la serenidad que da la limpieza

Acabo de terminar un librito bastante curioso, escrito por el japonés Keisure Matsumoto, monje del templo Kõmyõji de Tokio, que lleva por título “Manual de limpieza de un monje budista. Barrer el polvo y las nubes del alma”. El libro está editado por Duomo Ediciones y es una verdadera delicia, aparte de una fuente de tradiciones y curiosidades del modo de vivir tradicional japonés y budista.

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El libro en cuestión no hace si no ahondar en algo tan sencillo como que la limpieza y el orden, máximas de la práctica zen, no solamente son beneficiosas para quien está en los aposentos debidamente limpios, sino, lo que es más importante, para la propia alma y espíritu. La limpieza nos serena, nos da paz, nos purifica y nos ofrece una oportunidad para meditar. Lo que este monje nos invita a hacer con este libro es a vivir el presente a través de la limpieza regular del hogar, convirtiendo estos quehaceres en un auténtico ejercicio espiritual.

El libro comienza con unas reglas básicas de limpieza basadas en el día a día de un templo budista y continúa con los preparativos y objetos necesarios (este capítulo es totalmente una curiosidad sobre instrumentos que, mucho me temo, por aquí sería imposible conseguir… más teniendo en cuenta que en nuestras casas no hay paredes con paneles de papel ni nada parecido…). Prosigue con las diferentes estancias que hay que limpiar y consejos varios para ordenar y limpiar el baño, la cocina, los efectos personales, las habitaciones y los espacios exteriores. Los dos últimos capítulos se refieren a la higiene personal y limpieza del alma y un capítulo final sobre “cuando termina la limpieza”.

Un libro “de verano” que ya termina, para disfrutar con los consejos y para tomar con más alegría y satisfacción la limpieza, como parte de nuestra purificación interna.

“Nosotros no limpiamos porque esté sucio o desordenado sino para librar al espíritu de cualquier sombra que lo nuble”.

olas que vienen y van

Un fin de semana de encuentro con la familia, de tiempo para hablar, para disfrutar con los nuevos miembros de la familia, observando cómo los que hasta hace poco eran los pequeños hoy son quienes tienen la responsabilidad de ir mostrando la vida a sus hijos e hijas. Nuestras madres, con más arrugas y canas, sonríen desde su posición privilegiada que da la perspectiva de los años y se deshacen con nietos y nietas.

El verano, aunque sea el fin de semana, nos da opción a reencontrarnos con nosotras y nosotros mismos en nuestras relaciones, en el descanso, en las celebraciones y en los momentos que tenemos y buscamos para seguir meditando.

En un paseo por la costa, con un mar que estaba bastante bravo, medité sobre la similitud de la vida con el mar, una vida, que al igual que el mar, está ahí, aunque unas veces las olas sean más grandes y bravas y otras esté más calmado, el mar, la vida, está ahí, estamos ahí, somos siempre mar, siempre con olas, siempre en movimiento… Solo hace falta ser conscientes de ese movimiento y ese ser.

Una vez más, me doy cuenta que nuestra mente es como el mar. Nunca se queda quieta. Sus olas vienen y van.

en la sencillez está la respuesta

Hoy he visitado las excavaciones arqueológicas de Amaiur. Gente de diferentes edades que ha pagado por trabajar dos semanas durante sus vacaciones, en pleno verano, bajo el sol, una media de siete horas, excavando, levantando piedras poco a poco, quitando polvo y avanzando milímetro a milímetro para descubrir el pasado de una antigua fortificación medieval.

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Son unas veinticinco personas, hombres y mujeres, estudiantes y jubilados, profesionales de diferentes campos, que conviven durante quince días en una pequeña casa de un pueblo de la montaña. Algunos se levantan a las siete para ir a correr por los caminos, otros más tarde, pero a las ocho desayunan todos juntos para ir a las excavaciones. Trabajan hasta las dos de la tarde y luego vuelven a la casa en donde un grupo, cada día se turnan, ha preparado la comida. Algo sencillo. Y comienzan la comida con un brindis conjunto, con sonrisas y esperando a quien llega más tarde. Luego, a las cuatro de la tarde, vuelven durante dos horas por lo menos a seguir retirando polvo y descubriendo más estratos de la historia. Cuando se retiran cantan juntos una canción del lugar, antigua, como la memoria que pretenden rescatar y vuelven hacia la casa a ducharse y descansar. Después bailan en la plaza del pueblo, con la gente del lugar, antiguos bailes comunitarios que han pasado de generación en generación y beben, hablan y sonríen. Cenan juntos, algunos días hacen alguna pequeña fiesta y poco a poco se van a la cama.

Me ha sorprendido el sentido de comunidad de esta gente, la sonrisa permanente en sus bocas y la ilusión que desprenden sus explicaciones. Son gente que han decidido vivir dos semanas de sus vacaciones con otra gente, sin las comodidades a las que están acostumbrados, dedicándose a avanzar milímetro a milímetro, muy poco a poco, con la seguridad de que están avanzando aunque haya días que no vean ese avance. Uno de ellos me ha comentado la suerte que tiene de poder tomarse un vaso de vino en una pequeña colina a las diez de la noche, con la única compañía de la luna, el silencio y la memoria que poco a poco va floreciendo.

Esa es la vida que busco. Esa es la sencillez en la que puede estar la felicidad. La de ellos y ellas ahí está. La nuestra es muy posible que sigamos empeñándonos en obstaculizarla con molestias. Hay que seguir excavando en nuestro propio campo arqueológico para descubrir la propia esencia que cada una de nosotras y nosotros tenemos.

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