el orgasmo de David

Vamos a ver. La obra es un concierto para clave escrito por Johann Sebastian Bach que originariamente, parece ser, el primer y tercer movimiento eran parte de un concierto para violín perdido (me muero con esta clase de pérdidas) y el movimiento central, objeto de esta entrada, proviene de un concierto para oboe, también perdido (vuelvo a morir). El Concierto para clave nº 5 en fa menor, BWV 1056, fue seguramente escrito hacia 1742, dura unos diez minutos y en la partitura original acompañan al clave violines I y II, violas y un continuo de violonchelo y violone. Este fue el primer concierto para clave en el que el compositor rebajó sustancialmente el acompañamiento para dar el máximo protagonismo al instrumento protagonista. No soy muy aficionado a las interpretaciones al clave, me gustan más al piano, qué se le va a hacer. De entre las versiones al clave me gusta esta de Andreas Staier, aunque seguramente una de las más clásicas y valoradas sea la versión de Trevor Pinnock con The English Concert.

El caso es que ese segundo movimiento es el Largo, que no quiere decir que sea más extenso, si no que su tiempo es más lento y además, en este caso, está escrito en una tonalidad diferente a los otros dos tiempos, en la bemol mayor. Este movimiento me ha gustado de siempre, crea en mi una serenidad absoluta e incluso puede arrancar, de hecho lo hace, unas lágrimas por ser tan sublime. A Bach debía de gustarle también, ya que lo utilizó en la sinfonía que introduce la cantata Ich steh mit einem Fuß im Grabe, BWV 156, una cantata religiosa de 1729 para el Tercer domingo después de la Epifanía. Por lo tanto este movimiento del antiguo concierto de oboe fue utilizado primero en esta cantata.

Y entonces es cuando me encuentro con un CD que, si bien es bastante conocido, seguramente por la publicidad que le hicieron en su momento, no es, por lo menos no para mí, la mejor grabación al piano de estos conciertos. El pianista, con una pinta de niño de papá que no se aguanta, casado con la hija de un famoso director de orquesta, con un flequillo que ni Kortajarena, se llama David Fray. Pero va y el tipo, el niño pijo, toca el segundo movimiento, el Largo, con una sensibilidad extrema, como pocas veces se puede presenciar. Llevo días que no puedo dejar de ver el vídeo donde ejecuta esta parte. Su cara, mientras toca el piano, me atrae de tal manera, que todas las veces que he visto el vídeo han caído unas lágrimas. Quizás parezca una exageración, pero a cada cual le llega la emoción de fuentes de lo más diversas. Esa cara de David, porque con la de veces que le he visto en el vídeo no me queda ya más remedio que llamarle por su nombre, esa cara, decía, es la cara de alguien que está sintiendo tan hondo la música que interpreta, que parece que está llegando a un orgasmo, en este caso múltiple. Y yo, de verlo y escucharlo, también.

Seguramente haya quien después de haberlo visto haya pensado en ese otro maravilloso pianista que fue Glenn Gould. Y la verdad es que el flequillos tiene mucho de sus histerismos, sus manías y tal. Y claro, entre original y copia, yo prefiero el original. Pero cuidado. No digo que el tío no sea bueno, que de hecho lo es. He dicho que de este concierto hay grabaciones que me gustan mucho más.

Os dejo las portadas de algunas de algunas de las, para mí, mejores grabaciones del concierto y también del propio álbum de donde proviene el vídeo del orgasmo. Hay versiones en el original clave, al piano y con otros instrumentos como el violín, la viola de gamba, el oboe o la mandolina.

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Y aquí tenéis la lista del Spotify. Felices orgasmos.

serenidad prohibida

Esta no era la entrada que tenía prevista para hoy, pero como al disco duro de mi ordenador le ha dado por tomarse vacaciones y no estará disponible en unos días (espero que solo sean unos días), ahí va esta serenidad prohibida.

La obra de hoy tiene todos los elementos como para poder hacer una novela con ella. Un niño cantor convertido en compositor, la capilla más conocida del mundo, una obra para cantar dos veces al año, una partitura prohibida, un niño prodigio mundialmente famoso y una serenidad que penetra en todo tu ser desde el primer momento de su escucha. Miserere, de Gregorio Allegri, una obra que dura entre 12 y 14 minutos, según las versiones. ¡Vamos allá!

Sketch de la Sixtina
Sketch de la Sixtina

Nos situamos un momento. El Salmo 51, el conocido como Miserere, es un texto supuestamente escrito por David en el que, tras reconocer el pecado por haberse liado con una señora que estaba casada. Para más inri, la tal Betsabé, que así se llamaba la señora en cuestión, era la esposa de un fiel amigo de David, llamado Urías. El caso es que el rey David, ni corto, ni perezoso, decide deshacerse de su colega y lo manda a la guerra donde, como suele pasar en las guerras, muere. En fin, que después de disfrutarla con Betsabé, le entra un cargo de conciencia de espanto y pide perdón a su Dios con el famoso Miserere mei, Deus (Ten piedad de mí, ¡oh Señor!). La verdad es que desconozco si le perdonó o se sintió perdonado, pero el caso es que Urías siguió muerto, seguramente en un polvoriento páramo de Oriente Medio. Con Betsabé tampoco he podido saber qué ocurrió. Es lo que ocurre con la historia en general, que al final suele quedarse en un relato de la vida de reyes, generales y algún hecho aislado que realiza la gente del Pueblo, normalmente contra un rey o un general.

Pues bien, como con muchos otros textos religiosos, más si estos formaban parte de la liturgia de la Iglesia, como es el caso (este salmo pertenece a Laudes), era normal musicalizarlos, para acompañar, precisamente con música, la ceremonia religiosa. Y es lo que ocurría con el mencionado salmo. A partir de aquí, Miserere, a secas.

David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti
David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti

Y nos trasladamos al Vaticano, a finales del primer tercio del siglo XVII, donde un tal Gregorio Allegri, formaba parte del Coro Papal, llamado posteriormente Coro de la Capilla Sixtina, por cierto, el coro en activo más antiguo del mundo. El señor Allegri había sido niño cantor en diferentes iglesias de Roma y recorrió parte de Italia cantando durante muchos años, hasta que el 6 de diciembre de 1629 ingresó en el coro particular del Papa. Es decir, con 47 años del ala. Para que luego nadie venga diciendo que según a qué edades ya no se pueden empezar a hacer cosas nuevas. Y en estas estamos, cuando, en 1638 compone la obra que le reportaría fama para la eternidad. El Miserere. Una obra que no ha dejado de interpretarse en la susodicha capilla desde entonces, únicamente en dos ocasiones anuales, en los maitines del miércoles y viernes de Semana Santa.

La obra está compuesta para dos coros, uno de cinco voces y el otro de cuatro, que se sitúan enfrentados entre sí, clara influencia de dos compositores anteriores, Palestrina, de la escuela romana y Gabrieli, de la escuela veneciana. Posteriormente el más maravilloso compositor de todos los tiempos, Johann Sebastian Bach, utilizó esta composición de dos coros en la Pasión según San Mateo, BWV 244. La cuestión es que uno de los dos coros canta la melodía original y el otro, a su vez, una versión más elaborada. Es una obra que transmite una serenidad apabullante y que en épocas pretéritas se interpretaba a la luz de trece velas, representando a Jesús y los doce apóstoles, que se iban apagando una a una, conforme transcurría la música, hasta la oscuridad total. Imaginaros, en aquella época, cuya única luz provenía de las velas, qué efecto tan impresionante podía suponer esta escenificación. La Iglesia en esto de escenificar ha sido siempre muy buena. Y de ello se dio cuenta el Papa Urbano VIII, que decidió prohibir su transcripción y ejecución fuera del Vaticano, bajo pena de excomunión. Y punto pelota. Os dejo con un vídeo que no es del Vaticano, ni la versión larga. Se trata de una versión de la que luego hablaré, quizás la más conocida, interpretada, en esta ocasión, por los King’s College Choir, de Cambridge, con una edición extraordinaria en cuanto a luz, escenificación y, desde luego, interpretación.

Pero seguimos con la historia. Sabemos que la obra fue prohibida, tal y como he comentado, no dejando salir la partitura del propio Vaticano y excomulgando a quien osase interpretarla fuera de allí. Pero en esto, también, hay quienes tienen ventaja sobre el resto de los mortales y el rey Leopold I de Austria, solicitó y obtuvo una copia que guardó en la Biblioteca Imperial de Viena. El caso es que se lió una gorda, ya que, cuando la mandó ejecutar en su capilla particular pensaba que había sido engañado. El Papa despidió a su maestro de capilla y este se tuvo que trasladar hasta la capital austríaca para explicar al idiota de Leopold que no había ningún error, que la partitura estaba perfectamente bien. ¿Qué es lo que ocurrió? Pues que partes del Miserere no estaban transcritas a la partitura, si no que pasaban de generación en generación pasados de intérprete a intérprete directamente. Esto se hacía bastante en aquella época y suponía salvaguardar la propia obra.

Y llegamos a la Semana Santa de 1769, al oficio de la madrugada del miércoles de aquel año. Y no encontramos a un padre con su hijo entre los asistentes a la misa papal. Leopold y Wolfgang, los Mozart, padre e hijo, no pierden atención de lo que allí ocurre. Y claro, el niño en cuestión, como era un prodigio, ni corto ni perezoso, memorizó la obra en su cabecita austriaca y al llegar a sus aposentos transcribió los más de doce minutos de música polifónica a la partitura. Como para quedarse ojiplático, ¿no? Para colmo el pequeño compositor volvió el viernes para asegurarse que lo que había transcrito estaba todo en orden. ¿Y qué pasó con la prohibición papal que se había saltado a la torera? Pues es lo que tiene ser un genio. Resulta que al Papa de turno, Clemente XIV, le pareció tan estupendo que un adolescente copiara de memoria el famoso Miserere, que lo llamó a Roma de nuevo, le concedió audiencia y le otorgó la Orden de la Espuela de Oro. Los Mozart siguieron su camino y su viaje por Europa y en Londres se cruzaron con el historiador Charles Burney, a quien dieron una copia de la obra para que la publicara. Y así se dio por finalizado el misterio y secretismo en torno a la obra.

Versiones grabadas hay un buen puñado, aunque solo unas cuantas merecen la pena. Yo me quedo con una, sin duda. La grabada por The Tallis Scholars en 1980, una versión extraordinaria, de las de antología, por mucho que digan algunos que entre los intérpretes hay mujeres (algo inexistente en la época en que se compuso). Disfrutad del vídeo.

Del resto de opciones os recomiendo la del propio Coro de la Capilla Sixtina, con su versión original, con diferencias importantes en cuanto a la versión a la que estamos acostumbrados. La de Voces8, exquisita, aunque quizás algo rápida, la de The Sixteen, impresionante. Aparte tenemos la de A Sei Voci, de las más lentas, pero igualmente deliciosa, con unos ornamentos diferentes. Finalmente tenemos todas las versiones de los coros ingleses, muy aficionados a esta obra.

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Aquí tenéis la lista de Spotify, en la que falta, incomprensiblemente, ya que no se haya en el catálogo de este servicio, la versión de The Tallis Scholars. Espero que la disfrutéis.

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impresionante pasión

Más allá de creencias, la pasión de Jesucristo es el relato de un hombre que después de cenar con la cuadrilla es traicionado por uno de sus amigos, acusado sin pruebas, detenido, maltratado, juzgado sin posibilidad de defensa, torturado y finalmente ajusticiado de una manera cruel e inhumana. Poner música a esta historia no es, ni mucho menos, empresa fácil, pero Bach consigue algo asombroso. La Pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach, es una obra monumental, de casi tres horas de duración, compuesta para un servicio religioso del Leipzig luterano del siglo XVIII y que es capaz de bajar esa historia, sagrada para millones de personas, al ámbito de los sentimientos humanos. Bach pone música al drama de esa historia, pasando por el dolor, la angustia, el odio, la tristeza o desesperación, pero dejando espacio a la esperanza, la dulzura, el amor o la amistad.

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Ayer en Baluarte todas las personas que llenamos su sala principal fuimos testigos de esta pasión bachiana y estuvimos presentes en el que, posiblemente, desde luego sí para mí, sea uno de los mejores conciertos de música clásica que se hayan escuchado nunca en Iruñea. John Eliot Gardiner es capaz de controlar todos estos matices del sentimiento humano que emana de esta obra y además lo hace, no solo en grabaciones, si no, diría yo que, principalmente, en actuaciones en vivo. Su conocimiento de esta obra cumbre de la música fueron patentes en el concierto de ayer, controlando absolutamente todos los elementos, desde la fuerza y tiempos, los dos coros y orquestas, la Escolanía del Orfeón Pamplonés (impresionante) o las propias arias solistas, creando un conjunto que, muy pocas veces, es posible escuchar y ver en directo.

No soy, ni mucho menos, principalmente por desconocimiento, un crítico musical, pero ayer en el descanso de la obra solo se escuchaban comentarios de gente maravillada por lo que, hasta entonces, habían presenciado. El silencio total que se hizo en Baluarte durante las casi tres horas del concierto, yo no lo había presenciado nunca en la multitud de conciertos a los que he asistido. Hubo un momento en el que se escuchaba hasta el aire de la calefacción. No hubo las típicas toses, ni papeles de caramelos. Hubo un momento en el que sonó en el palco un teléfono rápidamente acallado y al comienzo de la segunda parte dos señoras, tremendamente maleducadas, que se levantaron para irse en mitad del Erbarme dich, mein Gott, una de las arias más conocidas de la Pasión. A estas dos señoras directamente les vetaría la entrada para el resto de sus vidas. Los English Baroque Soloists demostraron que son una orquesta sublime y no solo un grupo de grandes instrumentistas. El conjunto lo demostró en todas y cada una de las partes de la obra. El coro Monteverdi me dejó estupefacto, sinceramente. Un empaste absoluto, unos diálogos entre los dos coros tremendamente vivos y sinceros y una profesionalidad general que, unida a la juventud de muchos de sus componentes, hacen de este coro un ejemplo de virtuosismo.

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Entre los y las solistas me voy a referir a los tres que más me llamaron la atención. Sin lugar a dudas, la estrella de la noche fue el tenor Mark Padmore, que en su papel de Evangelista volvió a demostrar porqué es, para muchos, el mejor Evangelista de todos los tiempos. Si alguna vez queréis deleitaros con esta interpretación podéis escucharlo y verlo, pues se trata de una interpretación semiescenificada, en la Pasión dirigida por Rattle, junto a la Berliner Philharmoniker. Su voz aguda y la fuerza en el escenario fueron lo mejor de la tarde-noche. Otro de los protagonistas de la noche fue el contratenor Reginald L. Mobley, con una voz delicada y una figura portentosa que, a tenor de la ovación que recibió al final de la función, encandiló a todo el público. Al cantar transmitía una tranquilidad apabullante. Entre los instrumentistas, con permiso del oboe (espectacular), me impresionó sobremanera la viola de gamba, Reiko Ichise, con una fuerza y viveza espectaculares. Estos son los tres que quiero resaltar, pero todos y cada uno de los solistas del coro, algunos de ellos bastante jóvenes, merecen un punto y aparte.

Salí del concierto con el espíritu sereno, la impresión de haber presenciado un concierto histórico y la gratitud de por vida al cantor de Leipzig, Johann Sebastian Bach. Lo celebramos cenando tarde en un japonés. Os dejo con el coro final.

agur Nikolaus

En mitad de esta tarde de siesta y manta, lectura y música, me ha sobresaltado el tuit de Katakrak anunciando la muerte de un grande de la música y revolucionario de la interpretación. Ayer falleció el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt.

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Harnoncourt fue uno de los pioneros en la interpretación historicista de obras barrocas, sobre todo de Bach. Abordó a principios de los setenta la grabación completa de las cantatas bachianas, junto a Gustav Leonhardt, que si bien ha sido superada en muchos aspectos, queda como apertura de un debate que hoy en día continua en la interpretación de obras musicales según los parámetros historicistas y con el uso de instrumentos originales. Este vienés universal, curiosamente nacido en Berlín, nacido en el seno de una familia aristocrática, fundó en los años cincuenta, junto a su esposa, el Concentus Musicus Wien, con quien cosechó múltiples éxitos en la interpretación y dirección. Posteriormente tocó con varias orquestas clásicas, con instrumentos modernos, pero siguiendo las pautas de autenticidad histórica. Continuó siempre con Bach y otros compositores barrocos y se fue acercando a otras músicas, como la opereta vienesa o las sinfonías de Beethoven, que grabó también completamente.

Para mi siempre quedará su grabación del Oratorio de Navidad de Bach para la televisión austríaca, con un coro íntegramente masculino y utilizando a niños para las voces altas, una decisión que, posteriormente, muy pocos directores historicistas han seguido. Personalmente me gustan las voces de mujer y contratenores en este tipo de interpretaciones, pero el comienzo de ese oratorio, con unos timbales magistrales, me sigue sonando espectacular. Tus interpretaciones eran siempre auténticas. Luego vinieron los conciertos de Año Nuevo de 2001 y 2003, que fueron calificados como de los mejores en la historia del famoso concierto. Su grabación de la Pasión según San Mateo, de 2001, ganó el Grammy y es otro de los hitos musicales de Harnoncourt.

Descansa en paz Harnoncourt, que la tierra te sea leve. Tu legado queda vivo entre nosotros. Ahora mismo estoy escuchando tu grabación del arreglo que Mozart hizo de un oratorio de Handel, el Alexanderfest, con un aria y coro dedicados a Baco, con otros timbales memorables. Suenen en tu memoria las trompetas y timbales de la eternidad. Agur Nikolaus Harnoncourt, siempre te recordaré como el artista de lo auténtico.

 

instrumental

Reconozco que cuando compré este libro pensaba que era un libro, sobre todo, de música. Sabía que su autor, un pianista londinense, había sufrido abusos sexuales siendo niño. Había leído que primero había intentado soportar aquello, pasados los años, con drogas. Había escuchado que se había intentado suicidar varias veces. Y sobre todo sabía que la música y el piano habían sido su salvación. Pero, joder, no sabía que me iba a encontrar con la crudeza de una vida marcada absolutamente por algo que comenzó cuando James Rhodes tenía seis años. Seis.

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James era un niño como otro cualquiera, quizás algo más sensible que el resto, guapo, un niño de anuncio, vamos. Y de repente, cuando cuenta con seis años, su profesor de gimnasia lo viola. Antes, conscientemente, he utilizado el término abusos sexuales, pero si algo nos enseña y deja claro Rhodes desde el segundo capítulo es que eso no es más que un término que trata de esconder la cruda realidad de lo qué es una violación, en este caso a un niño. James Rhodes es muy explícito, lo cuenta sin tapujos, pero solo quiero que os imaginéis el cuerpo y las proporciones de un hombre de algo más de cuarenta años y el pequeño cuerpo de un niño de seis. Imaginad ahora, por duro que sea, a ese hombre violando a ese niño. La sensación de asco, dolor, impotencia y horror me duró varios días.

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James Rhodes fue violado regularmente por ese profesor hasta que cumplió los diez años y lo cambiaron de colegio. Durante ese tiempo y mucho más adelante el niño violado no pudo decir nada a nadie, porque una de las cosas que he aprendido en este libro es que los niños y niñas violados a temprana edad están absolutamente controlados por el miedo que les produce la persona violadora y el propio acto de la violación. También he conocido cómo una persona violada a tan temprana edad tiene múltiples consecuencias a lo largo de toda su vida, algunas físicas, otras psíquicas y otras sociales. Aquí va la lista:

Autolesiones, depresión, adicción al alcohol y a las drogas, cirugía reparadora, trastorno obsesivo-compulsivo, disociación, incapacidad de mantener relaciones funcionales, rupturas maritales, ingresos forzosos en instituciones mentales, alucinaciones auditivas y visuales, hipervigilancia, síndrome de estrés postraumático, confusión y vergüenza asociadas al sexo, anorexia y otros trastornos de la alimentación.

En un momento de este calvario Rhodes descubrió el piano y a Bach. Dice que Bach y la música le salvaron. Al comienzo de cada capítulo habla de alguna música que ha supuesto algo importante para él. Él pudo salvarse gracias a la música. ¿Cuántos niños y niñas estás siendo violados en cualquier parte del mundo regularmente y no tienen posibilidades de salvación? Creo que la forma de interpretar que tiene Rhodes al piano le sale precisamente de ese dolor, de esa sensibilidad hacia una música que le salvó y le sigue salvando. Cualquiera de sus discos son un paseo por esa sensibilidad innata.

P.D. El colmo es que intentaron prohibirle que publicase su libro porque podía perjudicar a su hijo si este lo leía. Terrible.


Para leer si te gusta la música, hasta tal punto que alguna vez has sentido que te aliviaba un dolor, apaciguaba una angustia, acompañaba en la felicidad o te hacía desconectar de la triste realidad. Es también indicado para todas esas personas que, alguna vez en su vida, han sido objeto de abusos de cualquier tipo, para saber que la música puede curar incluso el más vil y doloroso de cualquiera de esos abusos. Y también es un buen libro para quienes, por cualquier causa, se han hundido en el consumo excesivo de cualquier sustancia (normalmente ilegal), o se han dejado llevar por la corriente de las autolesiones y se a visto alguna vez al borde del abismo. Porque siempre existe la luz al final del túnel y si es con música, mucho mejor.


tristeza balsámica

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James Rhodes. Os tengo que hablar de él. De su genio, de su dolor, de la dureza de su vida, de su magia. Pero lo haré otro día. Hoy, sin más, deleitaros con este vídeo de una interpretación suya del arreglo de Bach para piano (entonces para clave) sobre un concierto para oboe compuesto por Alessandro Marcello. Es una obra que destila una tristeza tan profunda que es buena para sacar toda la mierda que llevamos dentro. Tristeza balsámica que te deja como nuevo después de escucharla. Cerrad los ojos y dejaros llevar por este dolor tan bello.

concierto peligroso

La escena que presento hoy es, para mi, el momento clave de una película que, en su momento, me impactó. Tras ver Las amistades peligrosas, quedé maravillado de aquella historia, de la ambientación de la película, los lugares que aparecían en ella, los trajes y vestidos, su música, John Malkovich, Michelle Pfeiffer, Uma Thurman, Keanu Reeves y sobre todo una impresionante, en todos los sentidos, Glenn Close, con la cual estuve a punto de convertirme en un fan friki. Es lo que tiene la adolescencia.

La película, dirigida en 1988 (joder cómo pasa el tiempo) por Stephen Frears, cuenta la extraordinaria historia de La Marquesa de Merteuil que, por despecho hacia su amante que la acaba de abandonar, se alía con otro antiguo amante, el Vizconde de Valmont, para que desvirgue a la que será la esposa de su ex, que además es la hija de su prima. Un lío. La cuestión es que el tal Valmont, que es un pieza de cuidado, está ahora intentando montárselo con Madame de Tourvel, una beata casada, así que la marquesa le propone un juego en el que ella hará lo posible por ponerle a la beata en bandeja, con la condición de levantarse a la virginal Cécile. El final, como no puede ser de otra manera, se desmadra, alguna se muere, a otros les matan y para desgracia de la marquesa, todo París se entera de lo sucedido. La escena final de la película es de las de antología.

En cuanto a la escena que traigo, se trata de la victoria de Valmont sobre la joven Cécile (a la fuerza…), como consigue acostarse con ella, como el ambiente se enrarece en la casa y como la marquesa es solicitada para ayudar en este percal. No saben lo que se les viene encima. El caso es que Frears, cuya película cuenta con una muy buena banda sonora compuesta por George Fenton, utiliza para toda esta escena el primer movimiento, Allegro, del Concierto para cuatro claves en en la menor, BWV 1065, de Johann Sebastian Bach. Un acierto en el ritmo de la escena y en la ambientación del hecho que narra. Esta es la escena:

En cuanto a la obra de Bach, señalar que, en realidad, se trata de una adaptación para cuatro claves de un concierto para cuatro violines de Antonio Vivaldi. Esta práctica era muy habitual en la época y no era ningún desmerecimiento para quien lo hacía. De todos modos hay que resaltar que esta es la única adaptación de un concierto para la clave que Bach hizo de una composición que no era propia. En 1713, el duque de Sajonia-Weimar, al servicio del cual estaba el compositor, regresó de un viaje con un montón de partituras, muchas de ellas de música italiana. El caso es que a Bach le interesó sobremanera el esquema de concerto grosso, imperante ene se momento por aquellas tierras, cuya característica principal es la alternancia de la orquesta con instrumentos solistas. Así que, años más tarde, cogió una de esas partituras, la del Concierto para cuatro violines en si menor, RV 580, de Antonio Vivaldi, para adaptarlo al teclado. La adaptación está compuesta de tres movimientos, Allegro, Largo, Allegro, y cosa los tres están en el mismo tono, en la menor, cosa que el concierto de Vivaldi no. La música es viva en su principio que es la parte que se utiliza en la película y destaca el segundo movimiento de Bach, que fue catalogado de innovador en su momento. Os dejo con la versión al piano que Argerich, Kissin, Levine, Pletnev interpretaron en Verbier, en su Festival de Música clásica, el 22 de julio de 2002.

Y, como no podía ser de otra manera para completar la audición, os dejo, también, la versión original de Vivaldi, interpretada por el Giardino Armonico.

En cuanto a las versiones bachianas me quedo con dos. Las dos con claves, no con pianos. En primer lugar la que hacen los virtuosos The English Concert, drigidos por Trevor Pinnock, una versión que se recoge en esta integral de los conciertos para diferentes instrumentos de Bach en donde lo más reseñable es el acierto en el tiempo empleado. Esta interpretación fue editada por el sello Archiv. La segunda versión es la de Café Zimmermann en el cuarto volumen de los Conciertos para diversos instrumentos, una versión muy fresca que merece la pena y que se puede adquirir cada álbum por separado.

Y ya que estamos, os dejo con dos versiones del concierto original de Vivaldi. La primera es excelente, llena de vida y llena de la genialidad de Jordi Savall dirigiendo a Le Concert des Nations para su propio sello Alia Vox. La segunda nos ofrece la posibilidad de escuchar la versión vivaldiana de la mano de Café Zimmermann, que también interpretan en otro álbum la versión del cantor de Leipzig, también en Alpha.

Y dejadme despedirme con la escena final de Las amistades peligrosas. Solo por esta escena Glenn Close se merecía el Oscar a la mejor actriz principal que Jodie Foster ganó en los premios de Hollywood de aquel año.

P.D. A todo esto, la película está basada en la novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclors, publicada en 1782 y que merece, y mucho, leerla. Es de esas obras que lees, poco a poco, a gusto y gozando de ella. Hay una buena edición de Mondadori y otra en versión bolsillo de Cátedra.