lectura con infusión

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Image by Aga Putra

Una habitación levemente iluminada, lo justo para que alcance las páginas del libro. Tres velas encendidas, una en una casita cuyas ventanas parecen las de un refugio en invierno, la segunda en un farol blanco y reluciente iluminando de medio lado el retrato de mi pequeño sobrino. En la mesa de centro, sobre los libros de fotografía, otra vela gasta su cera adoptando formas como si fuese un cuadro de Dalí. Una manta sobre mis piernas, como si estuviese viajando en un trineo a través de un cuento de Tolstoi y en la mesa, al lado de la vela, un plato con una taza de humeante infusión con una cucharada de miel. Leo y sonrío con las historias de esta novela que algún día os contaré, mientras en la noche otoñal, las voces del patio, de vez en cuando, me distraen del libro para hacerme fijar en esas otras historias de familias que cenan, de niños que ensayan con la flauta, de madres que cantan, de parejas enfadadas y de amantes a quienes no les importa gritar su encuentro a los cuatro vientos. Es martes y cierro el libro para respirar esta cotidianidad que me llena de vida. Gabon.

ser, lo llames como lo llames

Image by David Mao

“La rosa no dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo”, se esfuerza en creer una enamorada Julieta. Y tiene razón. Lo importante es ser, lo llames como lo llames. Entramos en debate filosófico. ¿Dejaría de ser yo aunque no me llamase Dani? No los múltiples Danis que exiten para tantas personas como me conocen, sino el ser que soy. Algunas me conocen como Dani, otras como Daniel, Dani-Daniel, Danieltxo, la abuelita Pilar, de txiki, me llamaba Danieltxi. Y siempre era yo. Siempre soy yo. Soy. Da lo mismo cómo me llame. Lo importante es que soy. Mucho más que el estar y desde luego inmensamente más que el tener. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Siempre Shakespeare. El caso es que hoy me he enterado que eso que yo llamo cotidianidad, detalles, esas pequeñas cosas del día a día que me ofrecen felicidad, en Dinamarca se llama hygge. Incluso hay libros sobre eso. Parece ser que practico el hygge desde hace mucho tiempo sin haberme dado cuenta. También a mi me gusta leer en una habitación con una manta y velas encendidas. Disfruto tomando un vino con los amigos. Me gusta salir a pasear abrigado a la noche, media hora antes de acostarme. Saboreo con deleite las galletas de chocolate. Me llena de vida respirar y ser consciente de ello. Y soy feliz viendo a mi sobrino descubrir la vida instante a instante. Pero lo importante no es que me gustan todas esas cosas, si no que soy consciente de ello y me hacen feliz. Y eso los daneses lo llaman hygge. Pues bienvenida la palabra. Seguiré siendo.

preparándome

En esta semana larga que llevo “meditando” resulta que me sentaba en mi cojín y en unos segundos tomaba la postura, entornaba los ojos y le daba al temporizador para que me avisase pasados los 5 minutos… Sí, la verdad es que suena un poco mecánico, pero necesito ir poco a poco cogiendo el hábito. Para mi en estos momentos es un logro el simple hecho de dedicar 5 minutos a estar en silencio intentando ser consciente de mi respiración y procurando no pensar, solo ser.

¡Nadie me había dicho que para meditar, como para todo en esta vida, es necesario hacer una preparación! Tampoco, lo reconozco, le había dedicado mucho tiempo a pensarlo. Lo más que hacía era coger el cojín y a veces encender un palo de incienso y poco más. Si lo pienso, inconscientemente algo ya preparaba…

Según Miquel Barber para meditar hay que prepararse en tres aspectos: entorno, cuerpo y mente.

Hay que preparar el entorno en donde se vaya a meditar, aunque, en principio, es posible meditar en cualquier lugar. Si lo haces en casa se puede acondicionar el sitio mediante la luz suave, el olor a incienso, una vela, una alfombra, lo que sea para inducir a la calma, que es lo que necesitamos para poder meditar. Por lo tanto, un entorno en calma.

El cuerpo tiene que prepararse también ya que, aunque la meditación es una actividad principalmente mental, cuerpo y mente van unidos y están vinculados por la energía. Para poder meditar bien, es necesario tomar una buena postura con el cuerpo, ya sea sentados en el suelo, sobre un cojín, un pequeño banco o un zafú, incluso sentados en una silla, con la única condición de que los pies o las rodillas toquen el suelo, estén en contacto con la tierra, ya que eso da estabilidad. La columna debe estar abierta y recta, como si un hilo nos tirase hacia arriba desde la coronilla y pudiésemos descansar la columna sin temor a caer. Para las manos hay diferentes formas, bien sea abiertas hacia arriba, apoyadas en las rodillas o formando el mudra del vacío, esto es, con las palmas hacia arriba, la mano derecha sobre la izquierda y los dedos pulgares tocándose ligeramente, formando un círculo de energía. Yo utilizo este mudra. Los brazos ligeramente separados del tronco y los ojos, bien cerrados, o bien ligeramente entornados. La cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, como si  nos tirasen de la coronilla. La lengua apoyada en el paladar superior, con la punta tocando la parte trasera de los dientes superiores. La verdad es que parece complicado, pero con la práctica dicen que sale automáticamente. Habrá que perseverar, entonces.

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La mente debe estar en calma. ¿Cómo conseguimos eso en nuestro día a día, después de la jornada de trabajo o con las pequeñas o grandes preocupaciones que podamos tener? Parece ser que hacer un ejercicio de respiración es clave para calmar la mente. El ejercicio consiste en concentrarse en la respiración, en la inspiración y la espiración, contando hasta 21 veces. Tras este ejercicio seguro que la mente está mejor dispuesta para un momento de meditación.

Yo, poco a poco, iré practicando y preparándome. De todos modos, seguro que hay muchas formas de prepararse para una meditación. Si alguien lee esto y quiere compartir cómo lo hace, le doy la bienvenida y le invito a compartirlo.