2018

 

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Bajo la intensa lluvia que casi da al traste con unas cuantas sansilvestres, decidí tomarme un par de vinos, aunque igual fueron tres, qué más da, con un tío y una tía. Estafeta estaba llena de gabachos que en los últimos años deciden pasar la última o mejor dicho, la primera noche del año en Iruñea. El caso es que para las siete de la tarde ya estaban bastante pasados. Parece ser que en algunas personas, nuestra querida ciudad tiene un poder de atracción equivalente al número de cubatas que se toman en una hora, como si tuviesen que batir un récord. Con el paladar saboreando la última copa nos encaminamos hacia el Ensanche y nos felicitamos el año con los parroquianos del bar de la esquina, ese bar que, sin ser el más moderno y el más comentado, te ofrece una atención familiar día a día, cariño en sus platos y unas olivas sin que las pidas. La cena transcurrió con la normalidad que tienen este tipo de eventos. Los hijos pequeños de los primos descubriendo una noche mágica, la gente mayor disfrutando de la compañía, los más jóvenes pensando en la noche y el resto recordando, riendo y mandando mensajes. Y las doce campanadas pasaron con doce gajos de mandarinas, que en nuestra familia las uvas no se estilan y en medio de los gritos y casi a la par del comienzo de la programación-bodrio que se daba en todos los canales, tuve tiempo para pensar qué pedía al nuevo año. Y me sorprendí agradeciendo todo lo que me ha dado el 17, a todas esas personas que he conocido y con quienes he compartido, trabajado, luchado, protestado y hablado. Fue el momento de pedir perdón a quien he faltado y el único deseo que solicité fue tener la oportunidad de ser siempre yo mismo, con salud y libertad y con respeto al resto de personas. Al día siguiente Ricardo Muti se encargó de recordarme, a ritmo de valses, que la vida hay que vivirla y sentirla en el momento. Es lo bueno que tiene.

Urte berri on!

la romanza de un sordo

Nada más comenzado el siglo XIX, el bueno de Ludwig, se encontraba enamorado de una alumna llamada Giulietta y con una sordera cada vez más profunda, para desesperación del músico alemán. Al cabo de unos meses el Romeo músico tuvo que admitir que su Giulietta pasaba de su genialidad, ya que ésta prefería la estabilidad económica y el supuesto pedigrí de la sangre azul de un conde músico amateur, y que su sordera le iba a privar del sentido, en principio, más importante para un músico y compositor. Es en esta situación cuando decidió publicar una obra para violín que destila sentimiento y lirismo por los cuatro costados. Os cuento.

Ludwing frecuentaba mucho, parece ser que demasiado, las tabernas de Bonn...
Ludwig frecuentaba mucho, parece ser que demasiado, las tabernas de Viena…

Como he dicho eran los comienzos del XIX , más concretamente 1803. Ludwig vivía en Heiligenstadt, una zona entonces extramuros de la capital austríaca y hoy parte del elegante distrito 19 (Döbling). Durante los dos años anteriores, había estado enamorado perdidamente de la hija del conde Guicciardi, un señor que en, primavera de 1800, había sido trasladado a Viena como consejero de la Cancillería de Bohemia. La cuestión es que esta familia estaba emparentada con los Brunswick, que eran muy amigos de Beethoven. La chavala empezó rápidamente a asistir a las clases del músico y ya se sabe, entre solfeo, claves de sol, dame un si bemol e interpreta esta partitura, la alumna y el profesor se enamoraron, a pesar de la diferencia de edad, pues ella tenía 17 años y él 30. Pero, ¿quién no se ha enamorado alguna vez de su profesor o profesora? Pues eso, que la confianza fue a más, Beethoven dedicó una de las piezas más famosas de piano a su alumna, la Sonata nº 14, “Claro de luna”, y en estas estaban cuando, en 1802, la familia, advertida de la relación, cortó por lo sano y comunicó al enamorado profesor que desistiese de sus intenciones, pues era del todo imposible que un profesor de música y una joven de familia aristocrática pudiesen casarse. Si estos Guicciardi hubiesen sabido en quién se iba a convertir Beethoven para la historia de la música, quizás hubiesen tenido otra actitud. O no. Que los condes y marqueses siempre han sido muy suyos. Unido al final de esta relación, la sordera había avanzado rápidamente y es entonces cuando, en plena depresión con ideas suicidas, el compositor escribió el famoso Testamento de Heiligenstadt, una carta dirigida a sus hermanos donde les hacía partícipes de su sordera. Esta carta, en principio, era para ser leída después de su muerte.

Pues bien, es en este momento de inquietud y desesperación, mientras desarrolla su 3ª Sinfonía, “Eroica”, cuando se publican dos romanzas para violín compuestas unos años atrás. Según la Wikipedia se denomina romanza a una pieza musical de carácter sentimental escrita para una sola voz o un instrumento, que se distingue por su estilo melódico y expresivo. El caso es que el rechazado Beethoven había compuesto dos de estas piezas, en este caso para violín. Una de ellas fue escrita en 1798 y la otra cuatro años después, en 1802. Pero resulta que esta segunda romanza fue publicada en 1803 y la primera en 1805, con lo que la llamada Romanza nº 1 para violín es en realidad la segunda y al revés. Yo, en este caso, me voy a referir a la Romanza nº 2, la escrita en 1798 y publicada en 1805. Fue compuesta en Fa mayor y con la numeración 50 dentro de su opus y escrita con acompañamiento de flauta y dos oboes, dos fagotes y dos trompas y cuerdas. La duración es de unos ocho minutos, pero el compositor no dejó ninguna indicación de tempo, con lo que esta puede variar. Beethoven escribió individualmente estas dos piezas, de eso no hay duda, pero hay quien afirma que podrían haber sido compuestas pensando en que fuesen o formasen parte del primer movimiento de un concierto para violín, escrito en Do mayor, del que se desconoce esta primera parte. Sea como fuere, esta romanza nº 2 es de una sensibilidad y una belleza enormes. De mayor dificultad que su hermana, suele ser más interpretada en los conciertos. Estas dos romanzas se suelen grabar acompañando al Concierto para violín en Re mayor, Op. 61 y como he señalado, la duración media es de unos ocho minutos, aunque existen diferencias. La más corta que he encontrado está interpretada por Katarina Andreasson y la Swedish Chamber Orchestra Örebro, dirigidos por Thomas Dausgaard y dura 7 minutos y 4 segundos. La más larga, por el contrario, es una antigua grabación interpretada por David Oistrakh y la Orquesta estatal de la Unión Soviética, dirigidos por Kirill Kondrashin y que dura la friolera de 10 minutos y 46 segundos. Una diferencia entre ambas de 3’39”, ahí es nada. La diferencia es notable, como podréis comprobar en la lista de Spotify. Antes de hacer referencia a algunas versiones, os dejo con el vídeo de una de las que más me gustan. El violinista berlinés, Kolja Blacher, junto a la Berliner Philharmoniker, dirigidos por el desaparecido Claudio Abbado, en un concierto ofrecido el 1 de mayo de 1996 en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Blacher era, en ese momento, primer concertino de la famosa orquesta. En esta ocasión tiene una duración de 8 minutos y 19 segundos, es decir, en la media.

Hay muchas versiones de esta romanza, algunas maravillosas y otras sin más. De mis preferidas, aparte de la de Blacher (que no está en disco), me quedo con tres versiones ejecutadas por tres mujeres. La primera de Patricia Kopatchinskaja con la Champs Elysees Orchestra dirigidos por el gran Philippe Herreweghe, sin duda una grabación extraordinaria que a mi me encanta. La segunda es de Rachel Barton Pine, con la Göttinger Symphonie Orchester, dirigidos por Christoph-Mathias Mueller, deliciosa. La tercera es de la diva del violín, Anne-Sophie Mutter, con la New York Philharmonic Orchestra, dirigidos por Kurt Masur. Aparte hay versiones trasladadas a otros instrumentos. De estas me quedo con dos, una al violonchelo, de Daniel Müller-Schott con la Australian Chamber Orchestra y otra al contrabajo interpretada por Frantisek Posta con Josef Hala al piano.

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Y aquí tenéis la lista de Spotify. Aparte de las mencionadas hay un par o tres que están muy bien. El resto son pasables e incluso podréis escuchar interpretaciones con guitarra, flauta y hasta flauta de pan… Para gustos los colores.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/4v16Z0T5X0ldoVeJaIxynC&theme=white

agur Nikolaus

En mitad de esta tarde de siesta y manta, lectura y música, me ha sobresaltado el tuit de Katakrak anunciando la muerte de un grande de la música y revolucionario de la interpretación. Ayer falleció el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt.

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Harnoncourt fue uno de los pioneros en la interpretación historicista de obras barrocas, sobre todo de Bach. Abordó a principios de los setenta la grabación completa de las cantatas bachianas, junto a Gustav Leonhardt, que si bien ha sido superada en muchos aspectos, queda como apertura de un debate que hoy en día continua en la interpretación de obras musicales según los parámetros historicistas y con el uso de instrumentos originales. Este vienés universal, curiosamente nacido en Berlín, nacido en el seno de una familia aristocrática, fundó en los años cincuenta, junto a su esposa, el Concentus Musicus Wien, con quien cosechó múltiples éxitos en la interpretación y dirección. Posteriormente tocó con varias orquestas clásicas, con instrumentos modernos, pero siguiendo las pautas de autenticidad histórica. Continuó siempre con Bach y otros compositores barrocos y se fue acercando a otras músicas, como la opereta vienesa o las sinfonías de Beethoven, que grabó también completamente.

Para mi siempre quedará su grabación del Oratorio de Navidad de Bach para la televisión austríaca, con un coro íntegramente masculino y utilizando a niños para las voces altas, una decisión que, posteriormente, muy pocos directores historicistas han seguido. Personalmente me gustan las voces de mujer y contratenores en este tipo de interpretaciones, pero el comienzo de ese oratorio, con unos timbales magistrales, me sigue sonando espectacular. Tus interpretaciones eran siempre auténticas. Luego vinieron los conciertos de Año Nuevo de 2001 y 2003, que fueron calificados como de los mejores en la historia del famoso concierto. Su grabación de la Pasión según San Mateo, de 2001, ganó el Grammy y es otro de los hitos musicales de Harnoncourt.

Descansa en paz Harnoncourt, que la tierra te sea leve. Tu legado queda vivo entre nosotros. Ahora mismo estoy escuchando tu grabación del arreglo que Mozart hizo de un oratorio de Handel, el Alexanderfest, con un aria y coro dedicados a Baco, con otros timbales memorables. Suenen en tu memoria las trompetas y timbales de la eternidad. Agur Nikolaus Harnoncourt, siempre te recordaré como el artista de lo auténtico.

 

de coros e iglesias

Hace más de veinte años, en un viaje que hice a Viena con el coro en donde entonces cantaba, una de las cosas que más poderosamente me llamó la atención fue que las iglesias de la ciudad imperial estaban siempre abiertas de par en par para la actividad musical, fuese esta música religiosa o no. En aquel diciembre frío y prenavideño, las iglesias, con sus bancos con calefacción propia, ofrecían un refugio para el viajero cansado y para el propio arte. Asistí a ensayos de pianistas, cantantes de ópera, coros de música antigua y grupos de cámara que, con entrada libre, practicaban antes de sus conciertos. Pero aquello era Viena, hace más de veinte años, y esto es Iruñea, hoy mismo…

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Con la cantidad de iglesias, conventos, capillas y ermitas por metro cuadrado que tiene nuestra vieja ciudad, no entiendo cómo no se abren a actividades artísticas y musicales como ocurre en cualquier otra parte del mundo. Aquí el Arzobispado, hace ya años, decidió que las iglesias solo iban a cobijar sus servicios religiosos y conciertos exclusivamente organizados por la iglesia. Hasta tal punto llega esta actitud que, incluso, ha denegado la iglesia de Aibar para un concierto en homenaje a Nerea Aldunate, directora de la coral Aritza del mismo pueblo y fallecida en abril. Lo lamentable de esta negativa, en particular, es que según el Arzobispado el repertorio no encaja en la iglesia y les da lo mismo la relación de Nerea y su familia con la propia iglesia. Ni con los suyos cambia de parecer. Por lo visto eso es lo que entiende el señor arzobispo militar por solidaridad.

Murallas y catedral

Soy de los que opino que el Arzobispado tiene que ser parte activa en la ciudad y debe abrir sus iglesias para su utilización, aportando al bien común. En muchos lugares es solo la iglesia del pueblo el único recinto adecuado para actividades artísticas dirigidas a un grupo grande de personas. Ese Arzobispado que se dedica a inmatricular los templos y casas parroquiales, robando al pueblo sus bienes, debe colaborar por el bien común, pagar sus impuestos como todo el mundo, devolver lo robado y atenerse a las necesidades sociales. Pero desgraciadamente el Arzobispado se dedica más a hacer política rancia, a seguir acumulando bienes y a convertir sus templos en mercados.

Las iglesias se están quedando vacías. Es momento de darles un buen uso.

la belleza en el espacio

Entre las músicas que el pasado 1 de enero escuchamos desde la Sala Dorada del Musikverein de Viena, una de las más conocidas, con permiso de Radezky, es, sin dudas, el vals de Johann Strauss hijo titulado El bello Danubio azul. Esta obra fue una de las que el genial director, Stanley Kubrick, incorporó en 1968 a su película 2001, una odisea en el espacio.

Veamos. Esta película está considerada como de culto en el género de la ciencia ficción y marcó un antes y un después en los efectos especiales, su vanguardista uso de la imagen y por la utilización de música clásica en sus escenas (algo que Kubrick hizo en todas sus películas). Cuenta la historia de un equipo de astronautas, que trata de seguir las señales acústicas emitidas por un extraño monolito hallado en la Luna y que parece ser obra de una civilización extraterrestre. Está dividida en diferentes capítulos que comienza por el amanecer del “hombre”, la misión a la Luna, misión a Júpiter y termina con una visión del infinito.

La música de la película está compuesta por obras de Richard Strauss, Johann Strauss (hijo) o György Ligeti, si bien el afamado compositor de bandas sonoras, Alex North realizó una partitura para la la película que fue rechazada por el director. Esta banda sonora salió a la luz de la mano de Jerry Goldsmith 25 años después.

La escena del vals de Strauss pertenece a la segunda parte, la del viaje a la Luna y en ella se ve al transborador espacial haciendo la maniobra de aproximación a una estación espacial de forma circular. Toda esta maniobra se hace al ritmo del conocido vals vienés. Allá vamos:

Y ahora vamos con la obra de Strauss, un vals que, quien más, quien menos, conoce y con el que, a buen seguro, casi todo el mundo nos hemos balanceado siquiera.

El bello Danubio azul, con título original en alemán An der schönen blauen Donau, op. 314, es un vals de Johann Strauss hijo compuesto en 1867. El origen de este vals es curioso, ya que fue compuesto para ser cantado por un coro de hombres en Carnaval. El caso es que un tipo, comisario de policía para más inri, le puso la letra que, parece ser, por sus implicaciones políticas (no estaba el horno para bollos) no gustó en absoluto y originó que el vals pasase bastante de puntillas en su estreno. Unos meses más tarde, en la Exposición Universal de París, Strauss volvió a dirigir el vals, esta vez sin letra, obteniendo un gran éxito y convirtiéndose en muy poco tiempo en el vals más conocido del compositor. Unas semanas después se imprimieron un millón de copias, algo exageradísimo para la época, de la partitura que se distribuyeron por todo el mundo. Franz von Gernerth escribió una nueva letra, se hicieron varias traducciones inglesas, una de ellas por Charles Dunn, y el compositor Wekerlin lo adaptó para una sola voz con letra de Jules Barbier. La obra, por sus reminiscencias vienesas, se ha convertido en una especie de segundo himno de Austria.

Entre las grabaciones, que obviamente son del Concierto de Año Nuevo, me quedo con dos. La primera dirigida en 2003 por el inigualable Nikolaus Harnoncourt, que consiguió extraer unos matices y detalles asombrosos. La segunda es, cómo no, la versión que el endiosado Herbert von Karajan, dirigió en el concierto de 1987.

Y ya que estamos hablando de una obra del concierto de Año Nuevo vienés, os dejo diez curiosidades del mismo. Por cierto, el concierto de este año, dirigido por el letón Mariss Jansons, ha sido uno de los mejores de los últimos años.

  1. El primer concierto de Año Nuevo fue, paradójicamente, un 31 de diciembre de 1939, aunque desde 1941 se celebra el 1 de enero.
  2. Muy poca gente sabe que el concierto se puede ver antes del 1 de enero en dos ocasiones: el día 30, en el ensayo general y el 31 en el concierto de San Silvestre.
  3. Las entradas se sortean (algunas se reservan) y para participar en el sorteo hay que inscribirse en la página de la Filarmónica entre el 2 de enero y el 29 de febrero. Las entradas oscilan entre los 35 y los 1.090 euros.
  4. El concierto se celebra siempre en la Sala Dorada del Musikverein, edificio de 1870, sede de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena. La sala Dorada tiene una de las mejores acústicas del mundo.
  5. La Wiener Philharmoniker fue creada en 1842, es altamente conservadora y la primera mujer en formar parte de ella fue la arpista Anna Lelkes en 1997. Actualmente 10 mujeres son parte de la orquesta y el 1 de enero pudimos ver a siete de ellas.
  6. Desde 1933 esta orquesta carece de director principal y lo que hacen es invitar (para el concierto de Año Nuevo y para cualquier otro que ofrezcan) al mejor director que consideran para la obra que quieren interpretar.
  7. Curiosamente el concierto tuvo directores estables en sus inicios (Clemens Krauss, Willi Boskovsky y Lorin Maazel) y desde 1987 se invita a un director diferente cada año. Esta práctica la inauguró Herbert von Karajan ese año y, entre otros, han dirigido el concierto Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Zubin Mehta, Riccardo Muti, Nikolaus Harnoncourt, Seiji Ozawa, Mariss Jansons, Georges Prêtre, Daniel Barenboim y Franz Welser-Möst. Algunos de ellos han repetido, como es el caso de Mariss Jansons en el de este año. Para el concierto de 2017 se ha anunciado que será el venezolano Gustavo Dudamel que, a sus 34 años, se convertirá en el director más joven de la historia de este concierto.
  8. Los compositores principales que suenan en el concierto son, desde luego toda la saga Strauss (Johann hijo, sus hermanos Josef y Eduard y Johann padre), así como compositores de operetas como Joseph Lanner, Otto Nicolai o Franz von Suppé. Excepcionalmente suenan obras de otros compositores en una especie de homenaje por alguna efeméride del año entrante. Entre otros se han escuchado piezas de Mozart en 1991, en 1997 de Schubert, en 2009 de Haydn, en 2013 Verdi y Wagner o en 2014 de Richard Strauss.
  9. Aparte de la orquesta en ocasiones (como este año) actúan también el Coro de los Niños Cantores de Viena o alguna soprano, como Kathleen Battle en 1987. El Ballet de la Ópera Estatal de Viena se encarga de los números de danza en algunas piezas, entre otras, El bello Danubio azul.
  10. Las propinas que suenan en este concierto son, desde 1958, tres. La primera una polka rápida (a elección del director de turno), seguida del vals El bello Danubio azul, para finalizar con la Marcha Radezky. Tradicionalmente en la interpretación del vals, tras los primeros compases, el director para a la orquesta y se dirige al público en un perfecto alemán diciendo: “La Filarmónica de Viena y yo les deseamos”; a lo que se une la orquesta: “Feliz año nuevo”. En cuanto a la costumbre de llevar las palmas en la Marcha Radezky, parece ser que en un principio el público vienés llevaba el ritmo un poco como le daba la gana y fue Willi Boskovsky en los sesenta el primer director que decidió dirigir las palmas que sonaban. La tradición adquirió carta de naturaleza definitiva cuando hasta el mismísimo Herbert von Karajan se volvió al público en 1987 para dirigirlo.

Os dejo con la interpretación del año 1987, dirigida por Karajan…

!Ah si! URTE BERRI ON! ¡FELIZ AÑO NUEVO! QUE ESTE 2016 SEA PLENO DE FELICIDAD PARA TODO EL MUNDO. PAZ, SALUD Y LIBERTAD PARA TODOS Y TODAS.

por un momento fueron libres

Hoy una escena de una película en favor de la libertad, contra el sistema penitenciario, a favor de los derechos de las personas presas y con una música que se mece como la brisa. Una escena preciosa de Cadena perpetua, dirigida en 1994 por Frank Darabont, con música de Mozart. Vamos allá.

La película cuenta básicamente la historia de amistad de dos hombres en una prisión, uno acusado falsamente de la muerte de su esposa y el otro el jefe del contrabando interno de la cárcel. Entre medio un caso de corrupción y blanqueo de dinero, las duras condiciones de la vida en un presidio y la violencia del sistema penitenciario.

Andy, que es el protagonista (interpretado por Tim Robbins), tras pasarlas bastante jodidas en los primeros años de su condena, debido a su buena actitud es destinado como encargado de la biblioteca, iniciando una campaña para recibir fondos del Senado con los que poder adquirir más libros para la cárcel. El caso es que el bueno de Andy se encuentra en el despacho del Alcaide limpiando y mientras un guardia entra al baño aprovecha para poner en el tocadiscos Las bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart. Y de perdidos al mar, así que encierra al guardia en el retrete, cierra el despacho y enchufa los altavoces de la prisión mientras suena el duettino Sull’aria de dicha ópera. La escena del patio lleno de presos deteniéndose mientras suenan las bellas voces de esas dos mujeres es de las que hacen historia. El tiempo parece detenerse y las mentes y pensamientos de los condenados vuelan libremente más allá de los muros que los encierran. La voz de su amigo Ellis Boyd “Red” Redding (Morgan Freeman) dice aquello de “no tengo ni puñetera idea de lo qué cantaban esas mujeres, ni quiero saberlo, pero me imagino que era algo demasiado bonito como para poder decirlo con palabras”. Y se arma una buena. Y al pobre de Andy lo meten en el hoyo dos semanas…

Lo curioso es que el duettino que cantan en realidad la condesa de Almaviva y su sirvienta Susanna nada tiene que ver con la libertad. Es más, es la carta que escriben al conde para hacerle creer que tiene una cita, como trampa para exponer su infidelidad. La letra dice lo siguiente (traducida):

Cancioncita sobre la brisa
Qué suave cefirito
esta tarde soplará
bajo los pinos del bosquecillo.
Y él ya el resto entenderá.

Le nozze di Figaro es una de las óperas más famosas de Mozart, y de las más importantes de la historia de la música, y fue compuesta entre 1785 y 1786, año de su estreno en Viena. La historia, que se desarrolla en Sevilla, nos cuenta los preparativos de la boda de Susanna y Fígaro, sirvientes de los condes de Almaviva, los líos del conde para seducir a Susanna y el plan de la condesa para desenmascarar las infidelidades de su marido. Una ópera preciosa, con muchos pasajes memorables. Os dejo la escena de la carta, el duettino (o pequeño dueto) que aparece en la película comentada. Es, por cierto, una representación impresionante, dirigida por Solti e interpretada por Popp y Janowitz en la Ópera Garnier de Paris en 1980, por eso la imagen es un poco antigua. Pero merece la pena.

Entre las versiones completas de la obra hay varias que merecen la pena. Yo me quedo con dos. La primera dirigida por Charles Mackerras en 1994, una grabación perfecta, y la segunda dirigida por René Jacobs en 2013, una grabación terriblemente fresca.