

cuarteto germano

La escena de hoy no es de ninguna película, si no de una serie norteamericana. Se trata de Hermanos de sangre (Band of brothers) una serie coproducida por Spielberg y Hanks y basada en la novela homónima de Ambrose. La serie consta de 11 capítulos y cuenta la historia de la Compañía de paracaidistas Easy, del ejército USA, durante la II Guerra Mundial, sobre todo tras el Desembarco de Normandía. La serie, a pesar de ser norteamericana, está espectacularmente bien ambientada e incluso introduce elementos (eso sí, muy marginales) para indicar que aquello no fue como una peli de indios y vaqueros, con unos vaqueros buenos-buenísimos y unos indios malos-malísimos.

La escena que traigo hoy es parte del capítulo noveno, quizás el capítulo más difícil de toda la serie. El capítulo empieza y termina con esta escena en donde, en un pueblo de la Alemania arrasada por el ejército aliado, se ve a cuatro ciudadanos alemanes tocando un cuarteto, mientras sus paisanos se dedican a recoger las pocas pertenencias que han quedado servibles tras la entrada aliada y la retirada nazi. Es en este capítulo, por cierto, donde asistimos al descubrimiento de un campo de concentración, una escena terriblemente dura. La escena de la entrada, como digo, se desarrolla en mitad de un pueblo alemán destruido, con los ciudadanos sollozando, arrastrando su pesar entre las calles mientras recogen alguna pertenencia. Pocas veces somos testigos de esta consecuencia de la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Consecuencia, como siempre, pagada por la población civil. La música que suena es de Ludwig van Beethoven y se trata del Cuarteto para cuerda, Nº 14, en Do sostenido menor, Opus 131. Esta es la escena. En mitad de la composición hay un fundido ya que el cuarteto suena justo al principio y al final del episodio. El deje melancólico de la melodía casa, perfectamente, con la imagen de derrota.

El cuarteto fue compuesto por Beethoven hacia 1826 y está dedicado al Barón Joseph von Stutterheim. Forma parte de los llamados cuartetos tardíos ya que fueron compuestos mucho más tarde que los primeros y sobre todo porque no responden a ningún orden ni planificación. Hay partes casi esquizofrénicas, otras de una duración interminable y otras demasiado extremas. Y es que cuando el genial compositor los compuso su nivel de sordera era tal que, seguramente, su introspección era ya muy aguda, importándole un pimiento lo que pensasen los demás de él. Según Beethoven, su mejor cuarteto de todos estos es el Opus 131, que consta de siete movimientos, de los cuales, el sexto, Adagio quasi un poco andante, es el que suena en la serie. Un movimiento precioso, un poco melancólico, que dicen es una antigua canción francesa y que dura, por cierto, la mitad de lo que suena en la serie. Richard Wagner dijo de este movimiento que era “una corta y oscura meditación, como si se sumergiera en el profundo sueño de su alma“. Os dejo con una interpretación extraordinaria del cuarteto, en concierto, por el American String Quartet.

En cuanto a las grabaciones, sin duda, la mejor de estos cuartetos completos es la del Cuarteto Takács, grabada para Decca en 2003-2004. En cuanto al cuarteto Opus 131, me pone mucho la grabación que hizo el Tokyo String Quartet, para Harmonia Mundi, en 2010.