vida, al estilo de Zorba

Sentí una vez más lo sencillo que puede ser alcanzar la felicidad: un vaso de vino, unas castañas asadas, una mísero brasero, el sonido de la mar… Y nada más. Y todo lo que se necesita para sentirlo aquí y ahora es un corazón sencillo, frugal.

Aunque no se haya visto la película, quien más, quien menos, recuerda la escena de Anthony Quinn con un joven que casi nadie sabe que se llamaba Alan Bates bailando al son de la música de Mikis Theodorakis un sirtaki en medio de una playa cretense. Ese es el final de la película, pero, como en muchas ocasiones ocurre, no es el final del libro que dio origen a la película ganadora de tres Oscar.

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Nikos Kazantzakis, fue un escritor y filósofo griego que se dedicó a la poesía, las novelas y los libros de viaje. En 1946 escribió Zorba el griego. Vida y aventuras de Alexis Zorbas, una novela que cuenta la historia de un joven intelectual, aburrido, cuya única manera de vivir la vida es a través de los libros, a través de otras vidas, hasta que se encuentra con Zorba, un hombre alegre y bullicioso que se dice experto en hacer sopas de todo tipo, minero capaz de abrir las vetas más hermosas para la tierra, tañedor del sandouri, ese santur consistente en cuerdas metálicas que son golpeadas con un palo logrando sacar sonidos hermosos. Zorba ha sido un poco de todo y cuenta historias, muchas, y las que no sabe contar con su voz las baila, porque Zorba es capaz de contar lo que siente por medio de la danza.

El caso es que el patrón, nombre por el que conoceremos al joven intelectual, narrador de la historia, queda prendido con la vitalidad de ese hombre de ojos profundos, que es capaz de asombrarse con las estrellas como si las viese por primera vez, que da importancia a la vida misma, esa que es necesario vivir en presente, sin estar pendiente de lo que hiciste, ni de lo que harás. En esta historia de amistad se cruzan otros personajes, mujeres que en su día fueron musas de hasta cuatro almirantes de cuatro potencias navales diferentes, mujeres que viven la vida con pasión, sin dar importancia al qué dirán, hombres pretendidamente santos, popes griegos, que son en realidad seres ruines y míseros.

Si estás siendo víctima del agotamiento de este final de curso, o vives la vida con el aburrimiento de la monotonía, sin dar importancia a las cosas sencillas, sin ser consciente de la belleza de una planta, aunque esté muerta de sed, si no sientes dentro de ti el olor a vida que desprende una ensalada de tomate con ajo, si has perdido la capacidad de beber una copa de vino con los amigos como si ese vino fuese la amistad misma, si crees que la vida consiste únicamente en leer las vidas de otros, si no eres capaz de sonreír con el descubrimiento diario de un niño, si has dejado de ser hace tiempo ese niño que descubría la vida, esta novela es tu novela. Zorba, el griego, que en realidad es macedonio, te contagiará su alegría por la vida, por esa vida que está delante nuestra y que la mayoría de las veces no vemos. Una novela para este verano recién comenzado.

El libro ha sido editado por Acantilado en una nueva traducción de Selma Ancira que, de verdad, es una auténtica maravilla. La traductora ha sido capaz de captar en su totalidad la vitalidad y el goce instantáneo de Zorba. Os dejo con el famoso sirtaki de Theodorakis. Bailadlo y dejaros atrapar por la danza. Hablad a través de ella, como Zorba.

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once libros, ocho películas, un autor, una japonesa y dos no sé ( II )

Seguimos con las películas, que según las recomendaciones recibidas, son ocho, aunque bien podrían ser nueves ya que, antes de que me comentasen estas ocho cintas, la semana pasada había visto una de las películas de animación japonesas más bellas, incluso una obra de arte. Se titula El cuento de la princesa Kaguya, fascinante por los cuatro costados y de la que os hablaré próximamente. Incluso podrían haber sido diez y once pelis si a esas les uno El jardín de las palabras, de la que ya hice una entrada, y Una pastelería en Tokio, de la cual ya os hablé también.

De las ocho películas recomendadas, cinco son de anime, de la factoría Ghibli, cuyo cierre ha sumido en la tristeza a miles de seguidores y seguidoras. Por cierto, todas las películas de anime recomendadas son gracias a Laura, vasco-colombiana y enamorada de este cine y Leire también aportó sus recomendaciones.

La princesa Mononoke es obra del artista Hayao Miyazaki y cuenta la historia de un bosque, sus guardianes y los humanos. Una historia sobre la necesidad de preservar la vida natural, ambientada en el Japón medieval y con música, como casi todas estas películas de anime, de Joe Hisaishi.

El viaje de Chihiro es otra película del mismo director y con música del mismo compositor, que, atención, ganó el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín en 2002, siendo la única película de animación que lo ha conseguido. La historia podría ser la de una moderna Alicia en el País de las Maravillas, siendo el viaje un paso de la infancia a la madurez.

El castillo ambulante, de los mismos director y compositor, narra la historia de Sophie, una joven que es víctima de un hechizo y que decide ir al castillo ambulante, lugar habitado por el mago Howl, para ver si puede encontrar una solución al maleficio. Obtuvo una nominación a los Oscar a la Mejor película de animación.

Mi vecino Totoro, también de la pareja anterior, es un retrato de la vida rural del Japón de los años 50 y cuenta la historia de un profesor universitario que se va a vivir con su mujer, enferma de tuberculosis, y sus hijas al límite de un bosque.

El viento se levanta, de los mismos artistas, nos cuenta la vida de Jirō Horikoshi, el hombre que diseñó el avión de combate Zero, que fue usado en el ataque a Pearl Harbor durante Guerra del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial.

Jon Josu me recomendó una película titulada The ring, que es de terror psicológico, que cuenta la historia de una llamada fatídica que dice que quien ha cogido la llamada va a morir en siete días. En realidad es un remake de la película Ringu, basada a su vez en la novela del mismo nombre. Soy un auténtico acojonado para este tipo de películas. Si pillo a alguien que me abrace debajo de la manta para verla lo haré. Si no, me quedaré con el trailer.

Lost in traslation, dirigida por Sophia Coppola, es la historia de dos almas en pena que se encuentran en Tokio y en una noche ambos encuentran en alguien desconocido, una inusual sensación de ternura y comprensión que sus más allegados son incapaces de darles.

La última de las películas, no es japonesa, es de Hong Kong, pero es de una belleza visual tal y recoge tan espectacularmente el pensamiento oriental que me apetecía ponerla. Me la recomendaron, yo sabía que no era japonesa, pero me da igual. Embriagadora. In the Mood for Love.

música en el silencio

De nuevo Bach protagoniza la escena que os traigo hoy. Una escena en la que una persona intenta explicar la música que escucha a otra persona, en este caso, sorda. La escena pertenece a la película de 1986 Hijos de un dios menor, dirigida por Randa Haines y protagonizada por William Hurt y Marlee Matlin que resultó ganadora del Oscar a la Mejor Actriz ese mismo año.

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La película cuenta la historia de una relación entre un profesor de dicción en una escuela para personas sordas y una de las alumnas. En la escena se puede ver cómo la mujer, que ha puesto una música en el tocadiscos y empieza a sonar, pregunta al hombre cómo es la música que suena. La melodía en cuestión es el Largo ma non tanto del Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043, de Johann Sebastian Bach. El juego entre los dos violines es más que evidente en este movimiento lento y es eso precisamente lo que intenta explicar el profesor a la alumna haciendo un símil con la relación entre dos personas que se atraen entre sí. He intentado imaginarme cómo explicaría yo esa música a alguien que no la puede escuchar y verdaderamente es difícil ir más allá de las sensaciones que te pueda producir. Por eso, después, he vuelto a ver la escena y me ha parecido maestra  la explicación de Hurt. Os dejo con la escena y perdón porque, en momentos, desafina…

Seguramente esta sea una de las mejores obras instrumentales que Bach ha dejado como herencia al mundo entero. Así, sin exagerar. Parece ser que el concierto data de la época en que Bach estuvo de maestro de capilla en Cöthen, entre 1717 y 1723. El único manuscrito del que actualmente tenemos constancia es una copia de los años de Leipzig, entre 1730 y 1731, que hizo el mismo Bach. Y del contexto histórico poco más se sabe. Consta de tres movimientos, Vivace, Largo ma non tanto y Allegro. El centro de este concierto es, precisamente el protagonista de la escena comentada, el segundo movimiento. Un movimiento donde la música habla por sí misma. Un pasaje delicado, tierno, melancólico que va creciendo en un tema de impresionante belleza. Hacia la mitad del movimiento, con sencillez y elegancia, Bach construye uno de los mejores duetos instrumentales de toda la música. El equilibrio entre los dos violines es perfecto, impecable. Ambos parecen dialogar con su propio lenguaje. Y es precisamente en este punto donde te das cuenta de cómo este dueto tiene un lado maravillosamente humano, como si los violines fueran dos personas que están hablando. Y es por esto que por lo que finalmente reconoces la perfección en la elección de la música para la escena. Una belleza impresionante. Como curiosidad señalar que parte del primer movimiento se utiliza también en la sinfonía de la cantata BWV 52 y parte del tercero en el coro de apertura de la cantata BWV 207.

Aquí tenéis una grabación histórica del movimiento. Se trata de, ni más ni menos, Yehudi Menuhin y David Oistrach en una grabación del 24 de octubre de 1958, en la Sala Pleyel de Paris.

Entre las dos versiones que os aconsejo está, por un lado, la que, en 2002, hizo Hilary Hahn (acompañada de Margaret Batjer) para el sello alemán Deutsche Grammophon, en donde el lirismo de ese segundo movimiento es interpretado de una manera muy elegante. En la segunda la maestría de un padre y su hijo me conmueve cada vez que lo escucho. Se trata de la grabación de 1960 que David e Igor Oistrach hicieron junto a la Leipzig Gewandhaus Orchestra.

concierto peligroso

La escena que presento hoy es, para mi, el momento clave de una película que, en su momento, me impactó. Tras ver Las amistades peligrosas, quedé maravillado de aquella historia, de la ambientación de la película, los lugares que aparecían en ella, los trajes y vestidos, su música, John Malkovich, Michelle Pfeiffer, Uma Thurman, Keanu Reeves y sobre todo una impresionante, en todos los sentidos, Glenn Close, con la cual estuve a punto de convertirme en un fan friki. Es lo que tiene la adolescencia.

La película, dirigida en 1988 (joder cómo pasa el tiempo) por Stephen Frears, cuenta la extraordinaria historia de La Marquesa de Merteuil que, por despecho hacia su amante que la acaba de abandonar, se alía con otro antiguo amante, el Vizconde de Valmont, para que desvirgue a la que será la esposa de su ex, que además es la hija de su prima. Un lío. La cuestión es que el tal Valmont, que es un pieza de cuidado, está ahora intentando montárselo con Madame de Tourvel, una beata casada, así que la marquesa le propone un juego en el que ella hará lo posible por ponerle a la beata en bandeja, con la condición de levantarse a la virginal Cécile. El final, como no puede ser de otra manera, se desmadra, alguna se muere, a otros les matan y para desgracia de la marquesa, todo París se entera de lo sucedido. La escena final de la película es de las de antología.

En cuanto a la escena que traigo, se trata de la victoria de Valmont sobre la joven Cécile (a la fuerza…), como consigue acostarse con ella, como el ambiente se enrarece en la casa y como la marquesa es solicitada para ayudar en este percal. No saben lo que se les viene encima. El caso es que Frears, cuya película cuenta con una muy buena banda sonora compuesta por George Fenton, utiliza para toda esta escena el primer movimiento, Allegro, del Concierto para cuatro claves en en la menor, BWV 1065, de Johann Sebastian Bach. Un acierto en el ritmo de la escena y en la ambientación del hecho que narra. Esta es la escena:

En cuanto a la obra de Bach, señalar que, en realidad, se trata de una adaptación para cuatro claves de un concierto para cuatro violines de Antonio Vivaldi. Esta práctica era muy habitual en la época y no era ningún desmerecimiento para quien lo hacía. De todos modos hay que resaltar que esta es la única adaptación de un concierto para la clave que Bach hizo de una composición que no era propia. En 1713, el duque de Sajonia-Weimar, al servicio del cual estaba el compositor, regresó de un viaje con un montón de partituras, muchas de ellas de música italiana. El caso es que a Bach le interesó sobremanera el esquema de concerto grosso, imperante ene se momento por aquellas tierras, cuya característica principal es la alternancia de la orquesta con instrumentos solistas. Así que, años más tarde, cogió una de esas partituras, la del Concierto para cuatro violines en si menor, RV 580, de Antonio Vivaldi, para adaptarlo al teclado. La adaptación está compuesta de tres movimientos, Allegro, Largo, Allegro, y cosa los tres están en el mismo tono, en la menor, cosa que el concierto de Vivaldi no. La música es viva en su principio que es la parte que se utiliza en la película y destaca el segundo movimiento de Bach, que fue catalogado de innovador en su momento. Os dejo con la versión al piano que Argerich, Kissin, Levine, Pletnev interpretaron en Verbier, en su Festival de Música clásica, el 22 de julio de 2002.

Y, como no podía ser de otra manera para completar la audición, os dejo, también, la versión original de Vivaldi, interpretada por el Giardino Armonico.

En cuanto a las versiones bachianas me quedo con dos. Las dos con claves, no con pianos. En primer lugar la que hacen los virtuosos The English Concert, drigidos por Trevor Pinnock, una versión que se recoge en esta integral de los conciertos para diferentes instrumentos de Bach en donde lo más reseñable es el acierto en el tiempo empleado. Esta interpretación fue editada por el sello Archiv. La segunda versión es la de Café Zimmermann en el cuarto volumen de los Conciertos para diversos instrumentos, una versión muy fresca que merece la pena y que se puede adquirir cada álbum por separado.

Y ya que estamos, os dejo con dos versiones del concierto original de Vivaldi. La primera es excelente, llena de vida y llena de la genialidad de Jordi Savall dirigiendo a Le Concert des Nations para su propio sello Alia Vox. La segunda nos ofrece la posibilidad de escuchar la versión vivaldiana de la mano de Café Zimmermann, que también interpretan en otro álbum la versión del cantor de Leipzig, también en Alpha.

Y dejadme despedirme con la escena final de Las amistades peligrosas. Solo por esta escena Glenn Close se merecía el Oscar a la mejor actriz principal que Jodie Foster ganó en los premios de Hollywood de aquel año.

P.D. A todo esto, la película está basada en la novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclors, publicada en 1782 y que merece, y mucho, leerla. Es de esas obras que lees, poco a poco, a gusto y gozando de ella. Hay una buena edición de Mondadori y otra en versión bolsillo de Cátedra.

 

paseando con la luna

La escena de hoy es una escena digamos un tanto zen. Unos árboles que cambian sus hojas y flores con las estaciones, una vieja radio, una señora bordando, un chófer escuchando, un cementerio, con ella al fondo ante una tumba y él paseando entre tumbas, con el ruido de las pisadas sobre el césped y de fondo de toda la escena, un aria de una ópera checa.

Paseando a Miss Daisy fue una película de Bruce Beresford, del año 1989, que recuperó a una figura legendaria del Séptimo arte, como era Jessica Tandy, ganadora del premio Oscar y el Globo de Oro a la Mejor Actriz por ese papel y catapultó a otro de los grandes, Morgan Freeman, ganador del Globo de Oro por esa película. La cinta resultó también ganadora del premio Oscar a la mejor Película de 1989. El guión cuenta la historia de una viuda judía de Atlanta, con servicio de raza negra y a la que le gusta conducir su propio coche. Después de un accidente, su hijo le pone un chófer, también negro, pero ella se niega a aceptarlo porque pensarán que es demasiado vieja. La relación entre estos dos personajes, los pensamientos de ella, la visión de él y la amistad final entre ambos son los ingredientes de una película que, en su momento, me emocionó.

La música que suena en la escena es la del aria Mesicku na nebi hlubokém (Canción a la luna), de la ópera Rusalka, de Antonín Dvořák. Luego os cuento algo más de esta ópera y del aria en concreto. Antes vamos a ver la escena:

Rusalka es una ópera en tres actos con música de Antonín Dvořák y libreto en checo de Jaroslav Kvapil, estrenada en Praga el 31 de marzo de 1901. El argumento está basado en una leyenda de Moravia. Rusalka, algo así como la duende de los lagos, le pide a una bruja que la transforme en mujer para entregarse al amor de un joven príncipe. El poder de la bruja es relativo y la ninfa se convierte en una princesa, pero muda (vaya bruja se agenció la pobre Rusalka). Se trata de una obra de fantasía, en la cual el elemento dramático apenas existe, centrando la acción en su contenido poético y simbólico. El aria en cuestión es la de Rusalka cantándole a la luna para que le cuente al príncipe el amor que ella siente. Os dejo con Renée Fleming en su preciosa interpretación.

Entre las diferentes grabaciones me quedo con una de 1961, que grabó Zdenek Chalabala dirigiendo a la Orquesta y Coro del Teatro Nacional de Praga para el sello Supraphon.  En esta grabación destaca la apasionada interpretación que Milada Subrtová hizo del personaje de Rusalka.

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cabagalta imperialista

La de hoy es una de esas escenas que forman parte ya de la historia del cine y, desde luego, una muestra de maestría en la utilización de la música para acompañar un relato. Con vosotras y vosotros, el ataque de los helicópteros yankies a un poblado vietnamita, de la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, acompañado de música wagneriana.

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La película fue rodada en 1979, basada en una novela de Joseph Conrad, pero cambiando la acción de África a la guerra de Vietnam. Cuenta la historia de un soldado yankie que tiene que ir a Vietnam a matar a otro militar americano que molesta al gobierno USA. El caso es que entre drogas y drogas, alucinaciones varias y demás, se va convirtiendo, poco a poco, en la imagen del compatriota al que tiene que matar. Ganó dos oscars y la Palma de Oro del festival de Cannes de ese año.

La muy famosa escena de hoy es la de los helicópteros del Noveno batallón de la Primera División de Caballería (Aerotransportada) bombardeando el poblado vietnamita, todo ello ambientado con música de Wagner. La música en cuestión, es parte de la ópera La valquiria, Die Walküre, WWV 86B, y se trata de la Cabalgata de las valquirias. Parece ser que Coppola cogió la idea de la Alemania nazi, ya que en los audiovisuales de la Luftwaffe, para instrucción de los cadetes, se utilizaba también, como aliciente. En la escena se ve como, en un momento, ponen la música desde los altavoces de uno de los helicópteros para “animar” al batallón. Esta es la escena. No tiene muy buena imagen, pero no he podido encontrar la escena completa con mejor calidad:

Die Walküre es una ópera en tres actos con música y libreto en alemán de Richard Wagner, la segunda de las cuatro óperas que componen el ciclo de El anillo del Nibelungo (Der Ring des Nibelungen), y la que se representa más asiduamente, incluso separada del ciclo completo. Se estrenó en Munich el 26 de junio de 1870. El fragmento más conocido de esta ópera es, sin duda, la Cabalgata de las valquirias, que es la introducción al tercer y último acto, describiendo a las guerreras semidiosas. Os dejo con una representación del mismo:

En cuanto a las grabaciones de la misma, por un lado, grabación completa del ciclo Der Ring des Nibelungen (El Anillo del Nibelungo), la de Barenboim para Warner en 1993-1994 es espectacular y de la ópera suelta, Die walküre, del ciclo de Solti para Decca en 1965, recientemente reeditada en 2013 y la de Thielemann para el Festival de Bayreuth, editada por el sello Opus Arte, en 2010, son magníficas.

al doctor Lecter le gustan las Variaciones Goldberg

La primera entrada de esta serie estará dedicada a una escena con música de Bach, no podía ser de otra manera. Es una de las músicas más reconocidas del cantor de Santo Tomás de Leipzig y una de las escenas más controvertidas de la historia del cine. Hannibal Lecter, interpretado por el estupendo Anthony Hopkins, ganador del ©oscar al mejor actor, precisamente por ese papel. Corría el año 1991 y el mundo iba a conocer al protagonista de las novelas de Thomas Harris y mucha gente, también, iba a quedarse hipnotizada con una música compuesta por Johann Sebastian Bach.

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Quien haya leído las novelas o visto las películas y serie con Hannibal Lecter como protagonista, sabrá que el doctor es un melómano de muy buen gusto y conocerá su pasión por la música de Bach, y es que el erudito asesino es un bachiano de los pies a la cabeza. La escena que quiero comentar, pertenece a la película El silencio de los corderos y en ella se puede ver uno de los asesinatos más sangrientos acompañado por la belleza de una música deliciosa: Las Variaciones Goldberg, más concretamente el aria que da inicio a la obra (que en su versión corta también la finaliza) y la variación número 7 de la misma obra. Hablemos primero de la obra.

Las Variaciones Goldberg, BWV 988, llevaban como título original el de Aria con variaciones diversas para clave con dos teclados, esto es, clavicémbalo, y la leyenda dice que fueron compuestas para el conde de Keyserlingk, a la sazón embajador ruso en la corte de Dresde. El caso es que se dice que este conde hacía tocar la partitura a su clavicembalista, Johann Gottlieb Goldberg, las noches en que no podía dormir. De ahí el nombre popular de la obra. Dicho esto, parece ser que esta historia forma parte de la leyenda bachiana, nada más. El caso es que Bach compuso la obra en 1741 y la publicó al año siguiente.

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Portada de la primera edición

En realidad la historia es algo menos romántica, ya que Bach publicó esta obra como cuarta parte de sus Ejercicios para teclado, una suerte de libro práctico para que las personas con un nivel suficiente pudiesen ejercitar sus destrezas delante del teclado.

Las Variaciones Goldberg se componen de un tema único, llamado aria, treinta variaciones y un reprise del aria o aria da capo. Lo que liga a todas ellas no es una melodía común, como en otras variaciones, sino un fondo de variaciones armónicas de las que es objeto la línea de bajo. Las melodías pueden variar, pero subyace siempre un tema constante.

El aria es una sarabanda y diez de las variaciones son también ritmos de danzas diferentes, como gigas o sicilianas. Otras diez variaciones son arabescos, que son piezas de forma libre y las otras diez son cánones, esto es, una composición contrapuntística que repite, a intervalos de tiempo, una melodía original.

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Aria

En la escena que ha dado origen a esta entrada se ve a Hannibal Lecter, encerrado en su jaula de oro en la que el FBI le tiene, disfrutando mientras suena el aria que sale de un radio cassette (qué antiguas quedan algunas cosas tras 25 años) y dos carceleros se acercan con su bandeja a darle la comida. De nada valen las precauciones y medidas que toman para que el doctor no les muerda ya que, aunque este es esposado a los barrotes de su celda, logra soltarse para comerse el moflete de uno de los vigilates y moler a porrazos al otro incauto. Termina la escena con Hannibal deleitándose con la séptima variación mientras la sangre mancha su cara y las comisuras de su boca.

En su momento me impresionó la escena y pensaba que era por el salvaje acto de Lecter, pero con el tiempo me he dado cuenta que la escena me impresionó por estar acompañada de esa música bachiana. Las Variaciones son ejercicios y como tales son partituras puras. No necesitan ornamentos para hacerlas bellas. Es el propio desarrollo de esta pureza la que las hace tan bellas que emanan tranquilidad, sosiego. Son algo zen. Están ahí y cuando las escuchas puedes sentir que tu también te haces uno con las variaciones. Y de repente te las encuentras poniendo la banda sonora a un violento acto de canibalismo. Es utilizar el orden sonoro de la pureza y la simplicidad en un desorden complejo, como es el propio acto de cargarte a alguien comiéndote su mejilla. Y lo mejor de todo, por eso me encanta la escena, es que es perfecto. A veces me asusto de mi mismo.

A la hora de elegir una buena versión para esta obra hay, digamos, tres opciones. La primera es la de clavicémbalo, el instrumento para la que fue creada y que tiene su mejor ejemplo interpretativo en el parisino Pierre Hantaï. Reconozco que las versiones interpretadas al clavicémbalo son difíciles de escuchar, pero también es verdad que Hantaï, aparte de ser un virtuoso, es capaz de poner corazón cuando las toca. Hay diferentes grabaciones, a mi la que más me gusta es la de 2003, del sello Mirare. Para gustos los colores.

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La segunda opción es la de piano. En esto voy a ser poco original y me decanto por la versión de Glenn Gould, porque la genialidad de este pianista canadiense radicaba en sentir y hacer sentir lo que Bach nos dice a través de esta música. Hay dos grabaciones, una de 1955, cuando tenía 23 años, y otra de 1981, cuando contaba con casi 50 años de edad. No puedo dejar ninguna de las dos fuera. Cada una tiene su momento, aunque, siendo sincero, la segunda puede que sea la mejor grabación de música clásica del siglo pasado. La grabó apenas una semana antes de morir. Una de las peculiaridades de Gould era que solía tararear mientras tocaba el piano y es algo que a veces se escucha en las grabaciones. Por cierto, más allá de las originales, las tenéis las dos remasterizadas y formando parte de un solo estuche en diferentes ediciones.

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La tercera de las opciones, más rara, sin duda, pero a veces igual de bella es la interpretación con un instrumento diferente. Hay muchas posibilidades, como tríos de violín, viola y piano, guitarra o violonchelo. Yo os recomiendo una que tiene una sonoridad deliciosa ya que incluso hace las variaciones más etéreas. La versión es la de la galesa Catrin Finch interpretando la obra al arpa.

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Y acabo ya. Os dejo con la interpretación de Glenn Gould al piano, en la versión de 1981. Es el primero de los cuatro vídeos de aquella interpretación que podéis encontrar en Youtube. Disfrutad tanto como lo hace Hannibal Lecter.