serenidad prohibida

Esta no era la entrada que tenía prevista para hoy, pero como al disco duro de mi ordenador le ha dado por tomarse vacaciones y no estará disponible en unos días (espero que solo sean unos días), ahí va esta serenidad prohibida.

La obra de hoy tiene todos los elementos como para poder hacer una novela con ella. Un niño cantor convertido en compositor, la capilla más conocida del mundo, una obra para cantar dos veces al año, una partitura prohibida, un niño prodigio mundialmente famoso y una serenidad que penetra en todo tu ser desde el primer momento de su escucha. Miserere, de Gregorio Allegri, una obra que dura entre 12 y 14 minutos, según las versiones. ¡Vamos allá!

Sketch de la Sixtina
Sketch de la Sixtina

Nos situamos un momento. El Salmo 51, el conocido como Miserere, es un texto supuestamente escrito por David en el que, tras reconocer el pecado por haberse liado con una señora que estaba casada. Para más inri, la tal Betsabé, que así se llamaba la señora en cuestión, era la esposa de un fiel amigo de David, llamado Urías. El caso es que el rey David, ni corto, ni perezoso, decide deshacerse de su colega y lo manda a la guerra donde, como suele pasar en las guerras, muere. En fin, que después de disfrutarla con Betsabé, le entra un cargo de conciencia de espanto y pide perdón a su Dios con el famoso Miserere mei, Deus (Ten piedad de mí, ¡oh Señor!). La verdad es que desconozco si le perdonó o se sintió perdonado, pero el caso es que Urías siguió muerto, seguramente en un polvoriento páramo de Oriente Medio. Con Betsabé tampoco he podido saber qué ocurrió. Es lo que ocurre con la historia en general, que al final suele quedarse en un relato de la vida de reyes, generales y algún hecho aislado que realiza la gente del Pueblo, normalmente contra un rey o un general.

Pues bien, como con muchos otros textos religiosos, más si estos formaban parte de la liturgia de la Iglesia, como es el caso (este salmo pertenece a Laudes), era normal musicalizarlos, para acompañar, precisamente con música, la ceremonia religiosa. Y es lo que ocurría con el mencionado salmo. A partir de aquí, Miserere, a secas.

David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti
David 1501-1504. Michelangelo Buonarroti

Y nos trasladamos al Vaticano, a finales del primer tercio del siglo XVII, donde un tal Gregorio Allegri, formaba parte del Coro Papal, llamado posteriormente Coro de la Capilla Sixtina, por cierto, el coro en activo más antiguo del mundo. El señor Allegri había sido niño cantor en diferentes iglesias de Roma y recorrió parte de Italia cantando durante muchos años, hasta que el 6 de diciembre de 1629 ingresó en el coro particular del Papa. Es decir, con 47 años del ala. Para que luego nadie venga diciendo que según a qué edades ya no se pueden empezar a hacer cosas nuevas. Y en estas estamos, cuando, en 1638 compone la obra que le reportaría fama para la eternidad. El Miserere. Una obra que no ha dejado de interpretarse en la susodicha capilla desde entonces, únicamente en dos ocasiones anuales, en los maitines del miércoles y viernes de Semana Santa.

La obra está compuesta para dos coros, uno de cinco voces y el otro de cuatro, que se sitúan enfrentados entre sí, clara influencia de dos compositores anteriores, Palestrina, de la escuela romana y Gabrieli, de la escuela veneciana. Posteriormente el más maravilloso compositor de todos los tiempos, Johann Sebastian Bach, utilizó esta composición de dos coros en la Pasión según San Mateo, BWV 244. La cuestión es que uno de los dos coros canta la melodía original y el otro, a su vez, una versión más elaborada. Es una obra que transmite una serenidad apabullante y que en épocas pretéritas se interpretaba a la luz de trece velas, representando a Jesús y los doce apóstoles, que se iban apagando una a una, conforme transcurría la música, hasta la oscuridad total. Imaginaros, en aquella época, cuya única luz provenía de las velas, qué efecto tan impresionante podía suponer esta escenificación. La Iglesia en esto de escenificar ha sido siempre muy buena. Y de ello se dio cuenta el Papa Urbano VIII, que decidió prohibir su transcripción y ejecución fuera del Vaticano, bajo pena de excomunión. Y punto pelota. Os dejo con un vídeo que no es del Vaticano, ni la versión larga. Se trata de una versión de la que luego hablaré, quizás la más conocida, interpretada, en esta ocasión, por los King’s College Choir, de Cambridge, con una edición extraordinaria en cuanto a luz, escenificación y, desde luego, interpretación.

Pero seguimos con la historia. Sabemos que la obra fue prohibida, tal y como he comentado, no dejando salir la partitura del propio Vaticano y excomulgando a quien osase interpretarla fuera de allí. Pero en esto, también, hay quienes tienen ventaja sobre el resto de los mortales y el rey Leopold I de Austria, solicitó y obtuvo una copia que guardó en la Biblioteca Imperial de Viena. El caso es que se lió una gorda, ya que, cuando la mandó ejecutar en su capilla particular pensaba que había sido engañado. El Papa despidió a su maestro de capilla y este se tuvo que trasladar hasta la capital austríaca para explicar al idiota de Leopold que no había ningún error, que la partitura estaba perfectamente bien. ¿Qué es lo que ocurrió? Pues que partes del Miserere no estaban transcritas a la partitura, si no que pasaban de generación en generación pasados de intérprete a intérprete directamente. Esto se hacía bastante en aquella época y suponía salvaguardar la propia obra.

Y llegamos a la Semana Santa de 1769, al oficio de la madrugada del miércoles de aquel año. Y no encontramos a un padre con su hijo entre los asistentes a la misa papal. Leopold y Wolfgang, los Mozart, padre e hijo, no pierden atención de lo que allí ocurre. Y claro, el niño en cuestión, como era un prodigio, ni corto ni perezoso, memorizó la obra en su cabecita austriaca y al llegar a sus aposentos transcribió los más de doce minutos de música polifónica a la partitura. Como para quedarse ojiplático, ¿no? Para colmo el pequeño compositor volvió el viernes para asegurarse que lo que había transcrito estaba todo en orden. ¿Y qué pasó con la prohibición papal que se había saltado a la torera? Pues es lo que tiene ser un genio. Resulta que al Papa de turno, Clemente XIV, le pareció tan estupendo que un adolescente copiara de memoria el famoso Miserere, que lo llamó a Roma de nuevo, le concedió audiencia y le otorgó la Orden de la Espuela de Oro. Los Mozart siguieron su camino y su viaje por Europa y en Londres se cruzaron con el historiador Charles Burney, a quien dieron una copia de la obra para que la publicara. Y así se dio por finalizado el misterio y secretismo en torno a la obra.

Versiones grabadas hay un buen puñado, aunque solo unas cuantas merecen la pena. Yo me quedo con una, sin duda. La grabada por The Tallis Scholars en 1980, una versión extraordinaria, de las de antología, por mucho que digan algunos que entre los intérpretes hay mujeres (algo inexistente en la época en que se compuso). Disfrutad del vídeo.

Del resto de opciones os recomiendo la del propio Coro de la Capilla Sixtina, con su versión original, con diferencias importantes en cuanto a la versión a la que estamos acostumbrados. La de Voces8, exquisita, aunque quizás algo rápida, la de The Sixteen, impresionante. Aparte tenemos la de A Sei Voci, de las más lentas, pero igualmente deliciosa, con unos ornamentos diferentes. Finalmente tenemos todas las versiones de los coros ingleses, muy aficionados a esta obra.

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Aquí tenéis la lista de Spotify, en la que falta, incomprensiblemente, ya que no se haya en el catálogo de este servicio, la versión de The Tallis Scholars. Espero que la disfrutéis.

https://open.spotify.com/user/1111910413/playlist/135a2amyY7BdTTCyMOZTuc&theme=white

agur Nikolaus

En mitad de esta tarde de siesta y manta, lectura y música, me ha sobresaltado el tuit de Katakrak anunciando la muerte de un grande de la música y revolucionario de la interpretación. Ayer falleció el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt.

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Harnoncourt fue uno de los pioneros en la interpretación historicista de obras barrocas, sobre todo de Bach. Abordó a principios de los setenta la grabación completa de las cantatas bachianas, junto a Gustav Leonhardt, que si bien ha sido superada en muchos aspectos, queda como apertura de un debate que hoy en día continua en la interpretación de obras musicales según los parámetros historicistas y con el uso de instrumentos originales. Este vienés universal, curiosamente nacido en Berlín, nacido en el seno de una familia aristocrática, fundó en los años cincuenta, junto a su esposa, el Concentus Musicus Wien, con quien cosechó múltiples éxitos en la interpretación y dirección. Posteriormente tocó con varias orquestas clásicas, con instrumentos modernos, pero siguiendo las pautas de autenticidad histórica. Continuó siempre con Bach y otros compositores barrocos y se fue acercando a otras músicas, como la opereta vienesa o las sinfonías de Beethoven, que grabó también completamente.

Para mi siempre quedará su grabación del Oratorio de Navidad de Bach para la televisión austríaca, con un coro íntegramente masculino y utilizando a niños para las voces altas, una decisión que, posteriormente, muy pocos directores historicistas han seguido. Personalmente me gustan las voces de mujer y contratenores en este tipo de interpretaciones, pero el comienzo de ese oratorio, con unos timbales magistrales, me sigue sonando espectacular. Tus interpretaciones eran siempre auténticas. Luego vinieron los conciertos de Año Nuevo de 2001 y 2003, que fueron calificados como de los mejores en la historia del famoso concierto. Su grabación de la Pasión según San Mateo, de 2001, ganó el Grammy y es otro de los hitos musicales de Harnoncourt.

Descansa en paz Harnoncourt, que la tierra te sea leve. Tu legado queda vivo entre nosotros. Ahora mismo estoy escuchando tu grabación del arreglo que Mozart hizo de un oratorio de Handel, el Alexanderfest, con un aria y coro dedicados a Baco, con otros timbales memorables. Suenen en tu memoria las trompetas y timbales de la eternidad. Agur Nikolaus Harnoncourt, siempre te recordaré como el artista de lo auténtico.

 

música clásica en serie

Reconozco que no es, ni de lejos, la mejor serie que he visto, pero la verdad es que, por lo menos, Mozart in the jungle, la serie producida por Amazon, se desarrolla en torno a la música clásica y eso, tal y como está el panorama, ya es mucho. Y no, no tienes que ser un fanático de la música clásica para que te guste. La serie tiene los suficientes ingredientes y elementos como para poder hacer pasar un buen rato a mucha gente. Es ligera, entretenida, con capítulos de menos de 30 minutos, con personajes curiosos y con unos papeles de mujeres que son lo mejor de ella. La serie, por cierto, está basada en Mozart in the Jungle: Sex, Drugs, and Classical Music, memorias escritas en 2005 por la oboísta Blair Tindall.

La primera temporada va más o menos de la llegada de un joven director de orquesta, encarnado por Gael García Bernal, a la Orquesta Sinfónica de Nueva York. El chaval en cuestión es, eso, un chaval, medio hippy, ex-niño prodigio, un genio excéntrico y libre que pone patas arriba los cimientos de la centenaria orquesta con su libertad. Sus relaciones con la dirección empresarial de la orquesta, con el antiguo director, con los miembros de la orquesta y con una joven oboísta que trata de hacerse hueco en ella, son uno de los hilos conductores de la serie junto al principal que trata, precisamente, sobre esa joven oboísta, interpretada por Lola Kirke, su preparación para entrar en la orquesta, su relación con un tipo que es bailarín-modelo-guapo (no se muy bien qué es) y sus dificultades al entrar en el grupo cerrado que es la propia orquesta. La segunda temporada ahonda en las relaciones entre el director de orquesta, Rodrigo, y la oboísta, Haley, mientras un conflicto laboral  sirve de base al argumento a lo largo de los diez capítulos. Y naturalmente, mientras todo esto pasa, la música clásica es la protagonista indiscutible de toda la serie, bien en primera persona o en un segundo plano. Las obras de los Beethoven, Mozart, Tchaikovsky, Sibelius, Dvorak o Rimsky-Korsakoves, entre otros, se escuchan a lo largo de toda la serie, siendo un ingrediente más a su favor para las personas melómanas y no siendo un impedimento para quienes no nos aficionados a este tipo de música.

Pues eso, si queréis pasar un rato agradable, sin mucha complicación y no tenéis mucho tiempo, esta es vuestra serie. Incluso se puede ver, casi, de una sentada. Y no, no es una serie inteligente, vanguardista ni pretendidamente culta por tratarse de música clásica. Para los que estén buscando la serie maravillosa de sus vidas, ésta no lo es. Por lo menos no para mi. Pero reconozco que para pasar el rato, sin mayores pretensiones, está bastante bien.

Para quienes quieran ver algo bueno sobre la vida interna de una gran orquesta, ese grupo compacto y cerrado, y las dificultades por entrar en el mismo, os recomiendo un documental que, este sí, hará las delicias de los melómanos y sorprenderá a todo el mundo con su historia: Trip to Asia, la búsqueda de la armonía.

la belleza en el espacio

Entre las músicas que el pasado 1 de enero escuchamos desde la Sala Dorada del Musikverein de Viena, una de las más conocidas, con permiso de Radezky, es, sin dudas, el vals de Johann Strauss hijo titulado El bello Danubio azul. Esta obra fue una de las que el genial director, Stanley Kubrick, incorporó en 1968 a su película 2001, una odisea en el espacio.

Veamos. Esta película está considerada como de culto en el género de la ciencia ficción y marcó un antes y un después en los efectos especiales, su vanguardista uso de la imagen y por la utilización de música clásica en sus escenas (algo que Kubrick hizo en todas sus películas). Cuenta la historia de un equipo de astronautas, que trata de seguir las señales acústicas emitidas por un extraño monolito hallado en la Luna y que parece ser obra de una civilización extraterrestre. Está dividida en diferentes capítulos que comienza por el amanecer del “hombre”, la misión a la Luna, misión a Júpiter y termina con una visión del infinito.

La música de la película está compuesta por obras de Richard Strauss, Johann Strauss (hijo) o György Ligeti, si bien el afamado compositor de bandas sonoras, Alex North realizó una partitura para la la película que fue rechazada por el director. Esta banda sonora salió a la luz de la mano de Jerry Goldsmith 25 años después.

La escena del vals de Strauss pertenece a la segunda parte, la del viaje a la Luna y en ella se ve al transborador espacial haciendo la maniobra de aproximación a una estación espacial de forma circular. Toda esta maniobra se hace al ritmo del conocido vals vienés. Allá vamos:

Y ahora vamos con la obra de Strauss, un vals que, quien más, quien menos, conoce y con el que, a buen seguro, casi todo el mundo nos hemos balanceado siquiera.

El bello Danubio azul, con título original en alemán An der schönen blauen Donau, op. 314, es un vals de Johann Strauss hijo compuesto en 1867. El origen de este vals es curioso, ya que fue compuesto para ser cantado por un coro de hombres en Carnaval. El caso es que un tipo, comisario de policía para más inri, le puso la letra que, parece ser, por sus implicaciones políticas (no estaba el horno para bollos) no gustó en absoluto y originó que el vals pasase bastante de puntillas en su estreno. Unos meses más tarde, en la Exposición Universal de París, Strauss volvió a dirigir el vals, esta vez sin letra, obteniendo un gran éxito y convirtiéndose en muy poco tiempo en el vals más conocido del compositor. Unas semanas después se imprimieron un millón de copias, algo exageradísimo para la época, de la partitura que se distribuyeron por todo el mundo. Franz von Gernerth escribió una nueva letra, se hicieron varias traducciones inglesas, una de ellas por Charles Dunn, y el compositor Wekerlin lo adaptó para una sola voz con letra de Jules Barbier. La obra, por sus reminiscencias vienesas, se ha convertido en una especie de segundo himno de Austria.

Entre las grabaciones, que obviamente son del Concierto de Año Nuevo, me quedo con dos. La primera dirigida en 2003 por el inigualable Nikolaus Harnoncourt, que consiguió extraer unos matices y detalles asombrosos. La segunda es, cómo no, la versión que el endiosado Herbert von Karajan, dirigió en el concierto de 1987.

Y ya que estamos hablando de una obra del concierto de Año Nuevo vienés, os dejo diez curiosidades del mismo. Por cierto, el concierto de este año, dirigido por el letón Mariss Jansons, ha sido uno de los mejores de los últimos años.

  1. El primer concierto de Año Nuevo fue, paradójicamente, un 31 de diciembre de 1939, aunque desde 1941 se celebra el 1 de enero.
  2. Muy poca gente sabe que el concierto se puede ver antes del 1 de enero en dos ocasiones: el día 30, en el ensayo general y el 31 en el concierto de San Silvestre.
  3. Las entradas se sortean (algunas se reservan) y para participar en el sorteo hay que inscribirse en la página de la Filarmónica entre el 2 de enero y el 29 de febrero. Las entradas oscilan entre los 35 y los 1.090 euros.
  4. El concierto se celebra siempre en la Sala Dorada del Musikverein, edificio de 1870, sede de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena. La sala Dorada tiene una de las mejores acústicas del mundo.
  5. La Wiener Philharmoniker fue creada en 1842, es altamente conservadora y la primera mujer en formar parte de ella fue la arpista Anna Lelkes en 1997. Actualmente 10 mujeres son parte de la orquesta y el 1 de enero pudimos ver a siete de ellas.
  6. Desde 1933 esta orquesta carece de director principal y lo que hacen es invitar (para el concierto de Año Nuevo y para cualquier otro que ofrezcan) al mejor director que consideran para la obra que quieren interpretar.
  7. Curiosamente el concierto tuvo directores estables en sus inicios (Clemens Krauss, Willi Boskovsky y Lorin Maazel) y desde 1987 se invita a un director diferente cada año. Esta práctica la inauguró Herbert von Karajan ese año y, entre otros, han dirigido el concierto Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Zubin Mehta, Riccardo Muti, Nikolaus Harnoncourt, Seiji Ozawa, Mariss Jansons, Georges Prêtre, Daniel Barenboim y Franz Welser-Möst. Algunos de ellos han repetido, como es el caso de Mariss Jansons en el de este año. Para el concierto de 2017 se ha anunciado que será el venezolano Gustavo Dudamel que, a sus 34 años, se convertirá en el director más joven de la historia de este concierto.
  8. Los compositores principales que suenan en el concierto son, desde luego toda la saga Strauss (Johann hijo, sus hermanos Josef y Eduard y Johann padre), así como compositores de operetas como Joseph Lanner, Otto Nicolai o Franz von Suppé. Excepcionalmente suenan obras de otros compositores en una especie de homenaje por alguna efeméride del año entrante. Entre otros se han escuchado piezas de Mozart en 1991, en 1997 de Schubert, en 2009 de Haydn, en 2013 Verdi y Wagner o en 2014 de Richard Strauss.
  9. Aparte de la orquesta en ocasiones (como este año) actúan también el Coro de los Niños Cantores de Viena o alguna soprano, como Kathleen Battle en 1987. El Ballet de la Ópera Estatal de Viena se encarga de los números de danza en algunas piezas, entre otras, El bello Danubio azul.
  10. Las propinas que suenan en este concierto son, desde 1958, tres. La primera una polka rápida (a elección del director de turno), seguida del vals El bello Danubio azul, para finalizar con la Marcha Radezky. Tradicionalmente en la interpretación del vals, tras los primeros compases, el director para a la orquesta y se dirige al público en un perfecto alemán diciendo: “La Filarmónica de Viena y yo les deseamos”; a lo que se une la orquesta: “Feliz año nuevo”. En cuanto a la costumbre de llevar las palmas en la Marcha Radezky, parece ser que en un principio el público vienés llevaba el ritmo un poco como le daba la gana y fue Willi Boskovsky en los sesenta el primer director que decidió dirigir las palmas que sonaban. La tradición adquirió carta de naturaleza definitiva cuando hasta el mismísimo Herbert von Karajan se volvió al público en 1987 para dirigirlo.

Os dejo con la interpretación del año 1987, dirigida por Karajan…

!Ah si! URTE BERRI ON! ¡FELIZ AÑO NUEVO! QUE ESTE 2016 SEA PLENO DE FELICIDAD PARA TODO EL MUNDO. PAZ, SALUD Y LIBERTAD PARA TODOS Y TODAS.

por un momento fueron libres

Hoy una escena de una película en favor de la libertad, contra el sistema penitenciario, a favor de los derechos de las personas presas y con una música que se mece como la brisa. Una escena preciosa de Cadena perpetua, dirigida en 1994 por Frank Darabont, con música de Mozart. Vamos allá.

La película cuenta básicamente la historia de amistad de dos hombres en una prisión, uno acusado falsamente de la muerte de su esposa y el otro el jefe del contrabando interno de la cárcel. Entre medio un caso de corrupción y blanqueo de dinero, las duras condiciones de la vida en un presidio y la violencia del sistema penitenciario.

Andy, que es el protagonista (interpretado por Tim Robbins), tras pasarlas bastante jodidas en los primeros años de su condena, debido a su buena actitud es destinado como encargado de la biblioteca, iniciando una campaña para recibir fondos del Senado con los que poder adquirir más libros para la cárcel. El caso es que el bueno de Andy se encuentra en el despacho del Alcaide limpiando y mientras un guardia entra al baño aprovecha para poner en el tocadiscos Las bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart. Y de perdidos al mar, así que encierra al guardia en el retrete, cierra el despacho y enchufa los altavoces de la prisión mientras suena el duettino Sull’aria de dicha ópera. La escena del patio lleno de presos deteniéndose mientras suenan las bellas voces de esas dos mujeres es de las que hacen historia. El tiempo parece detenerse y las mentes y pensamientos de los condenados vuelan libremente más allá de los muros que los encierran. La voz de su amigo Ellis Boyd “Red” Redding (Morgan Freeman) dice aquello de “no tengo ni puñetera idea de lo qué cantaban esas mujeres, ni quiero saberlo, pero me imagino que era algo demasiado bonito como para poder decirlo con palabras”. Y se arma una buena. Y al pobre de Andy lo meten en el hoyo dos semanas…

Lo curioso es que el duettino que cantan en realidad la condesa de Almaviva y su sirvienta Susanna nada tiene que ver con la libertad. Es más, es la carta que escriben al conde para hacerle creer que tiene una cita, como trampa para exponer su infidelidad. La letra dice lo siguiente (traducida):

Cancioncita sobre la brisa
Qué suave cefirito
esta tarde soplará
bajo los pinos del bosquecillo.
Y él ya el resto entenderá.

Le nozze di Figaro es una de las óperas más famosas de Mozart, y de las más importantes de la historia de la música, y fue compuesta entre 1785 y 1786, año de su estreno en Viena. La historia, que se desarrolla en Sevilla, nos cuenta los preparativos de la boda de Susanna y Fígaro, sirvientes de los condes de Almaviva, los líos del conde para seducir a Susanna y el plan de la condesa para desenmascarar las infidelidades de su marido. Una ópera preciosa, con muchos pasajes memorables. Os dejo la escena de la carta, el duettino (o pequeño dueto) que aparece en la película comentada. Es, por cierto, una representación impresionante, dirigida por Solti e interpretada por Popp y Janowitz en la Ópera Garnier de Paris en 1980, por eso la imagen es un poco antigua. Pero merece la pena.

Entre las versiones completas de la obra hay varias que merecen la pena. Yo me quedo con dos. La primera dirigida por Charles Mackerras en 1994, una grabación perfecta, y la segunda dirigida por René Jacobs en 2013, una grabación terriblemente fresca.

música de Boccherini desde un barco inglés

Siempre me han gustado las novelas marítimas, con todos esos nombres de barcos, instrumentos, funciones de la tripulación, con todas esas costumbres de la vida en un barco y con todas esas maniobras complicadas que se hacen en un barco. Me imagino que será consecuencia de vivir en un sitio sin mar. Por eso cuando llego al mar aspiro con fuerza.

Empecé a leer las novelas de Patrick O’Brian cuando tenía unos veinte años. Las peripecias de el capitán inglés Jack Aubrey y del doctor irlandés Stephen Maturin me acompañaron muchas de mis horas de lectura. El caso es que en estas novelas la música clásica es otra de las protagonistas. De hecho, en el primer volumen de la serie, Capitán de mar y guerra, los dos protagonistas se conocen en un concierto de música de cámara en la residencia del gobernador inglés de Menorca en Puerto Mahón. Aubrey, inglés hasta la médula, toca el violín y Maturin, irlandés y ferviente defensor de la independencia de Cataluña, toca el violonchelo.

Y en estas estábamos, cuando el director australiano Peter Weir grabó para la gran pantalla las aventuras de esta pareja en la película Master and Commander: Al otro lado del mundo, basada en varios libros de la saga marinera. Es una película de aventuras, con batallas marítimas, marineros juerguistas, serios oficiales y música, mucha música. En su banda sonora, que os la recomiendo totalmente, suenan obras de Mozart, Corelli o Bach, pero yo me voy a centrar en una escena, la que cierra la película, con música de un compositor toscano, que hizo carrera en la corte borbona del Madrid de finales del XVIII: Luigi Boccherini. Por cierto, es la segunda vez que traigo una película de Weir al blog.

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La película del australiano finaliza con una escena que recoge perfectamente el estilo de vida de Aubrey y Maturin. Han terminado ya las aventuras, las batallas y todas vicisitudes que pasan en el océano y ahí se encuentran el capitán y el doctor interpretando desde el camarote oficial, mientras la vida continúa, después de dar la orden de llamar a zafarrancho para un nuevo combate, una obra de Boccherini que, en realidad, relata la vida de las bulliciosas calles en la noche del Madrid dieciochesco, un quinteto para cuerda, el  número 6, titulado Musica notturna delle strade di Madrid, op. 30.

Vamos a ver. Resulta que el músico italiano había sido contratado por el infante Luis, hermano de Carlos III y como era un cachondo (al fin y al cabo era un Borbón) se casó con una aristócrata que no era de la realeza, cosa que cabreó bastante a su hermano. El caso es que Carlos III, (el español, no el nuestro) decidió mandar al exilio a su hermano, fuera de la corte, y lo envió a vivir al palacio de Arenas de San Pedro, al sur de Ávila. Y allí se fue también Boccherini acompañado de otros artistas como Goya o Ventura Rodríguez (que hizo la nefasta portada neoclásica de la catedral de Iruñea). Y como el músico tuvo mucho tiempo libre fuera de la corte madrileña lo dedicó, en gran medida, a componer obras, lo cual, no está nada mal. En fin, que Boccherini echaba bastante de menos la juerga madrileña y en medio de esa añoranza compuso este quinteto rememorando el jolgorio de la corte. Es una obra que consta de siete partes en donde se hacen referencia a diferentes aspectos y lugares de las calles madrileñas.

La parte que suena en la escena de Master and Commander es la número 5, un pasacalles conocido como Los Manolos y que hace referencia a los cantos que esos personajes madrileños (algo así como unos bocazas) interpretaban por las calles de la villa y corte. Como curiosidad, Boccherini dejó indicado que, en un momento dado, los músicos usasen los violines a modo de guitarra, cosa que aparece perfectamente en la escena. A ver si os gusta:

En cuanto a las versiones discográficas os recomiendo dos. La primera es la de Boccherini Quintet, de 1976, para el sello Ensayo. Una obra que recogió fielmente el espíritu de la obra, sacándolo de las interpretaciones de salón y con el que la formación ganó algún que otro premio.

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El otro es el del catalán Jordi Savall, de 2005, para el sello del catalán, Alia Vox y en donde la frescura se siente en todas las piezas. Yo, es que soy un fan incondicional del músico catalán, por su buen hacer y por su coherencia personal.

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Os dejo, para terminar, con la versión de Jordi Savall. Disfrutadla.