el orgasmo de David

Vamos a ver. La obra es un concierto para clave escrito por Johann Sebastian Bach que originariamente, parece ser, el primer y tercer movimiento eran parte de un concierto para violín perdido (me muero con esta clase de pérdidas) y el movimiento central, objeto de esta entrada, proviene de un concierto para oboe, también perdido (vuelvo a morir). El Concierto para clave nº 5 en fa menor, BWV 1056, fue seguramente escrito hacia 1742, dura unos diez minutos y en la partitura original acompañan al clave violines I y II, violas y un continuo de violonchelo y violone. Este fue el primer concierto para clave en el que el compositor rebajó sustancialmente el acompañamiento para dar el máximo protagonismo al instrumento protagonista. No soy muy aficionado a las interpretaciones al clave, me gustan más al piano, qué se le va a hacer. De entre las versiones al clave me gusta esta de Andreas Staier, aunque seguramente una de las más clásicas y valoradas sea la versión de Trevor Pinnock con The English Concert.

El caso es que ese segundo movimiento es el Largo, que no quiere decir que sea más extenso, si no que su tiempo es más lento y además, en este caso, está escrito en una tonalidad diferente a los otros dos tiempos, en la bemol mayor. Este movimiento me ha gustado de siempre, crea en mi una serenidad absoluta e incluso puede arrancar, de hecho lo hace, unas lágrimas por ser tan sublime. A Bach debía de gustarle también, ya que lo utilizó en la sinfonía que introduce la cantata Ich steh mit einem Fuß im Grabe, BWV 156, una cantata religiosa de 1729 para el Tercer domingo después de la Epifanía. Por lo tanto este movimiento del antiguo concierto de oboe fue utilizado primero en esta cantata.

Y entonces es cuando me encuentro con un CD que, si bien es bastante conocido, seguramente por la publicidad que le hicieron en su momento, no es, por lo menos no para mí, la mejor grabación al piano de estos conciertos. El pianista, con una pinta de niño de papá que no se aguanta, casado con la hija de un famoso director de orquesta, con un flequillo que ni Kortajarena, se llama David Fray. Pero va y el tipo, el niño pijo, toca el segundo movimiento, el Largo, con una sensibilidad extrema, como pocas veces se puede presenciar. Llevo días que no puedo dejar de ver el vídeo donde ejecuta esta parte. Su cara, mientras toca el piano, me atrae de tal manera, que todas las veces que he visto el vídeo han caído unas lágrimas. Quizás parezca una exageración, pero a cada cual le llega la emoción de fuentes de lo más diversas. Esa cara de David, porque con la de veces que le he visto en el vídeo no me queda ya más remedio que llamarle por su nombre, esa cara, decía, es la cara de alguien que está sintiendo tan hondo la música que interpreta, que parece que está llegando a un orgasmo, en este caso múltiple. Y yo, de verlo y escucharlo, también.

Seguramente haya quien después de haberlo visto haya pensado en ese otro maravilloso pianista que fue Glenn Gould. Y la verdad es que el flequillos tiene mucho de sus histerismos, sus manías y tal. Y claro, entre original y copia, yo prefiero el original. Pero cuidado. No digo que el tío no sea bueno, que de hecho lo es. He dicho que de este concierto hay grabaciones que me gustan mucho más.

Os dejo las portadas de algunas de algunas de las, para mí, mejores grabaciones del concierto y también del propio álbum de donde proviene el vídeo del orgasmo. Hay versiones en el original clave, al piano y con otros instrumentos como el violín, la viola de gamba, el oboe o la mandolina.

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Y aquí tenéis la lista del Spotify. Felices orgasmos.

chacona que sana

Esta no era la entrada que tenía prevista para hoy, pero hace dos domingos un programa de gran audiencia de televisión, dedicó su espacio a la influencia de la música clásica en los procesos de sanación emocional y psicológica tras episodios de abusos sexuales en la infancia. Gran parte del programa (os aconsejo verlo) consistió en una entrevista al pianista James Rhodes, que hace un año publicó su libro Instrumental, en donde relata su terrible experiencia como niño que sufrió abusos regulares durante cuatro años por parte de su profesor de boxeo, y el proceso de sanación que recorrió y recorre con la música clásica como base del éxito de la misma. En ese libro, del cual os hablé hace un tiempo en dslegi.com, nos cuenta que la experiencia de ser violado de niño no es solo el hecho en sí, si no las consecuencias tangibles y reales que deja en la vida del niño abusado, que crece, pasa a ser joven y después adulto, pero continua con su calvario de persona abusada. Es un libro muy duro, terriblemente duro, que me impactó sobre todo con el relato de la vida después de una violación regular y me mostró el poder de la música (clásica en este caso) para avanzar y levantar la cabeza. También podéis escuchar esta entrevista que le hicieron a finales de marzo en el recomendable programa crítico Carne cruda.

A James Rhodes le salvó Johann Sebastian Bach
A James Rhodes le salvó Johann Sebastian Bach

En esas memorias Rhodes cuenta cómo una pieza en particular inició el tortuoso, largo y difícil camino de la recuperación. Cuenta cómo, un día, se encontró con una cinta cassette que contenía la grabación de una interpretación en vivo de la llamada Chacona de Bach y que gracias a esta música comenzó a soñar que la vida podía, quizás, continuar. Esta es la pieza sobre la que vamos a hablar hoy, una obra que, reconozco, no se si es la más adecuada para el comienzo de un blog. Y es que, no os lo voy a ocultar, esta chacona no es una pieza fácil. No es de esas que se pueden poner de fondo y ya está. Es una música intensa, que exige la máxima atención para disfrutar plenamente de ella. Pero no es imposible y una vez conseguido es capaz de sorprenderte con matices y giros novedosos en cada nueva audición. Es una música que tras dejarte entrar en ella, es capaz de llevarte por una corriente de emociones con una amplia paleta de colores. ¡Ahora no me dejéis solo, adelante y seguid leyendo!

La llamada Chacona es en realidad el quinto movimiento de la Segunda Partita para violín solo, obra que está catalogada con el número BWV 1004. Las anteriores partes de esta segunda partita son, en orden de ejecución, Allemanda, Corrente, Sarabanda y Giga. Todas son, por lo tanto, danzas de la época. Como curiosidad decir que este quinto movimiento, Ciaccona, es la parte más extensa en duración compuesta por Bach para un instrumento solo. Casi podría decirse que es una obra aparte en sí misma y su duración oscila entre los 12 y 15 minutos, según la interpretación. Antes de comenzar a explicar la historia de esta pieza os voy a intentar contar lo qué siento y las emociones que me surgen al oírla. Qué imagino cuando la escucho.

Empieza como a trompicones, de una forma trágica y repite la misma melodía pero más serenamente, aunque sigue buscando en su latente sufrimiento, y vuelven a aparecer los trompicones que enlaza en un largo lamento que concluye preguntándose el por qué de ese sufrimiento. Entre lágrimas, vuelven los sollozos, llora desconsoladamente, como con hipo y en un momento dado parece que se tranquiliza y descansa y en una sola voz se pregunta qué hará a partir de entonces. Y en ese momento le surgen todas las dudas, cientos, miles de ellas, unas sobre otras, pisándose y brotando sin orden, en un desconcierto absoluto que bordea la desesperación y vuelve a llorar amargamente, sin poder coger aire, lamentándose y de repente, casi sin aviso, se calma. Parece que termina el sufrimiento y se tranquiliza, aunque sigue pensando en ese sufrimiento que lleva dentro, recuerda diálogos pasados, preguntas sin respuesta que vuelven a aparecer, decenas de conversaciones, continúan las preguntas y recuerda algunas respuestas, incluso discusiones, que no quiere en este momento recordar y entonces se pregunta a sí mismo si lo vivido fue suficiente, a veces con momentos de extrema amargura y otras con ansiedad. La desesperanza se aposenta, sigue preguntándose, más racionalmente, incluso con cierta tranquilidad, aunque sin descanso, con momentos más acelerados, y vuelve a surgir la gran pregunta, qué hará a partir de entonces. Respira hondo y se intenta convencer que seguirá adelante. Y entonces descansa, aunque sea momentáneamente y queda en silencio, más ligero, habiéndose quitado un peso de encima.

Reconozco que he jugado con ventaja. Porque he relatado esa maravillosa música basándome en el episodio que supuestamente llevó a Bach a su composición. Enseguida os cuento. De todos modos lo bueno de la música es que, según el escuchante y las circunstancias y momento de la escucha, provoca diferentes emociones. Esta es una bastante dirigida. Lo mejor es dejarse llevar. Ya me contaréis cuáles provoca en vosotras y vosotros. Ahora os cuento la historia de esta Ciaccona.

Una obra de arte surgida de la muerte repentina
Una obra de arte surgida de la muerte repentina de Bárbara Bach

En 1717, Bach, con 32 años, dejó la corte ducal de Weimar y se trasladó a Köthen como maestro de capilla del príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen, de gran afición por la música y calvinista. Esto quiere decir que Bach fue bien pagado, que tuvo suficiente tiempo disponible para componer e interpretar música y que casi todas sus obras de ese tiempo fueron profanas, ya que la Iglesia Calvinista no solía utilizar música en sus funciones religiosas. De aquella época son las Suites para violonchelo, las Suites para orquesta, los conocidos como Conciertos de Brandeburgo, diversas cantatas profanas y las sonatas y partitas para violín solo. Y en estas estaba cuando, el 7 de julio de 1720, mientras se encontraba de viaje con el príncipe, su esposa María Bárbara, murió repentinamente. Bárbara y Johann eran primos segundos, algo bastante común en la época, y seguramente se habían conocido en una de las múltiples celebraciones que hacía todo el clan al completo para cantar e interpretar música. El caso es que, parece ser, el matrimonio era feliz y se dedicaban, sobre todo, a tener hijos. Hasta un total de siete tuvieron, aunque para cuando murió la madre ya habían fallecido tres de los hijos, dos de ellos gemelos. El caso es que Bach se había ido dejando a su esposa en perfectas condiciones de salud y cuando volvió del viaje, a los dos meses, se encontró que era viudo y que Bárbara yacía en el cementerio.

Imaginaros el dolor extremo de Bach en ese momento, con el amor de su vida muerto cuando él no estaba, con cuatro hijos de entre 5 y 12 años… Imagino que como a cualquier persona en estas circunstancias, se le caería la casa encima, pero sobre todo le quedaría la amargura de no haber estado en el momento, de no haberse despedido, de no haber podido estar amparando a sus hijos… Y de ahí surgió la Partita número 2, la BWV 1004, como un intento de descargar todo ese sentimiento, todos los recuerdos de su esposa, como un río de lágrimas amargas. Una suerte de homenaje a quien había sido su compañera y madre de sus hijos durante trece años. Por eso a esta partita se la conoce también como tombeau. Con este nombre se denominan a las piezas del Barroco que, con un ritmo lento y carácter meditativo, son dedicadas a personas, generalmente personajes, después de su muerte. La Ciaccona, considerada la cima del repertorio para violín solo y que requiere de una técnica muy avanzada debido a su dificultad, parece ser, según algunas investigaciones, que integra dentro de su partitura hasta tres corales (himnos) luteranos que se refieren a la muerte y a la resurreción. Es de remarcar que, aunque ya se habían compuesto anteriormente obras para violín solo, ninguna lo había sido del nivel de estas composiciones, que recogen todas las técnicas para violín conocidas en la época.

Entre las grabaciones para violín voy a recomendar unas que, por una causa u otra, a mi me gustan. Normalmente las partitas suelen ser grabadas junto a las sonatas para violín solo ya que forman un conjunto en sí. En el caso de la Ciaccona puede ser que esté grabada también de manera individual. La grabación que Amandine Beyer hizo con violín barroco en 2011 es de las de estremecerse, con una calidad y claridad en la ejecución de las obras que es impresionante. Un año antes, en 2010, Isabelle Faust grabó otro portento de grabación con tres de las partitas y sonatas. En 2012 culminaría el conjunto con el segundo trabajo dedicado al resto de sonatas y partitas. Esta grabación deslumbra por su técnica y virtuosismo, con, quizás, más flexibilidad a la hora de interpretar la obra. En 2005 una jovencísima Julia Fischer grabó, con 21 años, este conjunto de obras. Destreza impresionante la que demuestra en esta grabación tan temprana. En 2006 Rachel Podger grabó la que, sin duda, es la grabación más barroca que he escuchado, con una Ciaccona casi perfecta. Y como hasta ahora todas las intérpretes han sido mujeres, voy a poner un hombre. Aunque Gidon Kremer ya había grabado estas obras en 1980, 25 años después, en 2005, grabó la que para mí es su lectura definitiva del conjunto de partitas y sonatas. Y digo su lectura porque esta interpretación es decididamente personal, una lectura que, puede, no guste a todo el mundo. Por último os recomiendo una grabación mucho más antigua, de 1970, interpretada por Jascha Heifetz, que es la culminación de la interpretación romántica de estas obras.

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Y aquí acaba la primera parte y comienza la segunda, más breve, porque resulta que de esta obra hay diferentes transcripciones y versiones para diferentes instrumentos, siendo los más conocidos los de piano y los de guitarra o laúd. En el caso del piano el mayor ejemplo de “adecuación” de la obra a este instrumento es el que realizó Ferruccio Busoni en 1893, no siendo literalmente una transcripción de la obra en sí, ya que incluye pasajes de su propia cosecha. Aún y todo esta obra de piano recoge absolutamente el espíritu de la obra original. Johannes Brahms la adaptó para ser ejecutada solo con la mano izquierda y Felix Mendelssohn y Robert Schumann escribieron acompañamientos para la misma (que ya ves tu qué falta le hacía a la obra acompañamiento alguno). Andrés Segovia la transcribió para guitarra, aunque actualmente la mayoría de guitarristas y laudistas prefieren ejecutar la obra directamente de la partitura para violín.

En este caso me quedo con cuatro ejemplos de la partitura de Busoni, uno para guitarra, otro para laúd y otro para violonchelo. El primero es el que hace James Rhodes al piano, sin apenas técnica en la ejecución, pero con un sentimiento y emoción que te arrastra sin compasión. Segundo la interpretación de Hélène Grimaud, impresionante, extraordinaria. El tercero es un imponente Benjamin Grosvenor, con una lectura intimista deliciosa. Por último os dejo también un ejemplo de la obra interpretada al clavecín por Jean Rondeau, en este caso con el arreglo para mano izquierda de Brahms. En guitarra me quedo con la versión de Timo Korhonen, fresca y clara y en laúd con el inigualable Hopkinson Smith. En cuanto a violonchelo me quedo con la interpretación de Alexander Rudin para el sello Naxos.

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Y finalmente, aquí tenéis la lista de Spotify, con las versiones señaladas y alguna otra de regalo. Solo es la parte de la Ciaccona, pero os invito a escuchar la partita completa.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/1KBL8pIeX9EkP63w3B1b7P&theme=white

un jardín en anime

Pues nada, que gracias a Filmin he descubierto hace poco que existen unas películas espectaculares… de dibujos animados. O más bien de anime, es decir, de dibujos animados hechos en Japón. Suena un poco freaki, ¿no? Pues sí, a mi también me lo parece, pero la verdad es que hace dos semanas vi una peli de estas y el otro día otra que me han dejado sin respiración.

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El jardín de las palabras es una película de Makoto Shinkai que derrocha belleza por los cuatro costados. Cuenta una historia sencilla. Un chaval se salta algunas clases para ir a un jardín en los días de lluvia para dibujar zapatos, que es lo que le gusta, pues quiere ser diseñador de zapatos. El caso es que en el kiosko del jardín se encuentra un día con una mujer sola que se dedica a comer chocolate y beber cerveza. Poco a poco la amistad entre estas dos personas se va haciendo cada vez más intensa hasta llegar al punto de querer que llueva todos los días.

Es una película romántica, pero no pedante, emotiva, preciosa, sin ser empalagosa y una auténtica belleza para nuestros sentidos. El dibujo es espectacular y hay imágenes, sobre todo de la naturaleza, la lluvia cayendo sobre el jardín y el estanque, el camino de madera mojado por la lluvia que lleva al kiosko , que parecen fotografías. El ritmo es sereno, pausado, de esas películas que dan gusto seguir y ver cómo, sencillamente, se quita el envoltorio a una tableta de chocolate.

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La música es sencilla y profunda. Una magnífica banda sonora compuesta por Kashiwa Daisuke, que es un acertado complemento a las imágenes. Sonido e imagen se funden de forma elegante y armoniosa, las notas crean un ambiente sonoro delicado que recrea la atmosfera de la lluvia, el agua, la niebla, y los silencios de los protagonistas. Sonidos puros, notas surgidas de las teclas de un piano y de las cuerdas de un chelo, que poseen una cadencia armoniosa y sosegada. Sutiles destellos de imágenes y sonidos que nacen y mueren en el parque, entre la vegetación, el agua, las palabras y los silencios.

鳴る神の 少し響みて さし曇り 雨も降らぬが 君を留めむ

Un trueno lejano, el cielo nublado, en caso de que llueva… ¿te quedarás a mi lado?

instrumental

Reconozco que cuando compré este libro pensaba que era un libro, sobre todo, de música. Sabía que su autor, un pianista londinense, había sufrido abusos sexuales siendo niño. Había leído que primero había intentado soportar aquello, pasados los años, con drogas. Había escuchado que se había intentado suicidar varias veces. Y sobre todo sabía que la música y el piano habían sido su salvación. Pero, joder, no sabía que me iba a encontrar con la crudeza de una vida marcada absolutamente por algo que comenzó cuando James Rhodes tenía seis años. Seis.

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James era un niño como otro cualquiera, quizás algo más sensible que el resto, guapo, un niño de anuncio, vamos. Y de repente, cuando cuenta con seis años, su profesor de gimnasia lo viola. Antes, conscientemente, he utilizado el término abusos sexuales, pero si algo nos enseña y deja claro Rhodes desde el segundo capítulo es que eso no es más que un término que trata de esconder la cruda realidad de lo qué es una violación, en este caso a un niño. James Rhodes es muy explícito, lo cuenta sin tapujos, pero solo quiero que os imaginéis el cuerpo y las proporciones de un hombre de algo más de cuarenta años y el pequeño cuerpo de un niño de seis. Imaginad ahora, por duro que sea, a ese hombre violando a ese niño. La sensación de asco, dolor, impotencia y horror me duró varios días.

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James Rhodes fue violado regularmente por ese profesor hasta que cumplió los diez años y lo cambiaron de colegio. Durante ese tiempo y mucho más adelante el niño violado no pudo decir nada a nadie, porque una de las cosas que he aprendido en este libro es que los niños y niñas violados a temprana edad están absolutamente controlados por el miedo que les produce la persona violadora y el propio acto de la violación. También he conocido cómo una persona violada a tan temprana edad tiene múltiples consecuencias a lo largo de toda su vida, algunas físicas, otras psíquicas y otras sociales. Aquí va la lista:

Autolesiones, depresión, adicción al alcohol y a las drogas, cirugía reparadora, trastorno obsesivo-compulsivo, disociación, incapacidad de mantener relaciones funcionales, rupturas maritales, ingresos forzosos en instituciones mentales, alucinaciones auditivas y visuales, hipervigilancia, síndrome de estrés postraumático, confusión y vergüenza asociadas al sexo, anorexia y otros trastornos de la alimentación.

En un momento de este calvario Rhodes descubrió el piano y a Bach. Dice que Bach y la música le salvaron. Al comienzo de cada capítulo habla de alguna música que ha supuesto algo importante para él. Él pudo salvarse gracias a la música. ¿Cuántos niños y niñas estás siendo violados en cualquier parte del mundo regularmente y no tienen posibilidades de salvación? Creo que la forma de interpretar que tiene Rhodes al piano le sale precisamente de ese dolor, de esa sensibilidad hacia una música que le salvó y le sigue salvando. Cualquiera de sus discos son un paseo por esa sensibilidad innata.

P.D. El colmo es que intentaron prohibirle que publicase su libro porque podía perjudicar a su hijo si este lo leía. Terrible.


Para leer si te gusta la música, hasta tal punto que alguna vez has sentido que te aliviaba un dolor, apaciguaba una angustia, acompañaba en la felicidad o te hacía desconectar de la triste realidad. Es también indicado para todas esas personas que, alguna vez en su vida, han sido objeto de abusos de cualquier tipo, para saber que la música puede curar incluso el más vil y doloroso de cualquiera de esos abusos. Y también es un buen libro para quienes, por cualquier causa, se han hundido en el consumo excesivo de cualquier sustancia (normalmente ilegal), o se han dejado llevar por la corriente de las autolesiones y se a visto alguna vez al borde del abismo. Porque siempre existe la luz al final del túnel y si es con música, mucho mejor.


tristeza balsámica

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James Rhodes. Os tengo que hablar de él. De su genio, de su dolor, de la dureza de su vida, de su magia. Pero lo haré otro día. Hoy, sin más, deleitaros con este vídeo de una interpretación suya del arreglo de Bach para piano (entonces para clave) sobre un concierto para oboe compuesto por Alessandro Marcello. Es una obra que destila una tristeza tan profunda que es buena para sacar toda la mierda que llevamos dentro. Tristeza balsámica que te deja como nuevo después de escucharla. Cerrad los ojos y dejaros llevar por este dolor tan bello.

un barbero a ritmo de danza húngara

En 1940 se grabó una película con un mensaje claro contra el fascismo que en ese momento se abría paso en Europa en medio de una guerra que enseguida se iba a convertir en mundial. En esos momentos EEUU todavía no estaba en guerra con Alemania, pero poco faltaba. El genial Charles Chaplin dirigió y protagonizó esta memorable película, la primera del director con diálogos y sonido, titulada El gran dictador y que cuenta con unas cuantas escenas para ser recordadas. Para la posteridad quedan la escena del dictador jugando con el globo terráqueo o el final con un discurso contra las guerras y las dictaduras. Hablando de dictaduras, la cinta estuvo prohibida en el Estado español hasta después de la muerte de Franco, estrenándose en 1976.

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La escena que quiero señalar en esta entrada es la del barbero judío afeitando a un cliente al ritmo de la Danza húngara nº 5 de Johannes Brahms. El caso es que comienza la escena con una radio desde donde se emite la danza húngara de Brahms y vemos al cliente ya sentado en la silla. Al ritmo de la música el barbero va preparando y afilando la navaja que va a utilizar, enjabona la cara al cliente, le afeita, le da la loción y finalmente le quita el babero y le pone el sombrero para pedirle, finalmente, que le pague. El cliente se muestra al principio extrañado, después asustado y finalmente sorprendido del buen trabajo. Paga y se va rápidamente. Esta es la divertida escena:

Originalmente las 21 danzas de origen húngaro fueron compuestas, entre 1858 a 1869, por Johannes Brahms, para ser interpretadas al piano a cuatro manos y exceptuando las danzas 11, 14 y 16, el resto están tomadas del folclore húngaro. Después, de algunas de ellas, hizo versión para dos manos e incluso de otras, como la 1, la 3 y la 10, hizo versiones para orquesta. ¿Y de la número 5, que es la protagonista de la escena? Pues no, no hizo esa versión. Es más, la versión que suena en la película y que es la que suelen tocar las orquestas, es una orquestación de otro gran compositor, el bohemio Antonín Dvořák. En fin, que la obra es de Brahms y la versión de Dvořák. No pasa nada.

De las interpretaciones existentes voy a proponer dos. Evidentemente una a piano y otra en versión orquestal. La de piano es una contagiosa grabación de Walter Klien y Alfred Brendel, en la versión original a cuatro manos. Es de las primeras grabaciones en estéreo y quizás el sonido no sea el mejor, pero la interpretación es sublime.

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La versión orquestal es la de la Orquesta Sinfónica de Budapest, dirigida por István Bogár, para el sello Naxos, y con una interpretación espontánea, viva y llena de color.

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Me despido con un vídeo de la interpretación a dos manos que hizo, en los Proms de la BBC, en el año 2011, el joven pianista inglés, Benjamin Grosvenor:

al doctor Lecter le gustan las Variaciones Goldberg

La primera entrada de esta serie estará dedicada a una escena con música de Bach, no podía ser de otra manera. Es una de las músicas más reconocidas del cantor de Santo Tomás de Leipzig y una de las escenas más controvertidas de la historia del cine. Hannibal Lecter, interpretado por el estupendo Anthony Hopkins, ganador del ©oscar al mejor actor, precisamente por ese papel. Corría el año 1991 y el mundo iba a conocer al protagonista de las novelas de Thomas Harris y mucha gente, también, iba a quedarse hipnotizada con una música compuesta por Johann Sebastian Bach.

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Quien haya leído las novelas o visto las películas y serie con Hannibal Lecter como protagonista, sabrá que el doctor es un melómano de muy buen gusto y conocerá su pasión por la música de Bach, y es que el erudito asesino es un bachiano de los pies a la cabeza. La escena que quiero comentar, pertenece a la película El silencio de los corderos y en ella se puede ver uno de los asesinatos más sangrientos acompañado por la belleza de una música deliciosa: Las Variaciones Goldberg, más concretamente el aria que da inicio a la obra (que en su versión corta también la finaliza) y la variación número 7 de la misma obra. Hablemos primero de la obra.

Las Variaciones Goldberg, BWV 988, llevaban como título original el de Aria con variaciones diversas para clave con dos teclados, esto es, clavicémbalo, y la leyenda dice que fueron compuestas para el conde de Keyserlingk, a la sazón embajador ruso en la corte de Dresde. El caso es que se dice que este conde hacía tocar la partitura a su clavicembalista, Johann Gottlieb Goldberg, las noches en que no podía dormir. De ahí el nombre popular de la obra. Dicho esto, parece ser que esta historia forma parte de la leyenda bachiana, nada más. El caso es que Bach compuso la obra en 1741 y la publicó al año siguiente.

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Portada de la primera edición

En realidad la historia es algo menos romántica, ya que Bach publicó esta obra como cuarta parte de sus Ejercicios para teclado, una suerte de libro práctico para que las personas con un nivel suficiente pudiesen ejercitar sus destrezas delante del teclado.

Las Variaciones Goldberg se componen de un tema único, llamado aria, treinta variaciones y un reprise del aria o aria da capo. Lo que liga a todas ellas no es una melodía común, como en otras variaciones, sino un fondo de variaciones armónicas de las que es objeto la línea de bajo. Las melodías pueden variar, pero subyace siempre un tema constante.

El aria es una sarabanda y diez de las variaciones son también ritmos de danzas diferentes, como gigas o sicilianas. Otras diez variaciones son arabescos, que son piezas de forma libre y las otras diez son cánones, esto es, una composición contrapuntística que repite, a intervalos de tiempo, una melodía original.

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Aria

En la escena que ha dado origen a esta entrada se ve a Hannibal Lecter, encerrado en su jaula de oro en la que el FBI le tiene, disfrutando mientras suena el aria que sale de un radio cassette (qué antiguas quedan algunas cosas tras 25 años) y dos carceleros se acercan con su bandeja a darle la comida. De nada valen las precauciones y medidas que toman para que el doctor no les muerda ya que, aunque este es esposado a los barrotes de su celda, logra soltarse para comerse el moflete de uno de los vigilates y moler a porrazos al otro incauto. Termina la escena con Hannibal deleitándose con la séptima variación mientras la sangre mancha su cara y las comisuras de su boca.

En su momento me impresionó la escena y pensaba que era por el salvaje acto de Lecter, pero con el tiempo me he dado cuenta que la escena me impresionó por estar acompañada de esa música bachiana. Las Variaciones son ejercicios y como tales son partituras puras. No necesitan ornamentos para hacerlas bellas. Es el propio desarrollo de esta pureza la que las hace tan bellas que emanan tranquilidad, sosiego. Son algo zen. Están ahí y cuando las escuchas puedes sentir que tu también te haces uno con las variaciones. Y de repente te las encuentras poniendo la banda sonora a un violento acto de canibalismo. Es utilizar el orden sonoro de la pureza y la simplicidad en un desorden complejo, como es el propio acto de cargarte a alguien comiéndote su mejilla. Y lo mejor de todo, por eso me encanta la escena, es que es perfecto. A veces me asusto de mi mismo.

A la hora de elegir una buena versión para esta obra hay, digamos, tres opciones. La primera es la de clavicémbalo, el instrumento para la que fue creada y que tiene su mejor ejemplo interpretativo en el parisino Pierre Hantaï. Reconozco que las versiones interpretadas al clavicémbalo son difíciles de escuchar, pero también es verdad que Hantaï, aparte de ser un virtuoso, es capaz de poner corazón cuando las toca. Hay diferentes grabaciones, a mi la que más me gusta es la de 2003, del sello Mirare. Para gustos los colores.

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La segunda opción es la de piano. En esto voy a ser poco original y me decanto por la versión de Glenn Gould, porque la genialidad de este pianista canadiense radicaba en sentir y hacer sentir lo que Bach nos dice a través de esta música. Hay dos grabaciones, una de 1955, cuando tenía 23 años, y otra de 1981, cuando contaba con casi 50 años de edad. No puedo dejar ninguna de las dos fuera. Cada una tiene su momento, aunque, siendo sincero, la segunda puede que sea la mejor grabación de música clásica del siglo pasado. La grabó apenas una semana antes de morir. Una de las peculiaridades de Gould era que solía tararear mientras tocaba el piano y es algo que a veces se escucha en las grabaciones. Por cierto, más allá de las originales, las tenéis las dos remasterizadas y formando parte de un solo estuche en diferentes ediciones.

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La tercera de las opciones, más rara, sin duda, pero a veces igual de bella es la interpretación con un instrumento diferente. Hay muchas posibilidades, como tríos de violín, viola y piano, guitarra o violonchelo. Yo os recomiendo una que tiene una sonoridad deliciosa ya que incluso hace las variaciones más etéreas. La versión es la de la galesa Catrin Finch interpretando la obra al arpa.

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Y acabo ya. Os dejo con la interpretación de Glenn Gould al piano, en la versión de 1981. Es el primero de los cuatro vídeos de aquella interpretación que podéis encontrar en Youtube. Disfrutad tanto como lo hace Hannibal Lecter.