una prosa que quiere ser poesía

Esta mañana, mis pasos me han llevado hacia la tumba de mi padre. Allí me he fumado uno de los cigarrillos que a él le gustaban. El cielo era de un azul puro. Las volutas del humo se elevaban hacia él lentamente, deshilachándose poco a poco hasta desaparecer completamente como una pequeñísima oración escuchada.

Es Viernes Santo y el sol empieza a calentar tímidamente en el interludio de lluvias del largo invierno y comienzo de la primavera. La avenida de la Baja Navarra, siempre atestada de los humos del tráfico del siglo XX, parece esa tarde más del siglo XXI que cualquier otro día, sin apenas coches, con poca gente paseando, unos a pie y otros en bici. En las villas y chalets de esa zona del parque de la Media Luna, las plantas empiezan a despertar y algunas verjas piden a gritos que las lijen para quitarles la roña que arrastran de varios inviernos. Al final del parque, casi enfilando Beloso, llego al banco, ese banco que en la pequeña rotonda mira directamente al sol en las primeras horas vespertinas, y me siento. Me quito hasta el abrigo y cojo el libro que llevo entre las manos. Resucitar.

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El caso es que unos días atrás, paseando entre las estanterías de la librería Walden en búsqueda de algo de poesía, los dos libreros, Dani y Viky, me dijeron al unísono que probase con ese libro, que le diese una oportunidad al escritor. Reconozco que el título no me atraía demasiado, pero si algo puede tener de bueno la Semana Santa será la resurrección, digo yo.

Resucitar es un libro de poco más de ciento cincuenta páginas, cuyo autor es un escritor francés, Christian Bobin, que vive en medio del bosque, como si fuese el personaje de un cuento y que pese a ser unos de los escritores galos mejor valorados por la crítica (y eso en un lugar donde hay más escritores que lechugas en un huerto, es mucho decir) rara vez sale de su casita de chocolate, ni participa en tertulias, ni concede entrevistas. Al castellano tiene traducidas un puñado de obras, aunque es autor de más de cuarenta libros y se podría decir que su estilo es inclasificable. Su obra consiste en pequeños fragmentos que nos hablan, en el caso del libro que reseño, de la niñez, de la hipocresía de esta sociedad, del tilo de su jardín, de los pájaros que se apoyan en su ventana, de su padre y sobre todo de la muerte como parte de la vida, casi como vida misma. Y lo hace con la delicadeza propia de la poesía, sin serlo.

Esta obra, Resucitar, no es una obra religiosa, pese a lo que el título pueda sugerir y a pesar de la religiosidad de su autor. Precisamente habla de la vida cotidiana que, en principio, nos parece difícil que pueda convertirse en poesía. No siempre lo logra. Pero cuando lo consigue es algo precioso.

Es un libro para quien quiera deleitarse con historias del día a día, contadas con una delicadeza imperfecta y por eso bella. Un libro para leer y releer. Para tener en la mesilla de noche y ofrecer a Morfeo material con el que fabricar los sueños. Una obra para descubrir que lo cotidiano puede ser algo sublime.

pura poesía escocesa

Resulta llamativo que la novela Sunset Song, de Lewis Grassic Gibbon, elegida en 2005 por las y los escoceses como “el libro escocés más emblemático de todos los tiempos”, no esté traducida al castellano. Más allá de la curiosidad de que esta novela pasase por encima de obras como Ivanhoe o Trainspotting,  por poner dos conocidos ejemplos, las obras de este novelista, cuyo verdadero nombre era James Leslie Mitchell, periodista y miembro del Partido Socialista Británico, son absolutamente desconocidas para los lectores en lengua castellana (no digamos ya en euskera). La novela en cuestión, de 1932, es la primera de una saga que se completa con los títulos Cloud Howe (1933) y Grey Granite (1934), y juntos conforman la triología llamada A Scots Quair.

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Por lo que he podido leer por ahí, la novela forma parte de un subgénero que se viene a denominar “novela de la crisis del campesino”, aparecido en la década de 1930, donde se hallan otros títulos como Las uvas de la ira, de Steinbeck o Fontamara, de Ignazio Silone. El estilo de Sunset Song es de corte modernista, aunque posee cierta tendencia hacia el sentimentalismo, está escrita con un gran lirismo, y empleando un inglés imitativo de la lengua de la región, lleno de localismos que obliga a las ediciones a tener un glosario de términos. Destaca la utilización que hace del punto de vista, una manipulación focal que Gibbon emplea con grandes resultados, teniendo secciones narradas por la propia localidad, con entradas y salidas en la conciencia de los personajes y empleando diferentes voces que añaden un multiperspectivismo a la obra. En fin, que yo por lo menos, hasta que no la traduzcan o me dedique a aprender inglés en serio en los próximos años, voy a tener que esperar para poder leerla. Y espero poder hacerlo algún día.

¿Y cómo he descubierto esta novela? Pues, como muchas veces, gracias al cine y en este caso a la película del mismo nombre que dirigió, en 2015, el cineasta Terence Davies y que se pudo ver en la sección oficial del pasado Zinemaldia de Donostia. Para quien conozca otros trabajos de Davies y haya visto esta cinta, coincidirá conmigo en que no es su cine más representativo, y quizás se acerca más a las películas clásicas, con tomas lentas y un ritmo más pausado. El resultado final es una película bellísima, muy potente en lo visual, precisamente gracias a estas tomas largas y, seguramente, bendecida por la hermosa tierra escocesa (aunque parte estuviese rodada en Nueva Zelanda).

La película es la adaptación fiel de la novela y en ella se cuenta la historia de la transición de la era industrial a la era moderna, en un enclave rural, y con esos cambios vividos desde la perspectiva de una mujer, miembro de una familia de campesinos. Habla del papel de la mujer en esa sociedad que quiere romper con el tradicionalismo, con un socialismo que aparece con fuerza, con la familia tradicional como núcleo de la vida de las personas, donde el padre es el que manda y el resto obedecen. Con el poder de la religión en todos y cada uno de los aspectos vitales de la persona, con unas relaciones humanas que se mueven en torno a esos parámetros, con el amor sujeto a esas condiciones y con la belleza de la tierra, tradiciones y música de Escocia de fondo. La película, narrada en ocasiones en voz en off por la protagonista, Chris Guthrie, aunque empleando la tercera voz, consigue relatar la historia de esta heroína escocesa con auténtica poesía y un lirismo que, fuera de resultar empalagoso, te sumerge de lleno en los sentimientos y emociones de ese principio del siglo XX, hasta que el encanto de la vida queda roto en mil pedazos por el inicio de la llamada Gran Guerra, aquella I Guerra Mundial del horror de las trincheras.

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Yo la he visto en Filmin, pero igual la podéis encontrar por algún otro sitio. Recomendable absolutamente. Para disfrutar con tranquilidad y un vaso de leche con miel, arropado con una manta de cuadros escoceses. Poesía pura. El ritmo de la película es como una vieja canción escocesa, sin instrumento ni artificio alguno, que va desgranando una historia corriente, de esas que hubo repartidas por toda Europa al principio del siglo XX y durante la Gran Guerra. Una delicia.

Por cierto, la banda sonora, compuesta por Gast Waltzing, es un continuo eco de la música tradicional escocesa, con violines y flautas. La escena de la protagonista cantando ella sola en su boda una de esa baladas que ponen los pelos de punta, es una gozada. Un conjunto musical que acompaña la belleza de la historia y la hermosura de la fotografía de la película.

dulce hermosura

Acabo de terminar una película que es, sin duda, una de las más hermosas que he visto. Es una película japonesa, de Naomi Kawase, de 2015, que lleva por título Una pastelería en Tokio.

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Un hombre que regenta un puesto de pastelitos. Una anciana que quiere ayudar a hacerlos. La magia de la sencillez en la acción. La hermosura de las pequeñas historias. La poesía de los detalles que hacen de esta vida un continuo descubrimiento. La delicadeza de las cosas bien hechas. La belleza de los cerezos en flor.

Cuántas lluvias y cuantos días de sol habrán visto estas judías

Sentaro es un hombre triste, que no sonríe nunca, que dirige una pequeña pasteleria que sirve dorayakis (que son unos pastelitos rellenos de salsa de alubias rojas y dulces llamada an). El negocio le va sin más y en esas está cuando una anciana, Tokue, se ofrece a ayudarle en su cocina, a lo que él, tras varios intentos de la señora, accede de mala gana. Pero resulta que Tokue va a demostrar tener magia en las manos cuando se trata de hacer an. Unas manos, por cierto, deformadas por una enfermedad degenerativa. Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a florecer. Con el paso del tiempo, Sentaro y Tokue abrirán sus corazones el uno al otro para revelar viejas heridas.

La poesía que emana de esta película en la que se disfruta escuchando al viento mecer las ramas de los árboles, observando el proceso de fabricación de esos pastelitos japoneses o la dulzura en la visión de la vida que tiene Tokue, la hacen digna de ver en cualquier momento, preferiblemente cuando buscas la calma, la serenidad y la sencillez. Lo dicho. Tremendamente hermosa y totalmente recomendable. Yo la he visto en Filmin.

Por cierto, la música de David Hadjadj merece comentario aparte, con una banda sonora intimista y de una belleza tranquila con piezas sobre todo interpretadas al piano.