el año del silencio

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Después de una temporada de festejos y jaleo, esto es, salida del orden necesario, me surge la necesidad de retomar ese orden. Hasta ahí creo que es algo bastante común con muchas otras personas. O quizás será algo que va unido a la edad, vete a saber. Lo que no sé si está tan extendido es la búsqueda de silencio en la que me encuentro inmerso. Y cuando me refiero a silencio no es el silencio externo que tanto echo en falta en estos tiempos. Aunque también. Vivimos en una época en la que casi no existe el silencio, por lo menos no en las ciudades. Nos despertamos con una alarma, desayunamos escuchando la radio mientras contestamos whatsapps acompañados de su correspondiente sonido, en la calle sabemos que la vida retoma su andadura por el ruido de los coches circulando, hablamos por teléfono decenas de veces al día, creemos aislarnos del ruido exterior poniéndonos auriculares a tope con música o episodios de podcasts, la televisión suena cuando llegas a casa, durante la comida continúa el ruido de electrodomésticos, si hay siesta suena la casa, los pisos de al lado, los coches de la calle, por la tarde se repite el barullo y por la noche el sonido de la vida que se refugia en las casas acompaña esos momentos. Ese ruido exterior en una ciudad es inevitable. Es verdad que podemos amortiguarlo. Existen los parques para intentar encontrar un ambiente más tranquilo. Se pueden poner los teléfonos en modo silencio (yo lo hago), aunque el ruido muchas veces es una simple vibración. Podemos apagar la televisión, la radio. Pero ese ruido externo genera ruido interno y ese es el que por todos los medios intento calmar. El silencio que busco es el silencio interior, el silencio de la mente, el silencio de la actividad. Y para eso no hay nada mejor que sentarse un rato para escuchar tu propio silencio. O para intentarlo. No se trata de que la mente deje de pensar. Eso no existe. La mente se dedica precisamente a eso. Se trata de que ese pensamiento produzca el menor ruido posible. Y yo la única manera que conozco para lograrlo, o para intentarlo siquiera, es sentarme, respirar, ser consciente de ese momento. Y de verdad que al final, el ruido externo y el interno se calman. Personalmente he decidido nombrar este año 2018 como el Año del Silencio. El mío, evidentemente. Ya os iré contando cómo nutro el año con libros, películas y actividades para acompañar y guiar este recorrido personal.

¡Feliz Año del Silencio!

sí, sirve

Eso no sirve para nada; no tengo tiempo; no soy un hippy; eso no está comprobado científicamente; no soy budista; mi cabeza no para de pensar; ¿qué haría yo en silencio?; no me gusta el rollo de inciensos y tal; te crees muy moderno. Estas son algunas de las cosas que me han dicho al saber, la otra persona, que practico la meditación. O mejor dicho, que practico para aprender a meditar. Aunque las más de las veces no me han dicho nada y se han limitado a mirarme con cara rara. Aunque, también es verdad, cada vez menos.

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Sí sirve. Cada vez que me siento diez minutos en el cojín, sirve para estar conmigo mismo. Aunque sea solo para eso. Y eso, permitid que os lo diga, es un lujo. El ritmo que llevamos normalmente nos impide parar a sentirnos, a ver que somos nosotros quienes estamos aquí. Otra cuestión es que no estemos acostumbrados a estar con uno o una misma. Pero de eso se trata.

Las excusas para no sentarse diez minutos en silencio son de lo más variopintas. La del tiempo suele ser una de las mejores. Son diez minutos al día, o veinte o incluso media hora. Pensad cuánto tiempo invertimos en otras cosas que hacemos diariamente como ver la televisión, dormir, comer, estar con los amigos, hacer ejercicio físico, leer, trabajar, limpiar. No poder encontrar diez minutos al día es simplemente una excusa para no hacerlo. Así de simple.

Yo tampoco soy un hippy. Hay gente de todos los estilos, ámbitos, ambientes, orígenes, ideologías y religiones que practican la meditación. No hace falta ponerse pantalones de hilo, dejarse rastas y barba y utilizar la bicicleta hasta para ir al baño. Eso no es un elemento indispensable para practicar la meditación.

Está comprobado científicamente e incluso una variante de la meditación, que es el mindfulness, se está empezando a utilizar, cada vez con más frecuencia, como parte del tratamiento para diferentes enfermedades psíquicas como la ansiedad y la depresión e incluso como paliativos para las consecuencias de enfermedades de otro tipo. Científicamente está comprobado que la práctica de la meditación conlleva beneficios físicos, psíquicos y emocionales. Bibliografía hay para parar un tren.

No hace falta profesar una religión concreta para practicar la meditación. Es más, no hace falta ser practicante de ninguna religión, ni ser creyente en un Dios, o en varios, o en la reencarnación o en la resurrección. Tampoco va contra la religión que se practique. Aunque su origen sea las prácticas del budismo, existen otras religiones que han practicado diferentes formas de meditación. Pero en sí, puede no formar parte de una práctica religiosa. De hecho el mindfulness es una meditación sobre la conciencia de uno mismo desprovista de todo significado religioso.

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La mente no para de pensar. La meditación no consiste en dejar la mente en blanco o dejar de pensar. La mente tiene actividad siempre. Otra cosa es que esa actividad mental que funciona la mayoría de las veces de forma independiente se pueda observar sin que te influya o condicione en tus actos.

El silencio ha sido uno de los mejores descubrimientos que he hecho en los últimos años. Estamos rodeados de ruido, en la calle, en el trabajo, en casa, con la televisión, la radio, la música incluso, los electrodomésticos, los coches y lo malo de todo eso es que hemos dejado de escucharnos a nosotros mismos y a la vida. El silencio nunca es total, pero descubrir un día el sonido de tu respiración y ser consciente de ello es una experiencia reconfortante.

Para meditar no hace falta encender una vela o poner incienso. Tampoco hace falta ponerse música india de fondo, ni pintarse un punto rojo en la frente. Simplemente necesitamos ponernos, allá donde estemos.

Puede que la meditación se esté poniendo de moda y que haya quien piense que eres más moderno por hacerlo. Pero una práctica que en muchos lugares del mundo se practica desde hace milenios no es una moda pasajera. El hecho de que cada vez se conozca más y sea descubierta por más gente es simplemente la constatación de que en nuestra cultura no nos hemos dedicado suficientemente, hasta ahora, a vivir conscientemente el momento, estemos respirando, comiendo o andando. Tan sencillo como eso.

Yo seguiré practicando. Funciona.

a veces sentarse es suficiente

Hay días en que llegas a casa con mil historias en la cabeza, con la nariz taponada por el catarro, con hambre porque no has comido nada desde la mañana, con muchas cosas que hacer todavía. No es lo normal, lo reconozco. Intento cuidarme, pero el catarro no avisa y creo que suelo llevar una dieta bastante regular. Pero a veces pasa.

Aprender-a-meditar

Hoy me he sentado a meditar y no he podido más que seguir cuatro veces la respiración. Me ha sido imposible hacer nada más. Pero no he tenido una mala sensación. El propio hecho de haberme sentado, el esfuerzo que me ha supuesto hoy y el haber conseguido estar el tiempo que quería en posición de semi loto, por mucho que no haya sido capaz de tomar consciencia del momento, ha sido para mi todo un logro. Y he terminado la práctica con la satisfacción de haber conseguido solo eso; sentarme.