perseguidos, detenidos, encarcelados… Libres!

Durante este año se ha conmemorado el 60 aniversario del Informe Wolfenden, que en el Reino Unido supuso el comienzo de la despenalización de la homosexualidad. Hasta entonces las personas acusadas de homosexualidad eran investigadas, perseguidas y detenidas por la policía, acusadas y juzgadas por un tribunal y en la mayoría de los casos encarceladas. Los delitos eran sodomía y escándalo obsceno. El “delito” podía ser perpetrado en espacio público o en el interior de un edificio, incluso en la misma vivienda particular, en un espacio íntimo.

Los británicos decidieron que este aniversario era un buen momento para celebrarlo y así el Movimiento LGTBQI británico ha estado durante todo el año recordando el momento e impulsando diferentes dinámicas en favor de los derechos para las personas LGTBQI. Y una de las formas en que lo han hecho ha sido mediante el cine. En Filmin he tenido ocasión de ver dos productos dedicados a esta conmemoración. Los dos diferentes, los dos necesarios.

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Against the Law (Contra la Ley), es una película en la que se relata, precisamente, el hecho de una investigación policial y detención, juicio y encarcelamiento de tres hombres homosexuales. Dos de ellos eran de la alta sociedad, uno aristócrata y el otro su primo y el tercero periodista. El caso es que el periodista se liga a un aviador, mantienen una relación de dos años, asisten a fiestas y demás, etc. En un momento dado el aristócrata es detenido y juzgado, pero la falta de pruebas hacen imposible su encarcelación. Y es que, como en todo, la clase social determinaba también las posibilidades de ser encarcelado. De hecho, en la aristocracia, si se practicaba con discreción, la homosexualidad era consentida, aunque no admitida. Un tío de la reina Isabel era homosexual reconocido, aunque se casó con una mujer, como mucha otra gente. Finalmente, los tres hombres son detenidos y encarcelados. El periodista, tras pasar un año en prisión, comparece ante un comité del Parlamento británico que estaba estudiando la homosexualidad y la legislación referente a la misma. Peter Wildeblood, que así se llamaba, fue el único gay reconocido en testificar ante el comité y parece ser que fue determinante en el fallo final. En la película hay una escena que me impactó, que es el momento de la detención de Wildeblood en el que la policía entra en su casa para detenerle y empieza a buscar “pruebas”, como fotografías de hombres, etc. La otra es el periodista testificando ante el comité y categorizando en tres tipos a los homosexuales: “las reinas, que son muy escandalosas y empañan la imagen de todos los homosexuales, los pederastas y los discretos, que son gente normal que vive su sexualidad sin escandalizar a nadie y siempre de manera privada”, una frase que hoy en día está fuera de lugar. Sea como fuere, el comité dictaminó que “el comportamiento homosexual en privado y consentido entre dos hombres adultos, no debe ser considerado delito”. Estas recomendaciones no fueron puestas en práctica hasta 10 años después, con la Ley de delitos sexuales de 1967 que despenalizaba la homosexualidad, atención, siempre que fuera practicada de manera privada, entre adultos mayores de edad, que en ese momento eran los 21 años. En 1994 la edad se rebajó a los 18 años y en 2000 a 16. En 2003 se hizo una revisión general y se hizo desaparecer del texto  la penalización, por ejemplo, de la práctica sexual entre dos o más personas. En fin, un camino tortuoso. Por cierto, la ley de 1967 solo fue de aplicación en Inglaterra y Gales, mientras que en Escocia la homosexualidad fue despenalizada en 1979 y en Irlanda del Norte en 1982. La película está salpicada de testimonios reales de hombres que en esa época fueron encarcelados. Uno de ellos, Roger Lockyer, falleció hace un mes a la edad de 89 años.

La otra película es una serie de televisión de dos capítulos titulada Man in the Orange Shirt y en ella se cuenta, de una manera más edulcorada que la película anteriormente comentada, la historia de amor de dos hombres tras la II Guerra Mundial y otros dos en la actualidad. En el primer caso se hace hincapié en el hecho de vivir una segunda vida paralela que muchos homosexuales utilizaban (y utilizan) para esconder su realidad. Uno de los dos hombres decide casarse con una mujer, con consecuencias para la relación con el otro hombre. En el segundo caso vemos a un joven, que vive con su abuela, y que liga de manera regular por medio de APPs de contactos. De hecho, no sabe mantener relaciones si no es a través de una de esas aplicación. Otra buena reflexión para los gays de hoy en día.

Aunque son producciones que exclusivamente se centran en relaciones homosexuales entre hombres, sin tener en cuenta el resto de realidades, creo que deberían ser emitidas en las escuelas e institutos, como instrumento para concienciar contra la LGTBQIfobia. Hacer ver a la gente joven que la homosexualidad esta penalizada hasta hace bien poco dará argumentos para luchar entre todas y todos por los derechos de todas las personas, independientemente de la realidad que tengan dentro de la diversidad de genero y afectivo-sexual. Hay que recordar que gran parte de las agresiones LGTBQIfóbicas se producen en ambientes jóvenes y menores de edad. Tenemos que rescatar los héroes y heroínas que, en otros tiempos y actualmente, luchan contra la discriminación a las personas LGTBQI y en favor de los derechos para este colectivo. En el Reino Unido lo hicieron hace 60 años, por aquí se tardó un poco más, pero fueron ellas y ellos las que abrieron y abren el camino para que cualquiera de nosotras y nosotros vivamos nuestra sexualidad en libertad. Hay que seguir luchando, aquí y en muchas otras partes del mundo.

ser parte de la naturaleza

Hace dos semanas vi una película que me encantó. De hecho, aprovechando que era fin de semana, la vi dos veces seguidas. Una película de animación, esto es, de dibujos animados, es más, con tres personajes y sin diálogos. ¿Cómo? Os lo cuento, para que no dejéis de verla.

Si eres un friki lo sabrás. Si tienes afición a los cómics, también. Se sientes pasión por Japón y su cultura, lo que seguramente significa que seas friki y que te gusten los cómics, también lo sabrás. Igual el resto no sabéis qué es Guibli. Pues nada, os lo cuento. Resulta que Ghibli es un estudio de animación japonés, vamos, que hace películas de dibujos animados que principalmente suelen ver los adultos. Lo fundaron en 1985 el director Hayao Miyazaki y su colega Isao Takahata. La música de Joe Hisaishi forma parte de muchas de las películas de este estudio, estudio que, por cierto, tras la retirada de Miyazaki en 2013, decidió entrar en un proceso de reestructuración.

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El caso es que, mientras se reestructuran, se han metido en la primera coproducción internacional, en este caso con un ilustrador holandés llamado Michaël Dudok de Wit. El resultado de esa colaboración ha sido un largometraje extraordinariamente delicado que se titula La tortuga roja. La película cuenta la historia de un náufrago del cual no conocemos nombre ni procedencia, que llega a una isla desierta que no sabemos dónde está. En la isla encuentra su lugar en el mundo cuando comprende que es parte absoluta de la naturaleza y que la naturaleza es él mismo. Un poco zen, ¿no? Mientras, se encuentra con una tortuga, conoce a la compañera de su vida, tiene un hijo y demás. Es verdad que hace defensa de la familia, pero entendiéndose ésta como un núcleo desde el que avanzar, desde el que acompañar en el crecimiento y desde el que vivir en libertad. Ese mensaje me ha gustado. No hay rastro del encorsetamiento que muchas veces puede producir la familia. En esta cinta el mensaje principal es el de la libertad, el de vivir desde la sencillez y el de vivir la pequeñez de las cosas, como es un cangrejo avanzando por la arena. Por otro lado es un canto a la naturaleza, como parte de la persona.

El dibujo nada tiene que ver con el manga japonés. Es una película realizada según la tradición del cómic franco-belga. El trazo fino de los dibujos posiblemente os recuerde a Tintín. Una película que, como he señalado, no contiene diálogo alguno. Los personajes no hablan. Eso sí, tiene una música espectacular compuesta por Laurent Perez del Mar que se funde a la perfección con esos encuadres grandiosos que empequeñecen hasta al espectador.

Yo la vi en Filmin y si tenéis oportunidad no os la perdáis. Una película delicada, como he dicho, profunda y bella. Una perfecta alegoría del ciclo de la vida. Serenidad para una meditación perfecta.

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libres y cultos

En Semana Santa, días de descanso, lectura y paseos, estuve viendo una serie en Filmin que merece mucho la pena. Life in Squares.

La serie nos cuenta, en tres capítulos de una hora de duración, la historia del llamado Círculo o Grupo de Bloomsbury a través de algunos de sus integrantes más significados. Las hermanas Stephen, conocidas posteriormente como Virginia Woolf, escritora, y Vanessa Bell, pintora, el pintor Duncan Grant, el crítico de arte Clive Bell, el editor Leonard Woolf, Lytton Strachey, escritor o el economista John Maynard Keynes. Otros miembros del grupo que no aparecen en la serie fueron el filósofo Bertrand Russell, el novelista E. M. Forster, la escritora Katherine Mansfield y la pintora Dora Carrington.

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Este grupo intelectual, que tomó el nombre por el barrio de Londres donde se encuentra el Museo Británico y donde vivían la mayor parte de ellos, incluidas las hermanas Stephen en cuya casa se reunían, abogó, a principios del XX, con las costumbres victorianas todavía presentes en Londres e Inglaterra, por un pensamiento libre en la vida y la creación. El grupo tuvo en común un gran desprecio por la religión. Objetores de conciencia en la 1ª Guerra Mundial, defensores de la libertad sexual, promotores de la igualdad de la mujer y el hombre… Se consideraban miembros de una élite intelectual ilustrada, de ideología liberal y humanista. Parte de sus orígenes intelectuales están en el Trinity College, de Cambridge y el King´s College, de Londres, donde estudiaron la mayoría de ellos. El grupo obtuvo una temprana relevancia en los medios cuando en 1910, miembros del círculo llevaron a cabo el Engaño del Dreadnought, una broma en la que se hicieron pasar por representantes de la realeza abisinia para ser recibidos en el acorazado HMS Dreadnought con honores de estado y que, debido a su repercusión en los medios, puso en ridículo a la Royal Navy. En el terreno artístico tuvieron influencias de Paul Gauguin, Vincent Van Gogh y especialmente Paul Cézanne.

La serie, de la BBC, solo con eso es ya un aliciente para verla, está grabada con una exquisitez extraordinaria. El tratamiento de la luz y el color es casi pictórico y de una delicadeza impresionante. Los tres protagonistas principales, Vanessa Bell, Virginia Woolf y Duncan Grant están interpretados en los dos primeros capítulos, los años jóvenes, digamos, por Phoebe Fox, Lydia Leonard y James Norton. En el último capítulo los interpretan Eve Best, Catherine McCormack y Rupert Penry-Jones.

Lo dicho, merece la pena, y mucho, verla. Con la cantidad de bodrio presente en la TV, una serie como esta se convierte en una auténtica joya.


la revolución altruista

Casi desde que nacemos, por naturaleza, somos seres inclinados a hacer el bien, ayudar al resto de personas, desear lo mejor para las y los demás y el lugar en el que vivimos y además, no esperar nada a cambio. Desde esa temprana edad y de manera natural, somos seres que practican el altruismo. Según el diccionario de la RAE, altruismo es la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Es decir, pese a no esperar nada a cambio, incluso, aunque eso signifique que personalmente no te beneficia, intentamos ayudar. ¿Es eso el altruismo? ¿Es algo innato o natural en las personas? ¿Estamos de acuerdo con esa definición? Entonces, ¿qué pasa para que, conforme crecemos, las personas busquemos principalmente el bien personal, de una manera egoísta?

Esta es la base de un documental que he visto este fin de semana en Filmin, un documental tremendamente positivo cuyo principal mensaje es que el altruismo puede ser el elemento principal que rija la sociedad del siglo XXI. Pero, como en todo, para cambiar algo colectivamente, hay que empezar por una y por uno mismo.

Puede que haya alguien que piense que por qué traigo este tema al blog. Y la verdad es que no es un tema que suela formar parte de un blog personal con artículos de reflexión política y social. Pero debería de ser más normal. Me explico. La gente que estamos comprometida política o socialmente es porque queremos cambiar las cosas, en principio, a mejor. Quizás, con el descrédito que dejan actuaciones demasiado extendidas entre algunas y algunos políticos, haya gente que no piense esto. Para mi la política no es simplemente militar en un partido concreto, o hacer política desde las instituciones. La política está presente en todas y cada una de las dinámicas sociales, sindicales, vecinales y populares que luchan por conseguir algo, generalmente cambiando lo que hay. Y creo que de eso trata el documental al que me refiero, lo que sucede es que, desgraciadamente, muchas veces perdemos esta perspectiva.

La inclinación natural del ser humano es ayudar a otras personas. Con muy pocos meses de vida y según indican las últimas investigaciones, los bebés favorecen a otras personas instintivamente en lo que está en su mano. Conforme pasan los meses y los años, ese instinto natural va condicionándose con elementos externos, como el modelo social y cultural. Por lo tanto, no somos seres egoístas que se mueven únicamente por intereses particulares, ni la violencia social y colectiva es la que rige nuestras vidas. Yo he conocido y conozco a muchas personas que se han comprometido en diferentes dinámicas que, de forma altruista, buscan una sociedad mejor para que las personas vivamos mejor, incluso con costes personales demasiado elevados. Pero lo solemos olvidar. El ruido mediático constante que tenemos a través de la televisión, los mensajes de las todopoderosas compañías económicas y las directrices sobre qué es bueno y qué es malo, que en todo momento recibimos a través de escaparates, anuncios, formas de vida oficiales, etc, nos impide ver la realidad.

Podemos cambiar nuestra manera de ser y de funcionar, no solo a nivel individual, sino también de manera colectiva, social e institucional. Y este cambio, poniendo el altruismo, la empatía, la colaboración y la bondad (la capacidad que tenemos las personas de hacer el bien), en primer lugar en el orden de importancia, es un elemento indispensable y necesario para el cambio político, económico, medioambiental, educativo, cultural, social, personal y colectivo.

Y lo curioso y bueno es que el altruismo es contagioso. Si vemos a alguien ayudar de manera desinteresada, inconscientemente nos sentimos animados a hacerlo también. Aunque esto es como todo. El altruismo que poseemos genéticamente, hay que trabajarlo, alimentarlo y cultivarlo. Hay diferentes medios para hacerlo, uno de ellos es la meditación, esto es, ser conscientes de ese valor. Pero hay otras maneras de alimentarlo. Además, el altruismo nos hace más felices y hace felices a los demás, lo cual es beneficioso para la sociedad.

Yo, la verdad, es que solo le veo beneficios a esto del altruismo. ¿Tu cómo lo ves?

un brasileño en Iruñea

La fotografía en blanco y negro siempre ha sido para mi un estilo mucho más bello que el de las fotografías en color. Una buena foto en blanco y negro tiene la virtud de capturar muchos más matices, texturas, luces y sombras que una en color. Es más, tratándose la fotografía del arte de fijar las luces y sombras de una imagen, me parece que esta modalidad tiene, siempre que se sepa hacer, evidentemente, más posibilidades de captar toda la esencia de esa imagen que cualquier otro tipo de fotografía. Habrá quien diga que la ausencia de color resta realismo a la imagen capturada, o que un color bien capturado puede aportar, por sí solo, toda una historia a la fotografía. En cambio para mi una buena fotografía en blanco y negro es sobre todo literatura en la fotografía, lo mismo puede ser poesía, que ensayo, novela o cuento, pero es capaz de contarnos una historia con unas sutilezas que en color, me parece, es más difícil de conseguir. Y naturalmente, es solo mi propia opinión. Hay fotografías en color que son espectaculares. Pero yo, me quedo con el blanco y negro.

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Fotografía de Sebastião Salgado, de su serie sobre las minas de Sierra pelada

Estos días se ha inaugurado en el Paseo de Sarasate una exposición de un fotógrafo excepcional, el brasileño Sebastião Salgado. A pesar de haber comenzado a dedicarse a la fotografía a partir de los 30 años, ha sido capaz de emocionar al mundo con sus imágenes sobre la humanidad. Porque precisamente eso es lo que fotografía Sebastião. Ha recorrido con Leica los principales conflictos humanitarios de las últimas décadas, logrando plasmar en sus imágenes el horror, el drama, la desesperación y el fracaso de la humanidad en las últimas décadas. La hambruna de Etiopía, las guerras de Ruanda, Yugoslavia, Irak, la dura vida de aborígenes del Amazonas y de los campesinos de las llanuras americanas. Uno de los trabajos más impactantes es, sin duda, la serie sobre las minas de Sierra Pelada con unas imágenes que muestran el esfuerzo, sufrimiento y la capacidad sobrehumana de los mineros. Hay también quien, incluso, ha criticado al fotógrafo por plasmar con tanta belleza el drama humano “desnaturalizando” la tragedia de personas. El propio Salgado decidió dejar de fotografiar este tipo de conflictos ante la desesperanza provocada por una humanidad violenta, agresiva y egoísta, es decir, cada vez más deshumanizada.

La exposición que ha sido instalada en el centro de Iruñea es el último trabajo de Sebastião Salgado. Génesis. Una vuelta a los orígenes del planeta. Una plasmación, en blanco y negro, de lugares que todavía mantienen la esencia de los orígenes de la vida en la Tierra. Un trabajo, principalmente de paisajes y naturaleza, cambiando absolutamente el registro de sus anteriores trabajos, pero consiguiendo, una vez más, capturar de manera tremendamente bella el objeto de su trabajo, en este caso la génesis del planeta Tierra. Un trabajo que os recomiendo visitar, si podéis hacerlo, poco a poco, disfrutando de 5 minutos ante una fotografía, sintiendo lo que nos dice, la historia que recoge, imaginando a Salgado disparando su Leica, pensando en qué sucedió después. Incluso, si queréis, tenéis oportunidad de visitar la exposición con una visita guiada los sábados, a las 12, en euskera y los domingos, a la misma hora, en castellano. No hace falta apuntarse. La muestra estará hasta el 17 de febrero. No os la perdáis. Un nuevo acierto y éxito del área de Cultura del Ayuntamiento de Iruñea.

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Y si queréis profundizar en Sebastião Salgado y su obra, os recomiendo un documental exquisito que grabó en 2014 el director Wim Wenders y el hijo del fotógrafo, Juliano Ribeiro Salgado. La sal de la Tierra. Una suerte de relato sobre las relaciones entre el planeta y la humanidad a lo largo de la obra del fotógrafo brasileño en los últimos 40 años. Impresionante. Y esperanzadora, por cierto. Tenéis el documental en Filmin y en Youtube.

pura poesía escocesa

Resulta llamativo que la novela Sunset Song, de Lewis Grassic Gibbon, elegida en 2005 por las y los escoceses como “el libro escocés más emblemático de todos los tiempos”, no esté traducida al castellano. Más allá de la curiosidad de que esta novela pasase por encima de obras como Ivanhoe o Trainspotting,  por poner dos conocidos ejemplos, las obras de este novelista, cuyo verdadero nombre era James Leslie Mitchell, periodista y miembro del Partido Socialista Británico, son absolutamente desconocidas para los lectores en lengua castellana (no digamos ya en euskera). La novela en cuestión, de 1932, es la primera de una saga que se completa con los títulos Cloud Howe (1933) y Grey Granite (1934), y juntos conforman la triología llamada A Scots Quair.

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Por lo que he podido leer por ahí, la novela forma parte de un subgénero que se viene a denominar “novela de la crisis del campesino”, aparecido en la década de 1930, donde se hallan otros títulos como Las uvas de la ira, de Steinbeck o Fontamara, de Ignazio Silone. El estilo de Sunset Song es de corte modernista, aunque posee cierta tendencia hacia el sentimentalismo, está escrita con un gran lirismo, y empleando un inglés imitativo de la lengua de la región, lleno de localismos que obliga a las ediciones a tener un glosario de términos. Destaca la utilización que hace del punto de vista, una manipulación focal que Gibbon emplea con grandes resultados, teniendo secciones narradas por la propia localidad, con entradas y salidas en la conciencia de los personajes y empleando diferentes voces que añaden un multiperspectivismo a la obra. En fin, que yo por lo menos, hasta que no la traduzcan o me dedique a aprender inglés en serio en los próximos años, voy a tener que esperar para poder leerla. Y espero poder hacerlo algún día.

¿Y cómo he descubierto esta novela? Pues, como muchas veces, gracias al cine y en este caso a la película del mismo nombre que dirigió, en 2015, el cineasta Terence Davies y que se pudo ver en la sección oficial del pasado Zinemaldia de Donostia. Para quien conozca otros trabajos de Davies y haya visto esta cinta, coincidirá conmigo en que no es su cine más representativo, y quizás se acerca más a las películas clásicas, con tomas lentas y un ritmo más pausado. El resultado final es una película bellísima, muy potente en lo visual, precisamente gracias a estas tomas largas y, seguramente, bendecida por la hermosa tierra escocesa (aunque parte estuviese rodada en Nueva Zelanda).

La película es la adaptación fiel de la novela y en ella se cuenta la historia de la transición de la era industrial a la era moderna, en un enclave rural, y con esos cambios vividos desde la perspectiva de una mujer, miembro de una familia de campesinos. Habla del papel de la mujer en esa sociedad que quiere romper con el tradicionalismo, con un socialismo que aparece con fuerza, con la familia tradicional como núcleo de la vida de las personas, donde el padre es el que manda y el resto obedecen. Con el poder de la religión en todos y cada uno de los aspectos vitales de la persona, con unas relaciones humanas que se mueven en torno a esos parámetros, con el amor sujeto a esas condiciones y con la belleza de la tierra, tradiciones y música de Escocia de fondo. La película, narrada en ocasiones en voz en off por la protagonista, Chris Guthrie, aunque empleando la tercera voz, consigue relatar la historia de esta heroína escocesa con auténtica poesía y un lirismo que, fuera de resultar empalagoso, te sumerge de lleno en los sentimientos y emociones de ese principio del siglo XX, hasta que el encanto de la vida queda roto en mil pedazos por el inicio de la llamada Gran Guerra, aquella I Guerra Mundial del horror de las trincheras.

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Yo la he visto en Filmin, pero igual la podéis encontrar por algún otro sitio. Recomendable absolutamente. Para disfrutar con tranquilidad y un vaso de leche con miel, arropado con una manta de cuadros escoceses. Poesía pura. El ritmo de la película es como una vieja canción escocesa, sin instrumento ni artificio alguno, que va desgranando una historia corriente, de esas que hubo repartidas por toda Europa al principio del siglo XX y durante la Gran Guerra. Una delicia.

Por cierto, la banda sonora, compuesta por Gast Waltzing, es un continuo eco de la música tradicional escocesa, con violines y flautas. La escena de la protagonista cantando ella sola en su boda una de esa baladas que ponen los pelos de punta, es una gozada. Un conjunto musical que acompaña la belleza de la historia y la hermosura de la fotografía de la película.

un jardín en anime

Pues nada, que gracias a Filmin he descubierto hace poco que existen unas películas espectaculares… de dibujos animados. O más bien de anime, es decir, de dibujos animados hechos en Japón. Suena un poco freaki, ¿no? Pues sí, a mi también me lo parece, pero la verdad es que hace dos semanas vi una peli de estas y el otro día otra que me han dejado sin respiración.

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El jardín de las palabras es una película de Makoto Shinkai que derrocha belleza por los cuatro costados. Cuenta una historia sencilla. Un chaval se salta algunas clases para ir a un jardín en los días de lluvia para dibujar zapatos, que es lo que le gusta, pues quiere ser diseñador de zapatos. El caso es que en el kiosko del jardín se encuentra un día con una mujer sola que se dedica a comer chocolate y beber cerveza. Poco a poco la amistad entre estas dos personas se va haciendo cada vez más intensa hasta llegar al punto de querer que llueva todos los días.

Es una película romántica, pero no pedante, emotiva, preciosa, sin ser empalagosa y una auténtica belleza para nuestros sentidos. El dibujo es espectacular y hay imágenes, sobre todo de la naturaleza, la lluvia cayendo sobre el jardín y el estanque, el camino de madera mojado por la lluvia que lleva al kiosko , que parecen fotografías. El ritmo es sereno, pausado, de esas películas que dan gusto seguir y ver cómo, sencillamente, se quita el envoltorio a una tableta de chocolate.

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La música es sencilla y profunda. Una magnífica banda sonora compuesta por Kashiwa Daisuke, que es un acertado complemento a las imágenes. Sonido e imagen se funden de forma elegante y armoniosa, las notas crean un ambiente sonoro delicado que recrea la atmosfera de la lluvia, el agua, la niebla, y los silencios de los protagonistas. Sonidos puros, notas surgidas de las teclas de un piano y de las cuerdas de un chelo, que poseen una cadencia armoniosa y sosegada. Sutiles destellos de imágenes y sonidos que nacen y mueren en el parque, entre la vegetación, el agua, las palabras y los silencios.

鳴る神の 少し響みて さし曇り 雨も降らぬが 君を留めむ

Un trueno lejano, el cielo nublado, en caso de que llueva… ¿te quedarás a mi lado?