dejando de ser un adolescente

A cambio de un padre, en mi familia había una madre. Una madre que me decía claramente “Yo no opino lo mismo” o “Me parece bien” en un tono resuelto que no admitía réplica. En realidad, esa madre no era mi madre, sino mi abuela. Por si fuera poco, mi verdadera madre era ni más ni menos que Aiko, una mujer sentimentalmente desequilibrada que sólo me parecía simpática, atributo que no puede considerarse precisamente halagüeño tratándose  de la opinión de un hijo hacia su propia madre.

Las novelas de paso de una estación a otra, los relatos de crecimiento y de viaje interior siempre me han gustado. Ese momento en que una persona deja de ser niña para hacerse adulta, ese avance de la adolescencia a la juventud, con todo el descubrimiento interior, principalmente individual y casi siempre formando parte de una colectividad. Dicen que “ningún hombre (imagino que también mujer) es una isla”, pero la soledad de los pensamientos y descubrimientos en algunas fases de la vida hacen creer que esas vivencias son exclusivas y que otras personas no las han vivido y las viven (y posteriormente eres consciente que otras personas las vivirán de manera muy parecida).

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Una de esas novelas es Algo que brilla como el mar, de Hiromi Kawakami, la aclamada y premiada autora de la historia de amor contada en El cielo es azul y la tierra blanca. En esta ocasión Kawakami nos presenta a Midori, un adolescente que vive con su madre soltera y su abuela, cuyo padre biológico es un conocido de la familia, con un amigo que quiere vestirse de mujer “para sentir un dolor que no logra en otro lado” y con una novia que actúa de contrapunto a un protagonista que no acaba de entenderla. Las luces y sombras de este adolescente que está descubriendo otra vida, la del adulto, con un camino que recorre irremediablemente y que muchas veces no comprende.

La novela en su comienzo sirve para presentarnos a los personajes, principalmente al protagonista y sus pensamientos y avanza en un viaje con su amigo a unas islas del norte de Japón. En ese viaje comprenderá, finalmente, muchas de las cosas que se ha ido preguntando en el último tiempo. La autora descubre todas sus cartas en los capítulos finales y con la sutileza que le caracteriza, reivindica la soledad en todas sus formas y matices como parte indivisible de la persona, una parte que actualmente la sociedad intenta esconder y diluir.

Una novela para quienes alguna vez piensan que están solos y también para quienes en diferentes momentos elegimos estar solos. De nuevo, con Kawakami, una sutil belleza.

amistad a la japonesa

… doblaba la primera esquina a la derecha cuando vio de lejos a Sugiko, que debía de volver de clase de ikebana, pues llevaba aspidistras envueltas en papel de aceite. Debido a lo inesperado del encuentro, se detuvo en seco. En cuanto reaccionó, reemprendió la marcha; Sugiko se le acercó y lo saludó con una leve sonrisa.

Sigo descubriendo autores japoneses, escritores y escritoras que me trasladan a otro mundo, a veces, como en esta ocasión, lejanos en el tiempo. En 1919, después de cincuenta años del comienzo de la Restauración Meiji y tras la I Guerra Mundial, Japón se situaba como la favorita para ser la gran potencia asiática, en comparación con el declive de la India y mirando de tú a tú a la gran China. En esa época, buena parte de la intelectualidad japonesa había asumido espacios de la cultura y ritos occidentales, incluida su religión, y se volvía a las vanguardias artísticas europeas. Es en esas circunstancias concretas en las que nace y se desarrolla la novela de Saneatsu Mushanokōji, Amistad, editada hace dos años, con gran gusto por cierto, por la editorial maña, Contraseña.

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Amistad es una breve novela de 150 páginas que cuenta la historia de, evidentemente, una amistad. En el círculo literario tokiata, los jóvenes, todos hombres, hablan de las últimas obras de teatro, debaten sobre las últimas novelas y conversan sobre las últimas tendencias artísticas europeas. En medio de ese círculo, las mujeres, todas hermanas de los escritores, se convierten en objeto de veneración para llevar al altar del matrimonio. La historia de la novela es la relación de amistad de un joven escritor, su amigo, también autor literario y el amor que el primero profesa a una joven, hermana de otro componente de ese círculo de amistad. Los pensamientos del enamorado, los vaivenes emocionales típicos del Romeo, tan ridículos cuando son observados desde fuera, la ayuda del amigo, el acercamiento a la enamorada, las elucubraciones surgidas de las situaciones, etc., todo eso es parte de esta novela.

El desarrollo de la novela nos lleva a valorar y reflexionar sobre el valor de la amistad, hasta dónde llega y cómo se desenvuelve según cambian los acontecimientos. El desenlace de la novela lo descubrimos con un cambio de estilo literario, siendo por medio de la correspondencia como descubriremos el final de la historia. Una historia bonita que leí muy a gusto en un viaje de tres horas en tren, mientras el chico de al lado todavía soportaba las consecuencias de los excesos de su fin de semana.

Una novela para seguir entendiendo la cultura japonesa, para reflexionar sobre el enamoramiento y para valorar la amistad, no como algo estático, si no como movimiento, que sube, baja, entra y sale. Otra cosa es que en esos movimientos pueda alejarse o acercarse demasiado. ¿Qué guía la amistad? ¿El corazón, o la razón? Esa es la disyuntiva que nos ofrece esta obra. En definitiva, una novela para disfrutar mientras la tarde, ya invernal, cae sobre un tren en marcha.

un exquisito cuento japonés

Desde su perspectiva, la cocina era un arte de consecuencias puramente artísticas capaz, al menos para ellos, de eclipsar a la mismísima poesía, a la música, la pintura.

Digo cuento, porque no es una novela de una extensión suficiente y cuenta una historia en capítulos muy cortos. El club de los gourmets, de Junichirō Tanizaki, habla del placer a la hora de comer y de las exquisiteces a las que un grupo de sibaritas se dedican en cuerpo y alma.

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Hace muchos años, no recuerdo en qué radio, de vez en cuando escuchaba un programa que se dedicaba a contar historias en forma de cuento relacionadas con la comida. Que si el banquete de la emperatriz china, que si una receta del capitán de un barco explorador del Polo Sur, que si una soprano que cada vez que comía un plato en concreto llegaba a una nota dos octavas más al ta de lo normal, etc. Eran historias fantásticas, contadas con un gusto exquisito que en cinco minutos te transportaban a mundos donde el paladar era el centro de la historia y el origen de la misma.

Este cuento de Tanizaki, el autor de El elogio de la sombra, libro delicado donde los haya, nos lleva un Tokio en un tiempo indefinido entre finales del XIX y principios del XX, donde cinco hombres constituidos en club de gourmets se dedican a descubrir nuevos y espectaculares sabores en la gastronomía. Es tal su obsesión que su gusto se rige en centro de sus vidas buscando nuevos sabores. Y un buen día, el presidente del club, el conde G., encuentra un local privado donde chinos de la provincia de Chechiang se dedican a las sensaciones sensuales a través de insospechados manjares de la alta cocina.

Un libro escrito con mucho gusto, idóneo para leer en un viaje en tren, para que aquellos que se alimentan con latas de conserva y platos prefabricados, descubran las posibilidades de la cocina y la maravilla de descubrir nuevos sabores. Un cuento perfecto para quienes no dan el tiempo suficiente a saborear un buen plato. Sus estómagos y sus mentes agradecerán, sin duda, esta lectura.

desde una librería japonesa

Tarô permanece fuera pese al frío. Sentado a la mesa bajo el tejadillo, juega con sus animales de plástico. Absorto en su juego, no repara en la nieve. Balancea lentamente la cabeza, como si reflexionara. Mi mirada se detiene en el color de su pelo: castaño. Distraída, rememoro la escena en que yo corría estrechando un bebé entre mis brazos.

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Me gusta la literatura japonesa. Me gusta su ritmo, su ritmo pausado, para ser más exactos. Me gusta la cultura y las costumbres que traslucen a través de sus historias porque son muy diferentes a las nuestras. Me gusta descubrir el significado, los múltiples significados, de las palabras japonesas. Y me gusta porque a través de sus páginas se deja ver la sensibilidad en gestos cotidianos, una sensibilidad que yo apenas veo en nuestra sociedad. Y es verdad que la sociedad japonesa, por lo menos una parte de ella, tiene otra cara que está enferma como colectivo. Pero a mi, la cara sensible, respetuosa, esa que elogia las sombras y gusta de la belleza en las cosas modestas, el wabi-sabi, me emociona.

Aki Shimazaki es una escritora canadiense de origen japonés que escribe en francés. Y lo hace bastante bien. De hecho, sus libros han ganado varios importantes premios literarios. Hôzuki, la librería de Mitsuko, cuenta la historia de una mujer que tiene una librería especializada en obras filosóficas y que vive con su madre y su hijo sordomudo en el piso superior. Un día entra a la tienda una mujer distinguida, con su hija y los dos pequeños se sienten inmediatamente atraídos entre ellos. Y a partir de ahí se desarrolla una historia en la que el equilibrio familiar de la librera queda expuesto y en peligro. La novela está editada por Nørdica libros y como todos los de esta editorial está editada con un gusto exquisito. Un librito, de apenas 140 páginas, para leer en una tarde, mientras en los telediarios siguen hablando de matanzas, muertes, desigualdades y resto de odios.

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Un libro para quienes han olvidado la fuerza del amor maternal, para quienes se quedan mirando con la boca abierta a dos sordomudos comunicándose, para quienes tienen un pasado pero creen más en el futuro y sobre todo en el presente, para quienes disfrutan dentro de una librería y para quienes quieren seguir descubriendo Japón. Un libro que a través de la sutilidad y elegancia te dejan pensando.

ser parte de la naturaleza

Hace dos semanas vi una película que me encantó. De hecho, aprovechando que era fin de semana, la vi dos veces seguidas. Una película de animación, esto es, de dibujos animados, es más, con tres personajes y sin diálogos. ¿Cómo? Os lo cuento, para que no dejéis de verla.

Si eres un friki lo sabrás. Si tienes afición a los cómics, también. Se sientes pasión por Japón y su cultura, lo que seguramente significa que seas friki y que te gusten los cómics, también lo sabrás. Igual el resto no sabéis qué es Guibli. Pues nada, os lo cuento. Resulta que Ghibli es un estudio de animación japonés, vamos, que hace películas de dibujos animados que principalmente suelen ver los adultos. Lo fundaron en 1985 el director Hayao Miyazaki y su colega Isao Takahata. La música de Joe Hisaishi forma parte de muchas de las películas de este estudio, estudio que, por cierto, tras la retirada de Miyazaki en 2013, decidió entrar en un proceso de reestructuración.

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El caso es que, mientras se reestructuran, se han metido en la primera coproducción internacional, en este caso con un ilustrador holandés llamado Michaël Dudok de Wit. El resultado de esa colaboración ha sido un largometraje extraordinariamente delicado que se titula La tortuga roja. La película cuenta la historia de un náufrago del cual no conocemos nombre ni procedencia, que llega a una isla desierta que no sabemos dónde está. En la isla encuentra su lugar en el mundo cuando comprende que es parte absoluta de la naturaleza y que la naturaleza es él mismo. Un poco zen, ¿no? Mientras, se encuentra con una tortuga, conoce a la compañera de su vida, tiene un hijo y demás. Es verdad que hace defensa de la familia, pero entendiéndose ésta como un núcleo desde el que avanzar, desde el que acompañar en el crecimiento y desde el que vivir en libertad. Ese mensaje me ha gustado. No hay rastro del encorsetamiento que muchas veces puede producir la familia. En esta cinta el mensaje principal es el de la libertad, el de vivir desde la sencillez y el de vivir la pequeñez de las cosas, como es un cangrejo avanzando por la arena. Por otro lado es un canto a la naturaleza, como parte de la persona.

El dibujo nada tiene que ver con el manga japonés. Es una película realizada según la tradición del cómic franco-belga. El trazo fino de los dibujos posiblemente os recuerde a Tintín. Una película que, como he señalado, no contiene diálogo alguno. Los personajes no hablan. Eso sí, tiene una música espectacular compuesta por Laurent Perez del Mar que se funde a la perfección con esos encuadres grandiosos que empequeñecen hasta al espectador.

Yo la vi en Filmin y si tenéis oportunidad no os la perdáis. Una película delicada, como he dicho, profunda y bella. Una perfecta alegoría del ciclo de la vida. Serenidad para una meditación perfecta.

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soy bachiano

La primera entrada de esta serie dedicada, pretenciosamente, a mi música vital no podía ser otra que una sobre quien ocupa gran parte de esa banda sonora personal. Johann Sebastian Bach. Es mi Bach y explico porqué. Rescato esta entrada de otros blogs que tengo por ahí y mientras tanto voy preparando las siguientes entradas.

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Tenía diez años cuando en el salón de actos un tanto destartalado de aquel colegio flanqueado por dos torres circulares, me fijé por vez primera en tres letras que acompañaban el título de la partitura, tres letras que, con el tiempo, con solo verlas, me asegurarían la genialidad de la música que las poseyese. El trío de letras estaba escrito en mayúscula, como no podía ser de otra manera, pues nada hay más grande en música que la que va precedida del terceto en cuestión e iba acompañado de una cifra. BWV 238, Sanctus en Re mayor, de Johann Sebastian Bach. Para nosotros era el Sanctus de Bach, lo llamábamos sencillamente “El Santus”, sin c en medio, en la primera parte, que venía seguida de “El pleni” por lo de Pleni sunt coeli et terra… Con diez años aquello me pareció el súmmum, cantado a cuatro voces por aquél coro de niños y niñas que aprendimos a amar la música mientras cogíamos aire para poder terminar con fuerza la frase musical llena de corcheas y semicorcheas que subían y bajaban caprichosamente a lo largo del pentagrama.

Mientras mis compañeros cantores se dedicaron a seguir estudiando en el conservatorio yo me lancé a disfrutar, sentir, soñar, llorar, pensar, amar y emocionarme a través de la música. Ellos y ellas ahora graban discos como solistas de música renacentista, dirigen coros de renombre, presentan programas en la radio estatal de música clásica y yo, bueno… pues yo sigo sintiendo la música. Hubo un tiempo en el que maldije mi torpeza al dejar el conservatorio, pero hoy es el día en que agradezco, por lo menos, tener la capacidad de saber escuchar música y sobre todo de sentirla. Hay amigos que no entienden que se pueda llorar en una iglesia mientras una contralto canta en alemán Erbarme dich, mein Gott, Apiádate de mi, Dios mío, con una tristeza de tal magnitud que todas tus pequeñas traiciones se unen en aquella de Pedro.

Después vino el Magnificat que escuché con la boca abierta un día de Reyes de hace muchos años, en una catedral afrancesada y con una, entonces apenas conocida, María Bayo, acompañada por la Capilla de Música de aquella catedral que tenía y tiene un maestro de capilla de los de capa negra con forro de seda roja y birrete negro. Tal fue la impresión, que corrí a comprar un disco en vinilo con una versión dirigida por Gardiner que para mi fue y sigue siendo, por mucho que haya escuchado otras versiones, el Magnificat por excelencia. Grabé el disco en cinta cassette y con esa cinta metida en walkman iba por el mundo. No podía imaginar que un día iba a llevar en el bolsillo un teléfono sin cables en el que cupiese toda la música de Bach. Así es como aprendí de memoria aquella obra que, todavía hoy, me descubre matices como si fuese el primer día.

Posteriormente llegaron algunas cantatas, muy pocas, las más conocidas, cantadas en aquella iglesia donde las niñas iban con grandes lazos y los niños llevaban raya a un lado, con un coro de parroquia que tuvo cinco años de un nivel que no pudo soportar más tiempo y del cual pude gozar desde dentro. Aquél concierto de cantatas, con órgano, trompetas y violines, una directora de pelo rojo, que la tierra le sea leve, y un tenor que no lo había pretendido ser, en medio de aquélla iglesia blanca como una capilla andaluza y con un retablo plateresco dorado digno de una catedral, marcó otro capítulo en mi pasión bachiana. Meses después mi madre, joven, que cantaba por casa como si estuviese en el escenario y en el escenario como si estuviese en casa, que luchó sin descanso hasta el final contra aquella maldita enfermedad, emprendió su último viaje desde la cama hospitalaria, llorada mil y una vez, mientras sonaba en la radio el coral para tenor de la BWV 140, Wachet auf, ruft uns die stimme y sin que los demás supiésemos el significado de aquéllas palabras alemanas. Así es como esa música quedó para siempre grabada en mi.

Tras aquello, ya sin tener que aguantar las tonterías de las niñas de lazos, los niños de raya a medio lado y la hipocresía de sus madres y padres ultracatólicos, mi experiencia en Bach fue subiendo tonos, descubriendo la Misa en Si menor, con ese Kyrie que comienza con una voz de soprano actuando como un eco en llamada, mientras el resto de voces suenan al unísono en esa llamada suplicante. Las diferentes partes de la Misa se fueron grabando en mi memoria musical para formar parte de mi persona. El Gloria que empieza con un Bach en todo su apogeo en la parte del in excelsis Deo y termina en el Cum Sancto Spirito acercándonos a lo que es, sin lugar a dudas, la gloria. El Rexurresit con trompetas y timbales y el final del Dona nobis Pacem, danos la Paz, con quizás el Bach más renacentista de todos los que podamos recordar, con esas reminiscencias a los coros de Dresde del siglo XVII en el que poco a poco van entrando los timbales para terminar todo el coro en una larga nota final.

Después vino el tiempo de aquella maravillosa revista sobre música antigua, la Goldberg, tristemente desaparecida, en donde aprendí que la música de Bach en los tiempos en los que mi abuelo y mi abuela cantaban en el Orfeón Pamplonés se interpretaba de manera muy diferente a como podemos escucharla ahora. Me enteré que allá por los sesenta un tal Harnoncourt, acompañado de un señor que tocaba el clave y que se apellidaba Leonhardt, iniciaron la interpretación de la música bachiana en base a criterios historicistas y desde entonces solo puedo decir, gracias, gracias, gracias. A través de aquella revista conocí otros intérpretes, otras orquestas, otros directores que me introdujeron en una nueva forma de escuchar, sentir y vivir la música del cantor de Santo Tomás de Leipzig. Sigo releyendo con asiduidad los diferentes artículos y entrevistas de la publicación y hoy sigue siendo el día en que la echo de menos en muchas ocasiones.

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Finalmente llegó el tiempo del iPod, que después se convirtió en iPhone, en donde toda la música de Bach, que es mucha, cabía y cabe, y sobre todo, podía llevármela allá donde quisiese. Llegó el tiempo de hacerme con unos buenos auriculares que me hiciesen llegar la música de cantatas, conciertos, suites y oratorios como si los estuviese escuchando en directo. Y llego el momento, ¿cómo pudo tardar tanto?, de la Pasión según San Mateo, la BWV 244, Matthäus-Passion. Esta obra siempre había estado ahí, la había escuchado muchas veces de fondo cuando iba a visitar a mis abuelos, era un disco doble o triple, no me acuerdo, pero al que en aquél momento no hacía el menor caso. Tuvieron que pasar muchos, demasiados años, para que un día leyese una reseña de la obra dirigida por Philippe Herreweghe y su fantástico Collegium Vocale Gent y desde entonces quedase hipnotizado por esta obra, La Obra.

Aquella melodía, que tantas y tantas veces había cantado de niño en aquel coro dirigido por un hombre mitad genio, mitad loco, y que entonces identificaba con el título de Oh rostro lacerado y ahora se presentaba ante mi en alemán del siglo XVIII, empezó a apoderarse de mi de una forma como hasta entonces nunca había conocido. El más famoso coro de la obra magna de Bach me parece sublime en todos sus aspectos y pocas veces unas notas han podido trasladar el mensaje de una forma tan extraordinaria. Después vinieron muchas otras partes y actualmente sigo maravillándome con ellas, descubriendo nuevos giros, deleitándome con nuevas versiones. Es por eso que soy bachiano hasta la médula, es por eso que llevo esa música en mi interior desde muy pequeño.

Un día en un cursillo nos preguntaron cuál era la banda sonora de nuestra vida y reconozco que hubo alguna cara de extrañeza cuando dije que la mía estaba formada por muchas músicas pero que una sobresalía por encima de todas. Bach.

Desafortunadamente, la gente en general hoy en día no escucha a Bach y motivos hay muchos, pero uno de ellos es, sin duda, que no hay oportunidades para escucharle. A los que gobiernan, en general, no les interesa la cultura y la música en particular (eso también tiene que formar parte del cambio) y por eso ni se potencia, ni se apoya, ni se educa, ni se transmite el valor de la música. Seguimos sin comprender que, parte del cambio necesario hacia una sociedad más justa y solidaria, pasa por potenciar la cultura en todas sus expresiones y dotar a la gente de imaginación y capacidad para pensar, recrear y sentir. Pero bueno, seguramente este aspecto es parte de otro blog, por ejemplo de dslegi.com.

P.D. Es curioso cómo una música tan religiosa en muchos aspectos, como es la de Bach, para más inri luterana del siglo XVII (social, política, teologal y filosóficamente hablando) puede llegar a emocionar a personas de todas las creencias y no creencias de todos los tiempos. Y ahí creo que la clave, por lo menos la mía, es escuchar y entender la música bachiana como una experiencia, no solo personal, no solo de un tiempo, no solo de una corriente, si no como una experiencia universal, porque Bach habla a través de su música de valores, emociones y sentimientos que son parte intrínseca del ser humano en cualquier época, bien sea en la Sajonia de la segunda mitad del XVII, en el Japón del XIV o en la Euskal Herria del XXI.

P.D.2. El hecho de que me guste Bach no tiene nada que ver con el snobismo. Quien suele hacer ese tipo de comentario suele ser gente que no es capaz de entender que la música, sea la que sea, tiene una cualidad excepcional que es la de poder llegar a lo más hondo de ti. Hay gente que se emociona, de una u otra manera, con una balada de guitarra eléctrica, otra gente con un tango arrastrado y mucha otra gente con la música machacona que suena en una discoteca a las seis de la mañana. Yo me emociono con muchas músicas, entre ellas, la de Bach.

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Me gusta la literatura japonesa. Y eso que, en demasiadas ocasiones, es el origen de lecturas perturbadoras y que producen desasosiego. Por lo menos a mi. Innumerables veces cuentan historias de gente que son los extremos de una sociedad que no se quiere, de una cultura que no se reconoce y de una historia que no se reivindica. Leyendo literatura nipona descubres también la parte oscura de su sistema social, más allá de tradiciones, delicadas sombras, pausas y silencios. Y casi siempre, sin que dependa del tipo de relato, la poesía aparece de manera natural y suave. Por eso me gustan los escritores y escritoras japonesas.

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“Él echa agua en la plancha de piedra, coge la barra de tinta verticalmente, la remueve sin hacer ruido y moja el pincel en la tinta ya mezclada”.

La piscina, de Yoko Ogawa, es un libro como para un día como hoy. Y digo un día, aunque bien podría decir media mañana o una tarde. Lo puedes leer mientras tomas un té, y poco más. Sus 101 páginas nos cuentan una de esas historias de adolescentes japoneses, en este caso una chica, hija de un matrimonio que está al cuidado de un orfanato. Y esa es su realidad. Ella es la única en toda la casa que, pese a vivir con su padre y su madre, se siente huérfana de verdad.

Todos los niños del Hogar Hikari se marchaban uno detrás de otro, dejándome a mí sola.

La tristeza la llena con unos episodios de voyeurismo, consistentes en ir a observar, de manera escondida, a uno de los chicos de la casa que practica salto de trampolín. La ternura que le produce la visión de esos saltos y los músculos duros del chaval, es la manera que tiene de ahogar la crueldad, que ella, en su inocencia, no sabe de dónde nace, y que le lleva a realizar acciones perversas con alguna de las niñas más pequeñas del orfanato, solo por el placer de escucharla llorar indefensa.

Deseaba intensamente sumergir mi cuerpo en el agua de la fuente que hay en lo más profundo de su ternura, que él me limpiara el cuerpo con el algodón de su alma.

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No es el libro que más me ha gustado de la autora, lo reconozco. Me gustó más, en su tiempo, La fórmula preferida del profesor, que una vez dejé a un amigo encarcelado y nunca más lo recuperé. Espero que siga en alguna celda haciendo volar la imaginación de quien lo lea. O mejor aún, quizás esté ya en una habitación de alguna casa, de una persona en libertad.


En definitiva, un libro para quienes les gustan los vapores de piscina climatizada, o los speedo o simplemente darse al voyerismo a la japonesa. También es una obra a tener en cuenta para quienes intentan, desesperadamente, comprender la psicología de la sociedad japonesa.