memorias de una mujer libre

Todavía me asombra haber conocido a toda aquella gente, una serie de carambolas nos juntaron y unieron en la quimera de los swinging sixties. Era una época de lo más inocente. los famosos no eran tan famosos y no iban por ahí acompañados de presuntuosas cohortes. Yo, oriunda del condado de Clare, me emocionaba ante aquella galaxia de visitantes, y sin embargo nunca me dejaba deslumbrar. Sabía que era algo transitorio, que todos estábamos de paso, rumbo a otros lugares, orbitando hacia arriba, siempre hacia arriba.

El año pasado descubrí una autora irlandesa que me cautivó con el primer libro que leí. Sorprendentemente para mí, Edna O’Brien es una autora que lleva décadas escribiendo y luchando para poder hacerlo como ella quiere. Y digo sorprendentemente porque hasta el año pasado no me había fijado en ella, a pesar de estar en los últimos tiempos en todas las quinielas para el premio Nobel de Literatura año tras año (algo a lo que en realidad no le suelo dar mucho valor). En los últimos años la fantástica editorial Errata Naturae ha editado varias de sus obras y en este caso la obra elegida han sido sus deslumbrantes memorias.

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Edna O’Brien y su hijo Sasha Gebler en la década de los 70

Vamos a ver. Considero que lo más importante de unas memorias es cómo están escritas. Por una vida fascinante y llena de historias que contar que haya podido tener una persona, si no está convenientemente escrito, narrado, esto es, contado, no podrán ser sentidas en toda su intensidad. No es lo mismo decir “Vi a mi madre y supe que estaba enfadada porque tenía la autobiografía de Seán O’Casey en su mano”, que decir “Vi la furia en los ojos de mi madre, antes siquiera de que hablara. Tenía en la mano la autobiografía de Seán O’Casey, abierta por la página incendiaria”. En el caso de estas memorias, por cierto tituladas Chica de campo, O’Brien las narra como si fuesen cualquiera de sus novelas, con un dominio del lenguaje que se caracteriza por la fluidez y por ser capaz de trasladarnos al momento que narra con una facilidad asombrosa. La autora irlandesa escribe en ingles de Irlanda y su fuente es la propia Irlanda. Esa Irlanda de la que tuvo que marcharse y que aprendió a plasmar en su literatura gracias a la distancia que tomó. Si además de estar bien escritas, las memorias nos cuentan una vida intensa, se puede conseguir algo tan deslumbrante como estas memorias.

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Durante los 70, Edna se lo pasó pipa con los psicotrópicos. Aquí en una fiesta con el cantante irlandés, Luke Kelly.

El caso es que la escritora nacida en Tuamgraney en 1930, en esa Irlanda rural controlada férreamente por la Iglesia católica, con un padre alcohólico y una madre integrista religiosa, tuvo la suerte de poder estudiar y de joven ir a Dublin a trabajar. En ese Dublin de los 50 empezó a escribir de lo que una chica de pueblo, joven e irlandesa, sentía con el papel que socialmente se le obligaba a tener. Comenzó a tratar autores de teatro, conoció al que fuera su marido Ernest Gebler, también escritor. Se trasladaron a Londres a vivir porque no soportaban la sensación de ahogo constante que tenían en la isla verde y una década después se divorciaron, tras haber tenido dos hijos, Carlo y Sasha. Con sus primeras novelas le acusaron en su tierra de ser una escritora pornográfica y fue casi un personaje demoníaco para la moral nacionalcatólica irlandesa. En Londres y después en EEUU, fue parte de la intelectualidad irlandesa en el exilio y tuvo ocasión de integrarse en los círculos literarios y artísticos, incluido el cine, por sus guiones para películas. En estas memorias, fantásticas, la podemos leer desayunando con Jackie Onassis en New York, compartiendo cama con Robert Mitchum, debatiendo con Hillary Clinton y encontrándose en Paris con Samuel Beckett o Marguerite Duras.

Sea como sea, con este libro o con otro cualquiera, no te olvides de celebrar el Día del Libro como hay que hacerlo, con un libro en las manos y leyendo. Si puedes, compra a algún librero o librera, de esos tan buenos que tenemos en Iruñea. Te los encontrarás a todos juntos (a los buenos, me refiero) en el cruce de Carlos III con Roncesvalles, durante todo el día. ¡Y además te regalarán una flor!! ¡Feliz Día del Libro! 

Una obra para quienes amen Irlanda, para quienes quieran conocer la parte oscura del renacer cultural irlandés, para quienes quieran sorprenderse con una vida intensa, llena de personajes importantes y para quienes gusten de la literatura de Edna O’Brien, porque estas memorias son una maravilla, como cualquiera de sus libros.

todo un año de libros – 2017

Repasar el año es un ejercicio necesario solo desde el punto de vista de poder seguir avanzando, de constatar ese avance y de mantener esa vista hacia adelante, siempre viviendo el presente. Hay muchas maneras de hacerlo y de todas se puede aprender. En el ejercicio saludable que esto representa, hay una parte con la que disfruto mucho. El repaso a los libros leídos durante el año, rememorando, recordando los momentos de disfrute, constatando el fracaso de algún título y apuntando algún otro, irremediable consecuencia de lo leído.

Cuarenta y nueve libros entre narrativa y ensayo con géneros de todo tipo, desde novela a cuentos, pasando por literatura epistolar. Diecisiete mujeres y treinta hombres. Una escritora, Virginia Woolf, de quien he leído cuatro obras. Autores y autoras de Inglaterra, Estados Unidos, Euskal Herria, Irlanda, Alemania, Grecia, Estado español, Noruega, Austria, Francia, Italia y Japón, mucho Japón. Vivos y muertos. Y entre todas las obras, seis que me han causado, por diferentes causas, un placer máximo, llegando, incluso, con alguno de ellos, al éxtasis.

Hay títulos que han estado y siguen estando en la mesilla de noche, de esos que los coges y los dejas, de los que lees poco a poco, a sorbos y de los que necesitan que cada frase pose tranquilamente. Ahí siguen y continúo con la Iliada de Homero, los Sonetos de Shakespeare, un ensayo filosófico de Châtelet, una guía literaria de Berthoud y un ensayo sobre nuestro futuro como planeta de Dion. Quizás 2018 vea el final de sus páginas o, quién sabe, sea testigo de su relectura.

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Estos son los libros que he leído y terminado en este 2017:

Hygge, de Louisa Thomsen Brits. ♥♥♥

La meditación y el arte de la jardinería, de Ark Redwood. ♥♥♥♥

Mi Londres, de Simonetta Agnello Hornby. ♥♥♥

Los casos de Horace Rumpole, abogado, de John Mortimer. ♥♥♥

Stoner, de John Williams. ♥♥♥

Nosotros en la noche, de Kent Haruf. ♥♥♥♥

Los búfalos de Broken Heart, de Dan O’Brien. ♥♥♥♥

Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli. ♥♥♥

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Un cuarto propio, de Virginia Woolf. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Sin rumbo por las calles, una aventura londinense, de Virginia Woolf. ♥♥♥♥

Mansfield Park, de Jane Austen. ♥♥♥♥

Las aventuras agrícolas de un cockney, de Virginia Woolf. ♥♥♥♥

El eterno viaje: cómo vivir con Homero, de Adam Nicolson. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Londres, de Virginia Woolf. ♥♥♥♥

Drácula, de Bram Stoker. ♥♥♥♥

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis. ♥♥♥♥

Claudio Monteverdi. “Lamento della Ninfa”, de Ramón Andrés.♥♥♥

La amiga estupenda, de Elena Ferrante. ♥♥♥♥

El amigo del desierto, de Pablo d’Ors.♥♥♥♥

Siddhartha, de Hermann Hesse.♥♥♥♥

Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness.♥♥♥♥

La luz de los lejanos faros, de Carlos García Gual. ♥♥♥♥

Siempre. La leyenda de la pecosa de ojos verdes, de Jairo Berbel. ♥♥

La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Hôzuki, la librería de Mitsuko, de Aki Shimazaki. ♥♥♥

Cartas de una pionera, de Elinore Pruitt Stewart.♥♥♥♥

Verde agua, de Marisa Madieri. ♥♥♥♥

Un lugar pagano, de Edna O’Brien. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Kes, de Barry Hines. ♥♥♥♥

Entre todas las mujeres, de John McGahern. ♥♥♥

Medio planeta, de Edward O. Wilson. ♥♥♥♥

Entusiasmo, de Pablo d’Ors. ♥♥♥♥

El silencio en la era del ruido, de Erling Kagge. ♥♥♥

Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell. ♥♥♥♥

Banzai, de Zofia Fabjanowska-Micyk. ♥♥♥

El club de los gourmets, de Junichiro Tanizaki. ♥♥♥♥

Amistad, de Saneatsu Mushanokoji. ♥♥♥

Cerezos en la oscuridad, de Higuchi Ichiyō. ♥♥♥♥

Algo que brilla como el mar, de Hiromi Kawakami. ♥♥♥♥

Musashino, de Doppo Kunikida. ♥♥♥♥

Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero, de Eduardo Gil Bera. ♥♥♥♥

La tumba del tejedor, de Seumas O’Kelly. ♥♥♥♥

El lector, de Bernhard Schlink. ♥♥♥♥

Clásicos para la vida, de Nuccio Ordine. ♥♥♥♥

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono. ♥ ♥ ♥ ♥ ♥

Invierno en Viena, de Petra Hartlieb. ♥♥♥

El grillo del hogar, de Charles Dickens. ♥♥♥♥

Historias de la palma de la mano, de Yasunari Kawabata. ♥♥♥

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un cuento irlandés

El idiota que ríe en la calle, el rey que se mira la corona, la mujer que se vuelve al oír los pasos de un hombre, las campanas que tocan en el campanario, el hombre que recorre sus tierras, el tejedor en su telar, el tonelero que trabaja en su barril, el Papa que se inclina a buscar sus zapatillas rojas… todos son un sueño. Y te diré por qué son un sueño, porque este mundo estaba destinado a ser un sueño.

La cuestión de la literatura irlandesa es, cuanto menos, objeto de diferentes estudios. Una literatura de un lugar más bien pequeño, escrita normalmente en inglés (otra historia es la literatura escrita en gaélico) y que relata una vida y una cultura milenarias que se desarrollan en un espacio reciente. Y todo esto, sin que sea engullido por el espacio británico y la todopoderosa literatura anglosajona, así, en general. Y el caso es que existe una literatura irlandesa, más allá de leyendas, baladas y canciones, que se creó a partir del siglo XVIII y que entrado el siglo XX, tuvo que “inventar” una nación a través de una cultura que existía desde hace siglos. De todo eso habla un libro que leí hace unos cuantos años, titulado La invención de Irlanda, de Declan Kiberd. Por eso, cuando lees un libro, una novela, un cuento, como el que he leído hace poco, de un escritor estudiado en las escuelas irlandesas, pero prácticamente desconocido por estos lares, es motivo de alegría y, por lo menos en este caso, auténtico goce.

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La tumba del tejedor, de Seumas O´Kelly, es una pequeña obra que destila por sus cuatro costados el alma de esa Irlanda casi de leyenda, donde la vida y sobre todo la muerte, se celebran con un humor y un ingenio tan propios. El cuento, de poco más de setenta páginas, editado exquistamente por Sajalín editores, llegó a mis manos gracias a la librera, bloguera y booktuber Deborahlibros, en donde decía que contenía párrafos deliciosos. Así que se lo encargué y en una tarde de frío, mientras nevaba tras la ventana, me lo zampé. Y tenía razón la librera, porque este cuento es delicioso y tiene unos cuantos pasajes de auténtico humor negro a lo irlandés.

La historia es más bien sencilla. Un tejedor muere y tiene que ser enterrado en el lúgubre y ancestral cementerio de Cloon na Morav, donde sólamente las familias más antiguas del lugar tienen derecho a ser enterradas. El caso es que hay que encontrar la antigua tumba familiar y no es empresa fácil. Dos ancianos, a punto de entrar en el mismo lugar, serán los que tengan que encontrar el lugar. Pero sus memorias y recuerdos no coinciden y se enzarzan en trifulcas y discusiones, con ironía desbordante y humor negro apabullante. Fábula, fantasía o realismo, O’Kelly atrapa con este cuento desde el primer momento y nos hace devorar las páginas hasta descubrir dónde está el lugar para el reposo eterno del tejedor.

Un cuento para reflexionar sobre la muerte, la realidad y la vejez. Para quienes en sus viajes por Irlanda (y cualquier otro lugar) gustan de visitar cementerios, paseando entre sus tumbas. Para quienes han decidido, finalmente, reírse de la muerte y vivirla como parte de la vida. Se puede leer degustando una pinta de cerveza casera, con música de baladas y lamentos o sentado sobre una tumba en un cementerio, aunque para esto último es mejor esperar a primavera.

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pater familias

Soplaba un viento fuerte alrededor de la casa, que a ratos se colaba por la chimenea y, cuando las oraciones terminaron, los árboles sacudidos por el temporal aumentaron la sensación de extravío que reinaba en la estancia. Por primera vez aquellos muros parecían una débil defensa contra las adversidades.

Uno de esos días que visité a Deborahlibros en su tienda tuve la suerte de llevarme el libro que había comprado, creo que fue Cumbres borrascosas y además otro libro que me regaló para que le dijese qué me había parecido. Entre todas las mujeres, de John McGahern.

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Esta obra, editada aquí por la editorial vasca Meettok, fue escrito por su autor en 1990 y es considerada en la verde Irlanda una obra maestra de uno de los mejores escritores irlandeses del siglo XX. Ahí es nada. Es verdad que las contraportadas tienen el objetivo de atraer nuevos lectores, pero semejantes alabanzas eran como para dar a la novela una oportunidad.

John McGahern nació en Dublin en 1934 y murió en 2006 de repente”, según las crónicas de entonces. El caso es que el bueno de John fue un escritor comprometido con la sociedad rural de los años 60 y 70, encorsetada por la Iglesia en su Irlanda natal. Uno de sus libros, quizás el más famoso, The Dark, cuenta la historia de un niño obrero y fue censurado en su país gracias a la presión de la jerarquía eclesial. De hecho, perdió su puesto de profesor y tuvo que emigrar a Londres y posteriormente a Estados Unidos. Diez años después tuvo fuerzas para volver a Irlanda, donde murió siendo considerado uno de los escritores en lengua inglesa más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su literatura se ha llegado a comparar en importancia con la de nada menos que James Joyce o Samuel Beckett, aunque su escritura poco tiene que ver con estos dos autores. La cuestión es que me enfrasqué en esta obra. Os cuento.

Ente todas las mujeres nos cuenta la historia de una familia de la Irlanda rural a partir de los años 50. A través de la omnipresencia del padre, eje de la familia y de la vida del resto de componentes de la misma, se va tejiendo una historia de obediencia, trabajo en los campos, estudios a pesar del padre, rosario de rodillas por las tardes y huída de la casa paterna para poder sobrevivir. Sin querer, vas entrando en un ambiente en donde puedes sentir que la familia es casi rehén del padre, un antiguo combatiente por la independencia irlandesa, que sigue viviendo de una forma ya pasada y que no tiene en cuenta las opiniones del resto de la familia. Junto al padre hay otra presencia constante, no física en los hechos que relata, si no en el ambiente, del hijo mayor que hace ya unos años huyó de la casa paterna.

Una obra para quienes gustan de las historias en la verde Irlanda, para quienes quieran huir de cualquier tipo de opresión, para quienes están decididos a vivir su propia vida, para quienes han vivido o viven su vida impuesta por la vida de otra persona, sea el padre, la madre o quien sea, para quienes, a pesar de todo eso creen en la familia.

extraordinaria

Los ternerillos y los marranos la recibieron a la entrada y tu tía les hizo mucha fiesta y les tiró de las orejas, y aunque no hizo ningún comentario al respecto tú sabías que tu madre consideraba aquello el colmo del sentimentalismo.

Paseando el otro día entre las estanterías de Walden, una de mis librerías de cabecera, me topé con una novela de una escritora irlandesa editada por Errata Naturae. El simple hecho de que esta editorial la hubiese publicado, me dio la confianza necesaria para estudiar la sobrecubierta. Que la autora, Edna O’Brien, sea irlandesa añadió interés en el libro y que la novela transcurra en un ambiente rural entre las décadas de los años 30 y 40 del pasado siglo, terminó por empujarme a comprarlo. Dani, el librero, me señaló que la autora tenía varias obras publicadas por la editorial de Irene Antón y Rubén Hernández y pensé que cómo podía ser que no le hubiese hecho caso. En fin, que Un lugar pagano ha sido mi bautizo con la escritora de Tuamgraney que describe con tanta exactitud y humor eso que denominamos el alma irlandesa.

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La novela, con pasajes autobiográficos, está narrada como una conversación de la protagonista consigo misma. Con increíble profusión de detalles, pero con una escritura aparentemente ligera, la protagonista va desgranando recuerdos de su infancia en un pueblo del interior de Irlanda en los años 30, con la encantadora belleza del paisaje, con las costumbres rurales de aquel tiempo, con un desfile de personajes espectaculares, desde el médico a la profesora, pasando por las amigas de la escuela. Pero la perfecta descripción es la de su propia casa, con un padre aficionado a la bebida y violento con su mujer, con una madre sostén de la casa que no tiene tiempo para cariños con su hija. Los quehaceres diarios, el cuidado de las vacas, la hermana que vive en la ciudad y todo ello envuelto en la asfixia del poder de la Iglesia católica en aquella Irlanda inculta en el que la mujer tenía un papel dentro de casa, siempre a la sombra del hombre, y fuera de casa, siempre a la sombra del cura. Es ingenioso cómo utiliza la voz narradora para describir sus pensamientos, de una manera absolutamente natural. El descubrimiento de la vida, el crecimiento, la pubertad y la adolescencia, son el tema de esta novela extraordinaria que va desarrollándose con un hilo conductor de religión, vida social en un pueblo, sexualidad y familia.

Ha sido un descubrimiento maravilloso la primera novela de O’Brien que me ha abierto las puertas para ir leyendo el resto de su obra. Estoy impaciente. Desde hoy, me declaro completamente o’brieniano.

Una novela para quienes han olvidado su niñez, para quienes reivindicamos el rescate de la memoria colectiva de la mujer, para quienes, a pesar de todo, aman la verde Éire, para los que no han descubierto todavía el encanto de Irlanda, para quienes son capaces de emocionarse con los mil detalles de los recuerdos de la infancia y para quienes viven en continua contradicción.

lunes ilusionante

Sábado, suena el despertador y con el calor de la noche en el cuerpo desayuno, fruta, agua, porque estoy deshidratado. Luego doy de beber a las plantas de las ventanas y balcón, que han tenido que sudar igual o más que yo. Una ducha y a las siete y media pasadas estamos ya en camino para buscar a la tercera compañera. Un té rápido en los alrededores del Euskalduna y vamos hacia el palacio en forma de barco, en este caso un barco con cada vez más pasajeros llamado EH Bildu que se dispone a salir después de esta parada de mantenimiento.

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Cerca de 1000 personas, militantes, activistas y personas comprometidas de toda Hego Euskal Herria, casi llenamos el auditorio principal. En la primera parte votamos, todavía como militantes de los diferentes partidos y como personas independientes, los nuevos estatutos de la formación política. Será la única vez. El resto de votaciones ya lo hacemos como miembros de pleno derecho de EH Bildu, con nuestras responsabilidades, obligaciones y derechos. Se abre el turno para las personas que estamos allí. Cuatro intervenciones, críticas de una u otra manera, porque en nuestra manera de actuar en política solo sabemos hacerlo así. Somos críticos y somos, sobre todo, autocríticos, porque andando se hace camino y porque tropezando en una piedra, aunque sea repetidas veces, vamos aprendiendo y sobre todo vamos levantándonos, una y otra vez. Y es que este congreso es solo un nuevo comienzo, un para un momento para pensar, para repensar y sigue adelante. ¿Lo hemos pensado todo ya? No, ni mucho menos. Queda todo por pensar, queda todo por hacer y queda principalmente ilusión para hacerlo. Seguiremos mejorando en el propio concepto de EH Bildu, en la participación y decisiones internas, en nuestra acción política en la calle y en las instituciones, en nuestra coordinación y en la capacidad de reflexionar, analizar, pensar y repensar, debatir y decidir, actuar, valorar y repasar, hacer crítica y sobre todo hacer pueblo, un pueblo que camina imparable hacia su futuro.

La segunda parte es un momento de solidaridad internacional, con otros pueblos del mundo, algunos, todavía, sin estado, pero camino de ello. Nos saludamos de igual a igual, tendiendo nuestra mano para lo que necesiten y agarrándonos a la suya para seguir caminando. Irlanda, con un emocionado recuerdo a Martin McGuinness, Sahara, Palestina, Kurdistán, Escocia, las revoluciones de América siempre presentes, Galiza y Catalunya, en estos momentos, sobre todo Catalunya, con ese 1 de octubre presente en cada una de nosotras. Su referéndum es el nuestro, Su lucha es la nuestra. Y Maddalen Iriarte vuelve a emocionarnos con sus palabras y una piedra, una piedra que es pueblo, harria eta Herria, cada una de nosotras y nosotros. Arnaldo hace un discurso sereno, pero con fuerza, con esa fuerza de saber que EH Bildu es un instrumento, nada más, pero un instrumento potente que nos sirve y nos va a servir para seguir avanzando en el camino hacia los derechos sociales y la independencia.

Otegi, general coordinator for EH Bildu, raises his fist during the party's congress in Bilbao

Termina el congreso, Jon Garai el nuevo coordinador de Nafarroa. Zorionak, animo eta aurrera, le digo. Sonríe. Eso es. Hay que sonreír. Siempre. Porque si hacemos el camino sin sonreír será camino baldío. Y con esa sonrisa nos vamos hasta Lekeitio, el puerto bizkaitarra, y allí, entre txakolí, txipirones y demás, entre amigos viejos y nuevos, agradecidos de las hospitalidad recibida, y sonriendo, con la complicidad de los compañeros y compañeras, miro al mar y descubro a las gaviotas sobrevolando el puerto, como hace 100 y 200 años y más y como seguirán haciéndolo dentro de 100. Y sí, sonrío enamorado de la vida, de lo que tenemos y de lo que queremos y la tarde avanza en este pueblo, como cualquier otro de Euskal Herria, que sigue haciéndose así mismo. Y nosotras vamos a ser parte de ese hacer. Con amor y pasión, como dice Maddalen. Hoy es lunes. Un lunes ilusionante. Aurrera!

desde London a la escocesa

La música que traigo esta semana al blog es una música con aires escoceses, o por lo menos eso le pareció a su autor, un italiano del siglo XVIII que pasó una larga temporada, no en Escocia o Edimburgo, si no en Londres, Inglaterra. No fue el único músico italiano que en aquella época se acercó a un Londres cada vez más sobresaliente en la política, en la ciencia, en la cultura y, desde luego, en la música. Muchos de ellos compusieron obras con melodías pretendidamente escocesas aunque con Escocia solo compartiesen un ritmo concreto. No se preocupaban en diferenciar Escocia, Inglaterra, Irlanda o Gales, imagino que consecuencia de un reino cada vez más imperialista en todos los sentidos. A ver qué os parece.

London, England. Más claro el agua. Pero salieron buenas músicas "escocesas"
London, England. Más claro el agua. Pero salieron buenas músicas “escocesas”

Francesco Maria Veracini nació en la bella capital toscana, Florencia, en 1690. Era miembro de una familia de músicos, aunque su padre prefirió dedicarse a la farmacia. Su tío, Antonio, con quien estudió, fue considerado el mejor violinista fiorentino de la época. Como ocurría en aquella época, Francesco estudió en la catedral, en la capilla de música y tras sus estudios se trasladó a la catedral veneciana de San Marcos. Cada vez más virtuoso con el violín, en 1714 viajó a Londres atraído por la fama de Handel. Recordamos que el músico alemán se hizo el dueño y señor de la escena y la música del Londres de principio del XVIII lo que le llevó a nacionalizarse inglés. De hecho Handel hoy en día es considerado un músico londinense, tal y como él mismo se consideraba en su época. Pero quizás lo que alguna gente no sabe es que Handel, antes de recalar en Londres, estuvo cuatro años, de 1706 a 1710, en Roma y dejó un recuerdo imborrable por sus obras y cantatas. Eso hizo que, tras conocerse el éxito de Handel en Londres, muchos músicos italianos se trasladaran a la capital inglesa a conocer el ambiente musical londinense y muchos a probar suerte. El caso es que, como he dicho, Veracini viajó a London en 1714 en donde hizo amistad con diferentes músicos italianos, como Francesco Geminiani. Volvió a Venecia, donde se convirtió en un aclamado violinista, viajó a Polonia, Praga e hizo diversos viajes volviendo a Londres. La última vez que lo hizo fue en los primeros años de la década de los 30 del siglo XVIII. Finalmente, en 1747, se instaló en Pisa donde falleció veinte años después. Para la historia ha quedado como uno de los compositores más importantes para el violín, junto a Corelli, Geminiani, Tartini, Leclerc o Locatelli.

Entre las obras del músico toscano hay oratorios, óperas y sonatas, estas últimas la parte más reconocida de todo su repertorio. Al ser un virtuoso del violín, se especializó en obras para dicho instrumento, logrando un éxito rotundo con ese tipo de obras. Las mejores sonatas son las llamadas Sonate accademiche en La mayor, Op. 2. Son 12 sonatas que compuso en Londres, en su última estancia a orillas del Támesis, en 1744. Tuvieron un gran éxito. Fue, parece ser, la última obra londinense, ya que, poco después, volvió a Italia en un viaje accidentado, ya que su embarcación naufragó en el Canal de la Mancha. Afortunadamente pudo salvarse, aunque varias de sus obras desaparecieron con el hundimiento. ¡En aquellos tiempos lo de viajar era peligroso!

Aunque estas Sonatas académicas, como también se les suele llamar, constituyen un homenaje monumental a Arcangelo Corelli, no hay duda de que forman una obra maestra por naturaleza. Estas sonatas para violín no siguen un esquema común ya que algunas constan de cinco movimientos, otras cuatro e incluso tres. Tampoco en el ritmo empleado en cada uno de los movimientos, empleando ritmos rápidos, danzas y lentos, sin ningún orden preestablecido. Todas y cada una de esas sonatas son una delicia. En el caso del movimiento Scozzese de la sonata nº 9, es una danza con ritmos danzantes aunque desconozco de dónde sacó que la melodía pudiese ser escocesa. En aquel tiempo, como he dicho, fueron muchos los músicos italianos que recalaron en Londres y estos ritmos y danzas “escocesas” aparecen constantemente en multitud de obras, principalmente instrumentales.

Veracini, el italiano que creó en Londres una música escocesa
Veracini, el italiano que creó en Londres una música escocesa

Entre las grabaciones de dicha pieza me decanto con una que recoge las 12 sonatas, en un triple registro discográfico, donde las interpreta el Trio Settecento, compuesto por Rachel Barton Pine al violín, John Mark Rozendaal con el chelo y David Shrader sentado al clavecín, grabadas a partir de la partitura original de 1744. Otra grabación también exquisita es la efectuada por Fabio Biondi, Maurizio Naddeo y Rinaldo Alessandrini, con un virtuoso memorable y unos pizzicatos deliciosos. Los otros tres son piezas sueltas, como en el CD London Calling, con una interpretación maravillosa y viva a cargo de Bjarte Eike, Thomas Pitt, Fredrik Bock y Allan Rasmussen. Finalmente presento otros dos CDs, el primero de ellos dedicado a los violinistas italianos que revolucionaron el mundo del violín y el segundo con la curiosidad de que la melodía es ejecutada con flauta.

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Os dejo finalmente con la lista de Spotify. De todos modos, más allá de escuchar la Scozzese, aprovechad y escuchad todas las sonatas, porque son una gozada. Disfrutad.

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