sigo estando

El 6 de julio de este año, día de emociones y comienzos, día de recuerdos y esperanzas, fue la última vez que publiqué una entrada en este blog dslegi.com. Ha sido una pausa necesaria y todavía no tengo muy claro si esta entrada es un grito para reanudar el diálogo o voy a seguir un tiempo exclusivamente escuchando, observando y muchas veces contemplando.

Llegué a los Sanfermines absolutamente agotado, física y psíquicamente. Diría que, incluso, anímicamente. No fue, ni lo ha sido nunca, un estado depresivo. Ni mucho menos. Pero necesitaba detenerme y pensar, pararme y descansar. Algunas de vosotras y vosotros sabéis que a finales de julio pasé una semana en el monasterio de Leire, junto a la comunidad benedictina que vive allí. Esos siete días conviviendo con esos 21 hombres dedicados a rezar, fueron un bálsamo para mí. Allí me sorprendí con unos amaneceres y atardeceres limpios y puros como no recordaba. Descubrí el sonido del ciclo de la vida, el silencio justo antes del amanecer, las golondrinas volando y chillando en el comienzo del día, los miles de pájaros que empiezan el día llamándose y buscando comida, las cigarras que, con el sol ya en el firmamento, unen sus cantos para ser parte indiscutible de esa banda sonora, el viento al atardecer entre los árboles y recorriendo la sierra, el ulular de las lechuzas cuando cae la noche. Y todo ello acompasado al sonido propio del monasterio. Las campanas llamando a los oficios, el gregoriano milenario desde las gargantas jóvenes y viejas de esos monjes, solo el sonido de las piedras mientras paseas por los alrededores del monasterio antes de que lleguen los turistas, las hojas del libro cuando las rozas con el dedo mientras lees, unos pasos en el claustro, el órgano en la iglesia, el cazo de sopa cuando te sirven en la comida silenciosa. Salí agradecido y descansado, relajado y sereno.

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Me he dedicado a pensar en la utilización que he dado a las redes sociales, al Facebook desde junio de 2008 y a Twitter desde noviembre de 2009. No estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho a través de estas redes. De la misma manera que este blog nació como medio para un diálogo permanente, las redes sociales siempre han sido para mí un instrumento para hablar y sobre todo escuchar. Y reconozco que he tenido muy buenas conversaciones en ellas. Pero muchas veces no lo he conseguido. El ímpetu para defender las opiniones propias no puede ser excusa, en ningún caso, para atacar a nadie y ahí quiero entonar un público mea culpa. No soy de insultar, pero reconozco que hay quien se ha podido sentir insultado. No empleo la agresividad, pero no tengo duda que hay quien ha podido sentirse agredido. He utilizado la ironía y la burla muchas más veces de las que me hubiese gustado. Si mi intención era escuchar, en muchas ocasiones, demasiadas, solo ha servido para escucharme a mí mismo. Por lo tanto, si alguien se ha sentido ofendido por algo que haya dicho o escrito, espero no lo tenga en cuenta. Hay quien puede pensar que el problema es original en el propio objetivo de estas redes sociales, y razón no le falta, pero no estoy a gusto habiendo sido contribuyente en ello. Claro que estas redes sociales en concreto (igual algún día alguien inventa unas redes sociales buenas) tienen objetivos absolutamente opuestos a fomentar las relaciones sociales. No me voy a extender mucho en este aspecto, pero estoy convencido que estas redes fomentan un tipo de personas rencorosas, tristes, sin empatía, aisladas y sin capacidad de contraste. Hay que ser muy fuerte para que este tipo de redes sociales no saque lo peor de nosotras y nosotros y sobre todo, aunque sea duro decirlo, no coarte nuestra libertad. Quien quiera extenderse más en el tema hay un buen libro para hacerlo, Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier.

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Luego, en octubre me fui a Japón dos semanas. Fue un viaje en el que descubrí otro mundo, más atento a las cosas pequeñas de la vida, un lugar donde se le da valor al silencio, en donde el concepto de comunidad me emocionó, en donde el respeto me abrumó, un espacio donde el orden es parte de esa forma de vida y de la serenidad que desprende. Pero también asistí a la enfermedad de una sociedad con unos niveles de soledad impresionantes, con una ciudad que se traviste cada noche infantilizando las relaciones entre las personas y a las propias personas, un lugar donde la gente no se ríe en la calle, como mucho sonríe y en donde el orden es también quien esclaviza a la gente, en la calle, en el metro y en el trabajo. ¿Son felices los japoneses? Creo que inmensamente sí, si la felicidad se basa en ser capaz de gozar del sonido de una gota de agua cayendo desde el caño de bambú de una fuente en mitad de un jardín. Pero también creo que, aunque esa fuente la tienen ahí todos los días y disfrutan de ella, también sufren la infelicidad de una sociedad encorsetada en unas normas y unos niveles de autoexigencia terroríficos. Yo sigo enamorado de Japón, de su cultura, literatura, paisaje y costumbres. Prefiero quedarme con lo bueno.

Este sábado, antes del vermut, leí un cuento corto bellísimo de Stefan Zweig (toda su literatura desborda belleza) sobre un hombre bueno que buscaba incesantemente la justicia en sus acciones. Después de leer Los ojos del hermano eterno llegas a la conclusión de que viviendo en una sociedad, sea esta del tipo que sea, siempre, irremediablemente, cualquiera de tus acciones o no acciones, influyen en otra u otras personas. Lo deseable sería que estas influencias y consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer fuesen siempre positivas. ¿No? Hasta la próxima. Gracias por todo. Un beso.

soltando amarras

Pasadas las navidades, por fin, acepté que había llegado a un límite. No seguramente al límite, ni mucho menos, pero sí a un límite en el que no estaba a gusto. Había engordado en los últimos meses cerca de diez kilos y me sentía pesado, cansado y sin ganas y eso a los 43 años era una llamada de atención en toda regla. Mi trabajo estresante, con decenas de reuniones y decisiones que tomar, con la presión de lo que haces o no haces, de si lo haces bien o si lo haces mal, y parte de un grupo humano que a veces me sorprende que aguante las embestidas de la jungla. La casa llena de cosas cada vez más inservibles, la economía personal muchas veces malgastada en tonterías y los fines de semana sin disfrutarlos apenas. Eso era en enero.

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A día de hoy me sorprendo de cómo han cambiado las cosas en mes y medio. He adelgazado casi seis kilos con la ayuda de una dietista, depurando mi cuerpo y empezando a habituarle a una alimentación sana. No es que estuviese gordo, pero la dietista me informó que estaba en sobrepeso I, que es donde empiezan los problemas. Pues ahí sigo, con tesón, llevando una dieta lo más alegre que puedo. Voy recuperando energía. El trabajo sigue con el mismo volumen, pero estoy aprendiendo a priorizar, delegar y decir no. Empiezo a estar más atento de las personas que de los proyectos. Sin personas no hay proyectos. Así de fácil. En la casa ha habido un vuelco importante. Después de tirar, vender y reciclar muchas cosas, me he acostumbrado a limpiar diariamente, y los fines de semana un poco más a fondo, y la casa empieza a ser un espacio en el que estar a gusto, sin miedo a pisar algo, romper cualquier tito. No es que viviese en una pocilga, ni mucho menos, pero había demasiadas cosas fuera de su lugar. Empiezo a estar enamorado del minimalismo. Y reconozco que es el comienzo en este proceso de vivir con solo lo necesario. Los fines de semana aprovecho para leer, pasear, escuchar música, descansar, ir al cine, conversar con los amigos y amigas, estar con mi hermana y hermano y vivir la belleza del descubrimiento diario que hace mi sobrino de 8 meses.

Y llevo 45 días seguidos sentándome en el zafú. A las mañanas y muchos días por la noche. Unos días con más acierto y otros con menos. Siendo consciente, serenando y sintiendo que soy uno, mente y cuerpo, unido a otros.

Esto es marzo y aquí estoy, soltando amarras. Siendo.

satisfecho

Image by Annie Spratt

Más de doce horas después llego a casa con la sensación del trabajo bien hecho. Nueve horas de pleno en el que compañeras y compañeros han defendido los presupuestos que seguirán haciendo posible la nueva Iruñea. Sin sorpresas. La mayoría ha sacado el proyecto adelante. La minoría ha pataleado con sus formas irrespetuosas, sin querer darse cuenta que no es tiempo de cortijos. Y mientras la sesión plenaria terminaba entre obsesiones de ese Régimen amargado, yo me he escapado a comer entre amigas y amigos. Gente maja y una fideuá de pescado. Algunos sobrellevando la comida del día anterior. Los debates sobrevuelan el menú y se instalan en la sobremesa. Oscurece en el penúltimo día del año, la niebla se adentra en las viejas calles de la ciudad antigua y entre futbolines me escapo porque mañana será otro día. Con el brillo en la cara corro hacia casa y me dejo abrazar por el calor de casa. Es hora, quizás demasiado temprana, pero el cansancio no entiende de relojes, de meterme entre las sábanas. El segundo cuento de Navidad de Dickens me susurrará hasta que me deje caer en brazos del guardián de los sueños, ese Morfeo que, sin duda alguna, me transportará esta noche a lejanos lugares. El principal Oniro avanza hacia mi. Relax. Besos.