un Ariodante para morirte del gusto

Cuando una tía, en este caso la tía Pili, te invita a una ópera, no hay otra posibilidad que decir que si. Cuando esa ópera es de Handel y se titula Ariodante, reconoces a tu tía como una suerte de benefactora a la que tienes mucho que agradecer. Cuando la obra en cuestión está interpretada por Les Arts Florissants y dirigida por William Christie, comienzas a aplaudir como un romero en el Rocío, hasta que no sientes las palmas.

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El caso es que la ópera del alemán que se hizo súbdito inglés es, cuanto menos, difícil. Lo es porque está basada en unos capítulos de una obra hiperconocida en el medievo y titulada Orlando furioso, aunque luego, en realidad, se trata de un cuento de princesas y caballeros. Aunque fue estrenada en el Covent Garden de Londres en 1734, el libreto está escrito en italiano, lo cual no fue ningún para toda la gente que fue a verla en los 11 días en que se representó, ya que la historia estaba muy extendida en toda la sociedad. El caso es que Ginevra, así, con v, es la hija del rey de Escocia y resulta que está chochola con un príncipe de no sé dónde que se llama Ariodante. Para completar la felicidad el señor rey bendice la unión y decide que Ariodante se case con su hija y sea, por lo tanto, el próximo rey escocés. A lo loco. Y claro, Polinesso, que es un macho alfa en toda regla, y que quiere a la princesa y sobre todo al reino, engaña al lelo de Ariodante, haciéndole creer que su prometida es en realidad la amante con la que todas las noches deshace la cama. El caso es que para engañar al enamorado, utiliza a Dalinda, que es amiga de la princesa y que como está enamorada de Plinesso está medio tonta. Y en esas estamos cuando Ariodante se suelta un aria sobre la traición amorosa, que se titula Scherza infida, Ríe infiel, que es la perfecta plasmación del dolor amoroso.

Antes de pasar al aria, señalar que está escrita para lo cantase un castrato, concretamente Carestini, y bueno, ahora como eso de cortar por lo sano no se lleva, pues lo suele cantar en escena una mezzosoprano, aunque otras tesituras, como tenor, también la han incluido en el repertorio. En Baluarte se alinearon los astros y tuvimos la oportunidad de presenciar y escuchar una interpretación por parte de Kate Lindsey de las que se recuerdan por años. La maestría de William Christie dirigiendo a la orquesta y la delicadeza de la cantante a la hora de interpretar el dolor por el engaño, consiguieron diez minutos de música extraordinaria, fuera de lo normal, de esas ocasiones en que notan en el ambiente que estás presenciando algo maravilloso. Os dejo la interpretación de Sarah Connolly, que, de todas las versiones que existen en Youtube, es de las que más me gusta.

Y no, en esta ópera, aparte del malo, no muere nadie más, porque se descubre el engaño y Ariodante y la princesa se reúnen, la amiga se compromete con el hermano de Ariodante, que dicho sea de paso también es medio bobo y el rey consigue lo que quería, un futuro nuevo rey para su reino, porque al fin y al cabo eso es lo que quieren todos los reyes. lo demás es decoración.

La de ayer fue una representación de las de antología, de esas que dejan un silencio atento durante la ópera, salvo la señora que tenía detrás que le encantaba jugar con la cremallera de su bolso (imagino que estuvo buscando y rebuscando su tarjeta para la villavesa, porque no aguantó más allá de la primera parte). La ovación final, para lo parcos que solemos ser en Iruñea, fue larga, muy larga, siendo la Lindsey quien se llevó los aplausos más emocionados y obligando al elenco de cantantes y director a salir hasta en tres ocasiones. Pues eso, un Ariodante para morirte del gusto. Si a eso le añades que terminas el viernes en el Savoy con una tabla de quesos y un Ramón Bilbao, pues ya ni os cuento.

Si queréis ver en versión contratenor, que es lo más parecido que puede escucharse hoy a la voz de un castrati, probad suerte con Jaroussky en Youtube. No os defraudará.

desde London a la escocesa

La música que traigo esta semana al blog es una música con aires escoceses, o por lo menos eso le pareció a su autor, un italiano del siglo XVIII que pasó una larga temporada, no en Escocia o Edimburgo, si no en Londres, Inglaterra. No fue el único músico italiano que en aquella época se acercó a un Londres cada vez más sobresaliente en la política, en la ciencia, en la cultura y, desde luego, en la música. Muchos de ellos compusieron obras con melodías pretendidamente escocesas aunque con Escocia solo compartiesen un ritmo concreto. No se preocupaban en diferenciar Escocia, Inglaterra, Irlanda o Gales, imagino que consecuencia de un reino cada vez más imperialista en todos los sentidos. A ver qué os parece.

London, England. Más claro el agua. Pero salieron buenas músicas "escocesas"
London, England. Más claro el agua. Pero salieron buenas músicas “escocesas”

Francesco Maria Veracini nació en la bella capital toscana, Florencia, en 1690. Era miembro de una familia de músicos, aunque su padre prefirió dedicarse a la farmacia. Su tío, Antonio, con quien estudió, fue considerado el mejor violinista fiorentino de la época. Como ocurría en aquella época, Francesco estudió en la catedral, en la capilla de música y tras sus estudios se trasladó a la catedral veneciana de San Marcos. Cada vez más virtuoso con el violín, en 1714 viajó a Londres atraído por la fama de Handel. Recordamos que el músico alemán se hizo el dueño y señor de la escena y la música del Londres de principio del XVIII lo que le llevó a nacionalizarse inglés. De hecho Handel hoy en día es considerado un músico londinense, tal y como él mismo se consideraba en su época. Pero quizás lo que alguna gente no sabe es que Handel, antes de recalar en Londres, estuvo cuatro años, de 1706 a 1710, en Roma y dejó un recuerdo imborrable por sus obras y cantatas. Eso hizo que, tras conocerse el éxito de Handel en Londres, muchos músicos italianos se trasladaran a la capital inglesa a conocer el ambiente musical londinense y muchos a probar suerte. El caso es que, como he dicho, Veracini viajó a London en 1714 en donde hizo amistad con diferentes músicos italianos, como Francesco Geminiani. Volvió a Venecia, donde se convirtió en un aclamado violinista, viajó a Polonia, Praga e hizo diversos viajes volviendo a Londres. La última vez que lo hizo fue en los primeros años de la década de los 30 del siglo XVIII. Finalmente, en 1747, se instaló en Pisa donde falleció veinte años después. Para la historia ha quedado como uno de los compositores más importantes para el violín, junto a Corelli, Geminiani, Tartini, Leclerc o Locatelli.

Entre las obras del músico toscano hay oratorios, óperas y sonatas, estas últimas la parte más reconocida de todo su repertorio. Al ser un virtuoso del violín, se especializó en obras para dicho instrumento, logrando un éxito rotundo con ese tipo de obras. Las mejores sonatas son las llamadas Sonate accademiche en La mayor, Op. 2. Son 12 sonatas que compuso en Londres, en su última estancia a orillas del Támesis, en 1744. Tuvieron un gran éxito. Fue, parece ser, la última obra londinense, ya que, poco después, volvió a Italia en un viaje accidentado, ya que su embarcación naufragó en el Canal de la Mancha. Afortunadamente pudo salvarse, aunque varias de sus obras desaparecieron con el hundimiento. ¡En aquellos tiempos lo de viajar era peligroso!

Aunque estas Sonatas académicas, como también se les suele llamar, constituyen un homenaje monumental a Arcangelo Corelli, no hay duda de que forman una obra maestra por naturaleza. Estas sonatas para violín no siguen un esquema común ya que algunas constan de cinco movimientos, otras cuatro e incluso tres. Tampoco en el ritmo empleado en cada uno de los movimientos, empleando ritmos rápidos, danzas y lentos, sin ningún orden preestablecido. Todas y cada una de esas sonatas son una delicia. En el caso del movimiento Scozzese de la sonata nº 9, es una danza con ritmos danzantes aunque desconozco de dónde sacó que la melodía pudiese ser escocesa. En aquel tiempo, como he dicho, fueron muchos los músicos italianos que recalaron en Londres y estos ritmos y danzas “escocesas” aparecen constantemente en multitud de obras, principalmente instrumentales.

Veracini, el italiano que creó en Londres una música escocesa
Veracini, el italiano que creó en Londres una música escocesa

Entre las grabaciones de dicha pieza me decanto con una que recoge las 12 sonatas, en un triple registro discográfico, donde las interpreta el Trio Settecento, compuesto por Rachel Barton Pine al violín, John Mark Rozendaal con el chelo y David Shrader sentado al clavecín, grabadas a partir de la partitura original de 1744. Otra grabación también exquisita es la efectuada por Fabio Biondi, Maurizio Naddeo y Rinaldo Alessandrini, con un virtuoso memorable y unos pizzicatos deliciosos. Los otros tres son piezas sueltas, como en el CD London Calling, con una interpretación maravillosa y viva a cargo de Bjarte Eike, Thomas Pitt, Fredrik Bock y Allan Rasmussen. Finalmente presento otros dos CDs, el primero de ellos dedicado a los violinistas italianos que revolucionaron el mundo del violín y el segundo con la curiosidad de que la melodía es ejecutada con flauta.

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Os dejo finalmente con la lista de Spotify. De todos modos, más allá de escuchar la Scozzese, aprovechad y escuchad todas las sonatas, porque son una gozada. Disfrutad.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/70sowutmyAbCdeqTaV2UFb&theme=white

agur Nikolaus

En mitad de esta tarde de siesta y manta, lectura y música, me ha sobresaltado el tuit de Katakrak anunciando la muerte de un grande de la música y revolucionario de la interpretación. Ayer falleció el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt.

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Harnoncourt fue uno de los pioneros en la interpretación historicista de obras barrocas, sobre todo de Bach. Abordó a principios de los setenta la grabación completa de las cantatas bachianas, junto a Gustav Leonhardt, que si bien ha sido superada en muchos aspectos, queda como apertura de un debate que hoy en día continua en la interpretación de obras musicales según los parámetros historicistas y con el uso de instrumentos originales. Este vienés universal, curiosamente nacido en Berlín, nacido en el seno de una familia aristocrática, fundó en los años cincuenta, junto a su esposa, el Concentus Musicus Wien, con quien cosechó múltiples éxitos en la interpretación y dirección. Posteriormente tocó con varias orquestas clásicas, con instrumentos modernos, pero siguiendo las pautas de autenticidad histórica. Continuó siempre con Bach y otros compositores barrocos y se fue acercando a otras músicas, como la opereta vienesa o las sinfonías de Beethoven, que grabó también completamente.

Para mi siempre quedará su grabación del Oratorio de Navidad de Bach para la televisión austríaca, con un coro íntegramente masculino y utilizando a niños para las voces altas, una decisión que, posteriormente, muy pocos directores historicistas han seguido. Personalmente me gustan las voces de mujer y contratenores en este tipo de interpretaciones, pero el comienzo de ese oratorio, con unos timbales magistrales, me sigue sonando espectacular. Tus interpretaciones eran siempre auténticas. Luego vinieron los conciertos de Año Nuevo de 2001 y 2003, que fueron calificados como de los mejores en la historia del famoso concierto. Su grabación de la Pasión según San Mateo, de 2001, ganó el Grammy y es otro de los hitos musicales de Harnoncourt.

Descansa en paz Harnoncourt, que la tierra te sea leve. Tu legado queda vivo entre nosotros. Ahora mismo estoy escuchando tu grabación del arreglo que Mozart hizo de un oratorio de Handel, el Alexanderfest, con un aria y coro dedicados a Baco, con otros timbales memorables. Suenen en tu memoria las trompetas y timbales de la eternidad. Agur Nikolaus Harnoncourt, siempre te recordaré como el artista de lo auténtico.

 

sin duda… ¡qué bello es vivir!

No podía ser de otra manera. Esta semana tocaba algo relacionado con la Navidad. Películas relacionadas con la Navidad hay unas cuantas, algunas bastante buenas, otras menos, pero dándole vueltas a la música clásica de Navidad utilizada en películas la cosa no estaba tan fácil. Que yo sepa nadie ha utilizado alguna parte del Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach, que para mi es de las mejores músicas clásicas relacionadas con este tiempo. En cuanto al Mesias de Handel (que propiamente no es una música de Navidad, aunque sí interpretada en estas fechas), no me entusiasmaba ninguna de las posibilidades y si la posibilidad era El cascanueces, de Tchaikovsky, más allá de películas que contaban la historia de ese ballet, tampoco me gustaba ninguna de las candidatas. En fin, que resulta que en una de las películas más navideñas de todos los tiempos, en la escena final, se canta un villancico que resulta que está basado en una obra clásica. Os lo cuento.

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La escena final, tierna con un gran peligro de llegar hasta el empalagamiento, es la de la película de 1943, dirigida por Frank Capra, ¡Qué bello es vivir!, protagonizada por James Stewart y Donna Reed. La película cuenta la historia de un buen hombre llamado George Bailey que en su vida no ha tenido nunca demasiada fortuna por anteponer lo correcto a sus propios intereses. Una vida llena de infortunios personales por hacer bien las cosas que desemboca en el día de Nochebuena cuando, por la mala suerte, pierde una gran cantidad de dinero que lo lleva a la desesperación hasta el punto de querer lanzarse al río. Pero resulta que un anciano cae al agua antes que él y, naturalmente, se lanza a salvarlo, sin saber que el viejo es su ángel de la guarda. George le dice que le hubiese gustado no nacer y el ángel le concede tener la visión de cómo sería la vida si esto hubiese sido así. Termina la visión y decide volver a casa, a pesar de su mala suerte, deseando feliz Navidad a todo quisqui. Pero allí se encuentra con la sorpresa de que su vecindario y amistades han hecho una colecta para el infortunio económico. En la casa, alrededor del árbol, cantan un famoso villancico de tierras anglosajonas que es la música de la que hablaremos después. Termina la película con otra famosa canción de origen escocés, Auld Lang Syne, que se canta para recibir el nuevo año. Esta es la escena (desde que se termina la visión):

El villancico en cuestión es Hark the Herald Angels Sing y utiliza la música de una cantata de Felix Mendelssohn. Vamos a ver. A principio de 1840 y para conmemorar el 4º centenario de Johannes Gutenberg, inventor de la imprenta, el compositor Mendelssohn elaboró una cantata conmemorativa titulada Festgesang zur Eröffnung der am ersten Tage der vierten Säkularfeier der Erfindung der Buchdruckerkunst y que significa algo así como “Cantata festiva para la apertura del cuarto centenario de la invención de la imprenta“. Esta cantata (que no hay que confundir con otras dos composiciones del compositor tituladas también Festgesang) fue interpretada por primera vez en la plaza del mercado de Leipzig el 24 de junio de 1840. La pieza fue escrita para coro masculino, dos orquestas de metales y timbales (para que se oyese bien en la plaza), y consta de cuatro partes, la primera y la última sobre la base de corales luteranos ya conocidos. La segunda parte, “Vaterland, in deinen Gauen”, con letra de Adolf Eduard Proelss es la que, posteriormente, fue adaptada como villancico de la Iglesia anglicana con letra del pastor y poeta inglés, Charles Wesley.  Por cierto, la letra del villancico es de un himno cien años más antiguo que la melodía de la obra, ya que fue escrito en 1739.

Me ha sido imposible encontrar vídeo de la obra original de Mendelssohn, ni tampoco grabación de audio. Así que os dejo con la interpretación de los King’s College de Cambridge, que es muy británico y ad hoc para la ocasión. Un abrazo y nos leemos y escuchamos el año que viene.

En cuanto a grabaciones de la obra ya en forma de villancico hay muchas. Yo os recomiendo dos, la primera con un extraordinario coro, The Sixteen, dirigidos por Harry Christophers y la segunda un álbum navideño dirigido por el genial Herbert von Karajan e interpretado por la soprano Leontyne Price.

ser verdaderamente un dios!

A mis 16 años vi esta película tres días seguidos, lo recuerdo perfectamente. Fueron tres días en donde me emocioné, me llené de fuerza como para comerme el mundo, gocé con la sensibilidad que emanaba cada una de sus escenas y lloré al final de cada una de las sesiones. Tenía 16 años y la película estaba hecha como para mi, o por lo menos eso me creía. La película se llamaba y se llama El club de los poetas muertos.

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Primera película del director australiano Peter Weir que traigo al blog. La cinta, protagonizada por el llorado Robin Williams, marcó una filosofía a mucha gente, con un carpe diem impertérrito en el espíritu de toda la película. “Aprovechad el momento”, nos decía el profesor Keating, mientras los rostros de los antiguos alumnos nos miraban desde las ajadas fotografías. Aprendí que la forma de caminar puede indicarnos el estado de ánimo de una persona, empecé a leer a Shakespeare por culpa de El club de los poetas muertos y quise ir a una universidad que despidiese el día con un gaitero escocés tocando a orillas del lago. La banda sonora es de Maurice Jarre y utiliza, también, bastante música clásica. De hecho, la primera clase de Keating a sus alumnos, comienza con el profesor saliendo de su habitación y recorriendo la clase, para salir al pasillo ante la atónita mirada de sus alumnos. Mientras va andando entre las mesas, silba una melodía que no es otra que la Obertura 1812 de Tchaikovsky.

La escena que quiero comentar transcurre en el campus del elitista colegio, con Keating cargando una red de balones de futbol y seguido por toda la clase. Reparte unos papeles con frases de autoestima, pone a todos los alumnos en fila y se las hace decir entonando según el sentido de las mismas. Para acompañar el experimento pone un vinilo en un tocadiscos y suena una música llena de trompetas y timbales que es, nada más y nada menos, el Allegro de la Suite nº 2 de la Música acuática, HWV 349, de Handel. El último de los alumnos, Charlie, uno de los del club, grita expectante su frase “¡Ser verdaderamente un dios!!!” Veamos la escena:

La historia de esta música es, cuanto menos curiosa. Resulta que Handel pidió, en 1712, permiso a su patrón, el Elector de Hannover, para ir a Londres y poder hacer carrera allí. Con el éxito de sus óperas, Handel iba retrasando cada vez más su regreso y su patrón se fue enfadando cada vez con más motivo. Pero va y en un giro inesperado de los acontecimientos, al Elector de Hannover lo hicieron rey de Inglaterra en 1714 y se convirtió en Jorge I. Os podéis imaginar la cara de Handel cuando se enteró de que el cabreado de su patrón iba a llegar a Londres para ser nombrado rey. En fin, que ya en agosto de 1715, para una “sencilla” fiesta del monarca, en la que iba a subir por el Támesis en una barcaza, desde Whitehall hasta Limehouse para cenar, el compositor creó una música para ser interpretada por 50 músicos en una barcaza que iría al lado de la del rey. Vamos, como la radio del coche, pero a lo grande. A Jorge le encantó la música y al enterarse quién la había compuesto decidió, con buen criterio, que el mejor músico de Inglaterra, alemán como él, merecía el perdón real. Casi seguro que esta historia tiene mucha parte de leyenda, seguramente diseñada desde algún despacho palaciego para hacer ver la bondad de la realeza y su magnanimidad ofreciendo el perdón.

De las tres suites, dos están orquestadas con trompetas y trompas para ser interpretadas en el río y la tercera es más suave, para ser escuchada durante la cena. En 1717 se volvió a interpretar la misma música. De las versiones que existen me quedo con una, que es la de John Gardiner con sus English Baroque Soloists, en una grabación de 1991, para Philips. Es una versión que tiene diez músicos menos de los que cuentan que llevó Handel, pero, la verdad, es que queda bastante animado. Hay otras versiones… Pero no son tan inglesas.

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Os dejo con la grabación del afamado bachiano, en este caso, interpretando a Handel: