necesitamos más humanidad

Ayer un compañero me sorprendió con un correo en el que nos felicitaba al grupo municipal de EH Bildu en el Ayuntamiento de Iruñea por la gestión del mandato del pleno para poner unas placas en recuerdo a las víctimas de ETA. No me sorprendió la felicitación en sí, sino la referencia a la humanidad y la compasión, en su término budista de hacer tuyo el sufrimiento del otro. Ya lo señalé en un anterior artículo, pero quiero resaltar una vez más la indispensable humanidad y empatía que ha caracterizado el sincero comienzo de esta gestión y que debería ser el elemento principal de la misma.

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Photo by Kira auf der Heide on Unsplash

Muchas veces me he preguntado qué es lo que generalmente falla en la política, en las personas que dedican, o dedicamos, un tiempo de nuestra vida, a ejercer la política desde un partido concreto o en una institución. En esa reflexión no incluyo a las personas que ejercen la política desde movimientos sociales, porque creo que, afortunadamente, se mueven en otros parámetros. La cuestión es que creo que a este tipo de militancia política visible y conocida, le faltan grandes dosis de humanidad y empatía. No creo en la afirmación de “todos los políticos son iguales”, porque es una aseveración interesada de quien pretende hacer creer, para excusar su falta, que todas las personas que se dedican a la política son corruptas, sólo miran por sus intereses y no tienen problema alguno en pasar por encima de las personas para lograr sus objetivos. En el tiempo que me he dedicado a la política de manera casi “exclusiva”, me he encontrado personas de ese tipo, pero afortunadamente también he compartido espacios, debates y proyectos con personas que piensan primero en las personas, intentan empatizar con ellas y ejercen una política desde el prisma de una ética impregnada de humanidad. Pero, desgraciadamente, este tipo de personas no son mayoría en el conjunto de mujeres y hombres que están en política. La política es, o debiera ser ante todo, un compromiso con las personas, para lograr la mejora y el bienestar de todas ellas. Y para lograr esto es indispensable ponerte en lugar del otro, de todas y de todos y escuchar, siempre escuchar, sobre todo a la persona que no piensa como tu.

Por eso es necesario agradecer a ese compañero el correo mandado y el toque de atención. Necesitamos que nos recuerden constantemente que la política es, según la RAE, la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. Y lo público es lo referido a la colectividad, esto es, de todas y de todos.

Echo en falta, no lo he encontrado en ningún diccionario, una referencia a la sensibilidad con las otras personas que debe regir esa actividad. Ejercer esta humanidad debiera ser la idea principal que guiase el ejercicio de la política en cualquier ámbito.

La referencia que incluía el compañero en su correo era la siguiente frase:

“El ser compasivos, el sentir que podemos aliviar el sufrimiento de los otros es una poderosa fuente de felicidad. El ayudar a los demás y ver cómo aplacamos su sufrimiento nos proporciona una gran alegría y nos hace extraordinariamente felices”.

Vicente Simón

 

la revolución altruista

Casi desde que nacemos, por naturaleza, somos seres inclinados a hacer el bien, ayudar al resto de personas, desear lo mejor para las y los demás y el lugar en el que vivimos y además, no esperar nada a cambio. Desde esa temprana edad y de manera natural, somos seres que practican el altruismo. Según el diccionario de la RAE, altruismo es la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Es decir, pese a no esperar nada a cambio, incluso, aunque eso signifique que personalmente no te beneficia, intentamos ayudar. ¿Es eso el altruismo? ¿Es algo innato o natural en las personas? ¿Estamos de acuerdo con esa definición? Entonces, ¿qué pasa para que, conforme crecemos, las personas busquemos principalmente el bien personal, de una manera egoísta?

Esta es la base de un documental que he visto este fin de semana en Filmin, un documental tremendamente positivo cuyo principal mensaje es que el altruismo puede ser el elemento principal que rija la sociedad del siglo XXI. Pero, como en todo, para cambiar algo colectivamente, hay que empezar por una y por uno mismo.

Puede que haya alguien que piense que por qué traigo este tema al blog. Y la verdad es que no es un tema que suela formar parte de un blog personal con artículos de reflexión política y social. Pero debería de ser más normal. Me explico. La gente que estamos comprometida política o socialmente es porque queremos cambiar las cosas, en principio, a mejor. Quizás, con el descrédito que dejan actuaciones demasiado extendidas entre algunas y algunos políticos, haya gente que no piense esto. Para mi la política no es simplemente militar en un partido concreto, o hacer política desde las instituciones. La política está presente en todas y cada una de las dinámicas sociales, sindicales, vecinales y populares que luchan por conseguir algo, generalmente cambiando lo que hay. Y creo que de eso trata el documental al que me refiero, lo que sucede es que, desgraciadamente, muchas veces perdemos esta perspectiva.

La inclinación natural del ser humano es ayudar a otras personas. Con muy pocos meses de vida y según indican las últimas investigaciones, los bebés favorecen a otras personas instintivamente en lo que está en su mano. Conforme pasan los meses y los años, ese instinto natural va condicionándose con elementos externos, como el modelo social y cultural. Por lo tanto, no somos seres egoístas que se mueven únicamente por intereses particulares, ni la violencia social y colectiva es la que rige nuestras vidas. Yo he conocido y conozco a muchas personas que se han comprometido en diferentes dinámicas que, de forma altruista, buscan una sociedad mejor para que las personas vivamos mejor, incluso con costes personales demasiado elevados. Pero lo solemos olvidar. El ruido mediático constante que tenemos a través de la televisión, los mensajes de las todopoderosas compañías económicas y las directrices sobre qué es bueno y qué es malo, que en todo momento recibimos a través de escaparates, anuncios, formas de vida oficiales, etc, nos impide ver la realidad.

Podemos cambiar nuestra manera de ser y de funcionar, no solo a nivel individual, sino también de manera colectiva, social e institucional. Y este cambio, poniendo el altruismo, la empatía, la colaboración y la bondad (la capacidad que tenemos las personas de hacer el bien), en primer lugar en el orden de importancia, es un elemento indispensable y necesario para el cambio político, económico, medioambiental, educativo, cultural, social, personal y colectivo.

Y lo curioso y bueno es que el altruismo es contagioso. Si vemos a alguien ayudar de manera desinteresada, inconscientemente nos sentimos animados a hacerlo también. Aunque esto es como todo. El altruismo que poseemos genéticamente, hay que trabajarlo, alimentarlo y cultivarlo. Hay diferentes medios para hacerlo, uno de ellos es la meditación, esto es, ser conscientes de ese valor. Pero hay otras maneras de alimentarlo. Además, el altruismo nos hace más felices y hace felices a los demás, lo cual es beneficioso para la sociedad.

Yo, la verdad, es que solo le veo beneficios a esto del altruismo. ¿Tu cómo lo ves?

ser, lo llames como lo llames

Image by David Mao

“La rosa no dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo”, se esfuerza en creer una enamorada Julieta. Y tiene razón. Lo importante es ser, lo llames como lo llames. Entramos en debate filosófico. ¿Dejaría de ser yo aunque no me llamase Dani? No los múltiples Danis que exiten para tantas personas como me conocen, sino el ser que soy. Algunas me conocen como Dani, otras como Daniel, Dani-Daniel, Danieltxo, la abuelita Pilar, de txiki, me llamaba Danieltxi. Y siempre era yo. Siempre soy yo. Soy. Da lo mismo cómo me llame. Lo importante es que soy. Mucho más que el estar y desde luego inmensamente más que el tener. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Siempre Shakespeare. El caso es que hoy me he enterado que eso que yo llamo cotidianidad, detalles, esas pequeñas cosas del día a día que me ofrecen felicidad, en Dinamarca se llama hygge. Incluso hay libros sobre eso. Parece ser que practico el hygge desde hace mucho tiempo sin haberme dado cuenta. También a mi me gusta leer en una habitación con una manta y velas encendidas. Disfruto tomando un vino con los amigos. Me gusta salir a pasear abrigado a la noche, media hora antes de acostarme. Saboreo con deleite las galletas de chocolate. Me llena de vida respirar y ser consciente de ello. Y soy feliz viendo a mi sobrino descubrir la vida instante a instante. Pero lo importante no es que me gustan todas esas cosas, si no que soy consciente de ello y me hacen feliz. Y eso los daneses lo llaman hygge. Pues bienvenida la palabra. Seguiré siendo.

repaso

Image by Jakob Owens

Es bueno pararse un momento y hacer repaso de lo que has hecho y de lo que no has hecho. Es bueno hacer ese repaso a diario, aunque sea cinco minutos, para ser conscientes de nuestra vida y de nuestra existencia tantas veces acelerada. Y a final de año, aunque solo sea por un momento, es bueno echar la vista atrás, no para añorar o desear que vuelva el tiempo pasado, sino para seguir siendo conscientes del presente que siempre es consecuencia del instante anterior.

Este año he seguido aprendiendo a escuchar, aunque sigo sin poder evitar mis gestos cuando escucho algo que no me gusta. He aprendido a esperar, a tener paciencia y a disfrutar de ella. He vuelto a llorar con las cosas sencillas, cuando creía que ya me había olvidado de hacerlo. He disfrutado de la compañía del aita, de nuestros desencuentros, de su apoyo, de su fuerza y de su debilidad, de su amor y de sus olvidos. Me he ilusionado decenas de veces con el transcurso de una aventura que continua y que, más allá de mejorar una ciudad, está construyendo una convivencia que estaba maltrecha. He gritado contra la Europa insolidaria, contra los desmanes del mercado y a favor de todas las opciones sexuales, tantas como personas hay en este mundo, a favor de la cultura y he vuelto a exigir la repatriación de las presas y presos a su casa. He bebido, cantado y reído con amigos de siempre, con nuevas compañías y con la familia, siempre la familia. He sentido el cansancio y me he obligado a parar. Me he emocionado con los nuevos amores de mi gente, he sufrido los desamores y me he seguido encontrando instantes de amor en cada esquina. Me he sorprendido con una fortaleza que no creía poseer y las agujetas me han hecho sentir como nunca un cuerpo que avanza hacia el infinito al que todos vamos. He vivido historias tristes, duras, felices e insólitas gracias a la lectura. Bach ha seguido llenándome y la música me ha acompañado todos los días de este año. La familia ha seguido creciendo, en Donostia con dos nuevos miembros. Y sobre todo he tenido la inmensa suerte de ver la llegada de un sobrino, Amaiur, que hizo llorar a su aita como nunca lo había hecho, que dio la luz de la maternidad a su ama, que nos ha hecho felices, como nunca habíamos imaginado, a sus aitonas y amona, osabas e izeba y a todos a quienes en su corta vida ha sonreído alguna vez.

El año que viene no sabemos que nos deparará. El día de hoy está lleno de deseos. Ojala se cumplan todos y cada uno de ellos. Yo, egoístamente, para mí, pido y deseo que pueda seguir viviendo cada día con intensidad y consciencia, con mis incoherencias y mis errores, tal y como lo he hecho este año.

Paz y Amor para todas y todos. URTE BERRI ON!

ser joven

Ayer, con motivo del Día Internacional de la Juventud, el Consejo de la Juventud de Navarra/Nafarroako Gazte-Kontseilua, nos pidió a varias personas una frase, un análisis o un escrito sobre qué es para nosotras y nosotros la juventud. Eran tres las preguntas que había que responder de una u otra manera:

¿Con qué soñabas cuando eras joven?

¿Cuáles eran tus reivindicaciones?

¿Qué era lo que más te preocupaba?

En fin, que me lancé a hacer un artículo y este es el resultado. Junto a la colaboración había que mandar, también, una foto de aquella época.

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Tinduf, 1994 (creo)

SER JOVEN

Me cuesta hablar de cuando era joven en pasado, porque en mi interior, pese a vivir con intensidad mis 43 años, sigo teniendo un punto de esa juventud disfrutada en plenitud. Y es que es necesario que parte de los valores de ese tiempo quede en nosotras y nosotros de manera perenne. Esa es una de las claves para intentar ser feliz, que, al fin y al cabo, es el objetivo, o debiera serlo, de esta vida. Ser feliz y hacer felices a los demás.

De joven soñaba con un mundo mejor, pues no puede ser de otra manera. ¿Qué joven no ha soñado con mejorar el mundo, aunque sea solo el más próximo? Y lo hacía a la par que iba descubriendo este mundo. Era un camino completo, un camino con tropezones del que me levantaba aprendiendo. Y es lo que he pretendido seguir haciendo conforme cumplía años. Aprender, seguir descubriendo y levantarme cada vez que he caído. Para mejorar algo hay que conocerlo.

En aquellos tiempos reivindicaba el derecho a no perder un año de mi vida en un ejército miembro de la OTAN que participaba en guerras contra Irak y salíamos a la calle para gritar no a la guerra. Aprendía euskera sin darme cuenta que estaba aprendiendo y empezando a conocer algo que ha marcado mi camino y mis decisiones y me manifestaba por una oficialidad completa en Iruñea, en Nafarroa. Me enfadaba con la política del pelotazo y del cemento que ha hecho estragos en nuestra tierra, mientras dejaba sin un derecho básico como es la vivienda a miles de personas, la mayoría jóvenes. Y ansiaba poder relacionarme, sentir y enamorarme de quien quisiera sin tener que dar explicaciones a nadie. Militaba para poder decidir mi futuro, como persona y como comunidad de personas, porque todos los pueblos tienen el derecho a poder decidir.

En aquellos años visité los campos de refugiados saharauis en Tinduf y me impactó profundamente la capacidad de lucha de un pueblo que, en mitad de la nada, reivindica su tierra mientras pone en marcha la vida en aquel páramo argelino. Sáhara sigue reivindicándose y yo sigo pensando que los ejércitos solo han servido para mantener en pie las estructuras de un sistema que siguen aplastando al 85% de las personas de este mundo, sigo aprendiendo euskera y reivindicando el derecho a poder utilizarla en todos los ámbitos de mi vida, he aprendido que más allá de las hipotecas marcadas por la banca y los constructores existen alternativas para vivir de manera digna, sigo siendo libre para sentir, amar y follar sin dar explicaciones. Y sigo militando para que este pueblo pueda decidir su futuro más pronto que tarde.

Atrás han quedado los miedos de aquellos años. Ahora hay otros, pero afortunadamente los vivo con otra serenidad y siendo consciente del momento que vivo y del presente.

Dani Saralegi Aristu

La foto es de aquel viaje a Tinduf y me imagino, espero, que el niño recién nacido que sostengo en mis brazos será hoy un joven con sus sueños, sus reivindicaciones y sus miedos. Ojalá pueda seguir su camino, avanzar y hacerlo en un Sáhara libre.

ongi etorri

Faltaban cinco dias para que se cumpliese el tiempo indicado, pero en esto, como en todo, la decisión de cada cual puede alterar lo previsto. Amaiur, decidiste que era hora de salir, pero en el transcurso del proceso te lo pensaste dos veces y no me extraña. Ya lo decía Lear, “lloramos al nacer porque entramos en este vasto manicomio”, y no te voy a mentir, nunca, es verdad Amaiur, esto es una casa de locos. Pero también te voy a decir que a veces, la locura, deja ver, entre medio, unos rayos de luz, color, amor, esperanza… Se llama humanidad y tiene esa grandeza, también. Finalmente, con ayuda de tu ama, Leire, que es una jabata, saliste, lloraste, poco, y te recogió en brazos tu aita que sí lloró, de felicidad. Porque esa es otra de las primeras enseñanzas, Amaiur, que se puede llorar de rabia, de miedo, de tristeza, pero también de felicidad y así lo hizo Xabi, mi hermano, que es tu aita. Te inundó con su felicidad a través de lágrimas de alegría, de tranquilidad y de amor. Te transmitió incluso el amor de nuestra ama, tu otra amona, que ya no está. A todos los troncos sus ramas les parecen las más bellas, las más fuertes, a nosotras y nosotros, con estos ojos que son los tuyos, nos pareces lo más hermoso que nos ha ocurrido nunca. Amaiur, maitia, porque lo eres, querido, deseado, esperado, ahora entiendo qué es la serenidad. Ayer, mientras dormías, en mitad del sueño te sobresaltaste y empezaste a llorar y una simple caricia con un dedo que es tan grande como tu carita, te serenó y volviste a dormir. Y esa serenidad nos inundó a todo el mundo, a tu ama, a tu aita, a tu aitona y amona de Altsasu y a tu aitona iruindarra que ha completado su ciclo. Izeba Bea, osaba Ander, no estaban allí, pero vuelan, como todos, desde hace un día en la ola de la felicidad. Y yo, el otro osaba, lloro de amor, canto de felicidad y me dejo llevar por tu serenidad. Maite zaitut.

discernimiento

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Como el tigre gallardo que cuidadosamente se mueve y observa antes de saltar. La meditación me da la capacidad de observarme a mi mismo y por lo tanto observar el mundo y tras esto se abre la posibilidad de preguntarme si lo que veo es felicidad o dolor. Reflexión en la vida diaria, preguntarnos por las cosas comunes y llegar al fondo de la cuestión. Llevamos la atención plena fuera del espacio donde meditamos y la aplicamos en la vida diaria. Eso es discernir, observar y preguntarnos si con eso traeré felicidad o no. Y es que, en esta vida en donde nos dan todo ya hecho y donde prácticamente eligen todo por mi, la posibilidad de discernir es un valor que se me antoja imprescindible.